40
Campamento Luciérnaga, afueras de Teherán
Un sucio sol naranja se filtraba a través del humo y el polvo sobre la zona este de Teherán. En el interior de la tienda, Blackburn se enfrentaba a sus interrogadores al otro lado de una mesa plegable. Acababan de pasar las 7.00. Le habían permitido dormir tres horas antes de hacerle levantar para someterle a sus preguntas.
El Teniente Cody Andrews del Cuerpo de Policía Militar de los Estados Unidos era el encargado de sonreír. El Capitán Craig Dershowitz, de Inteligencia de los Marines, el encargado de escribir.
—Sentimos mucho haberle despertado tan pronto. —La sonrisa de Andrews se agrandó—. Pero queríamos terminar con esto mientras lo tenga fresco en su mente.
O esté demasiado cansado para darme cuenta de si estoy cavando mi propia tumba, pensó Black. En el exterior, Cole esperaba, haciendo todo lo posible para escuchar lo que se decía dentro.
Black relató los hechos ocurridos en el banco, el contenido de la cámara acorazada, los mapas de Nueva York y París, los círculos señalando las localizaciones y los dos hombres en el monitor de seguridad.
—Bashir y otro hombre, ¿no es así?
—Eso es lo que he dicho, Señor.
Dershowitz mantuvo una expresión de inmenso desprecio.
—¿Y usted cree que el segundo hombre era el mismo tipo de los vídeos?
—Solomon, sí, Señor.
Dershowitz rompió su voto de silencio.
—¿Solomon qué más?
—Solo Solomon. Bashir lo mencionó cuando se estaba muriendo.
Dershowitz agitó el bolígrafo en el aire.
—¿Es un nombre propio, un apellido, un nombre en clave...?
—No lo dijo. Murió.
Súbitamente Dershowitz resopló.
—¿Está seguro de que no decía Salaam?
Andrews ladeó la cabeza como si tratara de decidir qué postre iba a escoger.
—Un nombre muy raro para un PLR, o incluso para un iraní, ya que estamos.
—Tal vez si hubiera vivido un minuto más habría podido preguntárselo.
—Volviendo a su motivación, Sargento. Usted estaba muy enfadado por lo que le sucedió a Harker.
—¿Es que le sorprende?
—Y hemos sabido que algunos de sus colegas le han tratado con dureza.
Black se encogió de hombros.
—No fue nada, Señor.
Dershowitz estaba viendo más cosas en esto de lo que le convenía.
—La bala que le mató era de su propia pistola. ¿Qué motivo cree que tendría para pegarse un tiro?
Black tenía la misma sensación de un hombre que acaba de sumar dos más dos y le ha dado siete.
—La había disparado contra mí. Le agarré el brazo a través del parabrisas.
—Cuando estaba en el capó, agarrándose al retrovisor.
Andrews sonrió, tratando de suavizar la situación.
—Actuando como un superhéroe, ¿eh?
Pero la situación no se suavizó.
Dershowitz se echó hacia delante.
—Veamos. Usted está con Harker y él es ejecutado. Está en el banco y Bashir se escapa. Está en el capó del tipo con la orden de traerlo vivo y él se dispara. Veo aquí un claro patrón, Black.
—¿Qué clase de patrón?
—Que no está teniendo una buena guerra, Sargento Blackburn. ¿Quiere irse a casa o algo así?
Black les miró. Podía sentir su rostro ardiendo, sus uñas clavándose en la palma de sus manos. Que me aspen si permito que vean cómo me afecta, pensó. Y se acordó de lo que le decía su madre. Habla contigo mismo. Cuando te encuentres mal o seas tratado injustamente, tú serás tu mejor aliado. Lo intento, mamá, se dijo. Solo que no creo que esté funcionando.
—Agarré su brazo por encima de la muñeca. En ese momento el vehículo golpeó contra algo que le hizo volver el arma hacia él. Se disparó. Pregúntele a Campo, Señor.
—¿Cree que Campo le respaldará?
—Él les dirá la verdad.
—Se ha asegurado de ello, ¿verdad?
Black ya había tenido suficiente. Golpeó con su puño en la mesa. El portátil de Dershowitz y su café saltaron por el aire unos centímetros.
—Bueno, estoy arrestado o qué, porque si no lo estoy, Señor, me gustaría volver para hacer el trabajo por el que estoy aquí, Señor. Les he traído el dispositivo nuclear, he identificado al ejecutor. Les he explicado los resultados de mi interrogatorio a Bashir mientras se estaba muriendo. Les he dado un nombre.
La sonrisa de Andrews parecía encantadoramente sincera.
—Me alegra comprobar que su espíritu de lucha no le ha abandonado, soldado —declaró.
Cole aún seguía esperando fuera. Tenía un teléfono satélite en la oreja, pero Blackburn sospechó que había estado escuchando cada palabra.
—¿Qué tal ha ido?
—¿Usted qué cree?
Cole aspiró el aire caliente lleno de polvo y lo soltó a través de sus labios apretados.
—He estado pensando.
Genial, pensó Black. ¿Y ahora qué? En los últimos días había sentido desvanecerse su respeto por Cole, un soldado al que, una vez, había admirado profundamente.
—Creo que deberíamos apretar el botón de reinicio, ¿eh?
Esbozó una sonrisa. Cole no era de los que sonreían, así que esta pareció una de esas sonrisas que pones cuando estás en el dentista. Trató de respaldarla agarrando a Black por el hombro y caminando a su lado, mientras este volvía con su equipo. Después de unos cuantos pasos, Blackburn se detuvo. Miró a su alrededor, escuchando el murmullo del campamento. Un Osprey se estaba preparando para aterrizar, mientras otro despegaba. Dos cañones antiaéreos apuntaban al cielo. Hombres, máquinas y armas se movían en todas las direcciones: el Cuerpo de Infantería de Marina haciendo lo mejor que sabía hacer. Los marines que habían sido la fuerza motora de toda su vida. Tomó aire, se cuadró y dirigió al teniente un enérgico saludo.
—Como quiera, Señor.
¿Qué tipo de respuesta era esa?, se preguntó a sí mismo mientras continuaba caminando en solitario.