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Campamento Luciérnaga, afueras de Teherán
Apenas habían estado allí seis horas pero para los fugitivos iraníes debió de parecer como si el ejército americano fuera el propietario del lugar. Una cansada y rezagada columna de familias de civiles, huyendo del terremoto y del PLR, estaba siendo contenida por la cadena de soldados que custodiaban el campamento.
Cole y Blackburn observaban, sus caras mostrando resignación. También bajo la red de camuflaje, a cierta distancia de la base principal, estaba el Sargento de Artillería Mike Gunny Wilson, del NAE,9 analizando el dispositivo con un contador Geiger. Ya lo había pasado sobre Black, Campo y Matkovic, además de la tripulación del tanque que los había sacado del banco, decretando que no estaban contaminados. Ahora examinaba meticulosamente el descubrimiento de Black, con parsimoniosa profesionalidad, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Ninguno de ellos quería pensar en el hecho de que Al Bashir estaba huido y, casi con toda seguridad, con dos de esas cosas en su poder. Sentados con la paciencia y los nervios a flor de piel, esperaban a que Gunny soltara su veredicto.
Tomarse su tiempo era parte de la mística del NAE: se trataba de hombres habituados a jugarse la vida día tras día, desactivando tranquilamente dispositivos dotados de trampas diseñadas para sorprenderles. Una unidad de las más respetadas en el campo, y la que más bajas tenía. «Al menos, cuando nos llega la hora, desaparecemos. Cuando estás tan cerca y explota, solo queda despedirse para siempre», les había escuchado decir Blackburn una vez. Pero Black no estaba prestando demasiada atención al análisis de Gunny. No podía dejar de pensar en lo que había visto en el monitor, en el hombre que acompañaba a Al Bashir. Bien afeitado, de pómulos altos. Igual que el ejecutor de Harker.
Quería contárselo a Cole pero sabía que este sospecharía y empezaría a hacerle preguntas: «¿Todavía dándole vueltas en la cabeza, eh? Te está comiendo por dentro, ¿no es así? ¿Tú tranquilamente observando en la distancia mientras esa espada...? Blackburn se levantó y se puso a pasear, repasando una y otra vez lo que había visto en el monitor de la cámara de seguridad.
Las imágenes en su mente eran tan nítidas como si tuviera las filmaciones en su poder. Cuatro monitores. Dos estaban en negro. Uno mostraba el vestíbulo principal de clientes con las puertas de bronce de la entrada. El otro, una segunda salida más pequeña, que era la que Al Bashir y el otro hombre habían escogido. Este último llevaba dos cajas. Campo fue quien los vio primero.
—Por todos los demonios, ¿estáis viendo lo mismo que yo?
Todos se pararon y miraron a la pantalla. Blackburn echó un vistazo al dispositivo nuclear que tenía a su espalda.
—El compañero de Bashir se está llevando los otros dos...
Campo se encogió de hombros.
—No saquemos conclusiones precipitadas.
Matkovic resopló.
—No: no nos preocupemos demasiado por que el Hombre Más Buscado por los americanos acabe de abandonar el edificio con dos ADM.
Black levantó una mano enguantada.
—Cerrad el pico y mirad, ¿vale? No hay otra jodida cosa que podamos hacer.
Su voz se desvaneció mientras observaba fijamente el monitor. Los dos hombres salieron del edificio. El ángulo de la cámara mostró una pequeña área de la calle. Al Bashir vaciló. El segundo hombre miró a su alrededor, alto, bien afeitado, de altos pómulos, vestido de paisano al estilo iraní. Para Blackburn fue como si estuviera mirándole a él, directamente a través de la cámara de seguridad, provocándole.
Campo se encogió de hombros.
—¿Están esperando un taxi o qué?
Matkovic se volvió hacia Black.
—¿Quién es el otro tipo?
Campo se apartó de la pantalla.
—Ni lo sé ni me importa. Jodernos es todo lo que podemos hacer. Tenemos que asegurar esa cabeza nuclear.
Después de un tiempo que pareció ser un mes, Gunny apagó el contador Geiger y se quitó los guantes. Se rio y sacudió la cabeza.
—Es una cabeza nuclear, pero no como las que conocemos. Que me jodan si alguna vez he visto algo así.
Cole, con los brazos cruzados, se encogió de hombros escéptico.
—Pensé que esas cosas solo las tenían los chicos malos de las pelis de James Bond.
—Bueno, es rusa, de eso no hay duda. —Señaló la inscripción en cirílico y miró en dirección a Black—. ¿Alguien habla ruso en tu unidad?
Black sacudió la cabeza.
Gunny se quitó su traje protector.
—Allá por los noventa, el programa 60 minutos emitió un fragmento de una entrevista con el antiguo Consejero General de la Seguridad Nacional Rusa, Aleksander Lebed, en la que afirmaba que habían perdido la pista de más de un centenar de maletas con ojivas nucleares de una potencia de un kilotón, es decir, el equivalente a mil toneladas de TNT. Sostenía que habían sido distribuidas a los miembros del GRU. ¿Sabe lo que es?
—El equivalente a nuestra Dirección de Inteligencia Militar Exterior.
—Un punto para usted, Teniente. De hecho, casi todo el mundo concluyó que Lebed estaba mintiendo abiertamente para ganar crédito ante Washington, que esperaba que se convirtiera en su nueva casa. —Gunny señaló con la cabeza el dispositivo, disfrutando de la oportunidad de compartir sus conocimientos con una audiencia tan receptiva. Está bien, ahora imagine esto: las armas que contienen plutonio enriquecido tienen un valor en el mercado de más de cuatro mil dólares por gramo, de modo que para los rusos desprenderse de una de esas..., bueno, alguien ha tenido que pagarles un montón de rublos, salvo que estén suministrando al PLR por otras razones. Quiero decir, no pretendo preocuparles, muchachos, pero esto está empezando a parecerse demasiado a un Rusia contra Estados Unidos de nuevo. Como si la Guerra Fría hubiera vuelto y se hubiera puesto al rojo vivo.
Gunny colocó el dispositivo con su caja en una camilla y cuatro de sus hombres se lo llevaron.
—Cuidado, no vayáis a coger baches, ¿de acuerdo?
Cole permaneció inmóvil, mirando al suelo. Finalmente levantó la vista hacia Black.
—¿Preparado para otro momento You Tube?
9. Neutralización de Artillería Explosiva, en inglés Explosive Ordnance Disposal. (N. de la T.)