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París

La manera de conducir de Dima acabó por destrozar los nervios de Bulganov que, desde luego, estaba totalmente despierto cuando entraron en la zona VIP del aparcamiento. Dos gorilas aparecieron rápidamente para echarlos, pero el carné de identidad de Bulganov y su tarjeta VIP les pararon los pies.

Pardon, Monsieur.

—Solo tratan de hacer su trabajo —declaró Bulganov.

—¿No lo hacemos todos? —repuso Dima.

Una azafata del Atlantis estaba esperándoles con sus billetes.

—El vuelo sale en veinte minutos. ¿Tienen equipaje que facturar?

—Viajamos ligeros.

Dima pidió a Bulganov que le esperara. Necesitaba hacer eso solo y para ello tenía que estar totalmente concentrado. El corazón parecía estar dándole saltos. Era el doctor Frankenstein tratando de recuperar a su monstruo. La sala estaba toda decorada con cuero gris y mesas de cristal. Bastante más sobria que el ático de Bulganov, pero esto era Francia, no Rusia. Alrededor de veinte pasajeros, la mayoría hombres, muchos inclinados sobre sus portátiles, otros sentados en los ordenadores de la terminal, varios al teléfono, y unos pocos descansando en los confortables sillones. Y todo eso a las seis de la mañana. ¿Cuándo dormía esa gente?, pensó Dima. ¿Cuándo duermo yo?

Escrutó la sala, eliminando metódicamente a cada pasajero hasta que llegó al que se encontraba más alejado de la puerta. Su rostro estaba oscurecido por el Wall Street Journal, pero había algo en sus manos, en su silueta, grabado con tinta indeleble en su memoria. Mientras Dima se acercaba a él, retiró el periódico. Por primera vez en veinte años, se miraron el uno al otro.

Si acaso parecía más joven. Tal vez se hubiera hecho algo en la cara. Tenía el pelo un poco más largo que antes, con raya en medio y aún totalmente negro, al igual que sus cejas. Los pómulos mostraban algunas venillas rotas y el blanco de sus ojos estaba rosa e inyectado en sangre. El traje confeccionado a medida y la camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho parecían más propios de un playboy que de un terrorista que aborrecía el Occidente.

Solomon le miró a través de sus ojos entornados, una ceja arqueada levemente como si estuviera cansado de que se le acercara otro intruso molesto, en lugar de la persona que le había moldeado para ser un agente letal.

Solomon habló primero.

—No te rindes, ¿verdad?

Dima sintió una incómoda mezcla de odio y ternura. Era difícil eliminar del todo los sentimientos positivos por alguien al que una vez habías considerado tan próximo. Pero, a juzgar por la expresión de Solomon, era muy evidente que el sentimiento no era mutuo.

—Ya me conoces. —Dima asintió mirando alrededor: hombres ricos aguardando un vuelo caro—. Parece que te ha ido bien. ¿Es esto lo que querías?

Solomon apartó la vista.

—Lo que quiero, Mayakovsky, es algo que posiblemente tú no podrías apreciar.

—A no ser que fuera un psicópata.

Se encogió de hombros con gesto cansado.

—El mundo está desequilibrado. Alguien tiene que ceder.

Dobló el periódico y lo colocó pulcramente en la mesa a su lado. Luego cruzó las manos sobre su regazo. Cada movimiento tenía una precisión que parecía robótica. Eso es lo que es, pensó Dima, una máquina, habitando una forma humana.

Esbozó una sonrisa cansada.

—Cuando me enteré de que me estabas siguiendo la pista, me pareció divertido. No había vuelto a pensar en ti desde hacía..., oh..., más de lo que puedo recordar. Así que decidí hacer alguna indagación sobre ti.

Por megafonía avisaron que el vuelo del Atlantis al aeropuerto JFK estaba listo para embarcar.

Dima encontró su voz.

—No hay mucho que investigar.

Las cejas de Solomon se alzaron.

—Realmente has descendido en el mundo, eso es cierto, a pesar de haber dejado el alcohol —¿o es que has recaído?—, pero había mucho más de lo que nunca me contaste, Dima, cuando era tu ansioso pupilo. Nunca imaginé, por ejemplo, que hubieras podido querer a una mujer, que incluso hubieras engendrado un hijo.

Los labios de Solomon se curvaron en una fina sonrisa.

—Casi, casi un hombre de familia. ¡Qué conmovedor! Y qué triste que nunca lo conocieras. Está en la Bolsa, como ya sabes. Es un gran chico, se parece a ti.

El corazón de Dima pareció estallarle contra las costillas, como si quisiera abrirse camino fuera de su pecho.

—Timofayev está muerto. Lo maté. Y también a Kaffarov. Todo ha terminado. Estás solo.

Solomon sonrió.

—Te has olvidado, Dima, de que siempre estaba solo. Nunca he actuado de otra forma.

—Has perdido tu oportunidad en París. ¿Crees que tendrás más suerte en Nueva York?

Frunció el ceño consternado, sus ojos ahora centelleando.

—¿A qué te refieres? Yo nunca pierdo nada. ¿O es que no lo recuerdas?

Los ojos de Solomon eran pozos oscuros de muerte.

—¿Sabes lo que más me disgusta de todo? Que no he podido organizar el momento de cortar tu irritante cabeza de tus tristes hombros con una buena espada afilada. Me habría producido un enorme placer verte morir.

Empezó a levantarse. Dima saltó hacia delante y agarró su cuello con ambas manos. Solomon, a su vez, le cogió por las muñecas con una fuerza sobrehumana. Inmediatamente sonó una alarma y, como surgidos de la nada, media docena de guardias de seguridad aparecieron corriendo hacia donde se encontraban. Cuatro de ellos agarraron a Dima derribándole al suelo.

Solomon se estiró el traje y se giró hacia los otros pasajeros que se alejaban de la pelea. Entonces se detuvo y retrocedió, agachándose para que su cara quedara a pocos centímetros de la de Dima.

—Pobre viejo Mayakovsky. Siempre en el lugar equivocado. Deberías estar en la Bolsa tratando de salvar a tu hijo. —Miró su reloj—. Una pena que nunca vayas a tener esa cita. Las diez y media y... —Chasqueó sus dedos en el aire—. Au revoir, París.