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Nueva York

Blackburn estaba de pie, con una capucha sobre su cabeza, mientras era conducido por un corredor entre dos matones. Durante un breve instante, cuando le permitieron mirar las fotos, se había atrevido a pensar que la marea había remitido y que le estaban tomando en serio. Pero aquello no duró demasiado.

Podía oír a Whistler y a Gordon a su espalda. Su tono sugería que estaban discutiendo, pero bajo la capucha no podía entender lo que decían.

—¿A dónde me llevan?

—A un lugar muy especial donde conseguiremos que nos digas, de una vez por todas, la verdad bien rápido —contestó uno de los gorilas.

El otro intervino.

—¿Alguna vez has pensado que te estabas ahogando? ¿No? Bueno, pues ahora vas a saber lo que se siente.

Se metieron en un ascensor que les llevó hacia abajo. El siguiente pasillo era más frío, el suelo de simple cemento, los sonidos rebotaban y resonaban contra las duras y pulidas superficies. Una puerta se cerró de golpe detrás de él. La habitación estaba a oscuras. El breve destello de luz que se filtraba bajo su capucha desapareció. Blackburn podía oler a agua con cloro, como la de una piscina. De pronto le retiraron la capucha y allí, frente a él, vio una camilla, y en uno de los extremos un cubo. Los matones se habían marchado. Dos hombres estaban a cada lado, sus caras ocultas por máscaras de esquí. Uno sostenía una gran botella transparente con un tubo metido en ella.

—¿Quiere cambiar de opinión antes de acostarse?

Dos teléfonos móviles sonaron simultáneamente, uno con la sintonía de Hawai 5-0, el otro con la melodía de Barras y Estrellas. Blackburn se dio la vuelta para ver a Gordon y a Whistler escuchando, sus rostros vacíos con una expresión de decepción. Los hombres enmascarados estaban detrás de la camilla. Y, colocadas sobre una estrecha mesa a un lado, había varias correas de sujeción y una porra.

—Santa madre... —exclamó Gordon.

Uno de los hombres enmascarados cambió el peso de una pierna a otra, impaciente.

—Estamos listos, ¿de acuerdo?

Whistler estaba petrificado, con la boca abierta. Finalmente habló.

—Es París. Están en alerta nuclear completa.

Los pensamientos de Blackburn eran un torbellino. Justo cuando había alcanzado el punto en que dudaba seriamente sobre su salud mental, estaba sucediendo lo de París. Nueva York sería la siguiente. Blackburn miró a los hombres con las máscaras, a la camilla que le esperaba. Las noticias le habían atravesado como una descarga eléctrica. Todo su cuerpo volvió súbitamente a la vida. No, se dijo a sí mismo. Esto no va a acabar así.

Se lanzó hacia delante y, con los dos brazos extendidos, empujó con tal fuerza la camilla que se estrelló contra los hombres enmascarados, haciendo que perdieran el equilibrio. Luego, girando hacia la derecha, cogió la porra y, con un amplio y rápido movimiento, la blandió contra Gordon, golpeando su cráneo. Cayó desplomado al suelo. Whistler estaba en un rincón, sin sitio a donde huir. Intentó coger algo del interior de su chaqueta, pero Blackburn descargó la porra justo sobre el dorso de su mano y su M9 cayó al suelo. Trató de protegerse con la otra mano. Blackburn acercó el arma con el pie, la recogió, y estaba a punto de soltarle un porrazo en la nariz a Whistler cuando se detuvo.

—¿Cómo quiere que sea, Whistler? No querrá ser el tipo que no hizo nada mientras Nueva York era borrada del mapa...

No respondió.

—París probablemente esté ardiendo a estas horas. Sáqueme de aquí, y podrá ser el hombre que ayudó a salvar la ciudad. Salvo que prefiera ser encontrado muerto en una oscura sala de tortura.

Después de las distintas habitaciones en tonos grises y caquis en las que había estado encarcelado, el ruidoso frenesí y los centelleantes colores fueron un asalto para los sentidos de Blackburn. Se quedó en la parte norte de la plaza, a pocos metros de la «M» que señalaba la entrada del metro, llevando puesta solamente la túnica con la que le habían transportado hasta Nueva York, bajo el equipo de ciclista con el que Whistler había ido a trabajar esa mañana. Whistler había demostrado ser una buena elección como cómplice. Tenía la suficiente imaginación como para conceder a Blackburn el beneficio de la duda. Eso era muy generoso, puesto que Black sabía que aún podía fallar. ¿Qué es lo que esperaba? ¿Encontrar la segunda y brillante caja colocada junto a los estudios de Good Morning America? Las noticias transmitidas en teletipo que corrían por un lateral del edificio no hacían mención alguna a París.

Dio otra vuelta por la zona. Estaba llena de gente: turistas, vendedores, empleados, familias con niños. Pensó en su primera visita allí cuando tenía ocho años, con sus padres. Su madre le había apartado de una puerta sobre la cual había un letrero de neón con una chica en bikini sosteniendo un cóctel. Pensó que era muy guapa. Ahora la entrada y toda la manzana habían sido reemplazadas por el gran almacén de golosinas M&M. La hora punta se estaba acercando. Se quedaría allí hasta medianoche y aún más si fuera necesario.

Transcurrió media hora. La corriente de gente que se dirigía al metro se hizo más densa. A través de la aglomeración de oficinistas y ejecutivos saliendo de su trabajo, advirtió a un payaso gigante que avanzaba tambaleándose hacia él, moviendo enloquecido los ojos. Blackburn se apartó hacia la izquierda. Quienquiera que estuviera dentro del disfraz, pensó que sería divertido copiar sus movimientos. Blackburn se giró y el payaso imitó su gesto por segunda vez. Una niña se rio y les señaló con el dedo. Con los nervios a punto de estallar, Blackburn sintió ganas de tirarle al suelo de un puñetazo. Sin embargo giró ciento ochenta grados sobre sí mismo justo a tiempo de ver una figura familiar, con una maleta en la mano, detenerse en lo alto de la escalera de la boca de metro de la calle Cuarenta con Broadway, frente al edificio del Citibank. Sus ojos se encontraron brevemente. Blackburn escrutó el rostro, los ojos negros, los altos pómulos y las espesas cejas.

Y entonces Solomon desapareció escaleras abajo hacia la oscuridad.