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Camino de Moscú

—Qué agradable es estar de vuelta en terra firma y en el seno de la Madre Rusia —declaró Kroll.

Iba conduciendo, una mano apoyada en el volante, y la otra sujetando una lata de Coca-Cola. Habían recorrido quinientos kilómetros en dirección a Moscú, y aún les quedaban otros mil quinientos para llegar.

—¿Sabes?, creo que estos Mercedes clase S W220 son mis favoritos. Estos o, tal vez, los W126. No me gustaba tanto el modelo intermedio, ya sabes, aquel en el que la Princesa Di...

Dima estiró el brazo y le puso una mano en la boca.

—Dos cosas, amigo. Una: cierra el pico. Dos: estarás volando hacia París esta noche o mañana, así que no te acomodes demasiado. Concéntrate en la carretera y trata de que no te pare la policía. Si ven las matrículas azeríes pensarán que somos traficantes de personas.

Había llegado el momento de que Dima hiciera su primera llamada a París. Rossin descolgó casi inmediatamente. Dima intentó imaginárselo en su mesa favorita del Café de los Artistas en el barrio del Marais, un cigarrillo liado a mano en el hueco entre sus dedos y el Paris Match y el Economist desplegados delante de él, las dos caras de su personalidad.

Bonjour. C’est Mayakovsky.

Le pareció oír el sonido de una taza de café al caer.

—Lo siento, no conozco a nadie con ese nombre.

—No seas gilipollas, Rossin.

Suspiró.

Tu feo careto ruso está en todas las páginas web de la policía y los servicios de seguridad. Aparentemente has robado unas ADM con la intención de empezar la Tercera Guerra Mundial, principalmente para avergonzar a Rusia.

Dima trató de sonar despectivo.

Un error de copia. La parte culpable es, de hecho, un viejo amigo de los dos.

—¿Quién?

—¿Estás preparado? Solomon.

Esperaba el silencio que siguió. El nombre solía provocar esa reacción.

—Adiós, Dima.

—¡Espera! Al menos escúchame.

—Estoy retirado.

—No puedes permitirte retirarte. Ninguno de nosotros puede.

—Acabo de hacerlo, hace treinta segundos.

Un último favor, por los viejos tiempos. Nunca más volverás a oírme. Te lo prometo sobre la tumba de mi madre.

Tu madre murió en un gulag. No tiene tumba.

Solo algunos jirones de información. Un poco de vigilancia. Nada más.

—Solomon está muerto. Todos lo sabemos.

—Nos equivocamos. Estaba esperando su momento. Este es su particular «que os jodan a todos» hacia el Oeste. Solo te pido que me escuches. El objetivo es la Bolsa. Seguramente utilizará a personal de cafetería o de seguridad como cobertura, tal vez limpiadores.

—Tiene que haber más de cien personas.

—Compruébalos a todos.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Doce horas.

—Ajá.

Puedo pagar.

Después de que Dima colgara, Kroll dijo:

—Hablando de pagar...

—No estábamos hablando.

—Bueno, yo quería que...

—¿Recuerdas lo de «cerrar el pico»? Te recordaré en mi testamento.

—¿Y cuándo va a ser eso?

—Pronto. Seguramente esta noche estaré muerto. Ahora déjame tranquilo mientras vuelvo a hablar con Omorova.