97
París
Adam Levalle terminó su llamada y miró al extraño de complexión fuerte y aspecto desaliñado que estaba frente a él, respirando agitadamente. Evidentemente no pertenecía al edificio. Se le veía exhausto y, sin embargo, en estado de alerta.
—Lo siento, Señor: esta... persona... irrumpió en mi oficina, balbuceando algo sobre una fotocopiadora. ¿Quiere que llame a seguridad?
Dima trataba de coger aire. Las fotografías de Paliov: el joven sobre el puente, en el parque. Solomon también las había visto. Y enviarle la bomba precisamente a él, al hijo de Dima, formaba parte de su plan.
—Ah —exclamó Adam Levalle haciendo un gesto hacia la fotocopiadora—. En cualquier caso no debería estar aquí. Últimamente apenas las usamos. —Sonrió—. La oficina sin papeles. En teoría.
—Y me ha empujado.
—Gracias, Colette: ya me encargo yo.
Dima pareció súbitamente volver a la realidad. Apartó sus ojos de Adam y se dirigió hacia la fotocopiadora.
—¿La ha tocado alguien?
—Colette dice que no funciona. Estuve buscando un enchufe pero...
El reloj de la pared señalaba las 10.04. Se volvió hacia Adam.
—Tiene que marcharse. Salir rápidamente de aquí. Lo más lejos que pueda.
Adam Levalle no era el tipo de persona que hacía caso directamente a lo que se le decía y, menos aún, en su propio despacho. La intensidad del inesperado extranjero, su apariencia, como alguien que hubiera pasado muchas dificultades para llegar hasta allí, en ese momento concreto, despertaron su curiosidad. Sin duda tendría que haber una explicación.
Dima examinó la máquina. No había enchufe. Ni cables. Se volvió hacia Adam.
—No puedo dar la alarma. Ha sido saboteada. Tampoco puedo desactivarla. Si hace lo que le digo, podría salvarle la vida. ¿Tiene el edificio algún refugio contra bombas?
Adam Levalle asintió.
—Vaya hasta allí. Llévese a todos los que pueda, rápido. No espere si protestan. Y no deje que nadie trate de detenerle. Por favor, váyase. —Dima, con los brazos extendidos, estaba tratando de conducirle hasta la puerta.
Colette les salió al paso.
—Señor, este hombre no tiene identificación. Creo que deberíamos llamar a seguridad.
—¿Qué es lo que va a hacer? —le preguntó Adam, impertérrito y curioso.
—Tengo que sacar esto de aquí lo más lejos posible. Por favor, haga lo que le digo.
Los ojos de Dima echaban chispas.
Adam lo meditó.
—Necesitará ayuda. Creo que hay un carrito en el almacén del material de papelería al final del pasillo.
La mano de Colette estaba sobre el teléfono.
—Voy a llamar a seguridad.
Dima se precipitó desde el otro lado de la habitación, quitándole el auricular de la mano.
—Está bien, escuchen. Dentro de esta fotocopiadora hay una bomba. Tenemos apenas unos minutos —si hay suerte— para salvar las vidas de todos los de este edificio y de París. Si llama a seguridad me detendrán y me resistiré y acabarán disparándome y todo el mundo en la ciudad morirá.
—Pero... ¿Quién es usted?
—Sí —repitió Adam—. ¿Quién es usted?
Dima podía escuchar pasos apresurados fuera. Se acercó a Adam y, tomando aire, se atrevió a decir el nombre.
—¿El nombre de su madre era Camille?
Adam frunció el ceño, asintiendo.
—Mi... madre biológica sí, pero está... ¿Cómo lo sabe?
—Entonces, no se hable más y hágalo por ella.