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Fuerte Donaldson, Estados Unidos

A Jackie Douglis no le llevó demasiado tiempo constatar que el joven del suelo necesitaba su ayuda. Para empezar estaba deshidratado, eso era evidente por el tono de su tez y el color amarillento del blanco de sus ojos. Estaba claro que no había recibido la alimentación adecuada y, hasta donde a ella le concernía, por más que los guardias le hubieran contado que había matado a alguien, en su mundo al menos, uno era inocente hasta que se probara su culpabilidad.

Y, por si fuera poco, el guardia veterano, Halberry, no mejoró las cosas cuando la llamó Pequeña Dama. Tal vez le doblara en edad y fuera lo suficientemente mayor como para ser su padre y todo ese rollo, pero estaban en pleno siglo XXI y tenía que acostumbrarse a ello.

Finalmente llegaron a un acuerdo por el que el prisionero sería transferido a una habitación segura en la unidad médica para observación, además de someterle a un tratamiento de rehidratación. Tendría que estar esposado. Eso no era negociable y Jackie tuvo que reconocer que sí, que no sabía nada sobre ese joven y que esa era una batalla que no iba a ganar. Pero la vida en el centro médico de Donaldson se volvió súbitamente mucho más interesante.

Terminó por echar a todos los guardias fuera y se quedaron solos. Le hizo un examen en condiciones. De repente, él habló.

—Doctora Douglis.

Jackie aún no estaba acostumbrada a que la llamaran Doctora, pero sonaba bien. Miró al joven cuyo nombre era Blackburn y sonrió. Sus ojos parecieron cobrar vida.

—Ha sonreído.

—Así es.

Volvió a sonreír.

—Gracias —dijo el joven sargento—. No creí que volvería a ver una sonrisa así.

Cuatro horas más tarde, todavía dando vueltas en su cabeza al relato que acababa de escuchar del soldado esposado, le dejó de mala gana al cuidado de los del turno de noche. Se fue a la cama con la historia resonando en su cabeza, una historia de bombas nucleares en maletas, de rusos y terroristas... Dos horas después, aún incapaz de dormir, decidió llamar a su padre.

—Lo siento, cariño, la reunión de su Comité va a durar toda la noche —le informó la ayudante personal del Senador Joseph M. Douglis, Sheila Perkis, familiarmente conocida como «A prueba de balas» porque nada pasaba por ella. Y ahora también parecía haberse hecho con el control de su número privado, bueno, Jackie ya se encargaría de solucionarlo a su manera.

Mandó un correo a su padre para que la llamara. ¡Emergencia!

Dos segundos más tarde su teléfono sonó.

—Cariño, ¿estás bien?

Dio gracias a Dios por su adicción a la Blackberry. Jackie le explicó lo que el Sargento Blackburn acababa de contarle.

—Siento decírtelo, cielo, pero el mundo está lleno de gente con todo tipo de historias. Chicos ahí fuera en zona de guerra... A veces les afecta de esa forma.

—Entonces llamaré al New York Times: «La hija de un miembro del Comité de Seguridad del Senado descubre una amenaza de bomba sobre Nueva York, pero su padre no quiere saber nada». Un poco alarmista, pero apuesto a que sabrán sacar un titular de ello.

Joe Douglis sintió cómo un ujier le daba un golpecito en el hombro. Habían reiniciado la sesión. Dejó escapar un largo suspiro de derrota. Su hija era muy cabezota, es cierto; todavía más que su madre.

—Tú déjamelo a mí, ¿de acuerdo, cielo?

—¿Prometido?

—Prometido.

—¿Ya?

—He dicho que lo prometo.

Cuando Jackie Douglis volvió a Donaldson al día siguiente, el Sargento Henry Blackburn había desaparecido. Todo lo que pudo averiguar fue que un equipo especial había aterrizado de improviso llevándoselo con ellos. El destino, desconocido.