30

Las puertas eran demasiado grandes para romperlas. Además, no contaban con suficientes hombres como para irrumpir en medio de una explosión soltando plomo con sus armas. La única solución era entrar a hurtadillas.

—Toda cadena tiene su eslabón débil —dijo Blackburn.

—Cualquiera puede tener una buena idea.

—Si Black ha llegado a sargento será por tener buenas ideas.

Encontraron el eslabón débil. Alguien había añadido una salida de incendios a la parte trasera del edificio. La parte inferior había sido reventada por un impacto, pero un conducto de ventilación se extendía a su lado. Blackburn fue el primero, buscó el peldaño más bajo y se agarró a él lo justo para soltar el conducto. La escalerilla terminaba junto a una ventana con cristal esmerilado. Blackburn la empujó para abrirla: un cuarto de baño. Plantó un pie encima de la cisterna del inodoro y el otro en la tapa del asiento. Miró por encima de la mampara a las cabinas, había al menos cinco. Ninguna parecía ocupada. Saltó al suelo y las revisó una a una: todas abiertas. Se asomó por la ventana y llamó a los otros dos.

Matkovic fue el siguiente, con Blackburn guiando sus pies, luego apareció Montes. El pie de Campo pisó el botón de la cisterna. Se quedaron petrificados cuando esta se descargó, el sonido del agua rompiendo el silencio como una explosión. Ninguno se movió. Se oyeron pasos fuera. Blackburn señaló su rifle y sacudió la cabeza: nada de tiros. Tratando de reparar rápidamente su error, Campo corrió hasta la puerta y se escondió detrás, cuchillo en mano. Un oficial —a juzgar por su uniforme— se quedó parado en el umbral, sus ojos abiertos como platos. Se llevó la mano a la funda, dispuesto para disparar, cuando Campo le rodeó, cubrió su rostro con una mano y le clavó su cuchillo en el pecho. Se escuchó una protesta amortiguada y el cuerpo se desplomó en el suelo.

Black ya estaba en la puerta asomándose al pasillo.

—Encontremos la cámara acorazada.

Las puertas del ascensor estaban atascadas y medio abiertas. La caja se había parado entre dos plantas dejando un hueco de sesenta centímetros.

—Tiene que haber unas escaleras cerca. Abrieron la puerta que daba a las escaleras de servicio, y escucharon voces que venían de la planta inferior.

Black les reunió en círculo.

—Vamos a hacerlo de la forma rápida. Si ahora descendemos en rápel por los cables del ascensor, esos tipos del piso de abajo no sabrán que hemos pasado delante de ellos.

Se produjo un breve silencio mientras digerían la información. No parecían demasiado entusiasmados.

—¿Tengo aspecto de estar bromeando?

Black fue el primero, deslizándose por la abertura entre el suelo y la caja del ascensor. Estaban en un tercer piso pero no tenía forma de saber cuántas plantas de sótano había. Mientras descendía por los cables contó cinco pisos en total. El fondo estaba sumido en la oscuridad. Las puertas inferiores totalmente cerradas. Escuchó atentamente intentando captar algún sonido al otro lado. Nada. Hizo una señal con la linterna para que descendieran los demás. Una vez abajo, entre los cuatro consiguieron introducir los dedos por la ranura de las dos puertas y abrirlas lo suficiente para poder pasar por ellas.

Las puertas daban a una antesala y, un poco más lejos, se encontraba la cámara.

Black enfocó su linterna hacia la enorme y gruesa puerta acorazada. Estaba abierta de par en par.

—Parece que hoy es nuestro día de suerte.

Entraron. Tenía el tamaño de, al menos, dos contenedores. Las cajas de seguridad se alineaban en una de las paredes. Faltaban algunas, otras estaban en el suelo. Otras más, totalmente abiertas.

Black se internó un poco más.

Campo empezó a mirar en los cajones.

—Siempre quise robar un banco, ya sabes, muy profesional, un hombre desde dentro, un túnel subterráneo.

Black levantó una mano.

—Cállate, Campo.

Dirigió su linterna hacia la pared opuesta.

—¡Eh mirad!, son mapas —exclamó Montes—. Este es el búnker de mando de Al Bashir, ¿no es eso? Estos tipos siempre terminan en búnkeres, igual que Hitler.

Campo echó un vistazo a uno de ellos.

—Ajá, planeando la dominación del mundo, o algo así. —Se aproximó aún más—. Hmm. Dejadme ver, ¿dónde va a ser? Parece que ha estrechado su objetivo sobre... París.

—O Nueva York. Difícil decisión. Yo elegiría donde hablaran inglés.

—Él no habla inglés, tonto del culo.

Black se acercó. Marcada con un grueso círculo negro en el mapa de París estaba la Place de la Bourse, la Bolsa. Y en otro, Times Square. Alzó una mano para que se callaran y luego les hizo señas para que se echaran hacia atrás y así poder llevar a cabo una búsqueda más metódica. Había signos de reciente ocupación: un plato con restos de pan hindú, un tomate y las hojas de una verdura que no reconoció. El aire estaba viciado con olor a tabaco y un cenicero se había caído de una pequeña mesa plegable. Las colillas desperdigadas por el suelo.

—Se marcharon apresuradamente, está claro.

Campo señaló una maleta en el rincón más alejado.

—Compruébala.

Era un contenedor de aluminio.

—¿Qué es eso que está escrito en el lateral, y esos números? ¿Farsi?

—Es ruso.

—Bueno, no me sorprende, estos colegas tienen mucha basura rusa.

—Sí, pero observa ese símbolo. No hay nada ruso en ello.

Todos se fijaron en la etiqueta: un triángulo amarillo con tres aspas en negro alrededor de un punto central.

—Mierda...

—¡Santo Dios, podría estar cargada.

Black se adelantó hacia la maleta.

—Si es así, no hay nada que podamos hacer.

—Deberíamos informar.

—Voy a levantar la tapa.

Mientras los otros se apartaban, Blackburn se acercó, agachándose. Había dos cierres en la tapa, ambos abiertos. La levantó y miró. Bajo un grueso trapo, encontró tres compartimentos. Dos de ellos vacíos.

Uno no.

Una solitaria luz verde parpadeaba frenéticamente. Todos se apartaron instintivamente del dispositivo. La electricidad había vuelto. Una pálida luz amarilla resplandeció en una cavidad del techo.

—Jesús, joder.

—No es la luz de emergencia. La electricidad debe de haber vuelto. Tal vez el ascensor funcione.

Montes rio nervioso.

—¿Acaso alguien pensaba que había pasado lo mejor?

—Voy a informar sobre esto. —Black ajustó su micrófono—. Rebelde, aquí Rebelde 1-3, informe de situación, cambio.

Aquí Rebelde. Adelante —llegó la respuesta.

Labrador 1-3 está inoperativo. Hemos localizado cámara. OP negativo, repito, negativo. Hemos localizado lo que parece ser un dispositivo de ADM portátil, repito, ADM. Estable. Dispositivo en contenedor, evidencia de otros dos, repito, dos desaparecidos.

—Mirad allí arriba. —Todos se fijaron en el rincón que Campo estaba señalando. Un monitor con la pantalla dividida mostraba cuatro imágenes. Una parecía ser del vestíbulo.

Dos figuras, llevando lo que parecían ser M4 americanos, estaban camino de la salida, uno tirando de una caja con ruedas.

—¡Joder! Ese es nuestro OP. Es Bashir.

No hubo respuesta de la radio. Blackburn repitió el mensaje.

Hemos visualizado al OP. Al Bashir dejando el edificio. ¡Ahora!

Finalmente llegó la respuesta:

Dispersándose. Movilizando efectivos. ¡Ya!

—No pueden oírme bien: estamos demasiado soterrados.

La luz se fue y volvieron a quedar sumidos en la oscuridad.