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Además de mantenerse lejos de los cables de alta tensión, Dima tenía muchas cosas en mente mientras viajaban hacia el norte. La emoción de haber conseguido despojar a los matones de su propio helicóptero se había desvanecido al tener que asumir la noticia sobre Darwish. Su muerte reforzó su decisión de obtener algún resultado que compensara su desaparición. Darwish no merecía morir en vano: era lo mínimo que le debía a su viejo amigo. Lo que Omorova le había contado significaba que la sensación de libertad de la que disfrutaban en el helicóptero sería solamente temporal. En el aire resultaban un blanco fácil. Tenían que salir del cielo y encontrar algún otro medio con el que pudieran volver a Moscú pasando desapercibidos. Kroll había escuchado la conversación en sus auriculares. Sabía a lo que tendrían que enfrentarse.
—Así que ahora somos fugitivos. Supongo que ya podemos despedirnos de cualquier remuneración por esta excursión.
Dima se preparó para recibir una lluvia de quejas de Kroll.
—Nunca dije que esto sería sencillo.
—Esperaba poder llevar a los niños a Eurodisney.
—Sí, claro. La pena es que sus madres ni siquiera te abrirían la puerta.
—Hubieran podido venir también. Lo tenía todo pensado.
La lenta caída al abismo que constituía la vida privada de Kroll era lo último que Dima necesitaba escuchar ahora mismo.
—Cuando dejes de quejarte, ¿crees que podrás aportar alguna idea?
La cara de Kroll se iluminó.
—Bueno, este helicóptero vale su peso en oro. Podríamos negociar con él.
—Muy gracioso.
—Lo digo en serio. Bilasuvar. Está solo a unos cincuenta kilómetros al otro lado de la frontera azerí. Para cuando alguien advierta nuestra presencia estaremos fuera del cielo.
Eso es lo que a Dima más le gustaba de Kroll. Siempre preparado con la solución más insólita para resolver el problema.
Bilasuvar. En época soviética había sido un cementerio para aparatos de las fuerzas aéreas tan viejos, inútiles y obsoletos que ya no podían continuar volando. Desde que Azerbaiyán declaró su independencia, se había convertido en un importante centro de piezas de repuesto y reciclaje de aluminio. También había un boyante comercio de aeronaves de dudosa procedencia.
Era una posibilidad remota, pero era la única que tenían.
El cielo se estaba iluminando por el este cuando cruzaron la frontera. Dima mantuvo el helicóptero volando a baja altura para escapar de cualquier radar. Su mente volvió a Blackburn. El ejército americano estaría ansioso por saber qué le había ocurrido a Cole. ¿Cuánto estaría dispuesto a contarles? ¿Hasta dónde le creerían? ¿Sería entregado a los de la CIA? Tenía que detener a Solomon fuera como fuese, por Darwish, por Blackburn y por él mismo, si es que no era demasiado tarde.
—¿Quieres echar un vistazo a eso?
Kroll se había convertido de pronto en un niño, revitalizado ante la visión de la cornucopia armamentística de la Guerra Fría. Rodeados por una flota de helicópteros Mil de toda clase, había media docena de «Osos» Tupolev-95, que habrían pasado sus días incordiando a la OTAN arriba y abajo del mar del Norte, y alrededor de veinte MiG-15, el primer caza soviético de reacción con motores inspirados en el Rolls-Royce. ¡Qué considerado por parte de los ingleses compartir sus conocimientos! Dima sintió una especie de nostalgia por la antigua Rusia soviética. Analizándolo en retrospectiva sabía que la Unión Soviética estaba jodida, pero en su momento pareció una buena idea.
—Sin duda con un lote como ese tendríamos que haber ganado la Guerra Fría —dijo Kroll, mirando el cementerio de más abajo.
—Nosotros ganamos: solo que fue el «nosotros» equivocado.
—Bien, al menos esperemos que tengan algunos «bugas» decentes ahí abajo.
Dima aterrizó el Kamov en un hueco entre varios cobertizos de chapa corrugada y un gigantesco Ilyushin II-76 de transporte al que le faltaban las alas. Un grupo de trabajadores estaba cortando el fuselaje con sierras mecánicas, como hormigas devorando una enorme presa. Antes incluso de que se bajaran del helicóptero, tres hombres con tatuajes y monos manchados de grasa emergieron de los cobertizos con los AK preparados, uno destacando delante de los otros.
—Jesús —exclamó Kroll—. Fíjate en lo que viene hacia nosotros.
—He tenido bienvenidas más calurosas.
Desprovisto de distintivos de cualquier gobierno y a pesar de las cicatrices de guerra que tenía, el reluciente y flamante Kamov aún apestaba a algo oficial.
—Den la vuelta y vuélvanse al jodido Moscú si no quieren que les meta una bala en los huevos —gritó el más alto de los tres, con un puro sin encender colgando entre sus dientes ennegrecidos.
—Puede que aquí nuestro amigo Mad Max se crea que somos de la oficina de impuestos.
Dima y Kroll bajaron lentamente del aparato, con las manos en alto. Un cóctel de olores, mezcla de herrumbre, aceite de motor y humanidad, penetró por el hueco de la puerta que Dima había derribado.
—Mmm-hmh —inhaló Kroll saboreándolo.
—Huele mucho mejor que ese coche en el que vives —declaró Dima.
—Pasábamos por aquí —explicó Kroll—, y nos preguntábamos si...
—Cállense y pónganse allí.
Dima dio un codazo a Kroll mientras caminaban.
—Por algo lo llaman el Salvaje Este.