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Moscú

Eran más de las dos de la madrugada cuando Dima regresó a su habitación en el hotel.

Salir del Acuario había sido más difícil que entrar: una tradición que aún se mantenía. Cuando dejó a Paliov, se encontró con un trío de «matones» de Asuntos Internos en la oficina exterior. Esperando que fueran solo parte de la decoración continuó andando, pero le bloquearon el paso. Antes de liarse a puñetazos, decidió emplear un lenguaje amable. Un calentamiento previo, pensó para sus adentros, mientras calibraba al líder de los tres, un rostro que reconoció del pasado.

—¿Qué puedo hacer por ustedes, caballeros?

Dos de ellos parecían no estar demasiado en forma, sus músculos se habían ablandado por años de golpear a quienes eran demasiado débiles para devolver el golpe. Por quien tenía que preocuparse era por Fremarov, un mongol que había servido con él en Afganistán. El que fuera una vez un orgulloso soldado estaba ahora en vía muerta, empleando el tiempo que le quedaba hasta su jubilación en trabajos de mierda reservados para los viejos agentes que no habían sido lo suficientemente listos —o suficientemente desagradables— para trepar por la cucaña. Con solo verle, Dima daba gracias por haberse salido cuando lo hizo.

—Fremarov, viejo amigo. ¿Cómo te trata la vida?

La pareja de gorilas les miró sorprendidos, desconcertados ante la inesperada bienvenida de alguien a quien tenían orden de detener.

Finalmente Fremarov habló.

—Esto sí que es raro.

—¿Qué te han dicho? ¿Que rompí filas, que me negué a cumplir las órdenes o que estaba fuera de control?

—Algo así.

—Un simple malentendido: algunos cables cruzados, eso es todo. Que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Ya sabes cómo son.

—Sí. —A pesar de las instrucciones, Fremarov se encogió de hombros. Con quince años por delante hasta que pudiera cobrar su pensión, ¿por qué no gastar otros cinco minutos? Los gorilas, en cambio, parecían menos convencidos.

—Vuestro camarada es un jodido buen tío —declaró Dima—. Me salvó la vida en más de una ocasión.

Fremarov sonrió. Ambos sabían que todo aquello no eran más que gilipolleces, pero sonaban bien.

—Fue exactamente al contrario, maldito bastardo, como bien sabes.

—¿Lo fue? Ya no lo recuerdo. Bueno, en cualquier caso, fue divertido.

—¿Es que ya se conocían? —dijo Gorila Uno. Fremarov puso los ojos en blanco.

—El problema con nuestros superiores —continuó Dima, observando a Gorila Dos y cambiando el peso de su cuerpo de un pie a otro, en actitud de alerta— es que tienen la memoria muy corta. Se olvidan de quién les ha hecho un favor.

—Cierto —contestó Fremarov, justo en el instante en que Gorila Dos decidió hacer su movimiento. Cuando lanzó un torpe derechazo contra la mandíbula de Dima, este se agachó y se lo cargó sobre su espalda como un saco de patatas, empujándole con fuerza contra la pared. Se desplomó sobre la fina moqueta, jadeando. Sin esperar a que le superaran a las primeras de cambio, Gorila Uno trató de derribar a Dima enganchando un pie alrededor de su pierna izquierda mientras, simultáneamente, le golpeaba duramente en el plexo solar. Dima se giró para ver la enorme mano de Fremarov estrujando el cuello del hombre. Siguió estrujándoselo mientras Dima daba un paso fuera de su alcance—. Diré que nos rechazaste y nos diste esquinazo.

—Sí, tres contra uno, me gusta —declaró Dima—. Me alegra haber topado contigo. Dale recuerdos a tu bonita hija.

—Ahora está casada.

—Una pena.

Cuando llegó al hotel, la atractiva morena de recepción había acabado su turno, siendo reemplazada por otra de mirada severa, posiblemente con potencial, si te gustaba sentir los tacones de aguja en tu espalda, lo que no era su caso. Había caminado hasta el metro de Polezhaevskaya y tomado la línea morada hasta el centro. Había sido un día extraño, manejando cinco millones de dólares un minuto y cogiendo el metro para desayunar al siguiente. Por no mencionar todas las muertes entre medias.

Entró en la habitación. Las ventanas estaban abiertas, el letrero de neón del club de enfrente —Zona Confort— tiñendo las paredes de rojo y verde en agitada sucesión. Dejó la luz apagada, lansu abrigo sobre la cama. Algunas veces se preguntaba cómo sería ser una de esas personas del metro, levantarse, ir a trabajar, discutir con tu mujer, llevar una vida normal. Nada en su vida había sido normal y ya era demasiado tarde para cambiar. Era el que era, para lo bueno y lo malo. La pregunta era si podría vivir consigo mismo.