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Los gorilas de Bulganov requirieron un poco más de persuasión. No sucede todos los días que un oligarca reciba a un inesperado visitante cubierto de sangre y vistiendo solamente un abrigo manchado de pis. Le miraron de arriba abajo, mientras sus pies continuaban manchando de sangre la moqueta de color claro.
—¿Dónde están sus zapatos? —preguntó el más grande de los dos.
—Me está esperando. —Dima volvió a deletrear su nombre—. Acabo de hablar con él. ¡Salvé la vida de su hija, por Dios santo!
El gorila grande y el pequeño hablaron entre sí e hicieron una llamada de teléfono, lo que provocó la llegada de un tercero. Los tres, muy corpulentos, pero sin ninguna agilidad, apenas servían como pisapapeles. Dima podía haberlos derribado en segundos, pero, habiendo solicitado justo antes un gran favor de su jefe, pensó que tal vez no sería lo más adecuado.
Finalmente el ascensor privado se abrió detrás de ellos.
—Puede subir —indicó el tercer pisapapeles—. Deje el arma.
—Lo que haga falta.
Dima se la lanzó: el otro la atrapó a duras penas.
Se bajó en la planta 45. Bulganov apareció corriendo hacia él, un vaso de whisky en una mano y un puro en la otra. El apartamento olía a Chanel nº 19 y a dinero.
—¡Dima! Dios mío, ¿qué te han hecho...?
Olió levemente el abrigo y se detuvo en seco.
—¡Cristo! Date una ducha, ¿quieres? No vas a montar en mi avión oliendo así.
El dinero era de Bulganov, pero el perfume de Chanel...
Omorova estaba sentada en un sofá blanco debajo de un pequeño cuadro de Picasso, su cara era una mezcla de diversión y enfado. Él trató de acercarse pero ella le alejó con un gesto de sus manos.
Cuando emergió de la ducha encontró una bata con el escudo del equipo de fútbol británico que Bulganov había adquirido recientemente, y se la puso. Informó de las novedades a Omorova, que echó una mirada a su reloj.
—¿Cuánto lleva en Moscú?, ¿siete horas? Usted solo se basta y se sobra para desencadenar una ola de crímenes.
Él levantó las manos resignado.
—Lo sé: ha sido un día muy ajetreado.
—¿Gracias a mi ayuda? Ni siquiera se atreva a mencionarlo.
—Por supuesto que nada de esto habría sido posible sin usted. ¿Me he ganado ya un beso?
—Mi carrera está totalmente acabada.
—¿Acaso está abandonando?
—Dima, probablemente ni siquiera me dejen poner un pie en el edificio.
Un mayordomo apareció con un vaso de Bourbon para ella y una Coca-Cola Light para Dima. Un minuto estás corriendo desnudo por las calles, y al siguiente te encuentras en el piso 45 de pie sobre una alfombra de seda. Una vida extraña. Pero Dima no había tenido nunca nada que pudiera llamar normal. Alzó su vaso hacia ambos, y luego hacia el Picasso.
Ella dio un buen trago y cruzó las piernas.
—Hágalo otra vez —pidió Dima.
—¡Váyase al cuerno! Aquí tiene sus cosas.
Abrió su bolso y sacó el contenido de la caja de seguridad de Dima.
—Ha pensado en todo.
—Alguien tiene que hacerlo.
Hizo un rápido inventario de sus pertenencias y cogió los pasaportes.
—Ah, mis viejos amigos.
—He contactado con su hombre, Rossin, en París. Ha examinado a todo el personal de la Bolsa: tanto doméstico como de seguridad, todos limpios.
—Debería comprobar también a los del servicio de mantenimiento: calefacción, fontanería. Con el tamaño de ese edificio y siendo tan antiguo, probablemente necesite todo un ejército para mantenerlo en condiciones. ¿Y qué pasa con los ordenadores? El capitalismo nunca duerme. Tiene que haber un equipo entero de técnicos informáticos las veinticuatro horas.
Omorova abrió su ordenador portátil.
—Necesitamos saber cualquier cosa sobre las estancias de Solomon en sus viajes recientes a París. Lo más probable es que haya estado allí, no solo para reconocer el terreno sino para formar algún tipo de equipo. No empezará desde cero. Es muy meticuloso. Si ya ha llegado, no creo que lleve muchos días, así que ha debido de escoger algún lugar de su confianza para operar desde él. Mi impresión es que no se quedaría en un sitio desconocido, en el que tuviera que vigilar o mirar por encima del hombro.
Dima asintió.
—Sí, pero no podemos darlo por sentado. No podemos asumir nada. Es capaz de aparecer por la puerta principal fingiendo ser director de un fondo de inversión, un comerciante de petróleo o alguien experto en derivados. Es extremadamente creíble ya sea interpretando el papel de un libanés, un americano o un israelí...
Omorova sonrió.
—¿Más que usted?
De pronto deseó que ella le acompañara. Pero para ser justos, había un aspecto de la misión que no quería explicar. Tenía que viajar en el tiempo hasta un lugar de su vida que creía haber dejado atrás. Además, una parte de su mente ya había calificado la búsqueda como inútil. Tratar de encontrar un hombre y una bomba en una gran capital con solo cuatro personas para ayudarle..., posiblemente solo tres, ahora.
Ella suspiró como si leyera en su mente.
—Y aún no está oficialmente fuera de la lista de los más buscados. Timofayev no lo habría sancionado hasta... —Su voz fue bajando de tono—. Aún hay un aviso encubierto para asesinarle en cuanto le vean en todas las agencias de seguridad europeas. —Leyó de un impreso—. «La CEI no, repito, no protestará en el caso de que el objetivo no sobreviva al arresto». Bien dicho, ¿eh?
Dima se encogió de hombros. No había esperado otra cosa.
—¿Qué dicen los americanos?
—Ah. ¿Quiere saber el resto de las malas noticias?
—Dígamelas.
—Los de Langley han hecho saber que un marine de Estados Unidos está bajo arresto por asesinar a su oficial al mando en Irán...
Dima parpadeó.
—Continúe.
—Bajo ningún concepto quieren que se sepa que un ruso estaba allí al mismo tiempo. Eso solo lo haría más complicado para ellos. Pero uno de nuestros canales clandestinos de comunicación asegura que el prisionero ha corroborado la afirmación de los servicios de seguridad rusos de que un tal Dima Mayakovsky se ha fugado y constituye una amenaza potencial para el continente europeo.
Sacudió la cabeza.
—El pobre chico probablemente no tenía otro sitio donde ir.
—¿Y cómo no está diciendo que fuiste tú quien mató a su oficial al mando? —se interesó Bulganov.
—Tenía una terrible elección: o bien negar mi presencia y olvidar todo lo que le conté sobre Solomon, o salir limpio y tratar de pasar su mensaje. Podría haberse salvado a sí mismo.
—Tanta honestidad, tanto desinterés... —Su voz se fue apagando. Bulganov estaba perplejo.
Omorova frunció el ceño, pensando.
—¿Durante cuánto tiempo estuvo a solas con él? ¿Una hora?
—Se puede aprender mucho de alguien en ese tiempo. Sería bueno que supiera que aún sigo ahí fuera. ¿Hay algo que se pueda hacer?
Miró hacia la ventana. Más abajo podía ver las luces del nuevo Moscú centelleando a lo largo del horizonte.
—Salvó mi vida para que pudiera terminar con esto. No puedo fallar.