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Solomon. Había muy pocos nombres que al escucharlos en voz alta le produjeran semejante puñetazo emocional.
La última vez que había ocurrido fue un año atrás, cuando Kroll lo mencionó en relación con una bomba en un hotel de Abu Dhabi, cuando una delegación de paz de Oriente Medio se hallaba reunida. Todos los asistentes quedaron destrozados hasta tal punto que, los pocos restos, tuvieron que ser enterrados en una sola tumba. Hubo también un ataque especialmente sangriento a un grupo de cooperantes americanos de camino a Afganistán. El insistente rechazo a asumir la autoría del atentado por parte de los insurgentes locales a ambos lados de la frontera, y las mutilaciones que, incluso para Dima, eran difíciles de aceptar, sugerían una pauta que estaba más allá de la simple hostilidad por la presencia americana. Cada una de las veinticuatro víctimas, según se informó, fue obligada a cometer actos degradantes con sus compañeros antes de ser decapitados con una espada, un sello distintivo que inquietaba especialmente a Dima.
Pero aquí, en ese búnker, con Kaffarov muerto a sus pies, y el Sargento Blackburn apuntándole con su M4, era el último lugar en el que esperaba escuchar el nombre de Solomon, y menos aún de boca de un militar americano.
—¿Puede repetirlo? —pidió Dima, tratando de cerciorarse de que había oído bien.
Blackburn lo repitió, lentamente, enfatizando cada sílaba, como había hecho Bashir. Dima exhaló un largo suspiro.
—¿Qué sabe sobre Solomon?
Blackburn mantuvo su mirada fija en Dima. Su voz estaba prácticamente temblando de rabia.
—Sé que en las últimas setenta y dos horas un hombre, supuestamente llamado así, ha sido el responsable de decapitar a un militar americano desarmado en la frontera de Irak, y de ejecutar con su espada a un tanquista. También sé que un tipo con ese nombre fue visto por última vez con Farouk Al Bashir, abandonando el Banco Metropolitano de Teherán.
Dima dejó que aquello se asentara en su mente. Había una mirada de certeza en los ojos de Blackburn que era difícil de ignorar. No solo certeza, sino una firme voluntariedad por controlar sus emociones. Las siguientes palabras que Dima pronunciara podían ser decisivas.
Tomó aire.
—Está bien. Puedo decirle dos cosas sobre Solomon que no espero que crea de inmediato. Una: que definitivamente yo no soy él, y dos: que probablemente puedo contarle más cosas sobre él que ninguna otra persona viva.
Sí, claro, pensó Blackburn, poco dispuesto a creer que la persona que estaba frente a él era alguien distinto a Solomon. Pero primero quería estar seguro. Nunca había matado a sangre fría. Podía hacer lo correcto y entregarlo a sus superiores, ¿y después qué? No quería que el conflicto que sentía en su interior se reflejara en su cara.
—Rebelde 3-1, aquí control Rebelde, cambio.
Esta vez era Cole.
—Rebelde 3-1, deme informe situación, cambio.
Dima y Blackburn se miraron el uno al otro. Blackburn apagó la radio, lo que era raro, pensó Dima. De hecho, toda la situación era decididamente extraña. Estar en el antiguo chalet de esquí del Sha con un traficante de armas muerto, un coreano muerto en la piscina, y ahora, ser detenido por un soldado americano en el búnker medio destruido. Y por si eso no fuera suficientemente raro, la mención de Solomon había puesto la guinda al pastel.
El edificio se tambaleó, enviando una nueva ducha de fragmentos de hormigón sobre ellos. Estaban sepultados. Los camaradas de Blackburn trataban de localizarle, pero él había apagado la radio. Lo que fuera que estuviera pasando allí, pensó Dima, era lo bastante importante como para que Blackburn desobedeciera las órdenes. ¿Estaría trastornado? Parecía enfadado, pero no loco.
—Diga lo que sea pero rápido.
—Lo intentaré. Él era un niño cuando apareció por primera vez en un campo de refugiados en el Líbano a finales de los años ochenta, afirmando sufrir amnesia; ni siquiera recordaba su nombre, pero tenía un don increíble para los idiomas. Unos misioneros americanos pensaron que era una especie de prodigio, y le bautizaron como Solomon, igual que el rey sabio del Antiguo Testamento. Se lo llevaron con ellos a Florida. Aquello no salió bien. Fue acosado en el colegio. Y así continuó durante meses. Esperaba su momento. Ese es su sello distintivo: no le gusta precipitarse. Entonces el joven Solomon se cobró su propia venganza sobre sus torturadores del instituto con un machete, y no en un momento de arrebato, sino más bien de forma quirúrgica. Le ahorraré los detalles, pero debe saber que, al menos, tres cabezas fueron seccionadas. Luego desapareció, escondiéndose como polizón en un barco mercante que se dirigía al Golfo. Al cabo de dos años empezó a llamarse «Suleimán», luchando con los muyahidines de Afganistán y contra los rusos. Pero quería más. No tenía aliados, excepto él mismo. Fue reclutado por los rusos, que comprendieron su potencial: su carácter despiadado, su don para los idiomas, su don para todo, además de un odio profundo por América. De modo que lo reclutaron y lo adiestraron como alguien muy valioso. Puede hacer todos los papeles: de yanqui, árabe, euroasiático. Es un arma secreta, pero también es imposible de manejar. En el caos tras el desplome de la Unión Soviética desapareció, se marchó por su cuenta. Entonces tuvo lugar el 11-S. Los americanos lo atraparon y lo encarcelaron en Guantánamo. Pero Solomon no es ningún estúpido: imagine lo que hizo para salir. Ofreció sus servicios. Les dio el preciado tesoro de la información sobre grupos terroristas, la Inteligencia rusa, y lo siguiente que se supo es que de nuevo volvía a ser Solomon, a sueldo de la CIA y trabajando en operaciones encubiertas.
Blackburn escuchaba.
—¿Cómo sabe todo eso?
—Porque yo lo encontré en Afganistán —contestó—. Yo fui su tutor en el GRU.
—¿Usted?
Blackburn se quedó callado durante casi treinta segundos, digiriendo todo lo que acababa de escuchar. ¿Le creía? Necesitaba tiempo para decidir si lo hacía, un tiempo que no tenía. Finalmente habló, su voz distante.
—En la cámara del banco... había mapas.
—¿De qué?
—Nueva York. París.
París. Es una pena. Las palabras de Kaffarov volvieron a la mente de Dima. Con Bashir fuera de juego, la verdadera fuerza del PLR podrá desencadenarse: el 11-S será solo una nota a pie de página en la historia ante lo que está por venir. A pesar de tener todos esos pensamientos zumbándole en la cabeza, Dima trató de concentrarse en el Sargento Blackburn y en su M4.
Este también estaba luchando para mantener sus emociones apartadas de sus pensamientos. ¿Sería sincero ese hombre? ¿Cuál era su verdadero propósito? Al menos tenía al tipo controlado mientras decidía qué hacer con él. Cole estaba ahí fuera, en alguna parte, esperando saber qué estaba sucediendo, escrutando con lupa la actuación de Blackburn. Cómo detestaba a su oficial al mando.
Presionó la boca de su M4 contra el cuello de Dima.
—Está bien, muy convincente. Ahora al suelo.
Le dio la vuelta y lo empujó para que se pusiera de rodillas.
—Puedo entender cómo le gustaría que yo fuera él...
—¡Cállese! —gritó Blackburn, a pocos centímetros de la oreja de Dima.
No pudo ser el grito lo que lo causó, pero aún seguía resonando en la cabeza de Dima cuando fueron engullidos por otro ruido mucho mayor.