23
Asara, norte de Teherán
—Genial. Justo lo que necesitamos.
Gregorin bajó sus prismáticos y se los pasó a los demás.
—Nuevos y flamantes F-35 Lightning, recién sacados de la fábrica. Solo unas fuerzas aéreas los tienen.
—Me alegra que uno de nosotros esté tan al día —dijo Dima.
Habían abandonado la autopista, tomando la Ruta 56 al oeste, en dirección a las montañas Alborz, y se habían detenido. Desde ahí tenían una visión panorámica de la ciudad, que se asentaba sobre la llanura que se extendía a sus pies. Dima observó los cazas rodeando una enorme columna de humo que ascendía desde una refinería en la parte sur de la capital.
—Primero el PLR, después el terremoto. Ahora las jodidas Fuerzas Aéreas americanas. Tenemos el lote completo.
—Míralo por el lado bueno. Al menos están atacando el sur y el oeste. De acuerdo con Darwish, Amara y sus parientes políticos están en el nordeste.
—Ah, bueno, entonces todo va bien: no hay problema. Solo tenemos que ignorar que la mayor superpotencia del mundo está asediando una parte de la ciudad, mientras nos acercamos a la puerta de su casa y le preguntamos si podemos tomar el té con su marido.
Dima se encogió de hombros.
—¿Tienes una idea mejor?
Eran casi las seis de la tarde. La luz estaba desapareciendo. Darwish llamó. Había hablado con su hija. Estaba en Niavarán, un suburbio al norte, sola en su casa. Todos los parientes de su marido y sirvientes se habían marchado. No tenía ni idea de a dónde habían ido, y estaba histérica, muerta de miedo. Darwish le había prometido que la ayuda estaba en camino.
—Le he dicho que su papá había enviado a unos hombres muy valientes para rescatarla: los mejores.
—Así será más fácil. Pero ¿dónde demonios está el marido? ¿Cuál era su nombre?
—Gazul.
—¿Qué clase de hombre deja a su mujer sola en mitad de un terremoto?
—Y con los americanos bombardeando el lugar.
—Estoy abierto a sugerencias.
—Encontremos al cabrón y cortémosle las pelotas —propuso Vladimir, mientras Dima colgaba.
—Sugerencias sensatas, por favor. Hasta ahora lo único que has hecho es devorar todas las galletas, así que sé útil o encontraremos un barranco por donde despeñarte.
Se volvió hacia Kroll, sentado en la parte trasera del segundo coche, contemplando la maraña de cables del rastreador de Shenk desperdigada por todo el asiento.
—¿Por qué no la localizas a ella primero y te enteras de cómo están las cosas sobre el terreno? Compruebas que el tipo realmente la ha abandonado y, si es así, dónde —sugirió Kroll.
Dima marcó el número que le había dado Darwish.
—De hecho esas galletas estaban un poco secas. ¿Tenemos un poco de vodka?
—Dispara mejor cuando está borracho, ¿no es así, Vladimir?
—Cerrad el pico, ¿queréis? Estoy intentando oír.
Dima esperó a que contestaran. No tenía ni idea de si ella les sería de utilidad, y no se hacía ilusiones sobre que pudiera llevarles cerca de Kaffarov o de su maleta nuclear. Si realmente la propia familia de su marido la había abandonado, ¿estarían aún en contacto? Esperó hasta que descolgó. Su voz era apenas un susurro lleno de lágrimas y suspiros entrecortados.
—Si mi marido descubre que he hablado contigo me matará.
—No tendrá oportunidad. Solo confírmame dónde te encuentras y dónde está él.
—¡No lo sé! Se fue muy pronto esta mañana. Le pregunté a su madre si lo sabía y ni siquiera se molestó en contestarme. Todos me odian. Ella ni siquiera...
Mujeres.
—Está bien. Solo repíteme la dirección, por favor. Bien, de acuerdo. ¿Seguro que estás sola?
—Sí, incluso mi sirvienta se ha ido.
—¿Y dónde está Gazul?
—Ya te lo he dicho, no lo sé. Nunca me cuenta nada.
Los cazas americanos planearon sobre sus cabezas, Dima se esforzó en escuchar.
—Está bien, Amara, gracias. Estaremos allí en cuarenta minutos.
Lanzó el teléfono contra el asiento del coche.
—O bien está realmente asustada por su vida o hay algo que no está contándonos.