57
Autopista Teherán-Tabriz, norte de Irán
—Tenemos un problema.
—Guau, ¡no me digas! ¿Cuál puede ser? —El cinismo de Kroll parecía estar haciendo horas extra.
—El tono de Darwish, el acuerdo. Y además ha dicho mi Anara. Dos veces.
—Está sometido a mucho estrés.
Ambos sabían que había algo más. Que no era el tipo de hombre que cometía descuidos y, mucho menos, sobre un miembro de su propia familia. O, tal vez, estaba siendo vigilado tan de cerca que todo lo que pudo hacer fue pronunciar mal el nombre de su propia hija, un desliz tan pequeño que quienquiera que estuviera en la habitación con él apenas lo notaría, pero que sabía que Dima cazaría al vuelo. Confió en que el tono cansado de su voz fuera solo cosa de nervios, y no algo peor. ¿Acaso había tapado el teléfono para poder recibir instrucciones de sus captores? Sonaba como una trampa: poco sutil, zafia, típica del modo en que algunas personas operaban. Exactamente qué personas aún no lo podía decir.
—Ha dicho que iba a llevársela lejos. ¿Desde una pista de aterrizaje? ¿A dónde?
—Tal vez con su familia.
—Todos están muertos o aún siguen ahí. Esto no me huele nada bien.
—Genial —exclamó Kroll mientras volvían a la carretera—. Y ahora vas a querer rescatarle.
Amara se revolvió en su profundo sueño. Sus ojos se abrieron, se cerraron y volvieron a abrirse, agrandándose súbitamente al enfocar la cara de Dima. Iluminado solamente por la luz del interior del vehículo, tenía un aspecto ligeramente fantasmal.
—Creí que estabas muerto.
—Soy indestructible.
Frunció el ceño, confusa, y luego hizo una mueca de dolor.
—¿Dónde estamos?
—No muy lejos de casa. He hablado con tu padre. Nos está esperando.
Ahora estaba totalmente incorporada, él hizo un gesto hacia el hueco que quedaba a su lado. Kroll se detuvo para que Dima pudiera trepar hasta el asiento de atrás. Durante algunos minutos condujeron en silencio. Contempló a Amara, toda su vida patas arriba gracias a ellos.
—Siento mucho lo de Gazul. Después de todo él era tu...
Ella alzó una mano, respiró hondo y fue expulsando el aire lentamente, luego sacudió la cabeza.
—Fue un error. Nunca le digas a mi padre que he dicho esto: pero tenía razón sobre él.
—Nos has ayudado mucho, llevándonos hasta el chalet.
Bajó la vista.
—Kristen está muerta, ¿verdad?
—Lo siento. Y también mis dos camaradas.
—Qué trabajo más extraño el tuyo. Apuesto a que no tienes una esposa o una familia.
Hubo una pausa antes de que contestara.
—Es mejor así —declaró, pensando en la vida que había imaginado una vez con Camille.
—¿Sabes?, en Irán la vida no es buena para una joven viuda. ¿Crees que podría encontrar un trabajo en Moscú? He oído que hay mucho trabajo en Moscú para mujeres jóvenes.
—No de la clase que aprobaría tu padre.
—Eres tan malo como él. Ahora ya sabes por qué tenía que marcharme.