
Tras la captura de Debray y Bustos, el grupo de vanguardia que capitaneaba el Che inició una gravísima descomposición.
Al no poder localizar a Joaquín y su gente, intentamos retornar a la finca de Ñancahuazú; concretamente al campamento que llamábamos del «Oso».
Pero volvimos a perdernos. Y se repitieron muchas de las escenas vividas en la experiencia que llamé «infierno verde».
El lugar era un laberinto de cerros, bosques y quebradas, a cual más profundo y cerrado. Era necesario abrirse paso a machetazos. Los pobladores eran escasísimos y la comida empezó a faltar.
Durante diez días fue una ascensión continua. El Che anotaba y anotaba las altitudes. Era lo único que parecía preocuparle.
Nos deteníamos cada dos o tres horas e intentábamos ubicarnos. Era imposible. Los malditos mapas de Barbarroja eran basura. Nada estaba en su sitio...
Y empezaron las peleas, los robos de comida, los insultos y la falta de respeto. Cada día acudíamos al Che y nos acusábamos mutuamente. El Che escupía en el suelo y se sentaba a la sombra de un árbol. Y se dedicaba a beber mate y a canturrear.
Aquello era un desastre.
Para colmo, en la lejanía, oíamos a los soldados y los ladridos de los perros que los acompañaban. Estaban por todas partes.
La depresión nerviosa también nos visitó...
El 8 de mayo tuvimos oportunidad de desahogarnos.
Una patrulla de soldados se cruzó en el camino y los emboscamos. Vaciamos los cargadores, de pura rabia. Resultado: tres soldados muertos y un herido. Hicimos diez prisioneros.
Les robamos todo lo que llevaban encima.
A los cautivos los obligamos a desnudarse y, en pelotas, salieron corriendo por el bosque.
Conseguimos algunas latas de comida (buey inglés) y mucha manteca. Y también tabaco: cinco cajetillas de Regalías. Nos supo a gloria. Los soldados portaban (a escondidas) varias botellas de singani, un aguardiente de uva, muy estimulante. Esa noche, la mitad de los compañeros se emborrachó. El Che dejó hacer.
Lo peor llegó al día siguiente.
Los soldados que habían huido dieron la voz de alerta y, en la mañana, aparecieron dos aviones AT-6. Durante más de una hora nos ametrallaron y lanzaron toda clase de bombas.
Nos arrastramos como pudimos hasta lo alto de un cerro y desde allí disparamos. Cuando los aviadores comprobaron que respondíamos al fuego se alejaron.
Hubo suerte. Nadie resultó herido.
En la tarde continuaron los robos de comida. El Che me acusó de ladrón y amenazó con devolverme a Cuba. Y yo pensé: «No tendré tanta suerte...».
En los días siguientes continuó el penoso avance.
A la debilidad general de los hombres se sumaron los primeros brotes de malaria.
Avistamos una casa. Son campesinos asustados. Sólo hablan guaraní. No les entendemos. Por señas les indicamos que necesitamos comida. Y les mostramos el dinero. Nuevo error.
Conseguimos un puerco y lo asamos allí mismo. La gente come sin medida.
A las pocas horas empezaron las diarreas y los vómitos.
El avance, en estas condiciones, es muy penoso.
Al Che también le alcanzaron las diarreas. Le cortaron el cólico con Demerol pero perdió el conocimiento. Tuvimos que transportarlo en una hamaca. Cuando despertó estaba embarrado en su propia mierda. Tuvimos que prestarle un pantalón pero, aun así, olía a excrementos. Nadie entiende por qué no se lava.
El 18 de mayo (1967), una vez repuesto, el Che se dedica a otra de sus aficiones favoritas: sacar muelas. Y lo hace sin anestesia. Mejor dicho, «anestesia» a los pacientes a base de insultos. Muchos de los insultos —en argentino— son incomprensibles para los hombres. Pero la gente se ríe y así pasamos el rato.
Empiezan a surgir tumoraciones y se repiten los problemas en los pies de la mayor parte de los compañeros. Están hinchados. Parecen patas de elefante. Las botas no sirven. Hay que caminar descalzos o con los pies envueltos en trapos. El Che sufre el enésimo ataque de asma.
Esa noche, al acampar, se registró una tertulia que nunca olvidaré.
Tras la cena, uno de los bolivianos preguntó al comandante qué había sucedido realmente en octubre de 1962 con la llamada «crisis de los misiles» en Cuba.
El Che lo miró con desprecio y preguntó:
—Y a ti, ¿por qué te interesa eso?
—Dijeron los periódicos que estuvimos cerca de una guerra mundial...
El Che se desquitó:
—La evitaron los rusos... Cagados.
Los hombres, sorprendidos, preguntaron. No entendían las palabras del comandante.
—Es sencillo —proclamó el Che—. Pudimos terminar con la prepotencia norteamericana. Yo hubiera lanzado los misiles contra la costa este de Estados Unidos... Pero el mierda de Khruschov lo tenía todo planeado y se echó atrás.
Y el Che siguió proporcionando detalles que nadie conocía. Ni siquiera nosotros, los cubanos.
Dijo que Fidel y Raúl Castro establecieron un pacto militar con Moscú. Para autorizar la instalación de los cohetes en la isla, los soviéticos tenían que comprometerse a una serie de condiciones. A saber: lograr que Washington firmara un acuerdo de no invasión de Cuba. Segundo: desmantelamiento de la base norteamericana de Guantánamo. Tercero: entrega a Cuba de veinticuatro misiles balísticos de alcance medio (suficiente para alcanzar Florida), dieciséis de alcance intermedio, cuarenta bombas nucleares, veinticuatro baterías de misiles SAM-2 (tierra-tierra), 42 cazas MIG, 42 bombarderos IL-28, doce buques Komar con misiles de crucero y cuatro regimientos de combate, con un total de 42.000 hombres.
El acuerdo debía renovarse cada cinco años.
El 30 de agosto de 1962, el propio Che se reunió en Crimea con el dirigente ruso Khruschov. Y éste aceptó el pacto.
Cuando los misiles fueron descubiertos por los aviones de reconocimiento de USA, Moscú llegó a un acuerdo con Washington: retiraría las bombas nucleares de Cuba si Estados Unidos hacía lo propio con los cohetes que apuntaban a la Unión Soviética, en Turquía.
—¡Hijo de puta! —bramó el Che—. Pudimos humillarlos. Pudimos destrozarlos...
—¿Hubiera usted lanzado las cuarenta bombas nucleares sobre la costa este de Norteamérica?
Mi pregunta molestó al comandante. Y replicó a gritos:
—¡El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor! Sí. Hubiéramos lanzado los misiles. Hubiera sido una buena tangana...
Guardé silencio. El Che volvía a mentir. El único que deseaba semejante mortandad era él. Fidel no aprobó la locura de su «amigo».
Esa noche dormí mal. Aquel hombre era un perturbado. Yo quería volver a mi isla...