47
Sin siquiera inmutarse, el camarero le sirvió té en una taza de café. Laureen dejó que humeara una eternidad antes de probarlo a regañadientes. Ninguna de las mujeres decía nada. La mujer menuda parecía estar a punto de reventar. Miró varias veces el reloj y cada vez pareció que iba a decir algo, aunque, finalmente, no se decidió a hacerlo.
De pronto alzó la taza y bebió un sorbo.
—¡Tiene que entender que para mí todo esto es un rompecabezas! —dijo finalmente.
Laureen asintió.
—Y tengo la sensación de que hay más de uno que hoy puede llegar a lastimarse seriamente, si no le ponemos remedio. ¡Tal vez ya sea demasiado tarde, y entonces no habrá nada que podamos hacer nosotras! Por tanto, debemos intentar recomponer el rompecabezas cuanto antes mejor. ¿Me sigue?
—Sí, eso creo al menos —dijo Laureen, intentando parecer solícita y complaciente—. Pero ¿quién corre peligro? Supongo que no será mi marido, ¿verdad?
—Pues es posible, sí. Pero tendrá que disculparme, ahora mismo no me parece importante. No me fío ni de usted ni de él, ¿lo entiende?
—¿Ah, no? ¿Pues sabe qué le digo? Yo no sé nada de usted. ¡No la había visto en mi vida! ¡Usted puede ser cualquiera! Dice que hace treinta años que conoce a mi marido, pero por otro nombre. ¡Y tengo la extraña sensación de que tiene información que tal vez pueda haber afectado a nuestro matrimonio durante años! Siendo así, ¿realmente cree que yo puedo fiarme de usted?
Laureen disolvió otro terrón de azúcar en el líquido turbio que el camarero había llamado té y le dispensó una amplia y agridulce sonrisa a Petra:
—Por otro lado, ¿tengo elección?
—¡No, podría decirse que no!
La carcajada que soltó la mujer no se correspondía con su envergadura. Fue profunda, sonora y convincente, pero se interrumpió rápidamente.
—¿Sabe qué? Me llamo Petra. Puede llamarme así: Petra Wagner. Conocí a su marido durante la segunda guerra mundial, aquí, en Friburgo. Estuvo ingresado en un gran lazareto en el que yo trabajé de enfermera, al norte de la ciudad. Desde entonces, no había vuelto a verlo, hasta que de pronto apareció esta mañana. Usted ha sido testigo de nuestro primer encuentro en los últimos treinta años. Su marido me dijo que había sido fortuito. ¿Lo fue?
—No tengo la menor idea. Hace días que no hablo con mi marido. Ni siquiera sabe que estoy aquí. Simplemente no sé nada, y nunca he oído nada acerca de una estancia en Alemania durante la guerra. En cambio, sé que estuvo ingresado un tiempo cuando volvió a casa. Por entonces, había estado fuera casi un año.
—¡Eso quiere decir que estuvo ingresado en Friburgo aquel año!
Esa parte del pasado de Bryan y que ahora le era revelado a Laureen no era como ella lo había esperado. Parecía increíble. Sin embargo, estaba convencida de que la mujer que estaba sentada con ella en aquel café no mentía. «El miedo y la verdad están unidos, de la misma manera en que lo están la mentira y la presunción», solía decir su padre. Detrás de la apariencia sosegada de Petra Wagner se vislumbraba el miedo.
Tenían que encontrar la manera de confiar la una en la otra lo antes posible.
—¡Bien! Le creo, aunque todo esto me suene a chino.
Laureen volvió a darle un sorbo a aquel brebaje amargo antes de continuar:
—Mi nombre es Laureen Underwood Scott. Y puede llamarme Laureen, si le parece bien. Mi marido y yo nos casamos en 1947. Celebraremos nuestras bodas de plata dentro de un par de meses. Vivimos en Canterbury, ciudad en la que nació mi marido. Se licenció en medicina y actualmente trabaja en la industria farmacéutica. Tenemos una hija y somos lo que suele decirse extraordinariamente privilegiados. Hasta hace quince días, mi esposo no había vuelto a visitar Alemania desde que nos casamos. Y hasta hace un par de días, yo jamás había oído hablar de esta ciudad, algo por lo que le pido disculpas.
Las dos mujeres se miraron a los ojos cuando Laureen dijo en un tono implorante:
—¿Sería tan amable, Petra Wagner, de decirme dónde está mi marido?
En cuanto a Petra, aquella mujer larguirucha podría haberle hablado en hebreo, pues no la escuchó. En su lugar, concentró todos sus sentidos en adivinar sus puntos débiles. Las palabras suelen recubrir lo esencial con un velo nebuloso. En ese contexto resultaba primordial determinar si podía fiarse o no de aquella extraña mujer.
Ante todo, debía pensar en Gerhart. Si no hacía nada, estaba convencida de que tampoco pondría en juego la integridad de Gerhart. Él estaría protegido, como lo había estado hasta entonces.
Naturalmente, esperaba que Stich, Kröner y Lankau hubieran llegado finalmente a un acuerdo amistoso con Arno von der Leyen en la cima de la colina. Sin embargo, seguía sintiéndose incómoda, impotente e insegura. ¿Y si las cosas no iban como había previsto y aquella mujer, pasara lo que pasase en Schlossberg, tenía malas intenciones?, se preguntó. ¿Cuál sería entonces su posición? ¿Cuál sería entonces la situación de Gerhart?
La mujer que tenía delante no era una profesional, era imposible que lo fuera. Probablemente no mentía al decir que Arno von der Leyen era su marido.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo con una voz extrañamente jadeante.
Laureen pareció sorprenderse, aunque asintió con un gesto de la cabeza.
—¡Entonces respóndame rápidamente! Puede considerarlo una especie de examen. ¿Cómo se llama su hija?
—Ann Lesley Underwood Scott.
—¿A-n-n-e? —deletreó Petra.
—No ¡sin la «e»!
—¿Su fecha de nacimiento?
—El 16 de junio de 1948.
—¿Qué día de la semana?
—Un lunes.
—¿Cómo es que se acuerda?
—Simplemente, me acuerdo.
—¿Qué pasó ese día?
—Mi marido lloró.
—¿Y qué más?
—Comí muffins con mermelada.
—¡Qué cosa tan extraña de recordar!
Laureen sacudió la cabeza y preguntó:
—¿Tiene usted hijos?
—No.
Dejando de lado las preguntas escabrosas a las que Petra, de vez en cuando, se había visto expuesta cuando visitaba el Palmeras Café sola, después de haber hecho la compra en Eram, ésa era la pregunta que más odiaba.
—¡Si los tuviera, sabría que no es extraño! ¿Está satisfecha ya?
—¡No! Respóndame a una pregunta más. ¿Qué quiere su marido de Gerhart Peuckert?
—Sinceramente, ¡no lo sé! ¡Usted debería saberlo mejor que yo!
Laureen apretó los labios, de manera que las arrugas alrededor de la comisura trazaron grietas en su rostro.
—¡Pues no lo sé!
—¡Escúcheme bien, Petra Wagner!
El camarero pasó por delante de la mesa, sosteniendo la bandeja por encima de la cabeza. La mirada que le dirigió a Laureen cuando ésta agarró la mano de la otra mujer expresaba si no desaprobación, sí cierto pesar.
—¡Cuénteme lo que sabe! ¡Puede confiar en mí!
Laureen se sentía confundida y escéptica. Le costaba asimilar el pasado. Aquel pasado que su marido había vivido era el de un extraño. No tenía ni idea de nada, absolutamente de nada. Petra Wagner era una buena guía.
Poco a poco, el lazareto y la vida allí, y las habitaciones que había ocupado Bryan, fueron cobrando vida. «¡Terrible!», fue intercalando de vez en cuando. «¿Es eso cierto?», susurró con igual frecuencia sin esperar respuesta alguna.
El relato de los meses pasados en el lazareto de la montaña desterraba un yugo de horror; un mundo clínico de tratamientos equivocados sistemáticamente, soledad y terror mudo, infligido por tres hombres que manipulaban y dirigían la vida de sus compañeros de habitación.
Y de pronto, un día, desaparecieron Arno von der Leyen y dos hombres más.
—¿Y usted dice que mi marido y ese tal Gerhart Peuckert no tenían absolutamente nada que ver el uno con el otro en el hospital?
—Nada. Más bien todo lo contrario. —Petra parecía abatida—. Gerhart siempre se volvía hacia otro lado cuando Arno von der Leyen estaba cerca.
—¿Y qué fue de ese tal Gerhart Peuckert?
En el mismo instante en que cayó la pregunta, Petra retiró la mano. Se sintió mal. Entonces se volvió y liberó su pañuelo del respaldo de la silla. Pero antes de que hubiera tenido tiempo de atárselo se quedó helada; de forma casi imperceptible, el color había abandonado su rostro. Aceptó el pañuelo de Laureen sin dudarlo ni un instante cuando empezaron a correr las lágrimas por sus mejillas.
Aquella tarde, para Petra, los minutos se convirtieron en horas y las horas en fracciones de segundos. Aquellos escasos minutos se abrieron a sus pies como un abismo de soledad y de inseguridad, sentimientos a los que tenía que dar rienda suelta para que pudieran llegar a buen puerto. Al final, Petra hizo acopio de fuerzas y sonrió. Mientras se sonaba la nariz, rió tímida y visiblemente aliviada.
—Puedo confiar en usted, ¿verdad?
—Sí puede —dijo Laureen volviendo a coger su mano—. Si dejamos de lado, claro, que no tengo ni la más remota idea del día de la semana en que nació mi hija.
Laureen se rió y prosiguió:
—¡Cuénteme su historia, venga! ¡Estoy convencida de que nos sentará bien a las dos!
Petra estaba enamorada de Gerhart Peuckert. Había oído decir cosas terribles de él, pero, aun así, lo amaba. Después de que él y un par de pacientes más fueron trasladados a Ensen bei Porz, cerca de Colonia, el estado de Gerhart apenas había mejorado. Petra había tenido que usar todas sus dotes de persuasión y recurrir al soborno para poder seguirlo.
Cuando se proclamó la capitulación, Gerhart seguía estando débil, muy débil. Era capaz de pasarse días echado en la cama, casi inconsciente, ajeno a lo que lo rodeaba. A pesar de que los tratamientos que le aplicaron durante los últimos días de la guerra fueron buenos, el gran número de tratamientos de shock y el trato brutal de los oficiales de seguridad y de sus compañeros de habitación de Friburgo casi le habían drenado la vida. Además, había reaccionado como si se encontrara en una especie de shock alérgico crónico que nadie tuvo tiempo de destapar y que nadie tuvo la pericia suficiente para tomar en serio. Y lo que es aún peor: este paciente dejó de ser atractivo para los médicos al finalizar la guerra. Su condición cambió de un día para otro. A sus ojos, había pasado a pertenecer al tipo de pasado que era mejor abandonar al olvido. Había otros pacientes que no tenían que soportar la maldición de la cruz gamada. Y éstos recibían un trato preferencial. Tan sólo Petra se preocupó seriamente del estado de salud de Gerhart Peuckert. Sin embargo, ella no disponía de los conocimientos necesarios, ni de la capacidad, ni la pericia que se requerían para saber cómo tratar un caso como el suyo. Le administraron las pastillas de siempre permitiendo, por lo demás, que se pasara el día durmiendo.
Así estaban las cosas cuando aparecieron dos de los hombres de la Casa del Alfabeto.
Llegados a este punto del relato, Laureen se dio cuenta de cuan justificados eran los temores de Petra. Esos dos hombres habían venido para quitarle la vida a su gran amor. Uno de ellos, un hombre de físico poderoso de nombre Lankau, era uno de los que habían huido del hospital junto con su marido.
Los dos hombres llegaron de la calle vestidos con batas. Nadie se fijó en ellos, pasaron totalmente desapercibidos, pues los presuntos observadores de las fuerzas de ocupación entraban y salían libremente de los hospitales. No tuvieron que mostrar ningún tipo de documento de identidad y, aun así, el personal del hospital hizo exactamente lo que ellos les exigieron. Eran tiempos extraños, durante los cuales las autoridades cambiaban de rostro con la misma rapidez de un chasquido de látigo y al compás de la intensificación de detenciones y redadas. Las pequeñas sociedades, sin excepción, se vieron afectadas por ese caos.
Todo se tambaleaba y ningún alemán se oponía a ello.
Cuando Petra hubo repartido la segunda tanda de medicamentos entre los pacientes y bajó a la habitación de Gerhart, él ya no estaba allí. La cama había desaparecido. Uno de los enfermeros le indicó una habitación en la que guardaban la ropa blanca y allí encontró a Kröner y a Lankau inclinados sobre el lecho de Gerhart. En el mismo instante en que los vio, Petra retrocedió hasta el umbral de la puerta, convirtiendo así el pasillo lleno de vida en su defensa. Estaba horrorizada. Gerhart temblaba y su respiración era entrecortada.
Si hubiera llegado un par de minutos después, habría sido demasiado tarde.
Aquellos dos hombres dejaron en paz a Gerhart porque ella estaba allí. Los reconoció y ellos la reconocieron llenos de odio. Dejaron tranquilo a Gerhart y desaparecieron por el pasillo central de la sección. Durante los días que siguieron a su primera visita, fueron apareciendo regularmente, uno por uno, sonrientes y conciliadores. Mientras acudieran por separado, Petra no podría hacerles nada. Siempre quedaría el otro para vengarse. Y Gerhart era un objetivo indefenso.
Ambos corrían peligro.
Así transcurrieron cinco días en los que Petra constantemente buscó la compañía de terceros y, sin embargo, no permitió que Gerhart se quedara a solas más de un par de minutos seguidos. Petra constató que, por cada día que pasaba, Gerhart se iba debilitando. Desde la llegada de los hombres parecía asustado y paralizado y se negaba casi por completo a ingerir alimentos y líquido.
El sexto día apareció el tercer hombre de Friburgo.
Habían estado esperándola fuera. La amiga que la acompañaba cogida del brazo se había separado de ella y había empezado inopinadamente a flirtear con el hombre del rostro picado, que se llamaba Kröner; solía hacerlo con cualquier hombre que fuera bien vestido.
La situación era absolutamente grotesca.
Fue el tercer hombre de Friburgo quien tomó la palabra; un hombrecito amable de nombre Peter Stich del que Petra siempre había pensado que era incurable, hasta que los médicos le dieron el alta y lo destinaron al servicio activo. Mientras tanto, Lankau permanecía a su lado, en posición de piernas abiertas y actitud acechante. Era una situación peligrosa por cuyo desenlace ambas mujeres podrían llegar a pagar. Petra estaba dispuesta a llegar a un acuerdo.
—¡Gerhart Peuckert! —dijo Peter Stich con media sonrisa en los labios—. ¿No deberíamos llevarlo a un sitio más seguro? ¡Teniendo en cuenta los tiempos que corren, quiero decir! ¡Al fin y al cabo es un criminal de guerra! ¡Y a ésos, la gente no les dispensa demasiada simpatía, digo yo!
Entonces el hombrecito le dio una palmada en el codo y le hizo una señal a Lankau que, acto seguido, se alejó.
—¿A lo mejor quiere hablar conmigo de ello? —prosiguió Peter Stich—. ¿Cuándo y dónde le parecería bien?
A Petra no le supuso demasiado esfuerzo mostrarse complaciente. La seriedad de la situación no le era ajena. Enfermo o no, Gerhart Peuckert corría un serio riesgo de tener que pagar por su pasado. Ya por entonces se daban muestras de ello a diario. La batida contra las figuras más destacadas del régimen nazi había empezado. Numerosos ciudadanos de las clases más aventajadas de Colonia habían sido internados y la gente de los cuerpos especiales de la Gestapo y de las SS se había convertido en presa fácil para cualquiera. No se podía esperar misericordia ni ayuda, ni por parte de amigos ni de enemigos.
Era un día veleidoso. Mientras que muchos de sus colegas no habían parado de hacer bromas durante todo el día y, divertidos, se habían negado a realizar siquiera las tareas menos exigentes, unos hombres uniformados habían sacado a un ciudadano más de su escondite en el sótano del hospital y se lo habían llevado. A Petra le dolía el estómago.
Aquel día acordaron que un poco más tarde se encontraría con los pacientes de Friburgo en la sala de espera casi provisional de la estación de ferrocarril. Los alrededores estaban prácticamente desiertos. Ni uno solo de los autobuses que normalmente salían de allí había llegado. En la misma sala de espera, esparcida por el suelo, había gente durmiendo o descansando. Había equipaje por todos lados: cartones ligados con papel, mantas que envolvían todo tipo de pertenencias y artículos de primera necesidad, maletas, bolsas y sacos. El lugar había sido elegido con gran acierto. Petra había exigido que todos los simuladores estuvieran presentes, aunque sólo hablaría con uno de ellos. Y, además, había decidido que la reunión se celebraría en un lugar atestado de gente.
No podría haber elegido un lugar con más gente que aquél.
Una familia se había instalado en el centro de la sala. El grupo estaba integrado por al menos seis niños pequeños y dos adolescentes. La madre estaba arrugada, preocupada y cansada. El padre dormía. Petra se colocó en medio del grupo y esperó, mientras un par de niños no dejaban de tirar de sus faldas mirándola con semblante burlón.
Peter Stich la vio en seguida. A un par de pasos lo seguían Kröner y Lankau. Se detuvieron.
—¿Dónde están los otros, los dos que faltan? —preguntó Petra echando un vistazo por encima del hombro.
Uno de los niños se sentó en el suelo entre ellos y alzó sus enormes ojos por debajo de la falda de Petra para luego dirigirlos hacia Peter Stich. Estaba relajadísimo.
—¿Quiénes? —preguntó.
—Los que desaparecieron la noche en que también escapó Lankau. Arno von der Leyen y el otro, ¡no recuerdo su nombre!
—¡Dieter Schmidt! Se llamaba Dieter Schmidt. ¡Están muertos! Murieron la noche en que huyeron. ¿Por qué?
—Porque no me fío de vosotros y, por tanto, necesito saber cuántos sois.
—Sólo somos tres, ¡y luego usted y Gerhart Peuckert! ¡Confíe en mi!
Petra volvió a echar un vistazo a su alrededor.
—¡Aquí tiene! —dijo y le entregó un sobre abierto.
Stich sacó la hoja de papel que había dentro y la leyó en silencio.
—¿Por qué ha escrito esto? —preguntó mientras le pasaba el documento a Kröner.
—Es una copia. He depositado el original junto con mi testamento. Será la garantía de que no nos ocurrirá nada malo, ni a mí ni a Gerhart.
—¡Se equivoca! Si nos delata, Gerhart caerá con nosotros. Supongo que lo sabe…
Petra asintió.
—Según usted, ¿este documento la ayudará a mantenernos en jaque?
Petra volvió a asentir.
—Lo siento mucho —dijo Stich después de haber parlamentado un momento con los demás—, pero no podemos permitir que este documento tenga que preocuparnos eternamente. Los seguros de vida entre socios deben ser mutuos. Tenemos que pedirle que destruya el original. No podemos aceptar que esté en manos de un abogado.
—¿Entonces qué?
—Podemos ofrecerle un contrato, que podrá depositar en el despacho de su abogado. El contrato comprenderá ciertas concesiones a su favor. Podemos formularlo de manera que su muerte sea provechosa para nosotros, lo que, sin duda, nos pondrá en la picota, en caso de que su muerte levantase sospechas.
—¡No! ¡Ni hablar!
Petra percibió la ira de Lankau al verlo sacudir la cabeza.
—¡Depositaré el documento en otro lugar!
—¿Dónde?
Stich ladeó la cabeza.
—¡Eso es asunto mío!
—¡No podemos aceptarlo! ¡De ninguna de las maneras!
Tan pronto como se oyeron las palabras de Stich, Petra se volvió resuelta y se dirigió hacia la salida. No se detuvo hasta que Stich la hubo llamado por tercera vez.
Stich se acercó a ella.
Pasaron toda la noche hablando, envueltos por la muchedumbre y las miradas curiosas. Peter Stich aceptó su propuesta y parecía estar muy abierto a todo comentario, a la vez que no hizo ni el menor esfuerzo por ocultar que tanto Petra como Gerhard Peuckert lo pagarían caro si ella, alguna vez, llegaba a abusar de su generosidad.
Peter Stich había logrado calmarla. Como ya era sabido, aquellos hombres, al igual que Gerhart Peuckert, eran antiguos oficiales de las SS y habían ocupado puestos en lo más alto de la jerarquía nazi. Si los descubrían y se veían envueltos en juicios, corrían el riesgo de ser condenados a cadena perpetua o incluso de ser ejecutados. Lo único que podía protegerlos era que su verdadera identidad no fuera revelada. Por tanto, deberían mantenerse unidos, y ella también, si quería que Gerhart Peuckert siguiera con vida. Tendría que garantizarles su silencio y el de Gerhart.
Si así lo hacía, a cambio, tenían una oferta que hacerle. Le ofrecerían una nueva identidad a Gerhart Peuckert, precisamente la que, en un primer momento, había estado destinada a Dieter Schmidt.
En caso de aceptar la propuesta, su nueva identidad sería la de Erich Blumenfeld. A primera vista, sus rasgos marcados podían pasar por los de un judío, siempre y cuando le afeitaran el pelo rubio al uno. Si se atenían a esa historia, todo iría bien. Con los tiempos que corrían, resultaría fácil convencer a la gente de que algunos judíos podían estar necesitados de cuidados psiquiátricos. Los simuladores le ofrecían una nueva vida y se comprometían a hacerse cargo de los cuidados que requiriese en un futuro.
No veían ningún inconveniente en que Petra siguiera a Gerhart y se estableciera cerca de él.
—¿Y así fue cómo aterrizaron en Friburgo? —Laureen meneó la cabeza—. ¡Pero si aquí ninguno de ustedes podría sentirse seguro jamás! ¡Precisamente en esta ciudad, de entre todas las que hay en este mundo!
—¡Así fue! Los demás ya lo habían decidido. Y tengo familia en la zona. ¡Al fin y al cabo, yo no tenía por qué ocultarme!
Petra juntó las manos y alejó la taza con los nudillos.
—Y todo salió bien, ¿no? Hasta que aparecieron usted y su marido. ¡Durante veintisiete años, todo fue a las mil maravillas! Y para los simuladores, la ciudad tenía muchas ventajas. En primer lugar, está cerca de Suiza, y en segundo lugar, todos aquéllos que podrían haberlos reconocido habían muerto durante el bombardeo del lazareto o habían sido trasladados con anterioridad. Además, ninguno de los simuladores se crió en la ciudad y nada los vinculaba a ella. Visto lo visto, fue una buena elección.
Dicho y hecho. Todos adquirieron una nueva identidad, tal como había propuesto Stich. Él se convirtió en Hermann Müller, Wilfried Kröner en Hans Schmidt, Horst Lankau en Alex Faber y a Gerhart Peuckert lo ingresaron en un sanatorio privado bajo el nombre del judío Erich Blumenfeld. Por una módica suma, un anciano médico de Stuttgart que, aunque había sido absuelto en Nuremberg, no las tenía todas consigo, eliminó los tatuajes de los cuatro hombres. Les costó dos mil marcos borrar todas las pruebas físicas de su pasado.
—¡Creo que Bryan todavía tiene ese tatuaje! —reconoció Laureen.
Hacía ya muchos años que no se fijaba en aquella mancha que siempre había pensado era el resultado de la vanidad estúpida de un joven soldado.
El traslado de Gerhart Peuckert no les causó ningún problema. Desde Colonia lo llevaron a Reutlingen y, desde allí, fue trasladado a Karlsruhe. Cuando finalmente fueron a buscarlo para llevárselo a Friburgo, hacía tiempo que su nueva identidad era una realidad.
Petra estaba feliz por tener a Gerhart de vuelta en Friburgo y durante largo tiempo estuvo convencida de que se pondría bien. Por eso no se casó. El precio de la vida.
Pero a pesar de la fuerza y el cariño de Petra, el estado de Gerhart Peuckert siguió inalterable. Siguió siendo el de siempre, inaccesible, introvertido, presente y, sin embargo, lejano.
Como un amante en una vitrina.
Dejándola a ella de lado, los tres hombres eran prácticamente el único contacto que Gerhart mantenía con el mundo exterior. Por lo que sabía, siempre lo habían tratado más o menos bien. Unos años más tarde, los tres hombres adquirieron la clínica. De esta manera podrían entrar y salir tantas veces como quisieran.
—¿Son ricos?
Laureen tenía una manera especial de pronunciar esa palabra. De joven había estado cargada de desprecio. En Cardiff, los ricos eran aquéllos que desangraban a los padres y los hombres de la ciudad, en el puerto y las acerías. Desde que ella había ascendido a estratos más estables desde un punto de vista económico, la palabra había adquirido una dimensión distinta que la llevaba a detenerse un instante, apenas perceptible y vacilante, antes de pronunciarla.
Petra se quedó ensimismada, como si no hubiera oído la pregunta.
—En el lazareto de Friburgo conocí a Gisela, que tenía algunos años más que yo, y nos hicimos amigas. Su marido estuvo ingresado allí; un caso perdido. Cuando falleció durante el bombardeo del lazareto, pocos días antes de finalizar la guerra, ella se sintió aliviada. ¡Aprendimos a reírnos juntas, se lo puedo asegurar!
Una débil y sentimental sonrisa se posó en sus labios. Sin duda, Petra Wagner no se había reído demasiado desde entonces, pensó Laureen.
—Y el destino quiso que, por un lado, mi amiga no pudiera volver a su ciudad natal, y por otro, que estos tres hombres aparecieran, trastornando mi vida por completo. Una tarde tonta, algunos años más tarde, en la que me habían citado los tres, se me ocurrió llevarla conmigo, sólo con la intención de ir bien acompañada. Jamás debería haberlo hecho, porque fue la desgracia de su vida. Se casó con uno de ellos, con el hombre del rostro picado de viruela, Kröner; sin duda el más culto de los tres, pero aun así le hizo la vida imposible. Y, sin embargo, de no haber sido por ella, hoy mismo yo no tendría la más mínima idea de lo que esos hombres se traían entre manos y qué los llevaba a hacer lo que hacían.
Petra miró por la ventana y luego volvió a consultar su reloj. Entonces se puso derecha y se sacudió el estado de ánimo que ella misma había evocado.
—Sí, son ricos —dijo—. ¡Incluso podría decirse que muy ricos!
Al igual que Stich, Kröner sólo invirtió una pequeña parte de su botín. El resto de los bienes muebles que les había proporcionado influencia y poder en el estado federal lo habían obtenido trabajando duramente. No habían tocado los valores depositados en Basilea; tan sólo Lankau había ido gastando regularmente de su fortuna, algo que podría seguir haciendo durante muchos años, en opinión de Petra. De puertas afuera, era el propietario de una fábrica de maquinaria que empleaba a un gran número de personas. Sin embargo, la fábrica era deficitaria. No era más que una coartada social y una afición que, al igual que la vinicultura, le proporcionaría dinero en metálico y amistades de caza durante el resto de su vida. Era el espíritu amable de la ciudad, siempre dispuesto a una broma o a una buena cena. Lankau se convirtió en la encarnación de un hombre de doble personalidad.
En cuanto a Kröner, su campo de acción era más amplio y estaba más diversificado, abarcando desde el comercio hasta propiedades inmuebles y parcelación de solares; todas ellas, actividades que requerían influencia política y muchos amigos. A Petra le resultaba imposible que todavía quedara en la ciudad un bebé de familia burguesa que Kröner no hubiera acariciado o abrazado alguna vez. En resumidas cuentas, se había pasado la mayor parte de su vida labrándose un futuro y olvidándose de las personas que tenía más cerca.
Stich era un caso aparte. A pesar de la vida modesta que llevaba era, sin lugar a dudas, el más rico de todos. Había especulado en la reconstrucción alemana, en el floreciente intercambio comercial, en el boom del papel de los años sesenta. Escaso riesgo, grandes beneficios; una profesión que únicamente requería clarividencia y tesón. Tomando estas máximas como punto de partida, Stich siempre se había mantenido alejado de la vida social de la ciudad.
Era un desconocido, incluso entre los más allegados.
A lo largo de todos aquellos años, la relación entre los tres hombres se había concentrado en el interés que compartían por ocultar su pasado. Por tanto, procuraban visitar a Gerhart Peuckert con cierta regularidad para influir en su tratamiento. Y, por tanto, también habían sometido la elección de esposa y la propia imagen pública a la aprobación de los demás.
En cuanto a Gerhart Peuckert, todos acabaron por acostumbrarse a su estado. Tan sólo en una ocasión, un estrato de su más profundo ser había emergido a la superficie sorprendiéndolos a todos. Petra había estado presente; había sido con motivo de un vuelo de exhibición. Fue la primera vez en años que había dicho algo. «So schnell», fueron las palabras que salieron entonces de su boca; nada más. Había sido en 1963.
Petra había soñado muchas veces con aquel día, con la esperanza de que alguna vez volvería a repetir.
—¡Y ya ve! Estamos en 1972. Wilfried Kröner tiene cincuenta y ocho años, Lankau sesenta, Stich sesenta y ocho. Bueno, y Gerhart tiene cincuenta años, los mismos que yo. No ha cambiado nada. Simplemente nos hemos hecho mayores. —Petra suspiró—. ¡Así ha pasado el tiempo, imperceptiblemente, hasta hoy!
Laureen se la quedó mirando un buen rato. Había sido un alivio para Petra poder contarle su historia a alguien. La mirada todavía joven de Petra estaba serena y, a la vez, triste.
—Petra —dijo—, le agradezco que me haya contado su historia. Creo cada una de las palabras que ha dicho, pero no entiendo qué tiene que ver mi marido con todo eso. ¿Esos tres hombres pueden hacerle daño?
—Sí, pueden, y lo harán si su marido no se aviene a sus condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Mantener la boca cerrada, volverse a casa. ¡No lo sé! —dijo, vacilante—. ¿Y dice que su marido es rico?
—¡Así es, sí!
—¿Puede probarlo?
—Por supuesto que sí. ¿A dónde quiere llegar?
—¡Creo que va a ser indispensable si quiere salir de Friburgo con vida!
—¡Salir vivo de Friburgo!
Laureen estaba asustada.
—Dígame, ¿es consciente de lo que me está diciendo? ¡Haga el favor de contarme inmediatamente lo que le ha pasado a mi marido!
—Puedo contarle una parte, porque no lo sé todo. Pongo una condición, sin embargo. Usted tendrá que garantizarme con su vida que ni usted ni su marido pretenden hacerle daño a Gerhart Peuckert.
En el transcurso de unas cuantas horas, Laureen se había trasladado de una realidad a otra a una velocidad que su cerebro era incapaz de asimilar. Hasta qué punto iba a tener un papel pasivo o no en todo aquel asunto dependía única y exclusivamente de la mujer que acababa de abrirle su corazón. Bryan estaba a punto de trasladarla a otra realidad y tal vez ahora mismo estuviera en apuros. Poco a poco, iba descubriendo nuevas y desconocidas facetas de la personalidad de su esposo. Ya no sabía si podría garantizarle a Petra que su marido no pretendía hacerle daño a Gerhart Peuckert; antes no lo habría dudado ni por un segundo.
Eso era antes.
—Sí, respondo por él con mi vida —declaró.