25
De pronto un día Lankau dejó de importunar a Bryan.
Fuera mandaban los guardias. No sabía por qué los habían apostado en la puerta, pero su compañero de habitación no era, desde luego, un cualquiera.
Los dos soldados de las SS eran, si cabe, más jóvenes que él y sus ojos más fríos que los de un cadáver.
Solían dejar la puerta abierta de par en par dos o tres veces al día, para que se aireara el pasillo. En aquellas ocasiones, el hombre del rostro picado de viruela acostumbraba pasar por delante de la puerta murmurando frases ininteligibles.
La dulzura que intentaba transmitir no engañaba a Bryan; bajo aquella fachada afable asomaba una gravedad alarmante y embrutecida.
La combinación era aterradora.
Cuando entraba en la habitación, siempre empezaba por ajustar la almohada del vecino y luego le acariciaba la mejilla. Entonces solía volverse hacia Bryan con una expresión feroz y se llevaba un dedo a la garganta trazando una línea que quería significar que le cortaría el cuello en cuanto se le presentara la ocasión. Volvía a darle una palmada cariñosa al paciente inconsciente y seguía la ronda con una sonrisa bonachona en los labios.
También el flaco solía detenerse para contemplarlo con una mirada férrea cuando la puerta estaba abierta. Los guardias no le permitían hacer nada más.
Despreciaban sus formas.
De noche, Bryan estaba solo. Tan sólo hacía falta un solitario jadeo de su vecino inconsciente para que se incorporara en la cama de un sobresalto.
Solían dejarle las pastillas sobre la mesita de noche para que se las tomara él mismo.
Al caer la noche cerraban la puerta con llave y Bryan ya no podía abandonar la habitación para ir al baño hasta la mañana siguiente. La habitación no tenía lavabo. Tras unos cuantos intentos de disolver las pastillas en la orina del orinal había abandonado aquel método para deshacerse de ellas. Por tanto, siempre esperaba a que la sección estuviera totalmente en calma y no se oyera ni el más mínimo ruido. Entonces, y sólo entonces, se dirigía a la cama de su vecino, le retiraba la mascarilla y le metía las pastillas trituradas en la boca. Solía toser un poco cuando Bryan le acercaba el vaso de agua a los labios, aunque la verdad es que, un rato después, siempre acababa por tragárselas.
Las enfermeras también le administraban medicamentos. Bryan no sabía si la mezcla tenía como objetivo que siguiera durmiendo o que despertara de una vez por todas, pero lo que sí le preocupaba era si la combinación resultaría tener consecuencias fatales. Sin embargo, no pasó nada. Simplemente, su respiración se volvió más calmosa, más fluida.
Si los simuladores seguían teniendo la intención de acabar con su vida, tendrían que actuar de noche. Por tanto, las noches de Bryan debían convertirse en días y los días en noches para que pudiera mantenerse alerta por si aparecían.
Les plantaría cara. Si gritaba con todas sus fuerzas, la sala de guardia estaba lo suficientemente cerca para que alguien acudiera a tiempo en su ayuda.
Gritaría hasta despertar a los muertos, incluso a su vecino.
Y entonces fue cuando apareció Gisela Devers e interrumpió su descanso; una interrupción peligrosa pero a la vez embriagadora.
Su presencia le traía recuerdos de las fiestas que la familia había celebrado en la casa de Dover, cuando declinaba el período estival y la burguesía estaba a punto de dispersarse a los cuatro vientos hacia sus domicilios de invierno. Allí había sido donde Bryan había aprendido a embriagarse de los olores de las mujeres.
La Señora Devers tenía un par de años más que él. Su porte era majestuoso y sus ropas elegantes y ajustadas al cuerpo. La primera vez que Bryan la había visto, había dejado los ojos entreabiertos.
Aquel perfil gracioso y aquel cabello suave que despuntaba por la nuca debajo del recogido lo tenían atrapado. Bryan respiraba silenciosamente, husmeaba su perfume mientras el deseo iba creciendo en su interior. El aroma era suave y etéreo, como una brazada de frutas frescas.
Ella se había sentado ligeramente ladeada, la falda seguía las curvas de sus muslos.
Nadie hacía caso de Bryan. No esperaban que reencontrara su nivel de actividad habitual hasta pasados cuatro días. De esta forma, podía contemplar tranquilamente a Gisela Devers desde la cama, envuelto en una agradable nube de somnolencia, en el límite entre el sueño y la conciencia.
De pronto, la noche del tercer día, el cuerpo de Gisela había empezado a temblar, como si estuviera a punto de romper a llorar. Se inclinó sobre la cama de su marido y dejó que la cabeza colgara sobre el libro que tenía en el regazo. Era una visión desconsoladora. Bryan la comprendía.
Y entonces los temblores se concentraron en un segundo de silencio para, acto seguido, derivar en una risa ahogada y extraña que lentamente se fue propagando por todo su cuerpo. Cuando de pronto irrumpió en una risa desenfrenada, Bryan no supo contenerse y la acompañó con su risa.
Gisela Devers se dio la vuelta inmediatamente. Había olvidado por completo la presencia de Bryan y nunca lo había mirado directamente. Sus ojos brillaban, embriagados por la risa.
Y aquel brillo la dejó paralizada.
En los días que siguieron, Gisela Devers se fue acercando cada vez más a la cama de Bryan. Por lo visto, el silencio y la distancia que Bryan mantenía la habían cautivado. Bryan no había oído nunca hablar tanto alemán. Gisela era ceremoniosa, rigurosa en la elección de las palabras y hablaba lentamente, como si supiera que se requería algo especial para romper las barreras de Bryan.
Y lo consiguió. Poco a poco, la repetición les fue infundiendo significado a las palabras. Finalmente Bryan empezó a dar muestras de que la entendía. A ella le divertía, y cuando él asentía apasionadamente con un gesto de la cabeza, ella solía cogerle la mano y le daba una palmadita. Más tarde empezaría a acariciarla cariñosamente.
Gisela Devers era encantadora.
El flaco ya había traspasado el límite de la paciencia de los guardias. En una de sus eternas rondas, durante las que solía fisgonear por toda la sección, había ignorado por enésima vez sus advertencias. En el vano de la puerta de la habitación de Bryan, uno de los guardias lo agarró por detrás sin previo aviso, mientras que el otro le metía los dedos en lo más profundo de la garganta. Unos sonidos guturales acompañaron los vómitos que le obligaron a limpiar con las mangas del camisón después de propinarle una patada que lo envió de cabeza a aquel mejunje. Durante la inspección de la tarde, Bryan pudo escuchar cómodamente cómo la supervisora lo regañaba por la cochinada que había dejado en el suelo.
Gisela se sorprendió al oír que los guardias se reían.
La joven señora Devers no se daba cuenta de la mayoría de las cosas que pasaban en aquella sección. Por lo que Bryan alcanzaba a comprender, ella suplía ese desconocimiento hablando de sí misma con entusiasmo. Aunque nunca dudó, ni por un instante, de que ella lo denunciaría si conociera la verdad, la deseaba con todas sus fuerzas. Sentía la misma pasión por ella que ella sentía por Arno von der Leyen.
A pesar de aquel engaño, resultaba delicioso cuando ella deslizaba su mano por debajo del edredón y le susurraba palabras dulcemente extrañas al oído.
Un día, cuando Bryan menos esperaba que ella fuera a hacer realidad sus insinuaciones, la hermana Petra había aparecido en el umbral de la puerta y se había quedado allí hablando un buen rato, echando miradas furtivas al traje negro de Gisela Devers.
La señora Devers apenas se había inmutado, y se había limitado a saludar a Petra secamente con un gesto de la cabeza, sin preocuparse siquiera por participar en la conversación, ni por mostrar el más mínimo interés por las palabras de la enfermera.
En el momento en que una llamada desde la sala de guardia arrancó a Petra de la puerta, Gisela Devers giró la cabeza y miró a Bryan a los ojos. Sus labios se separaron. Dejó caer al suelo el libro que tenía en el regazo y cerró la puerta cuidadosamente. Se quedó un rato apoyada en el vano mirándolo fijamente. Entonces adelantó la rodilla y empezó a suspirar profundamente. Aquellos suspiros se hicieron audibles.
El escalofrío liberó el cuerpo de Bryan de la tensión que había acumulado, dejándolo ardiente y traspuesto. Entonces Gisela dio un paso adelante y se le acercó tanto que los pliegues de su traje que moldeaban la curva de sus muslos ocuparon el campo visual entero de Bryan. Gisela se inclinó hacia adelante y subió la rodilla hasta el borde de la cama. Bryan la tomó en sus brazos cuando ella le rodeó el cuello. Todas las capas de ropa eran lisas, flexibles y frescas. Su piel estaba húmeda.
Aquellos abrazos se repitieron muchas veces, aunque por poco tiempo. Los ritmos que regían la sección cambiaban constantemente. Resultaba difícil encontrar un momento de tranquilidad en medio de todo aquel ajetreo. Ambos tenían razones más que sobradas para mostrarse cautelosos.
Al final eran capaces de contentarse dejando pasar las horas con la mirada fija en el otro. Sólo en contadas ocasiones sus cuerpos se rindieron al deseo. La voz de Gisela emanaba amor. Todas las demás mujeres dejaron de existir para Bryan, se tornaron borrosas.
Uno de aquellos días, su gorjeo se especió con un nuevo matiz; un matiz concreto y directo.
La alarma se disparó en el interior de Bryan. En un primer momento, había entendido que el Gruppenführer Devers pronto recibiría nuevas visitas.
Más tarde se dio cuenta de que Gisela le estaba hablando de él, de Arno von der Leyen; que lo admiraba y que estaba segura de que volvería a casa antes de Navidad; que pronto recibiría una visita importante de Berlín. Que lo echaría en falta.
Miró hacia su marido con desprecio.
Eran noticias aterradoras, si es que lo había comprendido todo correctamente.
Después del traslado, a Bryan empezó a costarle mantenerse al corriente de los días que iban transcurriendo y llegó a odiarse a sí mismo por aquella negligencia. Al oír el retumbo de la última gran ofensiva contra Karlsruhe, Bryan había calculado que era el 5 de noviembre, dos días antes de su cumpleaños. Desde entonces debían de haber pasado unos quince días, más o menos.
Ya no pasaban desapercibidas las batallas al otro lado del Rin, aunque no podía saber de qué lado estaba la fortuna. Lo que, en cambio, había quedado bien a las claras era que los pacientes del lazareto podían ser trasladados en cualquier momento, si el avance de los aliados llegaba a suponer una amenaza para la región.
Esta vez lo conseguiría.
Todas las noches, mientras hacía su guardia, que debía resguardarlo de los ataques de los simuladores, le daba vueltas a los planes de fuga y pensaba en James.
Había que meditar sobre varios inconvenientes: la ropa y el calzado; la manera de superar todas aquellas miradas despiertas y de escapar de aquel edificio; las patrullas de perros y la nueva alambrada eléctrica; la pared rocosa en medio de la oscuridad; el tránsito de los caminos del valle, ahora que habían extremado la vigilancia al máximo; el frío de la tierra mojada, y los arroyos y riachuelos; la amplia y llana región que se extendía hacia el Rin de, por lo menos, seis millas; la duda de si todavía estaban en época de vendimia, a pesar de lo avanzado del año.
Y luego estaban las aldeas y los pueblos allá abajo, y todas las sorprendentes coincidencias y extraños quehaceres de las pequeñas sociedades del valle. Había que superar todo aquello.
Bryan sabía que ya no podría dirigirse hacia el sur. La concentración de tropas cerca de la frontera suiza probablemente fuera la más densa del mundo. Tendría que optar por escapar en dirección oeste, tomando el camino más corto, en un intento de cruzar las vías del tren que atravesaban el valle del Rin, a lo largo del margen montañoso. Luego intentaría llegar hasta el río.
Teniendo en cuenta la escalada bélica que se había vivido durante las últimas semanas, las tropas aliadas debían de encontrarse justo al otro lado del Rin. Pero ¿cómo conseguiría llegar tan lejos?
Aquel grandioso río, que Bryan había utilizado tantas veces como referencia en los vuelos de reconocimiento, probablemente era el río más vigilado del mundo. El pobre desgraciado que fuera atrapado allí no tendría que devanarse los sesos pensando en el destino que le aguardaba. Cualquier civil sospechoso que pillaran tan cerca de la línea del frente sería tomado por un desertor y ajusticiado en el acto.
Y cuando finalmente tuviera el Rin a sus pies, ¿cómo se suponía que lo cruzaría? ¿Qué anchura tenía realmente? ¿Y qué profundidad? ¿Y la corriente, cómo sería?
La última pregunta que se hizo tampoco lo volvió loco de alegría. ¿Y si lograba llegar al otro lado del río? ¿Acaso no abrirían fuego contra él sus propios compañeros? ¿Acaso no dispararían contra cualquier cosa que se moviera?
A fin de cuentas, no las tenía todas consigo. De niño, Bryan había aprendido de su padrastro que la gente tonta no era capaz de apreciar la importancia de calcular las probabilidades de éxito de sus vidas. Por esa razón, esa gente siempre acababa optando, una y otra vez, por los sueños, las fantasías y las ilusiones, que, a fin de cuentas, nunca llegaban a hacerse realidad, en vez de conducir sus vidas hacia unos marcos más seguros aunque, tal vez, también más banales. Así, muchas veces se quedaban paralizados, incapaces de tomar una determinación. Las probabilidades que tendían a obviar a menudo los conducían a un callejón sin salida, ofreciéndoles unas posibilidades miserables y convirtiéndolos en perdedores.
Y aun así, Bryan optó, esta vez y a pesar de la educación que había recibido, por dejar a un lado las probabilidades desfavorables de salir airoso de aquella situación y aplicar otro aspecto importante de su aprendizaje que, en cierto modo, contrarrestaba las expectativas sombrías.
Ese aspecto era, ni más ni menos, el axioma según el cual los problemas están para ser solucionados.
Naturalmente, Bryan no conocía el terreno, de la misma manera en que era innegable su desconocimiento de la lengua. Sin embargo, ésta era, por así decirlo, la terminología misma de la fuga. Y puesto que ya no podía quedarse allí por más tiempo, tendría que hacerlo lo mejor que pudiera y hacerlo pronto.
Si finalmente se daba el caso, sería determinante alcanzar el Rin antes del amanecer.
La cuestión que quedaba por determinar era si James lo seguiría.
Bryan habría dado su brazo derecho por poder dar un paseo alrededor de los edificios o por tener una mejor vista desde su ventana.
La alambrada eléctrica constituía el primer obstáculo que debería salvar. Incluso si se decidía por dirigirse hacia la pared rocosa, se encontraría con aquella alambrada. Y si finalmente conseguía superar las rocas por otra vía, se vería obligado a bordear el complejo hospitalario para alcanzar el camino en dirección oeste.
La manera más sencilla de salir sería atravesando el portal. Bryan la desechó; también sería la manera más fácil de conseguir que lo mataran.
La siguiente posibilidad de escapar era cavando un túnel. Sin embargo, todas las alas que daban a campo abierto eran barracones. Allí no conseguiría cavar sin que lo descubrieran. Y según los cálculos de Bryan, el resto de la alambrada estaba fijada en suelo rocoso.
Por tanto, debería superar la alambrada sin tocarla.
El recuerdo del frío paseo desde la plaza de actos el día del cumpleaños de Hitler y los grandes abetos que se inclinaban sobre la alambrada por el costado oriental seguía estando presente en su mente. Un solo paseo, y sabría con toda seguridad si el salto desde allí era posible.
Y luego, a fin de cuentas, también había otra manera de enterarse. Si lograba introducirse en la habitación de James, en tan sólo unos segundos podría calibrar la distancia que lo separaba de los abetos desde la ventana.
Bryan hizo un gesto resoluto con la cabeza. Tendría que hacerlo así. Al fin y al cabo, tendría que hacer partícipe a James de sus planes lo antes posible.
La sorpresa había llevado a Gisela a agarrar su bolso y salir corriendo al pasillo. En el segundo previo al beso que le había dado a Bryan, había oído el chirrido de la puerta. Kröner había aparecido sonriente en la puerta cuando ella se había escurrido indignada por su lado. Había estado al acecho, escondido para poder contemplar sus caricias. Los ojos de Bryan y Kröner se encontraron. El brusco despertar del tacto de la seda y las suaves formas del cuerpo de Gisela y el desafío de la sonrisa de aquel rostro picado de viruela hicieron que el odio y el acaloramiento se fundieran, desbocándose en su interior.
Kröner todavía se reía cuando Bryan se incorporó en la cama. El hombre del rostro picado reculó y se deslizó pasillo abajo tapándose los ojos con la mano. Los guardias se sorprendieron al ver que Bryan lo seguía. En el momento en que Kröner logró escapar de su terco perseguidor encerrándose en el retrete, perdieron el interés por ambos. Bryan no sabía realmente lo que quería hacer. Kröner seguía riéndose detrás de la puerta del váter. Porque, ¿qué podía hacer? Esperar una eternidad y luego largarle un golpe en cuanto saliera por aquella puerta.
A pesar de que las ganas de hacerlo fueron aumentando por segundos, un acto así carecería totalmente de sentido.
Los guardias empezaron a murmurar. Como de costumbre, toda la sección estaba en alerta permanente. Al lado de la puerta tras la cual Kröner parecía haberse calmado, había otra puerta que daba golpes; era la de la sala de ducha, que estaba entreabierta, al igual que la puerta que había un par de metros más allá. Hasta entonces, Bryan no había advertido que aquella superficie de color verde claro era una puerta, sino que había creído que era la continuación de la pared que iba a dar a la puerta de cristal de la escalera de servicio.
Los guardias ni siquiera se molestaron en reaccionar cuando se acercó a ella y la abrió. Bryan comprendió instantáneamente por qué.
Era otro retrete.
Cuando llegó la hora de la ronda de la tarde con los enfermeros y el carrito de la comida, Kröner todavía seguía riéndose. Levantó las cejas jovialmente hacia Bryan y se le acercó susurrándole aquellas palabras con una gravedad satánica: «Bald, Herr Leyen! Sehrbald… sehrsehr bald!».
Bryan ya había resuelto uno de los problemas de la fuga. En el retrete recién descubierto había una ventana. Si bien el débil marco de hierro estaba atornillado a la pared de manera que no se pudiera abrir la ventana, las vistas eran prometedoras.
El retrete en sí estaba integrado en la caja de la escalera de servicio. Desde ahí, las vistas a la fachada, pasando por el baño, el retrete, el consultorio, la habitación doble, la misteriosa habitación sencilla, hasta la esquina del edificio, eran muy amplias. Una magnífica visión con canalones por cada tres o cuatro metros de fachada. Y sobre todo, el canalón delante de la habitación en la que nadie entraba, aparte del médico, resultaba interesante por sus grandes anclajes. No porque el canalón bajara hasta un pequeño cercado que albergaba unos cubos de basura y material de construcción sobrante en el basamento del edificio, sino porque hacia arriba estaba anclado en la planta superior, delante de un salidizo del tejado inclinado.
La ventana de la buhardilla estaba abierta y la luz del sol iluminaba los estantes de la estancia y la ropa blanca que allí se guardaba.
Bryan tendría que subir y no bajar.
Gisela Devers no lo visitó durante los días que siguieron.
Bryan echaba en falta su presencia, con un dolor a la vez punzante y dulce.
De pronto, después de dos noches de pesadillas y dos días de profunda soledad, volvió a aparecer y la tercera mañana tomó asiento al lado de la cama de su marido y se puso a leer, como si no hubiera pasado nada. Durante las pocas horas que transcurrieron, no abrió la boca ni se le insinuó a Bryan.
Justo antes de abandonar la habitación se sentó un rato al lado de la cama de Bryan. Le dio una palmada desapasionada en la mano y lo saludó con un gesto orgulloso de la cabeza. Con unas pocas frases le dejó claro que había oído decir que el Führer se encontraba en la zona. Acabó embriagándose con sus propias palabras y le habló de una ofensiva en las Ardenas. Parecía muy optimista y sonrió al mencionar su nombre.
Entonces le guiñó el ojo. El héroe Arno von der Leyen pronto recibiría una visita; si no del Führer en persona, al menos de alguien muy cercano a él.
La mirada reverencial que Gisela Devers le dispensó al abandonar la habitación sería el recuerdo que Bryan guardaría de ella.