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Había sido un día extraño para Laureen. Una sensación vaga de que estaba a punto de tocar algo que, a lo largo de los años, había permanecido oculto, como un tono concomitante y permanente en la vida de ella y de Bryan, se fue apoderando de ella. Mientras Bryan hablaba con la mujer en el parque de la ciudad, Laureen se fue convenciendo de que su destino estaba ligado a aquella persona enjuta.
Sin embargo, eso no era todo.
De lejos, aquel encuentro con la mujer podía parecer un reencuentro fortuito que, con una rapidez incomprensible, había evolucionado hasta transformarse en una confrontación y una pelea. Sin embargo, cuando se separaron, ambos habían irradiado tales ondas de emoción y de sentimientos reprimidos que Laureen estuvo convencida de que pronto volverían a encontrarse. «Sin duda el encuentro tendrá lugar bajo otras circunstancias», pensó para sus adentros.
Bryan seguía teniendo su base en el hotel Roseneck, en Urachstrasse. Ése era el punto de partida de Laureen y allí sería, llegada la hora, donde se pondría en contacto con él. En cuanto a la mujer, las cosas cambiaban. Le gustara o no, Laureen sentía una necesidad acuciante de saber algo más sobre ella. ¿Era su piso el que Bryan había vigilado durante toda la mañana? ¿Quién era ella? ¿Cómo era posible que una mujer de una ciudad lejana de Alemania, y que, además, no era joven del todo, pudiera interesarle tanto a su marido? ¿De qué se conocían? ¿Y cuánto? Laureen tenía intención de averiguarlo; allí y ahora mismo.
Así, fue a la mujer y no al hombre a la que Laureen siguió durante las siguientes horas.
Fueron muchas las paradas. En dos ocasiones fue una cabina de teléfono la que se tragó el abrigo negro de charol. De vez en cuando, la mujer desaparecía por el portal de un edificio de pisos, dejando a Laureen en la calle sin saber qué hacer, confusa y con los pies doloridos. La mujer tenía muchos asuntos que atender. Cuando finalmente se metió en un bar de la plaza de Münster y hubo pasado un buen rato mirando por la ventana desde su mesa cercana a la puerta, Laureen tomó asiento cerca de ella y se quitó sus zapatos nuevos con una expresión de alivio casi audible. Hasta entonces no había tenido tiempo ni ocasión de observar el objeto de su persecución.
La mujer sentada a un par de mesas de donde se encontraba Laureen no parecía especialmente deseable.
Cuando Bryan, un rato más tarde, se sentó a su mesa, parecía estar muy tenso. El hecho de que apareciera no le sorprendió lo más mínimo a Laureen, aunque la familiaridad con la que se trataban Bryan y la mujer desconocida sí le atormentó. Entonces ella posó su mano sobre el brazo de Bryan y lo acarició suavemente. Pocos minutos después de haber entrado, Bryan volvió a abandonar el bar, más rígido y tenso de lo que Laureen lo había visto nunca. Desapareció tras la veladura de la ventana con movimiento repentinos, abruptos y descoordinados, como los de un borracho.
Con ello, el dilema a la hora de decidir a quién debía seguir el resto de la tarde se resolvió por sí solo. La mujer se quedó un rato más mirando al infinito. Parecía confusa e indecisa. Laureen encendió un cigarrilo y se volvió hacia el centro del establecimiento. De momento seguiría sentada en su rincón, intentando pasar desapercibida. En cuanto se fuera la mujer, ella también se iría.