18

La pequeña hermana Petra se asustó cuando encontró a Bryan al día siguiente.

Tras una noche entera de dolores y terror, la cama estaba completamente empapada de sudor y Bryan tenía la frente hinchada tras el cabezazo del gigantón; los labios y la barbilla le latían. Había manchas de sangre en el cuello del camisón y en la almohada. No había dormido; incluso cuando las voces enmudecieron y sólo quedó el vacío aterrador, el cuerpo no había reclamado su derecho al descanso. Bryan había estado demasiado excitado, ahora que había comprendido la situación.

El descubrimiento resultaba estremecedor. Además de él y de James, había otros tres simuladores más en la sala. Eran listos, ingeniosos, hábiles, atentos, imprevisibles y, no cabía la menor duda, peligrosos. Aparte, había que contar con que desconocía varios factores que podían ser de suma importancia. El mayor temor de Bryan: los factores desconocidos.

Sin duda, a partir de aquel día, el hombretón de la cara picada de viruela no le quitaría el ojo de encima. Sin embargo, la pregunta que debía hacerse era qué había podido descubrir con anterioridad aquel hombre. Hacía tiempo que James había intentado prevenirle contra los simuladores. Ahora lo sabía. La idea de la impotencia que debió de sentir James se impuso con fuerza. ¿Qué no había tenido que soportar por su culpa durante las últimas semanas y meses? Bryan hubiera deseado ardientemente haberse percatado de las señales que James le había enviado con tanta persistencia. «¡No volveré a causarte problemas, James!», fue su promesa impronunciada. Rezó por que James lo comprendiera; era imposible que pudiera habérsele escapado el episodio de la noche.

Volvía a unirles el lazo invisible que siempre los había vinculado.

Varios de los pacientes se sobresaltaron cuando una de las enfermeras nuevas abrió la puerta giratoria de un golpe y empezó a chillar algo acerca de Hitler y a repetir la palabra «Wolfsschanze».

Bryan la siguió con la mirada mientras pasaba por el lado de Petra, que se persignó, y de Vonnegut, que simplemente se quedó boquiabierto. Bryan deseó con todas sus fuerzas que aquello significara que Hitler había muerto. El doctor Holst la miró durante largo rato mientras escuchaba lo que tenía que decir. Su tartamudeo y su excitación no parecían impresionarlo demasiado, pero a sus espaldas, James, rompiendo con su habitual comportamiento, se había incorporado en la cama y seguía con una mirada demasiado despierta lo que se estaba diciendo. A su lado estaba el hombretón de la cara picada de viruela, que lo observaba detenidamente.

De pronto, el doctor Holst se volvió hacia las camas y se desentendió de la enfermera, de Hitler y del «Wolfsschanze». El trabajo diario y el funcionamiento del hospital eran más importantes que cualquier otra cosa. Bryan se dio cuenta de que la repentina conclusión de la noticia había estado a punto de sorprender a James, que a duras penas tuvo tiempo de echarse y adoptar su habitual apatía. En cambio, el hombretón de la cara picada de viruela se limitó a sonreír y a levantar la manta para facilitarle la tarea al médico cuando le tocara examinarlo a él.

Aunque el doctor Holst no había reaccionado a la noticia, sin duda había sucedido algo grave. El ambiente que se respiraba era tenso, la actividad del exterior era distinta de la que solía haber y, por primera vez durante semanas, apareció un oficial de seguridad en la sección.

Era la primera vez que lo veían. Era prácticamente un niño, ni siquiera tenía su edad, evaluó Bryan. Mientras el adolescente pasaba revista a las camas, saludaba secamente a todos y cada uno de los pacientes con el brazo derecho alzado y bajaba la cabeza cada vez que su saludo era correspondido. Miró a todos los pacientes directamente a los ojos. Inspeccionó el pasillo trasero de los baños y las duchas minuciosamente con pasos medidos y lentos e hizo que abrieran todas las puertas de un tirón. La presencia del chaval vestido de negro no parecía perturbar a nadie.

Incluso los simuladores lo miraron fijamente a los ojos cuando los saludó y el hombre de la cara ancha sonrió como nunca, alargó el brazo con un chasquido e irrumpió en un «heil» tan violento que todos los que se encontraban en la sala se sobresaltaron irremediablemente.

Su enjuto compinche que ocupaba la cama vecina no se mostró tan valiente. Es cierto que aquel rostro estrecho sonrió, pero su brazo no acabó de subir a la altura que cabía esperar. Al alzar el brazo, la manta cayó al suelo, de forma que la esquina quedó suspendida en el aire. Justo debajo de la cama estaba la pastilla que Bryan había perdido al chocar con el hombretón de la cara picada de viruela. Bryan la detectó inmediatamente e intentó reprimir las ganas de tragar saliva que suele provocar un susto repentino.

Si el oficial de seguridad la encontraba, no sabría de dónde había venido, pero ¿qué diría el simulador viéndose entre la espada y la pared? Y el de la cara picada de viruela, ¿qué no sería capaz de deducir de los sucesos de la noche anterior? Bryan tardó un segundo en comprender que aquella maldita pastilla insignificante podía acercarlo varios metros al abismo y a la perdición. Antes o después, alguien recogería aquella pastilla, y no sería él quien lo haría; ni diez caballos salvajes podrían obligarlo a intentarlo.

El hombre que ocupaba la cama vecina a la del simulador más delgado había sufrido unas terribles quemaduras en la cara. Era uno de los pacientes que ya estaban allí cuando llegaron. Ahora ya le habían retirado todas las vendas y, poco a poco, la piel estropeada fue adquiriendo un tono más normal y fresco. Era uno de los muchos soldados que se habían quedado atrapados en un vehículo blindado en llamas, la única diferencia era que él había sobrevivido; una supervivencia en el dolor que lo había vuelto taciturno y lo había dejado sumido en la confusión. El oficial de seguridad miró el brazo que intentaba alzarse en un saludo y se metió entre las camas para ayudarlo.

Al dar un paso adelante, dio con la punta de la bota en la pastilla, que salió disparada contra la pared rebotando con un chasquido prácticamente inaudible. Bryan soltó un bufido al ver que, de momento, el peligro había pasado. Dos minutos más tarde, el oficial pisó la pastilla que había aterrizado cerca de la entrada. El crujido lo hizo detenerse.

Una de las enfermeras se apresuró a entrar en la sala al oír la llamada del oficial de seguridad, al que encontró de rodillas en el suelo hurgando tranquilamente en el polvo blanco con el dedo. Entonces el oficial le acercó la punta del dedo con la sustancia que había recogido y se la dio a probar a la enfermera. La expresión de la cara y los gestos de la enfermera parecían querer quitarle hierro al asunto y, por lo demás, pretendían dejar bien a las claras su inocencia y su desconocimiento de las circunstancias que lo envolvían. El joven oficial de seguridad le hizo unas cuantas preguntas que la llevaron a sacudir la cabeza, mientras el color de su rostro iba modificándose imperceptiblemente. Tras unos minutos de interrogatorio, la enfermera empezó a mirar furtivamente a su alrededor y daba la impresión de que su mayor deseo en aquel momento era salir corriendo, despavorida.

De pronto, el oficial se agachó y desapareció de la vista de Bryan, que entonces sólo pudo percibir unos sonidos indefinidos que le llegaban de detrás de la cabecera de la cama. Un instante después, el oficial volvió a aparecer entre las camas, con la mejilla pegada al suelo, avanzando como un sabueso que seguía una pista. Después de una corta búsqueda, encontró otras dos pastillas. Bryan estaba aterrorizado.

Los reunieron a todos; a las enfermeras que estaban de servicio y a las que todavía estaban medio dormidas después de la guardia de la pasada noche; a los camilleros, cuya tarea se limitaba a llevar y a traer a los pacientes de los tratamientos de choque y que, de vez en cuando, echaban una mano a los demás; a los enfermeros y, por tanto, a Vonnegut; a los auxiliares; al personal de limpieza; al doctor adjunto Holst; y, finalmente, al profesor Thieringer. Ninguno de ellos fue capaz de dar una explicación plausible de lo ocurrido. Era evidente que cuantas más declaraciones tuvo que escuchar el oficial de seguridad, más convencido estuvo de que algo andaba mal.

Llamaron al oficial en jefe que los había interrogado en la sala de gimnasia y lo pusieron al corriente de la situación. De entre las muchas palabras exaltadas que vomitó, Bryan entendió una sola: simulación.

En un abrir y cerrar de ojos pusieron en marcha una inspección a fondo. Varios soldados de las SS se habían despojado de sus chaquetas y pululaban por todos los rincones de la sala: de rodillas, en cuclillas, de puntillas. Examinaron cada centímetro de la sala; no omitieron ni un solo escondrijo, por imposible que fuera. Vaciaron los armarios de los baños, hojearon los diarios, repasaron la ropa, tanto la de vestir como la de cama, levantaron colchones, inspeccionaron ventanas y contraventanas. Sólo permitieron que aquellos pacientes que no podían ponerse en pie por sí mismos se quedaran en cama. Al resto los habían confinado en el fondo de la sala con las piernas desnudas. Desde allí miraban lo que estaba pasando a su alrededor con ojos incrédulos. En un momento de despiste. James sacó el pañuelo de Jill de debajo del colchón y se lo ató al cuello, a salvo de las miradas bajo el escote del camisón.

El médico mayor, el doctor Thieringer, intentó exhortar a la serenidad, arisco e infeliz por su incapacidad de controlar la situación. Sin embargo, no dijo nada cuando aflojaron los tapones de los tubos de una cama y salieron docenas de pastillas que se desparramaron por el suelo.

Todo movimiento en la sala se paralizó. El sargento de las SS que comandaba la sección dio la orden de que se sacaran todos los tapones de los pies de las camas inmediatamente. El oficial de seguridad le hizo una pregunta a Vonnegut. Como si lo hubieran obligado a delatar a uno de sus hijos, alzó el garfio de hierro lentamente y, a regañadientes, señaló a alguien que se encontraba en medio del grupo que se había formado al fondo de la sala. El flaco de los hermanos siameses soltó un grito en el acto y, temblando, cayó de rodillas ante el oficial de seguridad.

Mientras iban sacando los tapones del resto de la camas, Bryan rezó con el corazón encogido porque la noche anterior no se hubiera quedado ni una sola pastilla enganchada en el tubo. Más tarde, cuando volvió a reinar la calma en la sala y se hubieron llevado al flaco entre sollozos, Bryan se dio cuenta finalmente de que él había sido el culpable de su desgracia. A su vez supo con toda seguridad que, de los veintidós ocupantes originales de la sala, un mínimo de seis habían simulado su locura. Un número increíble que podía incluso ser mayor. El hermano siamés flaco jamás le había dado razones para sospechar de él. Al contrario, a lo largo de los meses que habían transcurrido siempre había ofrecido la imagen impoluta de un demente que, firme pero muy lentamente, iba recuperando la cordura. Desde el primer día en que Bryan lo había visto en el camión, había interpretado su papel a la perfección.

Cuatro lechos más allá, su otra mitad siamesa estaba sentado en el borde de la cama, tan contento, hurgándose la nariz como de costumbre. Resultaba increíble que él también pudiera ser un simulador. No mostraba ni la más mínima pena, ni el más mínimo dolor, por lo que acababa de suceder. Lo único que lo hacía reaccionar era que su dedo índice pescara algo en las profundidades de la fosa nasal.

Tampoco pareció inmutarse cuando, más tarde, devolvieron a su «gemelo» flaco a la sala, con el cuerpo magullado y pálido. Se limitó a sonreír y siguió hurgándose la nariz. En cambio, Bryan no podía creer lo que estaba viendo. Era incapaz de imaginarse cómo había conseguido salir del apuro y eso lo ponía nervioso.

Aparentemente, todos los demás parecían satisfechos con la conclusión del asunto. Los médicos sonreían, y las enfermeras de guardia se volvieron incluso amables. La tensión los había afectado a todos.

A la mañana siguiente volvieron a recoger al flaco. Había pasado toda la noche temblando como una hoja; debió de presentir que aquello podía ocurrir.

Alrededor del mediodía, el joven oficial de seguridad entró en la sala acompañado por un soldado raso de las SS. Tras recibir unas cuantas órdenes, los pacientes empezaron a moverse en dirección a las ventanas que había enfrente de la hilera de camas de Bryan. Nadie protestó. Bryan fue uno de los últimos en incorporarse al grupo, en la segunda fila, desde donde sólo podía entrever lo que pasaba si se ponía de puntillas. También desde esa postura era limitado lo que le permitían ver los travesaños y las rejas, y tuvo que sacar la cabeza y ladearla por encima del hombro del paciente que tenía delante.

A lo largo de la pared rocosa que corría a un par de metros del bloque del hospital y hasta la capilla, que se encontraba unos cien metros más allá, se disfrutaba de cierta visibilidad. Lo único que rompía la desnudez de aquella franja era un poste solitario que parecía marcar la situación de una antigua perforación indeterminada.

Ataron al flaco a aquel poste y así, atado, lo ejecutaron delante de los pacientes con los que había compartido sala, aire y vida durante más de medio año. En el momento en que sonó el disparo, Bryan volvió la cabeza y fijó la mirada en James, que se encontraba a cierta distancia de él, en la primera fila, con el hombre del rostro picado despuntando a su lado. El sobresalto que aquel disparo provocó en James no dio lugar a dudas acerca de su estado emocional y, además, su mirada estuvo demasiado presente durante algunos segundos, febrilmente clavada en el cuerpo que en aquel momento caía hacia adelante, convulsionado en unos últimos espasmos. No fue la ejecución ni tampoco la reacción de James lo que hizo brotar el sudor frío en la frente de Bryan, sino el gesto que el hombretón del rostro picado le hizo al de la cara ancha mientras miraba fijamente a James.

Pasó algún tiempo hasta que volvieron a atar a otro hombre al poste y lo ejecutaron. Bryan no supo nunca quién había sido el impenitente. No se trataba de un paciente de la Casa del Alfabeto. Sin embargo, de lo que no cabía duda era de que lo habían pescado intentando sustraerse al servicio militar. Tales contravenciones eran castigadas con dureza y sin piedad y eso es lo que se pretendía transmitir a los demás pacientes.

La visión de la cabeza del flaco cayendo hacia adelante no había impresionado a su gemelo que, evidentemente, no se había enterado de lo que había ocurrido. Nadie hizo ningún intento de consolarlo; nadie lo interrogó. Después de la ejecución, retiraron la cama del flaco, fregaron el suelo de la sala, los premiaron con sucedáneo de café y dejaron que Vonnegut enchufara el altavoz para que los violines y los timbales apaciguaran los corazones de los enfermos.

Al fin y al cabo, los hombres de la sección estaban en tratamiento.