55
—La defensa llama al senador Grant Tully.
Oigo cómo repiten el nombre desde el fondo de la sala, es el alguacil o algún funcionario, vociferando el nombre de Grant en el vestíbulo. Me vuelvo. A mis espaldas hay unos doce miembros de la prensa.
Grant Tully ha permanecido en el interior de este edificio durante dos horas. No quería ser recibido por un montón de reporteros que habían escuchado la declaración preliminar de Bennett. Eso es lo que esperaban. En cambio, entró en el edificio a través de uno de los accesos privados de los jueces, acompañado por uno de los juristas a quien ayudó a ingresar en el tribunal. Después se quedó en la oficina del actuario del condado, situada en la undécima planta, un cargo político ocupado por un buen amigo del senador.
Grant Tully tiene el mismo aspecto de siempre: parece una persona bastante normal. Es guapo y juvenil pero, quizá debido a su edad, no apesta a poder como algunos de los de la vieja escuela, con sus cabellos canosos. Eso es bueno para mí. Su aspecto es discreto. La juez lo trata con el debido respeto, saludándolo cortésmente. Esta juez no fue elegida con ayuda de Grant, pero si quisiera, el senador podría crearle auténticos problemas. Podría hablar con el juez principal de los tribunales del circuito que, por otra parte, es quien decide qué juez ocupa cada tribunal. Si algún mandamás lo decidiera así, la juez Bridges podría acabar presidiendo el tribunal nocturno de narcóticos.
Bennett le hace unas preguntas introductorias al senador: nombre, rango y número de identificación.
—Sé que está en mitad de una campaña —dice Ben—, de modo que lo mejor será ir al grano.
Grant muestra su cara pública. Esto será desagradable, pero él sabrá manejarlo.
—Junio de 1979 —dice Bennett—. Usted y John Soliday teman diecisiete años.
—Correcto.
—Usted y John acudieron a una fiesta.
—Correcto.
—Fueron a una población del condado de Summit, al otro lado del límite del estado.
—Correcto.
—¿Conocieron a algunas personas en esa fiesta? —Sí. Conocimos a alguien llamado Lyle, alguien llamado Rick y alguien llamada Gina. —¿Cuáles eran sus apellidos? —No lo sé-responde Grant. —El «Lyle» que usted ha mencionado, ¿es en realidad Lyle Cosgrove?
—No lo sé. Podría ser, ciertamente. Bennett no entrará en detalles sobre Rick, que ahora sabemos que es Brían O'Shea, el hombre que se metió en su casa. En su declaración inicial tampoco mencionó la auténtica identidad de Rick. Eso va más allá de lo que necesitamos probar, y ya hay bastantes cosas que tal vez no podamos demostrar.
—Bien, senador —dice Ben—, cuando se acabó la fiesta, ¿usted se marchó?
—Sí.
—¿Con quién?
—Creo que fue con Rick. Ha pasado mucho tiempo.
A Grant no le gusta que el nombre de Rick aparezca
en este caso, pero era prácticamente inevitable.
—¿Se marchó con Rick? —pregunta Ben—. ¿O con Lyle? —Por un momento parece confuso. Ha tenido que digerir mucha información sobre los sucesos de 1979 en poco tiempo.
—Me marché con Rick —dice Grant
—¿Está seguro? ¿Recuerda haberse marchado con Rick en el coche de usted?
—Sí, lo recuerdo. En la medida en que uno puede recordar algo ocurrido hace tanto tiempo...
—Vale. —Ben lanza la siguiente pregunta sin levantar la voz—. ¿Había estado bebiendo?
—Sí. Había bebido cerveza.
—Pero Rick no, ¿verdad?
—No.
—Así que Rick lo condujo hasta su casa.
—Correcto.
A los votantes ya no les impresiona que un chico de diecisiete años tome unas cervezas. La declaración nos hace parecer sinceros sin dañar a Grant. Podría haber un montón de cosas que le perjudicarían.
—¿Qué ocurrió con los demás? ¿Gina, Lyle y John?
—Se marcharon por su cuenta.
—¿Por qué no se marchó con John?
—Me pareció que la joven lo había invitado a su casa.
—¿Se refiere a Gina Masón?
—Sí. Gina.
—¿Quién le dijo que Gina quería quejón la visitara?
—No lo sé, señor Carey. Uno de los otros chicos. Lyle o Rick.
—¿Y entonces qué pasó?
Grant se encoge de hombros.
—Me marché a casa.
—Para que quede claro, senador, usted y Rick se fueron en su coche. John y Lyle cogieron el de Lyle. Gina ya se había marchado antes que todos ustedes.
—Así es.
—Pero Gina había invitado a John a su casa.
—Sí.
—Bien. ¿Se enteró de que Gina Masón, la joven, había muerto esa noche?
—Sí, me enteré. Lo lamenté muchísimo, por supuesto.
—¿Habló con la policía acerca de ese incidente?
—Sí. Hablé con alguien de la oficina del investigador.
—Muy bien. Por casualidad, ¿sabe si el señor Cosgrove fue interrogado?
—Me parece que sí.
;-¿Sabe si el señor Cosgrove tenía un abogado?
—Sí. El señor Cosgrove (que resultó ser el Lyle que yo conocía) tenía un abogado. Dale Garrison.
—¿Cómo llegó a contratar a Dale Garrison?
—Me preguntó si podía recomendarle a alguien. Le di el nombre de Dale.
—Senador, ¿qué pensó en aquel momento? ¿Pensó quejón era culpable ó inocente?
—no estaba allí —responde Grant, haciendo un gesto cortante con la mano—. Así que no lo sé. Pero por encima de todo, sabía quejón Soliday era mi mejor amigo, alguien a quien respetaba y en quien confiaba. Y desde luego, alguien que sería incapaz de hacer algo así. Jamás. Por otro lado, sabía que estaba muy borracho, pero incluso en ese caso no creí que fuera capaz de hacer algo como lo que estaban investigando. No lo creí y aún no lo creo.
—Senador, ha oído hablar de esta supuesta carta de chantaje.
—Así es.
—Bien. Senador, aclaremos cierto tema. Permítame que le muestre esta prueba —dice Ben, alejándose del atril. Coge la carta de chantaje y le pasa las copias a la juez y al testigo—. Por favor, léala.
Grant obedece.
—Bien, senador, conoce la existencia de esta carta.
—Sí, vagamente.
—Dígame una cosa. ¿Es posible que este chantaje tenga relación con lo ocurrido en 1979? Quiero decir, ¿es posible que Dale Garrison estuviera amenazando a John con contarle a usted algo que no supiera de lo que pasó en el setenta y nueve? ¿Un secreto?
—Protesto —interviene la fiscal—. Es una especulación.
—Admitido.
—La carta menciona al «senador», señoría.
—Eso no significa que su pregunta sea una especulación, letrado —dice la juez Bridges—. Prosiga.
Por un momento Bennett se queda atascado. Después se tranquiliza e intenta formular la pregunta de manera adecuada.
—Senador, sabemos que en 1979 el señor Garrison era el abogado de Lyle Cosgrove.
—Sí, así es.
—Senador, ¿sería posible que el señor Garrison amenazara con decirle a usted que, de hecho, John Soliday era culpable de un delito cometido en 1979?
—Protesto —dice Erica Johannsen, poniéndose de pie—. Especulación.
—No, no es así —replica Ben con rapidez— Creo que la respuesta del senador lo demostrará.
—Eliminaré la respuesta si es una especulación. —La juez señala a Grant con la cabeza—. Senador.
Grant inclina la cabeza y vuelve a dirigirse a Bennett.
—No hay nada de lo que ocurrió en 1979 que John, Dale y yo no hayamos comentado. Todos sabemos que existe una mínima posibilidad de que algo pasara entre John y esa joven, dada la borrachera de John. Una posibilidad muy menor, pero todos creemos quejón no hizo nada malo.
Esa conversación jamás se produjo. Grant me está encubriendo.
—Pero senador —dice Ben—, podría tratarse de eso, ¿no? Usted no creía que fuera culpable de nada, pero quizá Dale sabía algo.
—Dale sabía perfectamente que yo no tenía ningún interés en sacar a relucir el pasado. Se lo dejé muy claro, a él y a John, lo ocurrido en el pasado debía permanecer allí. Dale sabía que yo no hablaría de este tema. John también lo sabía. Nadie amenazó a nadie.
Eso tampoco es cierto, pero se parece bastante a la verdad. Y nadie lo contradiga.
—Bueno, senador, ¿es posible que Dale se limitara a amenazar con revelar que usted estaba implicado, aunque fuese de forma indirecta? En fin, no es el tema más agradable del mundo. Y todos sabemos que usted se presenta al cargo de gobernador. Pero ¿es posible que Dale pretendiera revelar que de alguna manera usted y John Soliday estaban relacionados con la posible violación y el asesinato de una joven en 1979?
—No, no es posible —responde Grant—. Dale era uno de mis más íntimos amigos, y también de mi padre. Además, señor Carey, si Dale necesitaba dinero, yo se lo hubiera dado. Lo único que tenía que hacer era pedírmelo. —Grant menea la cabeza, como si la idea fuera ridícula—. Dale Ganison nunca nos chantajearía, ni a John Soliday ni a mí. Es absurdo.
—De acuerdo, senador. Avancemos. Hablemos de la contienda a gobernador. De las primarias.
Grant habla de los antecedentes del caso, explica que él y Trotter obtuvieron las nominaciones a la contienda al cargo de gobernador, que yo revisé los papeles de Trotter y descubrí que había un problema.
—Según me explicó John —añade Grant—, significaba que la petición del señor Trotter carecía de validez. El manifiesto de candidatura debe estar «firmado», y una fotocopia de una firma no es una firma. Tiene el mismo valor que un papel en blanco.
La juez frunce el entrecejo. Está reflexionando sobre los aspectos legales.
—¿Eso significa que el fiscal general podría desaparecer de las listas si usted lo cuestionaba? —Sí.
—¿Intentó obtener una segunda opinión tras las conclusiones de John?
—Quizá no lo llamaría una segunda opinión. John es un experto en la materia. Yo más bien diría que fue otro punto de vista.
—¿El de quién?
—El de Dale Garrison.
—Dale Garrison... ¿Redactó un memorando sobre el tema? —Sí.
—Señoría, si la fiscal lo prefiere así, recurriré al ordenador del señor Garrison. —Ben coge una copia del memorando sobre el As—. Prueba de la defensa número dos para su identificación.
—Aceptamos esa copia —dice Erica Johannsen, Ben se la mostró durante el descanso. Ella la comparó con lo que aparece en el ordenador. Ben le pasa una copia a todos.
—Sí, es ésta —dice Grant—. Dale estaba de acuerdo con John. El error en el manifiesto de candidatura era fatal.
—¿Cómo recibió este memorando? —Dale lo envió al bufete por mensajero. Creo que se lo envió a John.
—¿En qué fecha, senador?
—El 4 de agosto.
—¿Y cómo es que recuerda la fecha? —Porque cuando Dale envió el paquete con el memorando, también me envió una tarjeta de cumpleaños. De hecho, señor Carey, creo que fue usted quien me la entregó. Mi cumpleaños cae el 10 de agosto, y recuerdo perfectamente que pensé que Dale se había adelantado seis días. Sí, lo recuerdo muy bien.
Yo también recuerdo haber visto la tarjeta de cumpleaños. Bien. Eso establece la fecha. Es muy importante, porque debemos retrasarla todo lo posible antes de la muerte de Dale. Necesitamos tiempo para que Dale chantajee a Trotter, para que Trotter contacte con Lyle Cosgrove y éste me envíe la carta de chantaje y mate a Dale. Dale nos envió el memorando el 4 de agosto y murió el 18. Trotter dispuso de dos semanas para planearlo todo.
—Bien, senador-dice Ben, llevándose las manos a la cintura—. En ese momento, usted terna la opción de recusar los papeles del señor Trotter. —Así es.
—Podría haber eliminado a su adversario de las listas electorales.
—Sí.
—¿Presentó una recusación?
—No. Ésa no es la forma en que quiero convertirme en gobernador. Los votantes se merecen una opción.
¿Dale fue informado?
—Sí. Se lo dije yo mismo. Y John también se lo dijo. Sabía que no recurriríamos a eso.
No es del todo cierto. Grant vuelve a protegerme.
—¿Cuándo ocurrió, senador? ¿Cuándo le dijo a Dale Garrison que no recusaría los papeles del señor Trotter?
—No recuerdo la fecha exacta —dice el senador—, pero fue antes de mi cumpleaños. Lo sé porque le agradecí la tarjeta que me envió y le dije que faltaban unos días para mi cumpleaños. Bromeamos al respecto. Dijimos que no queríamos que llegaran los cumpleaños.
Esta conversación no se produjo, por supuesto. Aún no habíamos decidido si utilizaríamos el As o no. Grant no me está protegiendo, está mintiendo por mí. Estoy convencido de que cree que el fin justifica los medios, un motivo en el que ya se ha basado con anterioridad para defenderme.
—Así que fue entre el 4 de agosto y su cumpleaños, el 10 de agosto, que usted le dijo a Dale que no siguiera adelante.
—Correcto.
—¿Insistió en este punto? ¿O titubeó?
—Insistí. Le dije que no recusaríamos los papeles de Lang Trotter. Fin de la discusión.
—¿Se opuso el señor Garrison?
—Al contrario —asegura Grant—. Me dijo que estaba haciendo lo correcto.
—Me opongo al testimonio de oídas —dice Erica Johannsen.
—No es de oídas —replica Ben—. Me limito a demostrar lo que pensaba el señor Garrison. Dale Garrison se alegró de que el senador Tully no quisiera hacer uso de la información, porque así podría chantajear al fiscal general Langdon Trotter.
—Denegado —dice la juez, mirando a la fiscal—. No es de oídas.
Ben continúa.
—Senador, ¿sabe si Dale decidió usar esa información de alguna otra manera, la información relacionada con los papeles de nominación del señor Trotter? —No, no lo sé.
—Por ejemplo, ¿sabe si Dale Garrison utilizó esa información para chantajear al fiscal general? —No, señor Carey.
—¿Puede asegurarnos que Dale Garrison, tras la conversación mantenida con usted, estaba convencido de que usted mismo nunca utilizaría esa información?
—Protesto —dice Erica Johannsen—. Le pide al senador que especule sobre los pensamientos de otros. —Admitido.
—Vale —dice Ben—. ¿Acaso le dijo al señor Garrison que usted jamás la utilizaría?
—Eso sí es testimonio de oídas —dice la fiscal. —Si es una objeción, señora Johannsen, se admite. Ben se mete las manos en los bolsillos. u —Bien, no hay más preguntas. La juez mira el reloj. Son las once menos cuarto. Demasiado temprano para almorzar. —¿ Señora Johannsen? —Gracias, señoría.
—¿Conseguimos lo que necesitábamos? —pregunto, acercándome a Ben.
Ben asiente con la cabeza. Grant acabó con la idea de I que nos chantajearían a ambos con el tema de la violación. Dejó claro que Dale Garrison sabía que no usaríamos el As, dándole libertad para chantajear a Trotter.
La fiscal se pone de pie lentamente. Supuse que estaría más enojada, pero no parece formar parte del juego sucio de este caso. Creo que Erica Johannsen está más interesada en atrapar al culpable que en ganar. Nunca pensé que yo diría algo así de un fiscal. Quizás está replanteando todo el caso.
—Senador Tully, usted no sabe si Langdon Trotter tiene alguna relación con esta carta de chantaje, ¿verdad?
—Lo he afirmado varias veces, letrada.
—De hecho, no puede descartar que esta carta fuera enviada al acusado.
—Lo que he intentado demostrar es que no tendría sentido.
—Pero digo yo, senador, usted ignora a qué se refiere el «secreto que nadie conoce», ¿verdad?
—No estoy seguro de a qué se refiere.
—De eso se trata, ¿no? Que lo ignora. Pero el chantajista iba a decírselo.
—Si usted lo dice —responde Grant—. Es posible.
—Así que Dale Garrison podría haber dirigido esta carta al acusado, ¿verdad?
—¿Al margen del hecho de que es ilógico? Quizá sí.
—Así que es posible que este «secreto» no tenga ninguna relación con el tema del manifiesto de candidatura.
—Eso es lo que he dicho.
La fiscal examina sus notas.
—Senador, usted no recuerda con exactitud si el 4 de agosto fue la fecha en que el señor Garrison envió el documento al acusado, ¿no es así?
—Letrada, dije que sí recordaba la fecha.
—¿Porque está relacionada con su cumpleaños?
—Correcto. Recuerdo que el señor Carey me dio la carta, y que bromeamos porque Dale se había adelantado.
—Bien —murmura Ben.
Al examinar sus anotaciones, la fiscal parece decepcionada.
—Y en cuanto a este otro asunto, senador. Este asunto relacionado con el asesinato de 1979.
—Creo que determinaron que fue una sobredosis, letrada.
La fiscal sonríe.
—¿Acaso le está diciendo a este tribunal que ya no le importaría si descubriera que el señor Soliday asesinó a esa joven?
—Eso no es lo que dije. Lo que dije fue que, en primer lugar, no creí ni creo que hiciera semejante cosa. Pero además, que no sentía interés por algo que había ocurrido hace más de veinte años. Sé quejón Soliday es un hombre honorable. Un hombre decente. Un amigo muy apreciado. Si realmente esa noche sucedió algo, teniendo en cuenta quejón era bastante joven y que estaba más borracho de lo que yo jamás lo había visto, entonces supongo que lo perdonaría. Pero afirmar que hizo algo malo es una suposición desmesurada. Los agentes de la ley del condado de Summit llegaron a otra conclusión. Erica Johannsen asiente con la cabeza. —¿Y no dejaría de ser su abogado principal? ¿Incluso si fuera un asesino?
Grant reflexiona sobre la pregunta, al igual que toda la tribuna de espectadores repleta de reporteros.
—John es mi abogado principal. No tengo intención de cambiar eso.
—Y si fuera elegido gobernador, ¿seguiría dispuesto a convertir al acusado en el abogado principal del gobernador?
—Sí. Por supuesto.
—¿El acusado lo sabe?
—Sí, supongo que John lo sabe.
—Y si descubriera que su abogado ha participado en un asesinato, no dudaría en seguir empleándolo.
La fiscal acaba de hacer una buena pregunta. ¿Qué puede decir Grant?
—Es... es una pregunta que aún no me he planteado —responde Grant.
—De manera que es posible que, si el acusado hubiera cometido un asesinato en 1979 y alguien se lo dijera, usted lo despediría.
—Le he dicho que lo perdonaría —insiste Grant, tomando aliento—. Porque estaba ebrio y porque era muy joven. Pero en absoluto creo que hiciera nada malo.
—Perdonarlo sí, pero ¿permitirle que ocupe uno de los puestos más importantes del gobierno del estado? Senador, ¿le está diciendo a este tribunal que no hubiera dudado en nombrar a un asesino como su abogado principal?
—Supongo que no puedo contestar esa pregunta con certeza.
—Si supiera que ha cometido un asesinato en algún momento de su vida, usted lo hubiera despedido, ¿no es así?
—Protesto —dice Ben—. La fiscal responde por el testigo.
—Prosiga —dice la juez—. Denegado.
—Supongo que estaría bastante preocupado —admite Grant. ¿Qué más puede decir? Está testificando ante todo el estado. ¿Cómo puede asegurar que no despediría a un asesino confeso?
—Muy bien, senador. De modo que es posible que el acusado hubiera perdido su empleo si usted hubiera descubierto tal cosa. Es posible.
—Supongo que es posible.
—Y si esa información saliera a la luz, al acusado le resultaría difícil conseguir cualquier empleo en el gobierno del estado, ¿verdad?
—No lo sé.
—¿Usted le ayudaría a conseguir un empleo, senador? ¿Ayudaría a un asesino y un violador a conseguir otro empleo, a condición de que no trabajara para usted?
—Es un amigo —dice Grant—. Un amigo que cometió un error cuando era muy vulnerable. Era joven, estaba confuso y borracho. No sabía... —El senador se interrumpe. La sala permanece en silencio.
—Joder —murmura Ben. Me estremezco. Grant acaba de darse cuenta de lo que ha dicho. No ha hablado como si fuera una hipótesis, sino un hecho. Yo maté a Gina Masón. ¿Qué es lo que sabe y que nunca me contó?
—Lo que quiero decir... —prosigue Grant.
—El acusado cometió un asesinato, ¿verdad? —pregunta la fiscal—. Usted acaba de decirlo.
—No —contesta Grant, inclinándose—. No. Lo que quise decir fue que si descubriera que ése es el caso, no dejaría de considerar a John como un amigo.
—No me interesa lo que usted quería decir, señor. Por favor, conteste la pregunta. Está bajo juramento. ¿Sabe si el acusado cometió ese asesinato?
Grant no pierde el compás.
—No.
—¿Alguien le dijo en alguna ocasión que el acusado cometió asesinato?
Grant me mira.
—¡Protesto! —exclama Ben—. Testimonio de oídas.
—No se trata de que el testigo diga la verdad —puntualiza Erica Johannsen, acercándose al senador—. Se trata de su actitud. Eso es todo el...
La juez levanta la mano.
—Queda denegada.
Erica Johannsen se vuelve hacia el senador con renovado brío.
—Por favor, responda a esta pregunta, y no olvide que está bajo juramento. Senador Tully, ¿alguien le dijo alguna vez que John Soliday asesinó a esa chica en 1979?
Grant se moja los labios. El silencio es atronador, sólo oigo los latidos de mi corazón.
—No.
—¿Sabe a ciencia cierta que no cometió asesinato?
—Supongo que no.
—Y si descubriera que el acusado cometió un asesinato, quizás usted recapacitaría. Quizá lo despediría.
—Supongo que es posible.
—Y John Soliday lo sabía, ¿verdad, senador?
—Protesto —dice Ben—, Esa pregunta no está fundamentada.
Mientras la juez admite la objeción, Erica Johannsen toma asiento.
—He acabado —dice.
—¿Señor Carey? —pregunta la juez—. ¿Alguna pregunta?
—Tengo varias —dice Ben.
La juez mira el reloj,
—¿Le llevará más de cinco o diez minutos?
—Es probable.
—Entonces vayamos a almorzar. Regresen dentro de una hora.