10
Abandono el edificio y deambulo hasta la calle River. Voy hasta la esquina de la Cuarta con River y me detengo junto a una toma de agua. De momento no hay nadie en el cruce, sólo pasan algunos taxis. Antes de volver a la oficina dejo pasar cinco minutos, intentando librarme de la sensación escalofriante que me ha causado lo que acabo de ver.
Marco el número del senador en el móvil. No está, así que dejo un mensaje. Después lo llamo al teléfono del coche.
—Grant Tully.
—Me alegro de que estés sentado —le digo.
Resumo brevemente lo ocurrido. El senador no hace ningún comentario ni reacciona de inmediato.
—¿Dale está muerto?
—Murió sentado ante su escritorio. La cosa más horrible que he visto.
—Joder. —Oigo el sonido de un claxon—. Dicen que estaba bastante enfermo.
—Supongo que sí.
Silencio. Ruidos de fondo de los coches, un poco de música suave del estéreo del senador.
Supongo que Grant quiere preguntarme qué pensaba Dale acerca de usar el As. El decoro lo evita, por no hablar de que la «regla del ascensor» (nunca hables en un ascensor lleno de gente) estos días también se aplica a los teléfonos móviles. Nunca se sabe quién podría estar escuchando.
—Sí, joder —dice Grant—. Dale ha muerto.
Esto no pasará inadvertido. La muerte de Dale Garrison será considerada algo más que la muerte de un hombre.'El representaba la vieja escuela de los abogados dedicados a presentar casos ante los tribunales, los que se pasaron los primeros años procesando o defendiendo casos ante un jurado, en lugar de unirse a empresas aristocráticas y dedicarse al papeleo. Si me dieran diez céntimos por cada historia que relatarán los abogados de esta ciudad durante los próximos días, podría retirarme a las Bermudas.
—Habéis recorrido un largo camino juntos —comento.
—Así es. —Una pausa—. Maldición.
—Me dirijo a la oficina.
—Bueno. Oye, John...
—¿Sí?
—¿Por qué de repente te encuentras con todos esos muertos?
Desconecto el móvil y me lo meto en el bolsillo. Decido no volver a la oficina. Llamo un taxi y llego a mi casa justo después de las nueve de la noche. Cuando entro, Jake y Maggie, mis doguillos, prácticamente se me tiran encima. Quieren comer y salir al patio. Me ocupo de ellos por ese orden y abro el maletín. Este fin de semana tendré mucho trabajo. Debo revisar las declaraciones de finanzas de la campaña y los anuncios publicitarios puestos en circulación por Lang Trotter. Por si fuera poco, mañana por la mañana me reuniré con los miembros inferiores del personal de la campaña del senador.
Eso debería ocuparme todo el sábado y el domingo, debería empezar esta noche. Pero en cambio me estremezco, apoyo la cabeza en el cojín del sofá, cierro los ojos e intento olvidarme de la imagen del abogado muerto
lavándomela mirada.