II

—Bueno, enfermera —dijo Petrie cuando Rima salió y se reunió con nosotros en la terraza del hotel—, ¿qué tal está nuestro paciente?

Rima, que presentaba un aspecto delicioso ataviada con un vestido delicado en lugar del basto equipo del campamento, clavó esa mirada suya tan seria en su interlocutor. A continuación se volvió rápidamente a un lado y vi que las lágrimas asomaban a sus ojos.

—Sí —murmuró Petrie—. No sé qué hacer con él. Yo sólo practico medicina general, Rima, y aunque he mirado en todos los hoteles de Luxor, estamos en temporada baja. No hay un solo hombre en el Alto Egipto a quien pedir consejo. Y el único hombre de El Cairo a quien podría preguntar, para colmo de la mala suerte, está fuera de vacaciones.

Se hizo el silencio. Sir Lionel Barton —quizás el orientalista moderno más importante— yacía en su habitación en estado de coma, con un misterioso secreto guardado en la memoria. Petrie lo había rescatado de la muerte —lo había traído a rastras del otro lado de ese lúgubre valle— gracias a una droga desconocida preparada por el facultativo más brillante que ha existido jamás.

Qué extraño, qué trágico, que un cerebro tan poderoso como el del doctor Fu-Manchú hubiese pertenecido a un hombre tan malvado; que un intelecto tan lúcido no se hubiese dedicado a la curación sino a la destrucción. Estaba muerto, pero su talento perverso le había sobrevivido…

Faltaban pocas semanas para que gente de toda clase invadiese el paraje tranquilo donde nos hallábamos. La temporada turística empezaría pronto. Los intérpretes, los vendedores de cuentas, de postales y de escarabajos revolotearían como moscas por las puertas de los hoteles. Habría dahabiyehs amarrados en los embarcaderos; mujeres elegantes correrían de un lado a otro, en apariencia ajetreadas, pero ociosas en realidad; hombres con trajes blancos, guías vestidos de negro… bullicio… emoción…

Ni siquiera en aquel momento, mirando la calle casi desierta y más lejos, hacia el Nilo, eterno y tranquilo, donde peñascos y surcos marcaban el último lugar de reposo de los faraones, ni siquiera entonces me sentí capaz de aprehender la realidad de la situación.

¿Cuál era el secreto de la tumba del Mono Negro? Un examen concienzudo nos había llevado a inferir que Lafleur, en el momento de abandonar su excavación —es decir, en el momento de su desaparición, en 1909— había llegado a pocos metros del pasaje que conducía a la cámara funeraria. Alguna mano desconocida había terminado el trabajo y después había ocultado la entrada tan hábilmente que los egiptólogos posteriores la habían pasado por alto. ¿O lo habría hecho el propio Lafleur?

Lo que resultaba todavía más sorprendente: la puerta de piedra interior, o rastrillo, ¡ya había sido abierta! ¡Y después la habían cerrado de nuevo con tanta astucia que incluso el jefe se había dejado engañar! No éramos la primera expedición que entraba.

Entonces, ¿cuándo habían vaciado la tumba? ¿En la época de Lafleur, o hacía sólo una semana, mientras yo estaba en El Cairo? ¿Quién había vuelto a cerrarla y por qué? Por encima de todo: ¿qué contenía?

Me volvía loco pensar que el pobre sir Lionel tal vez lo supiese… pero era incapaz de decírnoslo.

Mis cavilaciones se vieron interrumpidas.

—Al lado de Brian Hawkins, en Wimpole Street —oí decir a Petrie—, vive cierta persona. Daría la mitad de lo que tengo por charlar diez minutos con él.

—¿Quién es? —se interesó Rima.

—Nayland Smith.

Lo miré.

—No es un consejero profesional —añadió Petrie—, pero en los viejos tiempos se las apañaba para encontrar una solución.

—El tío siempre estaba hablando de él —comentó Rima—, y yo tenía la esperanza de conocerlo. Es jefe de algún departamento de Scotland Yard, ¿verdad?

—Sí. Se marchó de Birmania definitivamente hace cinco años, y estoy ansioso por verlo cuando vaya a Inglaterra.

—Weymouth le envió un telegrama —dije yo—, pero no ha respondido.

—Ya lo sé. —Petrie contempló el vacío con expresión ausente—. Es bastante extraño e impropio de Smith.

—¿De verdad no hay nada que podamos hacer? —preguntó Rima.

De repente, apoyó la mano en el hombro de Petrie, y comprendí que temía haberle ofendido.

—No quiero decir que usted no esté haciendo todo lo posible… Sólo que… ¿cree que hacemos bien en limitarnos a esperar?

—¡No! —respondió con sinceridad, pues tal era la tónica de su carácter—. Pero dudo que ninguno de los hombres que he mencionado prescribiese un tratamiento distinto al que estamos aplicando. Físicamente, sir Lionel recupera las fuerzas día a día, pero su estado mental me tiene confundido.

—¿No concuerda con su experiencia en casos anteriores, doctor? —pregunté—. Me refiero a su experiencia con la extraña droga que en su opinión le han suministrado a sir Lionel.

Petrie asintió.

—No se parece en nada —aseveró—. Lo más característico de las técnicas de Fu-Manchú eran sus efectos fulminantes. Los venenos surtían efecto de manera infalible. Los antídotos devolvían a la normalidad.

Una figura fornida rodeó la esquina del edificio y se acercó majestuosa a nosotros.

—¡Ah, Weymouth! —dijo Petrie—. Por su aspecto, me parece que una buena copa con mucho hielo le sentaría de maravilla.

—¡Tiene razón! —reconoció Weymouth dejándose caer en una silla de mimbre.

Se quitó el sombrero y se enjugó la frente.

—¿Ha habido suerte? —pregunté.

Mientras Petrie pedía la copa al camarero, Weymouth sacudió la cabeza con tristeza.

—Varias personas de Luxor y alrededores conocen a madame Ingomar —contestó—, pero nadie ha sabido decirme dónde vive.

—En ese caso, es obvio que o bien vive en el barrio nativo o bien ha alquilado una villa.

Weymouth me miró con una sonrisa condescendiente.

—Estoy de acuerdo —contestó—. Mi mejor agente en la zona me ha informado al respecto esta mañana, y puede dar por sentado que esa señora no ha vivido jamás en el barrio nativo. Ahora mismo acabo de comprobar en persona la lista de villas disponibles en Luxor y cercanías. Ha sido agotador. Me atrevo a afirmar sin temor a equivocarme que no ha ocupado ninguna.

Acepté en silencio la amable reprimenda. El doctor Petrie quitó hierro al asunto.

—Los métodos de Scotland Yard a menudo han sido duramente criticados —dijo—, casi siempre por quienes los desconocen por completo. No obstante, Greville, convendrá conmigo en que no carecen de rigurosidad.

Calló de repente, supongo que al notar algo raro en mi expresión. Me había quedado mirando a un árabe alto que se acercaba al hotel y que se había detenido al divisar a nuestro grupo. Fue un titubeo momentáneo. Enseguida siguió andando, pasó junto a nosotros y cruzó la puerta de batientes.

Rima se levantó de un salto y me sujetó del brazo.

—¡El árabe! —exclamó—; ¡el árabe que acaba de pasar! ¡Es el hombre que vi en el campamento! ¡El hombre que corría por la cima del uadi!

Asentí con gravedad.

—¡Déjamelo a mí! —dije, y me volví hacia Weymouth—. ¡Al fin una pista!

—¿Era ese el misterioso árabe de quien hablaba? —preguntó él, nervioso.

—Sí.

Entré a la carrera en el hotel, pero en el gran vestíbulo no había ni rastro del hombre a quien buscaba, sólo una avanzadilla del ejército de turistas, compuesta en su mayor parte por estadounidenses. Corrí hacia el recepcionista, que me conocía bien.

—Un árabe alto. Acaba de entrar —dije atropelladamente—. Beduino o fargani, por decir algo. ¿Adónde ha ido?

Un director adjunto apellidado Edel apareció de repente detrás del recepcionista y me pareció ver que apretaba el hombro de este último en señal de advertencia.

—¿Estaba preguntando por el árabe que acaba de entrar, señor Greville? —inquirió.

—Sí.

—Es el empleado de uno de nuestros huéspedes, un caballero del servicio diplomático.

—Eso no cambia el hecho de que haya estado merodeando por el campamento de sir Lionel —repliqué enfadado—. Tengo que decirle un par de cosas a ese árabe.

Edel pareció turbado. Su expresión me extrañó. Era suizo y un tipo excelente, pero al recordar lo que me habían contado de las tácticas del doctor Fu-Manchú empecé a preguntarme si mi apreciado conocido no sería un sirviente de aquel criminal.

—¿Cómo se llama el diplomático? —pregunté con cierta brusquedad—. ¿Lo conoce?

Edel titubeó por un instante.

—Un tal señor Fletcher —respondió al fin—. Por favor, perdóneme, estimado señor Greville, pero he recibido órdenes al respecto.

Pese a comprender que Edel no tenía la culpa, me volví furioso. Weymouth estaba detrás de mí.

—Comprendo su posición, Edel —continué—, pero no entiendo qué problema hay en que hable con el criado árabe del señor Fletcher.

—Si me permiten —intervino Weymouth con aspereza—, estoy totalmente de acuerdo con el señor Greville.

Edel reconoció a Weymouth, lo que sólo aumentó su confusión.

—Si me disculpan un momento, caballeros —murmuró—, debo telefonear desde la oficina privada.

Se retiró, seguido del recepcionista, que sin duda temía ser interrogado.

Intercambié una mirada con Weymouth.

—¿A qué demonios viene todo esto? —dijo.

Se produjo un paréntesis durante el cual entró el doctor Petrie con Rima. En aquel momento reapareció Edel.

—Si el señor Greville y el doctor Petrie son tan amables de subir a la habitación 36 —anunció—, el señor Fletcher estará encantado de recibirlos.

El regreso de Fu-Manchú
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