54

PUNTO Y SEGUIDO

Mi padre y yo bajamos al garaje para irnos en coche a Canfranc mano a mano. El olor a gasolina rancia y lo gris de la estancia me dan repelús, pero al menos hago este viaje con él y eso mitiga un poco toda la congoja que me producen los adioses. Nos montamos en el coche y de primeras ya discutimos, pues no nos ponemos de acuerdo con la música, aunque terminamos riéndonos y dejando un CD de Eddie Vedder que comienza a sonar con su «Rise» y que me pone la piel de gallina porque su letra es como una alegoría y una señal para mí. Salimos a la calle de un Madrid recién despertado en una mañana fresca de agosto, aunque se espera mucho calor. Por delante tenemos varias horas de nervios mezclados con tristeza, alivio, conversación insustancial y silencios incómodos que rellenar con música.

A media mañana llegamos a Huesca y decidimos dar una vuelta. Paseamos por su Coso, nos embebemos de su encanto, sacamos varias fotos, entro a comprarme un par de cositas en una tienda monísima que se llama Veloz y terminamos la jornada degustando unas tapas en el famoso bar Tatau Bistro. Sin querer, me fijo en una pareja de unos treinta y tantos que está sentada en la barra, porque se les ve una pareja unida. Lo que podríamos haber sido Daniel y yo. La chica me pilla mirándola y me devuelve el gesto con una extraña sonrisa que me transmite paz y tranquilidad; como si me conociera bien, como si supiera qué está pasando y qué ocurrirá después. Me guiña uno de sus ojos marrón verdoso medio tapado por su flequillo abierto y vuelve a centrar la atención en su pareja, susurrándole algo al oído. Él me mira también sonriéndome y me pongo roja, pero mi padre me saca de la situación sugiriendo que nos vayamos ya. Así que, tras alguna que otra discusión por no coger la salida correcta a la primera, llegamos al pueblo de mis abuelos y de mi padre al cabo de una hora y media desde nuestra parada en Huesca.

Cuando bajamos del coche frente a la casa de mi abuela, respiro hondo y observo su fachada: es su casa, donde vivió casi toda su vida. Entramos dentro y nada más pisar el patio, el olor a mi abuela me invade entera, como un azote a los sentidos. Es curioso cómo después de tantos meses, desde que ella estuviera aquí visitando a mi tía, su olor aún permanezca impregnando las paredes de toda la casa.

La casa.

La recordaba más grande, aunque supongo que es porque yo era una niña cuando estuve aquí por última vez. Está algo ajada después de tantos años sin ser habitada, pero se nota que mi abuela la limpió y adecentó antes de fallecer, así que ambos dormiremos aquí sin problemas. Mi padre y yo recorremos la casa, habitación por habitación, con él contándome historias de cada rincón y haciendo que ambos nos emocionemos. Sonrío al entrar al dormitorio principal, pensando en la cantidad de noches que mis abuelos fueron felices aquí. Veo la pila en la que se afeitaba mi abuelo; el cuarto de mi padre; el de mi tía; la cocina; las cadieras en torno al hogar, típicas de las casas aragonesas. Pregunto por Zarza y mi padre me cuenta que murió de vieja en brazos de mi abuela, entre lágrimas de esta por verla marchar.

Dejamos las cosas en las habitaciones que ocuparemos esta noche y después recorremos las calles del pueblo mano a mano. Mi padre me va contando anécdotas de cuando era niño. Nos reímos cogidos del brazo y nos sorprendemos cuando algunas personas le paran preguntando si es Martín, el hijo de «El Francés». Vemos la iglesia y un suspiro sobrecogedor sale de mis pulmones al pensar que aquí se casaron mis abuelos. Aquí sonrieron antes de posar en esa tétrica foto antigua. Aquí comenzaron su camino a la felicidad, que culminó cuando mi abuela tenía veintiséis años y fue a París, vivió París, quedó embarazada y dio a luz a mi padre. Veintiséis años. Como yo.

—Papá.

—¿Sí?

—Se me había olvidado contarte que ya sé cómo titular el libro de memorias de Yayi. —Mi padre frunce el ceño—. No tiene título y creo que lo merece.

Él sonríe.

—¿Cómo?

—Veintiséis.

Sonreímos y él asiente.

—No has podido elegir mejor título.

Suspiramos y seguimos nuestro periplo que incluye el cementerio, donde descansan los restos de Isabel y de mis bisabuelos, en cuyas tumbas pongo unas flores silvestres que he cogido por el camino. «Ponla guapa», susurro en la de Isabel, «píntale los labios y dale zapatos de tacón. Se merece una fiesta por todo lo alto allá arriba. Y que tú brilles con tu propia luz, como siempre debiste hacer».

Después, vamos a casa de mis tíos para cenar con ellos y con mis dos primos, fingiendo que nos llevamos bien. Pero el encuentro es frío e incómodo, porque la relación entre mi padre y mi tía sigue siendo tensa, y más desde que mi padre recibiera en herencia la casa de mi abuela toda para él. Así que como era de imaginar, la cena termina bastante rápido, como si fuera un mero trámite a cumplir, hasta que enseguida nos despedimos y mi padre y yo volvemos caminando a su antigua casa para descansar antes de mañana. El gran día.

Cuando me voy a dormir en la soledad de la antigua habitación de mis abuelos, donde me he empeñado en dormir para empaparme bien de ellos, me enciendo un cigarrillo tumbada en la cama, tratando de no pensar en nada más porque los nervios, el viaje y la emoción me tienen agotada y necesito dormir. Doy una última calada mirando alrededor. El dormitorio está tal cual se quedó tras fallecer mi abuelo: Yayi no quiso tirar nada, ni cambiar nada, así que mantiene la esencia de ambos. Y yo quiero emborracharme de esa esencia antes de decirles adiós. No, no me da yuyu estar aquí. Al revés, me siento honrada, orgullosa y parte de toda la historia que vivieron ellos. Al menos, soy uno de los resultados. Sonrío al pensarlo. Y le mando un wasap a Daniel.

Es increíble estar tumbada en la cama de mis abuelos, donde fueron tan felices. Me siento parte de una historia y es una sensación reconfortante y cálida.

Enviar.

Y así es como debe ser, Lena. Todos nosotros somos el resultado de tantas casualidades que solo por honrarlas merece la pena seguir. Eres luz. Nunca más te apagues.

Inspiro hondo. Y cierro los ojos con la sensación de ser parte de algo y de ser parte de alguien.

Me despierto con el trinar de los pájaros y el olor a hierba y a tierra mojada. Sí. Este momento rural me viene fetén. Soy muy urbanita y amo Madrid por encima de todas las cosas, pero una desconexión tan bestial como estar en un pueblo pequeño que huele a naturaleza es un placer no accesible para cualquiera. Tengo que venir más a menudo. Ahogo el sollozo que me sale al pensar que ha llegado el día y que me tengo que despedir no solo de mis abuelos, sino de todo lo que no me dejaba avanzar. Como si fuera una fecha tope, como si fuera dejar de fumar, hoy sí he de poner un punto y final a muchas cosas.

Bajo a la cocina donde mi padre está preparando el desayuno. Miro alrededor y veo el hogar de leña, limpio e impoluto. Sonrío pensando en la cantidad de años que pasaron mis abuelos calentándose los inviernos en este mismo sitio, contándose sus historias, cambiando sus finales. Mi padre y yo desayunamos casi en silencio porque estamos tristes a la vez que aliviados. Decir adiós es algo muy duro, pero también catártico. Así que no lo retrasamos más y nos encaminamos a casa de mis tíos para salir de ahí todos juntos hacia la abandonada Estación Internacional de Canfranc y esparcir las cenizas en uno de sus laterales.

Nos acercamos cruzando la calle y ya ahí puedo ver la majestuosidad del edificio. No mentía Yayi cuando hablaba de modernismo, opulencia y preciosidad. Todos los adjetivos que se os ocurran son pocos para describir esta maravilla que huele a historia, a dolor, a reencuentros y a despedidas. Sobrecoge al verla. Si no te emocionas al ver la Estación Internacional de Canfranc, no tienes alma, así de claro. Damos una vuelta por la parte frontal y después por la trasera, lo que era la parte francesa, más ajada que la española. Las vías están oxidadas y llenas de hierbas altas. Los techos tienen agujeros y una enorme valla de metal cerca el acceso al interior de la estación, inaccesible salvo si lo haces con una visita guiada. Mi tía nos pregunta si queremos apuntarnos a una de ellas, que se hará dentro de una hora, para que podamos ver cómo era la estación por dentro. Todos asentimos y emprendemos una pequeña turné por los exteriores del edificio.

Terminado el recorrido, decidimos no retrasarlo más y nos encaminamos hacia uno de los laterales más alejados del ojo ajeno. Nos pueden multar y mucho por hacer esto, así que vamos a hacerlo rápido y disimuladamente. Eso significa que mi padre y mi tío se tiran como diez minutos tratando de romper la urna con las cenizas, armando un estruendo digno de atraer a la Guardia Civil en masa. Pero no hay moros en la costa así que, sin más, nos ponemos todos en fila y mi padre hace los honores.

—Bien —carraspea—. Hoy decimos adiós a nuestros padres y vuestros abuelos. Hoy es un día triste porque significa que se van de nuestra vida para siempre. Pero seguirán vivos en nuestra alma y en nuestros recuerdos, como ellos siempre quisieron. Aquí esparcimos sus restos, en la estación que los vio nacer y crecer, enamorarse y madurar, ser padres y morir. Aquí, entre dos tierras hermanas, os decimos Andrés y Elena, que sois de lo mejor que ha pasado en nuestra vida; un orgullo como padres, como abuelos y como personas. Gracias por existir.

Aplaudimos. Y enseguida nos quedamos todos en silencio. Mi padre rompe la primera de las dos bolsas de plástico que contienen las cenizas. Yo cierro los ojos y suspiro. Siento el aire fresco de montaña en mi cara, la tranquilidad que da el haber cerrado muchas puertas y el dolor por tantos adioses, pero también la satisfacción de haber vivido tantas cosas. Sí, porque a pesar de todo, por primera vez me siento viva y es una sensación nueva, contradictoria, gratificante y esperanzadora. Porque las puertas que se cierran, aunque nos duelan en el alma y nos destrocen, al final siempre abren otras; así que intento agarrarme a esa idea con fuerza para no llorarles más.

Escucho la siguiente bolsita romperse todavía con los ojos cerrados. Trago saliva porque no sé si quiero abrirlos, si puedo abrirlos, si puedo verlo.

—Bien, pues… allá voy.

Ruido de trozos rotos de la urna. Brisa. Frescor. Lágrimas que se agolpan en mi garganta. Silencio. Más silencio. Y un escalofrío. Un cambio de aire. Algo eléctrico. Algo en mi mano. Unos dedos me tantean. Una mano se entrelaza con la mía. Un olor. Abro los ojos. Inspiro hondo. Y siento el corazón a punto de salirse por mi boca.

Daniel a mi lado sonríe y señala con su cabeza hacia el frente. Lo miro admirada y él me guiña un ojo, volviendo la vista hacia mi padre, que nos observa esperando a que Daniel se una a nosotros para proceder. Sonrío con los labios cerrados en una total, absoluta y deliciosa paz que no necesita palabras para llenar lo que ambos sabemos. Daniel me devuelve la sonrisa sabiendo lo que estoy pensando y los dos miramos al frente sin decir ni hacer ningún gesto más. Fijamos nuestros ojos en mi padre y en las cenizas de mis abuelos, que empiezan a volar por el aire libres e indómitas, como ellos lo fueron, para caer en mitad de una línea imaginaria que unía dos países. «Adiós, Yayi», digo mentalmente, «te querré con todas mis fuerzas toda mi vida y más allá de esta. Gracias, abuelo, por creer en ella y hacerla volar». Aplaudimos de nuevo y cojo aire con profundidad. Porque le digo adiós a mi abuela, adiós a mis fantasmas y adiós al dolor de mis recuerdos.

Adiós.

Todos respiramos hondo y damos por concluida la despedida. Nos movemos en silencio hacia la parte central de la estación para iniciar la visita guiada por su interior, con la mano de Daniel aún cogiendo la mía.

—Has venido —le susurro cuando avanzamos.

—¿De verdad pensabas que no iba a estar en este momento con mi chica? —Sonreímos.

—¿Entonces? —pregunto contenida.

—Entonces… deberíamos cumplir las promesas que hicimos aquella noche, ¿no crees?

—Sí. Es hora de cumplirlas y de dar pasos. Y de volar. De volar de verdad.

Sonreímos comedidos mientras me rodea los hombros con su brazo, dándome un beso en la sien, y todos nos vamos alejando y despidiendo de la zona en la que descansan en paz mis abuelos. Avanzamos unos pasos con el ruido de las piedras entre las vías y miro hacia el cielo satisfecha, sintiendo una inesperada calma, como si mi madre, mi abuela y Mara me miraran desde lo alto y estuvieran diciéndome adiós, dejándome marchar. Así se cierra el círculo, mis fantasmas se van y se abre paso un nuevo ciclo lleno de ilusiones que no me quiero perder.

No sé qué me deparará el futuro. No sé si Daniel y yo envejeceremos juntos, si tendremos nietos, si moriremos el uno junto al otro. No sé si seré escritora profesional u ocasional o ninguna de las dos. No sé si mi padre y Laura afianzarán su relación o si mi trabajo en la tienda tiene las horas contadas. No sé nada. Y por primera vez en mi vida no saberlo me hace sentir bien. Porque ahora sé que cada día es una página en blanco que solo nosotros escribimos y no es necesario saber qué pasará para disfrutar de lo que ocurra hoy. Y hoy está conmigo. Estoy con él. Sonrío mirando a Daniel y le doy un tímido beso en los labios, antesala de todos los que vendrán. Le hago una carantoña al terminar y miro al horizonte que empieza a despertar. El sol ya se deja ver entre las montañas, elevándose poco a poco, y va calentando nuestros huesos entumecidos de tanto recordar. Inspiro hondo y cierro fugazmente los ojos. En mi cabeza resuena el «Rise», de Eddie Vedder, que escuché en el coche con mi padre y, como su letra, tengo la sensación de que me elevo y dejo atrás todo lo que no me dejaba avanzar.

Y, por fin, doy un paso al frente con una sonrisa en mis labios porque ahora sí siento que empiezo a vivir y a escribir mi propia historia. Y lo hago sin principios, ni finales, ni epílogos… porque cada capítulo que termine será el principio del siguiente, haciendo que el libro de mi vida sea siempre un continuo punto y seguido.