21

LLUVIA

Mientras nos sirven las cervezas y los cuenquitos con frutos secos que yo devoro, Lidia, Luis, Darío, Abel —con quien nuestro amigo ha empezado a tener una relación—, Daniel y yo nos fundimos en una conversación sobre nada en particular en la que no podemos parar de reír. Son estas jornadas postrabajo tontas en las que te juntas con tus colegas y, sin pretenderlo, te ríes tanto que se te olvida que estás en un curro de mierda después de haber invertido durante años tu tiempo y tu dinero preparándote para algo mejor, cobrando bastante mal y aguantando tantas chorradas que ya no te acuerdas ni de cuál era tu labor inicial. Como decía siempre Yayi, si no fuera por estos raticos y los de cobrar…

—Debería dejar de comer kikos —dice Lidia—. Me estoy poniendo como una jodida foca y en nada estamos en verano.

—¿Qué dices? —pregunto indignada—. Estás rebuena, chata.

—Nah, tengo que ponerme las pilas con la operación bikini.

—Estoy hasta el toto de la operación bikini —espeto—. Hasta el mismísimo parrús de tener que sufrir por si estoy más o menos fondona, joder.

—Aquí la camionera indignada. —Ríe Daniel y todos con él.

—Es que es verdad. Si a alguien no le gusta mi cuerpo, que no mire, coño.

—A mí me gustan tus carnes prietas y tus tetas gordas.

Le doy un manotazo y todos ríen.

—¡Oye! Encima que te piropeo.

—Eso no es un piropo. Y yo no tengo las tetas gordas. —Me las toco haciendo un mohín.

—Claro que sí —responde Daniel—. Tienes la medida perfecta.

Pone una cara como de ahogado por dos tetas que finge con sus manos y estallamos en risas de nuevo. Yo lo miro negando con la cabeza y él alza sus cejas varias veces.

—En todo caso, paso de dietas, paso de bikinis y paso de todo. Dadme chocolate en cantidades ingentes y dominaré el mundo —digo riéndome a lo maligno.

—Tienes razón, joder —me apoya Luis.

—Pues brindemos, ¿no? —Río.

Alzamos las cervezas y brindamos por otra chorrada más.

Y entre brindis y brindis, propongo que vayamos a mi casa a cenar, que está cerca, ya que nunca han visto mi hogar y me apetece. Cuando lo digo, Daniel me mira como emocionado, o a saber, porque estamos pasándonoslo tan bien que vamos borrachos de alegría más que de alcohol. Llegamos a mi casa media hora más tarde. Por el camino hemos llamado a una pizzería para que nos traigan cantidades ingentes de cuatro quesos y demás variedades y así no tener que cocinar en una cena improvisada que me he empeñado en hacer. Les enseño el piso, y todos se ponen en modo alucine porque nunca habían estado en la casa de un escritor famoso.

—Hostia —dice Darío al ver el despacho de mi padre—. ¿Y en ese ordenador está el manuscrito de su siguiente trabajo?

—Calla, anda. —Me río.

—¡Dani! —grita—. Llévate a tu chica de aquí un rato, que tengo que robar un borrador.

Lo de «tu chica» me ha hecho cosquillitas, lo admito; y es que, un mes después, aún se me hace raro que ahora seamos una pareja oficial y que nuestros propios amigos nos llamen novios. A nosotros no nos gustan demasiado las etiquetas, pero el día que aparecimos en una quedada cogidos de la mano y, en medio de nuestros habituales brindis, Daniel me dio un morreo delante de todos, les quedó claro que ya no éramos «follaamigos» y que habíamos dado un paso al frente. Y para el común de los mortales ese paso al frente tiene una palabra: novios. Pues nada, novios. Llevamos un mes siendo novios. Un mes que hemos estado en una burbuja donde solo hemos existido nosotros y nada más. Los principios y tal. Lo único que me da rabia es que en este tiempo he aparcado a Yayi y eso no puede ser. Pero en el fondo sé que ella me espera y que estaría feliz por verme a mí contenta y disfrutando de algo, por fin. Sonrío a Daniel que está a mi lado y él me guiña un ojo.

Cenamos en el salón pequeño y seguimos con el tono jocoso de antes. Chorrada va, chorrada viene, vaya. Y no sé por qué, la que lleva la voz cantante soy yo. Quizá porque estamos en mi casa, quizá porque estoy contenta y más alegre de lo habitual, pero esta es una de esas noches en las que brillas un poco y todos ríen tus gracias. Eso da gustito, oigan. Por eso, terminadas las pizzas, sirvo unas copas de gin-tonics y whisky con limón y nos ponemos a ver los peores vídeos musicales de YouTube. Una selección que Daniel y yo hacemos conocedores de la borrufalla que se cuece en la industria. Todos nos reímos de las horteradas que vemos, y Lidia y yo nos levantamos a fingir que bailamos como en los vídeos ante los aplausos de todos. Hasta nos subimos encima de la mesa mientras los demás fingen aplaudir entre risas. Miro a Daniel. Lleva un cigarrillo en los labios y aplaude con sus manos mis mongadas. A pesar de tener la boca cerrada por el pitillo, veo que está sonriendo, mirándome con ojitos brillantes y animándome cada vez más a hacer el tonto. Me alienta en mi alegría, sí. Y la comparte cuando él mismo se sube a la mesa, baila un poco y nos hace un calvo, haciendo que todos terminemos bailoteando y grabándonos en vídeo como si fuéramos estrellas del pop.

—Ven —le digo a Lidia mientras los demás siguen a lo suyo.

Lidia me sigue hasta la cocina. Abro un cajón y cojo dos tenedores. Ella me mira sin entender. Abro la nevera como quien va a robar una casa y saco una sacher empezada. Se echa a reír.

—Shh —murmuro—. Si la ven, corre el peligro de desaparecer.

—No debería —dice haciendo un mohín.

—Chorradas. Estás muy buena y punto.

—Qué vehemencia.

Nos echamos a reír y comemos entre gemiditos orgásmicos el chocolate de la tarta que hice hace un par de días.

—Dios, esto es mejor que el sexo —dice Lidia.

—¡Nada es mejor que el sexo!

—Oye, Lena, Daniel y tú…, bien, ¿no?

Sonrío y ella me corresponde.

—Parece que hemos seguido vuestros pasos.

—Pues me alegro, joder. Hacéis muy buena pareja y creo que Daniel te va muy bien.

—¿Por? —Frunzo el ceño.

—Porque se te ve más… alegre.

—Lo dices como si antes no lo fuera. —Rebaño el tenedor.

—No es eso. Siempre lo has sido, pero ahora lo eres más.

—Supongo que estoy borracha de amor y sexo —pongo voz de actriz porno, haciendo la gracia.

—Pues disfruta, chata. —Me guiña un ojo.

—¿Qué tal tú con Luis?

—Borracha de amor y sexo. —Nos echamos a reír.

Rebañamos la tarta y recojo los cubiertos y la tartera. Cuando me encamino hacia la puerta de entrada, Lidia me para.

—Lena.

—¿Sí?

—Me gustaría que supieras que pase lo que pase con Dani, puedes contar conmigo para todo. Estoy aquí. Ya sabes. —Baja la cabeza y encoge sus hombros. Me enternece.

—Gracias, Lidia. —Sonrío—. Y lo mismo digo. Tenemos que quedar sin falta, por cierto. Hay una cafetería monísima que…

—Hecho —sonríe.

Asiente y nos encaminamos al salón ante lo que me ha parecido un avance más también en mi relación con Lidia.

Cuando todos se van, el reloj marca la una de la madrugada. Bueno, todos menos Daniel, que se queda otra noche más. Y es que desde el paso adelante que dimos, él ha dormido conmigo todas las noches. No es que nos lo hayamos planteado, pero por una cosa o por otra siempre se le hace tarde para volver a su casa y… Es una extraña contradicción la de desear que llegue la noche para dormir abrazada a él y despertarme de la misma forma, y por otro lado tener miedo a que estemos corriendo demasiado y paguemos caro el dejarnos llevar tanto. No puedo vivir sin lo uno y no puedo evitar tener lo otro. Contradicciones. Siempre contradicciones.

Pero no lo pienso más cuando caemos en la cama y ni nos molestamos en ponernos el pijama: ya hace el suficiente calor como para dormir con el culo al aire. No tardamos mucho en enredarnos en arrumacos y besos. Menos aún en colocarme encima de él dejando mi sexo a la altura de su boca mientras yo centro la mía en el suyo. Y poco más en incorporarme y montarle con ansia hasta que él se levanta y, sentados los dos, nos movemos al unísono hasta conseguir sendos orgasmos entre besos y carantoñas.

—Ojalá todos los días fueran como hoy —le digo cuando nos abrazamos para irnos a dormir.

—Esta noche has estado increíble. —Me da un beso en la coronilla.

—¿Sí?

—Sí. Exultante. Brillabas con luz propia, Lena.

—Estoy contenta, supongo.

—Me gusta verte así.

—Me siento bien —digo sonriendo.

—No tienes ningún motivo para no sentirte así. —Bajo la mirada y él me alza la barbilla—. Ninguno, Lena. El pasado no se puede cambiar y las personas no pueden volver; por eso hay que seguir adelante y disfrutar de lo que tenemos aquí y ahora.

Le doy un beso y un abrazo mimoso. Nos quedamos así un rato, en silencio, hasta que noto que Daniel se ha dormido.

Me giro en sus brazos sigilosa para no despertarlo. Me gusta dormir mirando hacia la ventana. Pura manía, sin más. El brazo de Daniel cae inconsciente sobre mi cintura como un peso muerto y el otro se recoge sobre mi cabeza. Inspiro hondo y veo por los cristales con la persiana a medio bajar que llueve. Cómo me gusta la lluvia, las tormentas, el olor de las mismas y a tierra mojada. Es una sensación liberadora la de mirar cómo el agua va cayendo sobre las calles, limpiándolo todo y llevándose consigo la suciedad. Y ver llover en este momento es como una alegoría de mi vida. Sonrío porque es como si la lluvia me hablara, como si me invitara a darme cuenta de que ya va siendo hora de dejar la tristeza y las dudas atrás y empezar a vivir las cosas buenas que tengo. Y no sé por qué, me da por pensar que quizá Yayi, mi madre y Mara estén ahí arriba dándole que te pego a las gotas para que me levante de la cama sonriendo cada día.

No puedo dormir. No por nada; es que entre lo llena que estoy de tanta pizza, la sacher y las tónicas que me he tomado (siempre he pensado que llevan cafeína porque cuando bebo una tiene efecto café), no puedo pegar ojo. Daniel sigue a mi lado respirando fuerte. Es de esos. A través de la ventana veo que la lluvia se ha convertido en tormenta. Y como dar vueltas es lo más coñazo del mundo, decido levantarme e ir al salón a leer un rato, así no despierto a Dani.

Capítulo XI. Isabel

 

Me dormí porque estaba tan cansada que no pude ni plantearme la poca salubridad que me rodeaba. Andrés roncaba a mi lado y escuchaba también a Marcel hacer lo mismo, pero tal era mi estado somnoliento que nada más tumbarme, caí rendida ante sueños extraños con trenes e incendios.

A la mañana siguiente me desperté más tarde de lo habitual. Lo supe porque nosotros solíamos abrir los ojos como era costumbre en la montaña: con el cielo todavía ennegrecido y a punto de clarear con los primeros atisbos de luz. Pero esa mañana el sol brillaba claro y alto e iluminaba toda la habitación. Andrés seguía dormido a mi lado y, por su cara y su respiración, supe que lo hacía profundamente, a pesar de la luz y de una música bajita que se escuchaba tras el biombo. Me levanté y pensé en preparar el desayuno para todos, ya que era la invitada. Me puse una bata larga hasta los pies y cruzada en el pecho que cubría mi camisón y también mis tobillos, recogí mi larga melena en una trenza ladeada y salí de nuestro cuchitril. Y cuando crucé el biombo, vi a Isabel sentada de espaldas a mí en la mesa redonda del salón.

Llevaba el pelo recogido en rulos para rizarlo, como era costumbre en la época. Me fijé en que llevaba sus uñas pintadas de rojo y parpadeé porque nunca había visto una mujer con manicura. Claro que para dar de comer al ganado y trabajar la tierra, los pintaúñas no eran muy útiles. Le vi las manos porque su codo derecho se apoyaba en la mesa y su mano se alzaba sosteniendo un cigarrillo a medio fumar. Eso me hizo abrir los ojos de par en par. Canturreaba en susurros la canción que sonaba en la radio mientras leía absorta el periódico con un vaso al lado. Como no notaba mi presencia y no quería ser maleducada, carraspeé. Isabel se giró y sonrió al verme. Se levantó de la silla y cuando se dejó ver, casi di un grito. Llevaba puesto un pequeño camisón de seda rosa palo que apenas le tapaba los muslos, con un pronunciado escote que dejaba entrever sus pechos. Encima, una batita azul desabrochada que dejaba visible su cuerpo y un abultado abdomen que pensé sería un posible embarazo porque ella era delgadita y menuda. Y en sus piernas, un liguero color carne que ajustaba dos medias brillantes llenas de carreras. Iba… medio desnuda. Y yo no había visto nunca a una mujer desnuda que no fuéramos mi moribunda madre o yo.

—¡Elena! —canturreó—. ¡Qué bien que ya te hayas despertado! —Vino hacia mí y me dio un abrazo, dejándome sin habla—. Te echaba de menos.

—Buenos días, Isabel. —Sonreí.

Me cogió de las manos y me llevó a la mesa, donde me senté todavía obnubilada por ver a mi cuñada en combinación sin pudor alguno.

—¿Quieres café?

—Eh…, sí.

—Tengo un poco de coñac, si quieres acompañarlo. —Me guiñó un ojo.

—No, gracias —dije abriendo mucho los míos y dándome cuenta de que su vaso contenía un líquido transparente que desde luego no era café y me pareció que tampoco agua.

—¿Qué tal has dormido? Espero que bien. Me duele en el alma no tener una habitación en condiciones para vosotros.

—No te preocupes. He dormido perfectamente.

—Cuánto me alegro. Si quieres algún día podríamos cambiarnos la cama. Y te prometo que hoy limpio esto un poco. Lo que pasa es que con el trabajo… Pero hoy es domingo y tenemos el día libre, así que podré limpiar para vosotros. Aunque estoy pensando que gastar un día libre limpiando no tiene mucho sentido, ¿verdad? —Rio.

Yo ni siquiera sabía lo que era tener un día libre. Por un momento hice memoria y me di cuenta de que desde que tenía uso de razón había trabajado bien en casa de mis padres, bien sirviendo o bien en mi propio hogar todos los días de la semana y del año. No. Jamás había descansado un solo día en mis veintiséis años de vida.

—Yo…, nunca he tenido un día así. —Sonreí tímida.

—¿No?

—No. La tierra…

—Ah, ya sé. Mis padres siempre hablaban del pueblo y de la tierra y del trabajo. Por eso yo jamás quise ir allí. Me parecía una jodienda trabajar y trabajar y trabajar sin parar.

Pestañeé por su ruda forma de hablar.

—¿Tú naciste aquí, en Francia, verdad?

—Sí. Yo soy cien por cien francesa de sangre española. —Rio—. Nací después de que mis padres se asentaran en el sur así que nunca he tenido esa espina que tenía Andrés por recordar Canfranc.

—¿Y no te gustaría conocerlo? Es el pueblo de tus padres.

—Bueno, sí. Si estuviera aquí cerca, iría. Pero estando tan lejos y estando el país como está… —Meneó la cabeza—. Me entristece mucho ver cómo la tierra de mis padres se queda tan atrás y no avanza. Ay, si mis pobres padres levantaran la cabeza.

Me callé porque estaba tan acostumbrada a no hablar de política que había interiorizado los silencios. Solo hablaba de ello con Andrés, en la intimidad de nuestra casa, y ambos éramos totalmente contrarios a una dictadura.

—¡No te he ofrecido pan! —dijo de repente.

Se levantó y trajo a la mesa dos rebanadas de pan blanco. Lo probé escéptica, pero con el primer bocado no pude más que gemir de gusto porque no había probado un pan tan delicioso en mi vida.

—¡Está muy rico! —dije sonriendo.

—¡Claro! Es pan francés —respondió orgullosa—. Lo robo de la panadería sin que la dueña se dé cuenta. —Me guiñó un ojo—. La ramera me tiene vigilada, pero yo soy más lista.

—¿Robas el pan? —dije perpleja.

—Bueno, digamos que lo tomo prestado. Ellos tiran mucho pan a la basura porque no sale como quieren, así que qué más da. No es que lo coja de los estantes. Si ha de ir a la basura…

—Ah.

Isabel me noqueaba. No sabía si me estaba tomando el pelo o si era así, pero se la veía demasiado inocente para lo primero. Y no sabía muy bien por qué, pero a pesar de sus formas, de su falta de pudor y de su pillería, la tenía cariño. Me caía bien. Me hacía reír y me enternecía. ¡Era tan distinta de Andrés! ¿Cómo podían ser dos hermanos criados por los mismos padres tan diferentes? Bebí un sorbo de café y mis ojos se posaron en su vientre, abultado y prominente. Era extraño, pues ella era tan delgada como un tallo, así que quise saber si mis sospechas eran ciertas y preguntarle sin parecer indiscreta.

—Isabel, Marcel y tú lleváis varios años casados, ¿verdad?

—Sí. Diez años. Me casé a los dieciocho añitos. —Sonrió.

—¿Y en ese tiempo no…? —Isabel me miró sin entender—. ¿No te has quedado encinta?

—¿Qué es encinta? —Sonrió tímida.

—Embarazada.

—Oh, ¡no! —Rio con una risa histérica—. ¡Dios no lo quiera!

—¿No quieres tener hijos? —pregunté perpleja.

—No, de momento no. Llevamos una vida un tanto disparatada para compartirla con un bebé. —Isabel se acercó a mi oído y me susurró sonriendo—. Mi hermano y tú sí que queréis tener hijos, ¿verdad?

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Porque si no, no me lo habrías preguntado. —Me guiñó un ojo.

—Discúlpame, Isabel. No pretendí ser indiscreta. —Bajé la mirada.

—¡Oye! No eres nada de eso. Somos amigas, Elena. Y como amiga te diré que tú no te vas de París sin una cigüeña en el vientre. —Rio.

—Buenos días. —La voz de Andrés resonó en toda la sala, grave y contundente—. Isabel, por Dios —espetó—. Tápate y ponte algo decente encima.

Ella se levantó refunfuñando.

—Oh, vamos —gesticuló con su mano—, no seas tan cerrado. Aquí las mujeres somos un poco más…

«Descocadas», pensé yo. Y me reí sin darme cuenta. Andrés me entendió sin palabras y sonrió también.

—Soy tu hermano, no tu marido. Delante de mí, tápate; no quiero ver las vergüenzas de mi hermana.

—Está bien. —Puso los ojos en blanco.

Se encaminó a la habitación y cerró la puerta. Andrés vino hacia mí y me dio un beso en los labios.

—¿Has dormido bien?

—La verdad es que sí.

—Me alegro. Oye, Elena, sobre mi hermana…

—Tranquilo. —Sonreí—. Tiene buen fondo y se nota.

—Es buena persona, sí. Desvergonzada, pero buena persona.

Nos echamos a reír justo cuando Isabel y un somnoliento Marcel salían de la habitación. Nos dimos los buenos días en francés y nos sentamos a terminar el desayuno.

—Está lloviendo —dijo Marcel mirando por la ventana en un español precario.

—Qué pena —dije yo—. No podremos salir.

—¡Cómo que no! —Rio Isabel—. París con lluvia es lo más precioso que hay. Todo tiene un color distinto y un encanto especial cuando se empapan las calles sucias. La lluvia las limpia y se lleva los malos olores y la mugre.

—Estás como una cabra —le dijo Andrés.

—Lo que tú quieras pero venga, ¡vamos!, París os espera.

Se levantó de la mesa y, como autómatas, todos hicimos lo mismo para después dar paseos por una ciudad fuera de lo común mientras seguíamos los pasos de una jovencita alocada fuera de lo común.

Menuda crack, la tía abuela Isabel. Pero como las maracas de Machín, la pobre. Chasqueo la lengua cuando me acuerdo de su historia, que me medio contó Yayi en una tarde lluviosa como esta noche, y vuelvo a la cama. Daniel apenas se inmuta cuando me acuesto a su lado y me acurruco de nuevo en sus brazos. Me abraza de forma inconsciente y eso me gusta. Sonrío otra vez. La tormenta cada vez es más intensa y escucho llover tan fuerte que casi puedo sentirlo en mi piel. Lluvia, calles, limpieza, Madrid, París. Todo gira en mi cabeza a la velocidad de la luz y no puedo conciliar el sueño porque tengo la mente llena de imágenes y palabras gritándome que las deje salir.

—¿Qué ocurre? —pregunta Daniel dormido cuando nota que doy un par de vueltas.

—Nada, duerme.

—¿Qué ocurre? —vuelve a repetir.

—No puedo dormir.

—¿Por qué?

—Porque tengo… ideas.

—Escríbelas.

—Qué va.

—Escríbelas —repite, y me empuja sin fuerza como para que me levante.

—Pero…

—Venga, Lena. Escribe esas putas ideas. No me molestarás, tranquila.

—¿Ahora?

—Claro. Estas cosas hay que aprovecharlas.

Me da otro empujón para que me levante.

—Está bien.

Me levanto y sonríe, pero se vuelve a dormir. Me debato entre si hacerlo o no hacerlo, porque tengo miedo a que no salga bien. A mi padre. A decepcionarle. Pero al final las ganas y el instinto son más fuertes que yo. Enciendo mi ordenador y me siento en la silla de mi escritorio. Abro el documento word en el que escribí la frase sobre Mahler y pongo el cursor en el comienzo de la página, antes de la primera letra. Sonrío emocionada. Y en lugar de susurrar un «haced magia», me sale sin pensar un «Bienvenida, historia», y sin más tecleo: «Título: París, 1928».