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LOS POROS DE LA BURBUJA
Daniel se ha ido antes de que amaneciera de mi cama. No quería que mi padre lo viera y vivir una situación incómoda. Y yo he intentado quitarle hierro al asunto, aunque ha sido una noche extraña. Reconciliados, sin estarlo. Hay demasiadas cosas que planean sobre nosotros y ninguna tiene sentido. O sí. No lo sé. Ahora mismo, solo veo niebla.
De hecho, no sé nada de él en todo el día. Me ha dicho que estaría en el estudio hasta muy tarde para avanzar en su aprendizaje, aunque creo que era un eufemismo para estar solo. Bueno, se lo respeto. Eso sí, esta noche hemos quedado con todos los demás para celebrar su trabajo, mi piso y que Luis ha terminado su máster. Nos irá bien. La noche entre amigos, risas y brindis, digo. Creo que estamos un poco saturados por absurdeces y un poco de distensión nos irá bien. Así que me arreglo, animada, me despido de mi padre y salgo rumbo a la noche madrileña una vez más.
—¡Y por el máster! —brindamos todos.
Llevamos unos cuantos brindis. Y muchas risas, también. Conversaciones marcianas sobre la vida y la madurez. Trabajos, pisos, compromisos. Todos tenemos la sensación de estar viviendo algo importante, básico, trascendental en nuestra vida. Sonrío, porque me encanta esta sensación de tener todo por descubrir.
—¿Por qué brindamos ahora? —pregunta entre risas Dani.
—Porque me quedo sin compañero de piso y no tendré que olerte los pies jamás. —Ríe Darío, levantando su vaso.
—¿Me estás echando de mi casa? —dice Dani riendo, pero con tono extrañado.
—Coño, no, pero ahora que Lena se independiza, os iréis a vivir juntos, ¿no?
Hay un silencio más que incómodo. Daniel se queda serio mirando hacia otro lado. Darío nos mira sin entender, pero sabiendo que ha metido la pata y Lidia le hace un gesto, negando de forma sutil la cabeza.
—No vamos a vivir juntos —me apresuro a decir, porque no quiero que salga el tema que nos hace estar mal a Daniel y a mí.
Si hubiera añadido un «aún», un «todavía», un algo que indicara que sí lo haremos en un futuro, quizá se hubiera suavizado todo y Daniel no hubiera malinterpretado el comentario. Quizá entonces una simple chispa no habría encendido una mecha que, en realidad, llevaba semanas ardiendo. Quizá entonces todo hubiera quedado en un comentario desafortunado y un silencio incómodo. Pero no ha sido así. Las palabras han salido apresuradas de mi boca y, antes de poder aclararlas o añadir algo más, Daniel se ha ido, sin decir nada.
—¡Dani! —Y no puedo evitar correr tras él.
Escucho a Darío lamentarse y quiero girarme para decirle que no pasa nada, pero alcanzar a Dani es más importante ahora.
—¡Dani, espera! —vuelvo a repetir ya en la puerta.
Él se gira hacia mí me mira con sus ojos enrojecidos por el alcohol y la ira.
—Lo siento —digo—, no pretendí decir eso así. Me refería a que no íbamos a vivir juntos todavía.
—Ya. Pues ha sonado a que en realidad pasas olímpicamente de la idea.
—Sabes que no es así.
—Dime, Lena —dice apretando la mandíbula—, ¿te has planteado de verdad dar ese paso conmigo en el futuro o solo lo dices para hacerme callar?
—¡Claro que sí! ¿Cómo puedes pensar eso?
—¡Porque lo niegas rotunda cuando te preguntan! Y porque de nuevo me apartas de un manotazo. ¡Estoy hasta las pelotas de sentir que esto no va en serio!
—¡¡Pues va en serio!! —grito—. Ya no sé cómo decírtelo.
—¡Demuéstralo entonces!
—¡Ya lo hago!
—Pues hazlo mejor, Lena. Hazlo mejor porque no sé cuántas veces hemos hablado de esto. ¡He perdido la cuenta! Estoy muy cansado, en serio, y empiezo a hartarme. —Se coge el puente de la nariz con los dedos.
—Dani, solo ha sido una mala contestación —digo, cansada.
Él resopla.
—Me largo.
Y sí. Se larga.
Sin mirar atrás.