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LO QUE ESTABA POR VENIR
Hay una cosa que tengo que hacer si quiero cerrar puertas y abrir otras: reconciliarme del todo con mi nueva casa. No puedo seguir poniendo una mueca de asco cada vez que cruzo la puerta ni buscando excusas tontas para pasar más noches de las que debería en casa de mi padre. No. Soy muy afortunada por tener este piso y por la vida que he tenido, y ya va siendo hora de creérmelo y valorarlo.
Así que aquí estoy, taladro en mano, con La Habitación Roja sonando a tope. Con el pelo tapado por un pañuelo y camiseta de tirantes vieja y roída, voy colocando y descolocando estantes, cuadros y demás objetos de decoración para hacer de este piso mi hogar. Durante toda la semana he ido colocando pequeños detalles y la verdad es que poco a poco me está quedando un piso acogedor. Mío. Bonito. Mío.
Por la tarde hago un merecido descanso. Me siento en el sofá con una Coca-Cola y un cigarro. Mi plan de fin de semana es terminar de situar cosas y hacer un repaso a París, 1928, ahora que lleva una semana reposando. Creo que quiero hacer algo con ella. Sí, la enviaré a varias editoriales, a ver si hay suerte. Me apetece. ¿Por qué no? ¿Qué tengo que perder? Lo haré bajo seudónimo, porque no quiero que mi apellido me respalde. Y, si no hay suerte con las editoriales, quizá me anime a autopublicarlo. No sé. Pero sí, quiero hacer algo. Estoy contenta con cómo ha quedado y es importante para mí intentarlo.
Mi teléfono móvil suena cuando estoy abriendo el libro de Yayi para leer. Es Lidia. Sonrío porque llevamos varios días wasapeándonos bastante y hablando por teléfono. La llamo yo, me llama ella…, como dos amigas normales y corrientes, vaya.
—Hola. —Sonrío.
—¿Qué tal, preciosa? ¿Cómo va el cambio de decoración?
—Va bien. Aún me queda un poquito pero va yendo.
—¿Seguro que no quieres que te echemos una mano?
—No, tranquila, de verdad. Es algo que…
—Tienes que hacer sola, ya. —Ríe.
—¿Qué te cuentas?
—Pues poca cosa. Todo normal por aquí. Pero te llamo porque, bueno, es un poco delicado.
—Cuéntame.
—Como dentro de un par de días es el cumpleaños de Luis, habíamos pensado en salir a tomar todos juntos unas cañas y cenar algo por ahí, como… antes.
—Oh. ¡Claro, Lidia! Es una fecha y un motivo importante. —Sonrío.
—¡Sí! La cosa es que en esa quedada…
—Estará Daniel invitado.
—Sí.
Suspiro.
—No pasa nada, Lidia. Podemos compartir espacio sin problema.
—¿Seguro? No queremos que lo paséis mal ninguno de los dos, pero nos haría mucha ilusión tanto a Luis como a mí contar con vosotros. En las últimas semanas apenas os hemos visto el pelo y se os echa de menos.
—Lo siento. Eso es culpa nuestra y no debería ser así.
—Entonces, ¿por ti no hay problema? ¿Vendrás?
—Claro que sí. No te preocupes. Y seguro que Daniel tampoco tendrá problema.
—Joder, qué bien. —Suspira—. Se lo diré también, por si acaso.
Parloteamos un poco de nimiedades y colgamos. Inspiro fuerte porque un torrente de electricidad y nervios se ha instalado en mi vientre. Ver a Daniel tras la ruptura, tras el episodio en su casa, tras París, 1928. Y con gente alrededor. Me llevo los dedos a la boca porque visualizo la tensión, la incomodidad y pienso que quizá ya ni nos miremos a la cara porque se haya ido perdiendo toda la complicidad por el camino.
Capítulo XX. El declive
Febrero de 1954 había llegado con muchos cambios para nosotros. Habíamos vuelto a la rutina del trabajo, a la que nos costó poco volver a acostumbrarnos; a la rutina del pueblo, a cuidar a mi padre, a mis hermanos pequeños y, sobre todo, a Isabel. Todo parecía ser como siempre, pero con la pena de saber que ella apuraba sus días entre paseos por el campo, ayudándome con algunas tareas básicas, y dejando pasar el tiempo. Y, sin embargo, yo sentía que algo estaba cambiando en mí. Y no me refiero al hecho de que fuera una persona distinta, más madura o más fuerte, que también. Me refiero a que notaba que mi cuerpo era diferente y mi resistencia física mermaba por momentos, dando paso a un continuo cansancio que me preocupaba por si yo también había caído enferma, como Isabel o como mi madre.
—Serán nervios y cansancio —me dijo Andrés una noche, tras deshacer las sábanas y hablarle de esto—. Hemos vivido muchas cosas en los últimos meses y tenemos la cabeza todavía aturdida. No te preocupes, Elena. No estás enferma.
Me besó la frente y yo traté de dormir, pero no podía. Tenía la certeza de que algo estaba ocurriendo.
Isabel fue empeorando de su enfermedad durante el mes siguiente. De sus largos paseos por el campo y de ayudarme con las tareas básicas, pasó a apenas levantarse de la cama y a salir a la calle solo en contadas ocasiones. Cada vez tenía menos fuerzas para tenerse en pie y cada vez estaba más famélica, aun con su vientre abultado por la enfermedad. No poder salir hizo mella en su estado de ánimo. Durante las semanas anteriores me había acompañado a lavar con otras mujeres del pueblo. Ahí Isabel, que no callaba ni debajo del agua, se sentía en su salsa hablando sin parar de un sinfín de cosas que alarmaban tanto como maravillaban a nuestras compañeras. Supongo que por la espalda estas comentarían con malicia. Hablarían de la enfermedad de Isabel, que nosotros no habíamos dicho cuál era, y sacarían sus propias conclusiones. Dirían que era una chica soberbia, con aires de parisina, alocada y falta de inteligencia. Pero se equivocaban. Isabel era un ser humilde, quizá demasiado humilde para este mundo y demasiado digna como para entrar en el juego de las habladurías. Cuánto aprendí de ella esas semanas, flor. Cuánto aprendí de estar por encima de las circunstancias y de fingir que no me enteraba de la maldad de otras personas, lo que hacía que yo estuviera más tranquila y esas personas, más inquietas. No hay nada peor para alguien que se aburre y quiere pincharte que no hacerle caso y ponerle una sonrisa a su aguja. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio.
Una mañana la que se despertó débil y con malestar general fui yo. No le dije nada a Andrés para no preocuparlo, pues estábamos sensibles a las enfermedades, pero me encontraba mareada y desorientada, y la asiduidad de ese estado me estaba inquietando bastante. Aun así me levanté, preparé su desayuno y con la excusa de que desayunaría después con Isabel, no comí nada en presencia de tu abuelo, porque no tenía ninguna gana. Él no notó nada raro y se marchó al campo a otra jornada de sol a sol. Tras despedirlo, fui a la habitación de Isabel para darle la comida en la cama, pues apenas se podía levantar. Ella dormía todavía, pero yo enrollé la persiana para que entrara la luz del día y el frescor de lo poco que quedaba de invierno. Isabel fue abriendo los ojos, estirándose. Tenía la cara demacrada y estaba famélica. La muerte le rondaba de cerca y yo tuve que contener un sollozo al verla y sentir que se nos iba, como mi madre.
—Buenos días, Isabel. —Sonreí.
Le dejé el desayuno al pie de la cama y la ayudé a comer unas tostadas con ajo, aceite y sal. Tostadas de hogar de leña, que tienen un sabor único que queda en tu memoria y en tu paladar, como decía siempre mi madre.
—Gracias, Elena. Eres un ángel. El ángel que me cuida en mis peores momentos. Llegaste a mí cuando la oscuridad se cernía en mi vida y lo has llenado todo de luz.
Sonreí. Porque no sabía qué decir cuando hablaba así. En los últimos días Isabel estaba muy poética, y eso me daba tanta pena que tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no llorar.
Cuando terminó lo poco que comió, le tendí el café. Al removerlo, su olor caliente y amargo subió con el humo que aún manaba y una náusea involuntaria me azotó entera. Tuve que ponerme la mano en la boca y tragar saliva para no vomitar. Jamás me había pasado. Ni siquiera esa misma mañana, mientras hacía el desayuno que yo no había querido ingerir porque me sentía con malestar. Isabel me miró alzando una ceja.
—¿Tienes ganas de vomitar?
—Sí. —Respiré—. Ya pasaron.
—Elena.
—¿Sí?
—Estás embarazada.
—¿Cómo?
—Estás embarazada —repitió—. Lo sé.
—No. No lo creo, Isabel. Yo… estoy seca y…
—Te he estado observando desde que regresamos de París, incluso un poco antes, y algo me estaba oliendo ya. Estás más sensible, tienes mal cuerpo y tus pechos están más grandes.
Me los miré, pero no noté nada.
—No sé.
—¿Te ha venido el periodo?
Negué con la cabeza. Y ella sonrió.
—Ojalá llegue a conocer a mi sobrino —me dijo con lágrimas en los ojos, cogiéndome las manos.
—Es imposible. Después de tantos años.
—Estas cosas pasan. Pero estás embarazada, Elena. Yo lo estuve también y sé lo que se siente.
La miré perpleja y atónita. Y antes de que pudiera preguntarle, ella miró hacia la ventana y comenzó a hablar:
—Me quedé embarazada al poco de casarme. Cuando me enteré, pensé que no habría nada que pudiera hacerme más feliz. Tendría un bebé, lo cuidaría y Marcel permanecería a mi lado para siempre. Era la solución a todos nuestros problemas. O eso quise pensar. Porque cuando le comuniqué la noticia, él estalló en júbilo. Me cogió, me dio vueltas, me besó… Todo parecía tal y como lo había pensado. Soñado incluso. Pero diez minutos después, me dijo que salía a celebrarlo. Él solo. Volvió tres días después. Tres días sin saber nada de él. Tres días preocupada sin noticias suyas. Y volvió medio borracho, con la ropa ajada y con piojos…, ahí abajo. —Se sonrojó—. Nunca he llorado tanto como esa noche. Nunca le he gritado tanto, maldecido tanto, dicho tanto. Pero tampoco sirvió de nada. A la mañana siguiente volvió a marcharse y yo traté de calmarme como siempre hacía: bebiendo. Y así continuó todo hasta que, tres meses después, mi cuerpo no pudo más y expulsó al bebé que apenas se había formado todavía.
—Isabel. —Le cogí de las manos con lágrimas en los ojos—. Lo siento en el alma. No sabía nada.
—Nadie lo supo. Solo él. Me sentía tan culpable que me daba vergüenza contarlo. Él jamás me dijo nada, pero desde ese momento su comportamiento empeoró y mi culpa aumentó. Me costó mucho tiempo entender que al final la Naturaleza es más sabia que nosotros. ¿Qué clase de vida le hubiera esperado? —Negó con la cabeza—. A veces las desgracias de una persona son la suerte de otra.
La abracé y las dos nos fundimos en un llanto.
En el fondo lo intuía, aunque no quería creerlo. Pero sí: una nueva vida milagrosa crecía dentro de mi vientre. Una vida enferma moría en mi corazón.
Sonrío porque ese bebé en camino, cuando menos se lo esperaban y cuando habían perdido toda esperanza, era mi padre. Estoy por mandarle un mensaje cuando mi teléfono vuelve a sonar.
—Hola, Dani —respondo a su llamada telefónica.
—Hola, Lena.
—¿Qué tal?
—Bien, ¿y tú?
—Bien —digo.
—Enhorabuena por la novela. Estoy muy contento de que la hayas terminado.
—Gracias. Y gracias por tu mensaje. Fue…
—Lo sé. Me alegré mucho, de verdad. Siento no haberte llamado estos días y siento un poco lo que pasó en mi casa, pero cuando las cosas andan revueltas…, ya sabes.
—Sé. —Sonrío—. Es complicado para ambos.
—Lo es. Pero, bueno, estoy más tranquilo.
—Sí; también yo.
Sé que ambos sonreímos, pero nos quedamos callados uno segundos hasta que él habla de nuevo.
—¿Cómo andas?
—Bueno…, bien. Mejor, la verdad. Estoy pensando mucho y tratando de atar cabos, ya sabes. De momento intento reconciliarme con mi nueva casa a la que había cogido mucha tirria y he terminado mi primera novela. No está mal.
—Eso es bueno. Muy bueno.
—¿Tú cómo estás? ¿Qué tal el curro? —pregunto para aliviar tensión.
—Muy bien. Cada vez mejor. Estoy muy, muy contento.
—Me alegro mucho, de verdad. Es donde tenías que estar.
—Sí. ¿Qué tal por la tienda?
—Pues todo sigue igual de mierdero, pero he actualizado mi currículo y quizá mire en serio algo de lo mío.
—Eso sería genial.
—Lo sé.
Hay un silencio contenido.
—Verás —carraspea, interrumpiéndolo—, te llamaba también por…
—La quedada.
Sonrío. Y sé que él también.
—La quedada, sí. Me gustaría… No quiero…
—Yo tampoco, Dani. No es justo para nadie, así que estaremos bien.
—Lo sé. Pero necesitaba aclararlo. Somos adultos y, aunque estemos como estamos, nuestros amigos no tienen por qué pagarlo.
—Estoy de acuerdo.
Nos quedamos callados los dos.
—Tengo muchas ganas de verte, Dani. Muchas.
—Yo también, Lena, pero…
—Lo sé.
Suspira y yo sé que se está debatiendo entre decir lo que sea que está pensando o no decirlo. Al final, lo suelta:
—Cuando te vea, me gustaría darte un abrazo. Uno muy fuerte, porque mis brazos te echan de menos. Y también un beso. Uno largo y cuidado que diga todo lo que hay que decir y que sea la antesala a tener tu cuerpo bajo el mío. —Yo inspiro hondo—. Y querré darte la enhorabuena en persona por tu novela y llenar de caricias tu espalda desnuda. Querré estar dentro de ti toda la noche, hablándote con mi cuerpo, diciéndote que no hay nada que te saque de mí.
—Dani…
—Pero no lo haré, Lena. No lo haré. Te saludaré cordialmente y así seguiré toda la noche. No podré darte más porque me duele. Todavía me duele y todavía no estoy seguro.
Me seco las lágrimas que caen y carraspeo.
—Yo querré abrazarte también. Y besarte. Besarte mucho y muy fuerte. Querré decirte que tenías razón en todo y que quiero volver atrás en el tiempo y hacerlo todo diferente. Que cuando tú estés dispuesto, yo quiero intentarlo. Cuando tú me perdones. Cuando te perdone yo. Y querré hacerte el amor toda la noche. Pero no lo haré. Porque respetaré el tiempo que nos dimos para respirar, así que solo te sonreiré y te daré dos educados besos, fingiendo que no siento el volcán que ambos llevamos dentro.
Silencio. Se oyen suspiros entrecortados y el chasquido de un mechero. Estamos así más de un minuto. Incapaces de colgar. Incapaces de hablar. Hasta que Daniel marca la distancia que necesita.
—Nos vemos entonces, Lena.
—Nos vemos.