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CANSANCIO

Hola, Dani —respondo seria a su llamada justo cuando me estoy encendiendo un cigarrillo tumbada en mi cama, a oscuras, ya de noche. En mi casa de siempre.

—Hola —contesta igual de serio.

Silencio incómodo que yo no quiero romper.

—¿Cómo estás? —pregunta.

—Pues jodida. Y cabreada. Y asustada.

—Ya.

—¿Y tú?

—Exactamente igual.

Otro silencio. Otra calada. El sonido del mechero y una inspiración honda al otro lado del teléfono.

—No he sabido nada de ti en todo el día —le digo—. Ni una respuesta a mi mensaje, ni una pregunta, ni… nada.

—Lo siento. No estaba… No sé, Lena. Estoy cabreado y hecho una mierda.

—Lo sé, Dani, y yo también lo estaba. Pero la mañana en la que me dan las llaves de mi nueva casa es suficiente razón como para apartar un poco todo y al menos preguntarme qué tal. Ya no te digo venir conmigo, solo preguntar.

—¿Ir contigo? ¿Acaso querías, Lena? —resopla.

—Claro que sí.

—Seguro. Mira, Lena, «por si quieres saberlo», estoy bastante jodido y necesito respirar.

—¿Eso qué significa?

—Que tenemos que pensar. Ambos. Tenemos que pensar en qué hacer con esto porque se nos ha ido de las manos —dice serio—. Llevamos días mal, semanas mal, casi mal desde que empezamos y no podemos seguir así. Yo no quiero una follaamiga, Lena; quiero una vida contigo. ¿Entiendes la diferencia?

—Ya la tienes, joder —repito ahogando un llanto que se transforma en un grito. Él resopla.

—Estoy hasta las pelotas de discutir por lo mismo una y otra vez, así que dejémoslo estar porque no es plan de seguir así y por teléfono. Hablamos mañana, mejor; más tranquilos.

—Dani…

—Buenas noches, Lena.

Y colgamos.