11

SACHER DE CEREZA

Mamá Framboise es uno de los sitios que más le gustaban a Yayi de Madrid. Le encantaba cuando la traía a merendar y, quizá por eso, cada vez que cruzo la puerta, parte de ella vuelve a mí. Los sitios en los que has compartido momentos con las personas a las que quieres dejan de ser lugares y se convierten en sensaciones en sí. Y no sé por qué, pero nada más entrar pienso en que debería venir aquí con Lidia. A solas.

Hoy he quedado con Daniel y Darío para guarrindonguear un poco antes de trabajar, pero aún no han llegado. Miro alrededor empapándome del ambiente, la decoración y el olor a calidez que desprende cada rincón. Hace unos años escribí un relato que estaba ambientado aquí y del que mi padre dijo que estaba hilado con pinzas y que tenía tantos adverbios terminados en «mente» y puntos suspensivos que le sangraban los ojos con solo mirarlo. Dani interrumpe mis pensamientos cuando aparece y se deja caer en la silla frente a mí, girándola del revés para tener su respaldo en el pecho. Sin mediar palabra, coge mi tenedorcito y me roba un trozo de sacher de cerezas.

—Joder, puto paraíso —dice relamiéndose.

—Buenos días y tal. —Sonrío con saña.

—Buenos días tenga usted. Voy a pedirme algo. —Se levanta guiñándome un ojo.

Cuando vuelve a la mesa, se sienta de nuevo en su posición anterior: silla girada y piernas abiertas.

—¿Dónde está Darío?

—No ha podido venir. Tiene un crío nuevo o no sé qué.

—Eso es bueno.

—Supongo, pero estoy hasta las pelotas —gruñe—. Mi casa está siempre llena de peña entrando y saliendo.

—No seas quejica —digo con un trozo de pastel llenando mi boca—. Tener a chicas adolescentes danzando por tu salón no debe ser mucho incordio.

—No, esas van bien. —Me guiña un ojo—. Pero en serio, a la mínima que pueda, me piro. Tengo veintiséis años y empiezo a querer cascármela a gusto, ¿sabes?

Le saco la lengua.

—¿Y a ti? —continúa—. ¿Te gustaría independizarte?

—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Me da pena dejar solo a mi padre.

Me quedo callada y me centro en el pastel que me estoy acabando, sin levantar la mirada.

—¿Qué ocurre? —susurra.

—Nada.

—No te creo. —Sonríe.

—¡De verdad!

Daniel deja la servilleta encima de la mesa y se levanta, sentándose en la silla que hay a mi lado. Rodea con su brazo el respaldo de mi asiento y me acaricia el hombro. Con su otra mano coge la mía y se acerca a mi oído. Mi respiración se agita y noto que la suya también. Le miro los labios como él mira los míos y me da la sensación de que algo ha empezado a girar para ambos en una dirección desconocida.

—Te quiero, Lena. Y, si ocurre algo por esa cabecita loca, puedes contar conmigo.

—Lo sé. No es nada, de verdad.

Me mira tierno y sonríe.

—¿Y qué más? —Me hace una cosquilla en la cadera, y nos reímos sin parar.

—¡Nada más! —le pico yo.

—¿Cómo que no? Exijo mi «yo también te quiero». —Hace una mueca de fingido orgullo.

—Cerdo pretencioso. —Reímos—. Solo me dices cosas bonitas para escucharlas de vuelta y engordar tu ego, truhán.

—Eso no es cierto —susurra, poniéndose serio.

Daniel me acaricia la cara y se acerca a mí. Sus labios rozan los míos y nos quedamos unos segundos así, sin tocarnos, sin dar el paso, con nuestras bocas en tensión pendientes de la decisión que tomemos. Besarnos de verdad en público por primera vez, con todo lo que eso implica, o dejarlo correr como siempre hacemos. Y como siempre hacemos, nuestras respiraciones se acompasan, acelerándose. Algo en mi vientre se remueve y su mano aprieta mi hombro. Sus ojos se posan en mis labios y en mi cuello, van de un sitio a otro, y Dani se debate entre dar el paso o dejarlo para otro momento. Y ambos sabemos que estamos cada vez más cerca de un punto y final, cada vez más cerca de avanzar un poco o de decirnos un adiós definitivo que nos parta el alma. Jadeamos, se me reseca la boca y humedezco mis labios, preparándolos. Él mira este movimiento y cierra levemente los ojos, suspirando. Estamos nerviosos y excitados. Yo quiero, él quiere, y ninguno de los dos queremos. Y al final… nos damos un pico ínfimo, pero enseguida se aparta y yo no sé qué está pasando. Él se levanta y vuelve a sentarse frente a mí con el respaldo de la silla del revés, como si fuera su armadura. O mi barrera, no sé bien.