13

LEVÁNTATE

Lo primero que hago nada más despertarme es pensar que hoy no quiero salir de la cama, como hace unos días. No es que esté de bajón ni cosas así, pero hoy tengo el día libre, no tengo nada que hacer y tampoco me espera nada apasionante más allá de mis sábanas. Así que viendo que mi vida tampoco es una fiesta de confeti que celebrar por todo lo alto, decido quedarme hasta nuevo aviso. Sí, eso está mejor. Para qué salir si nada ni nadie me espera fuera, ¿no?

Como no consigo dormirme de nuevo y no hago más que dar vueltas y más vueltas, cojo el libro de Yayi para al menos avanzar un poco en la lectura, que me está resultando interesante. Pero antes, me doy un homenaje y me preparo un desayuno digno de ovación con café, tostadas y zumo de naranja natural y me lo llevo a mi lecho (qué exagerada soy) en una bandejita. Desayunar en la cama, leer a mi abuela y no moverme de aquí el resto del día es el mejor plan que se me ocurre para hoy.

Capítulo VI. Zarza

 

Las primeras semanas tras su muerte fueron dolorosas. Echaba de menos el calor de mi madre y su aliento en mi vida, pero no podía llorarla como hubiera querido. Había que trabajar. Y, además, había que cuidar de mi padre y mis hermanos. Cada día iba a su casa, puesto que Andrés y yo habíamos vuelto a vivir en la nuestra, y me encargaba de todos los quehaceres diarios y las tareas que mi madre hacía con los animales y el huerto. Además de los que debía hacer en mi propia casa. No paraba un segundo en todo el día. No tenía tiempo ni para sentarme a llorar por mi madre. Mi cabeza solo era una máquina que se levantaba para trabajar.

Pero, como todo en la vida, las cosas se fueron normalizando según iban pasando los días. Es algo que aprendí tras ese primer golpe, Lena: que el tiempo, la rutina y el querer seguir adelante sin anclarte más de lo necesario en la tristeza no hacen que duela menos, pero sí que puedas volver a ser feliz a pesar de ello. Durante el año que siguió a la muerte de mi madre, el trabajo se regularizó. Mis hermanos pequeños comenzaron a encargarse de los animales y del huerto, puesto que ya tenían edad, y mi padre volvió al campo con mis hermanos mayores, haciendo que su mente se centrara más y tomara el mando de nuevo como cabeza de familia. Yo me seguía ocupando de las tareas que entonces eran propias de las mujeres, pero era algo tan mecánico que casi ni me costaba esfuerzo. Así que el trabajo en casa de mis padres disminuyó y con él, mi agotamiento. Poco a poco volvía a ver la luz, a sonreír y a tener ilusiones. Me sentía más cansada, más vieja y más sabia, aunque solo hubiera pasado un año. Pero es lo que provoca el dolor: te hace fuerte. Aun así yo tenía la sensación de que todavía necesitaba un golpe final para terminar el duelo y seguir de verdad adelante, aunque no sabía cuál era o cómo propiciarlo. Entonces desconocía que las cosas importantes y necesarias vienen a ti sin ser llamadas y lo hacen en forma de pequeños detalles que marcan el punto final.

Una tarde, mientras yo preparaba la cena, tu abuelo volvió del campo silbando una canción alegre. Cuando entró en la cocina, me dio un beso y, al girarme disimulando mi estado de ánimo, vi que llevaba en brazos un bulto extraño tapado en un saco.

—¿Qué llevas ahí? —pregunté señalándolo.

—Mira qué he encontrado en unos matorrales.

—¿Qué es? —pregunté curiosa.

Abrió la tela del saco y vi una perrita recién nacida que gemía y temblaba asustada.

—Estaba atrapada en unas zarzas. Alguien ha querido deshacerse de la camada de alguna perra, o solo se ha quedado con los machos, y esta ha sobrevivido.

—Oh. —Meneé la cabeza por la crueldad.

—He pensado que te haría ilusión y la he cogido para ti, como regalo. —Sonrió—. ¿Quieres quedártela?

—Sí —dije emocionada.

La cogí en mis brazos y lloré. No pude controlarlo. Ver a la perrita tan pequeña, tan desvalida, tan sola; intentando con todas sus fuerzas sobrevivir a la muerte, al dolor, a la separación de su madre, oír sus gemiditos tratando de agarrarse a la vida, todo esto provocó el golpe alegórico que necesité para sentirme identificada con un animal que tiritaba de frío, de miedo y de soledad. Todo el dique de contención que llevaba acumulado se desplomó ante la tierna mirada de mi marido, que corrió a estrecharme entre sus brazos. No dijo ni una palabra. Solo me abrazó y me dejó llorar libre, por fin, todo lo que necesité. Y, al final, sonreí. Sí, sonreí aliviada porque había encontrado lo que necesitaba para dejar fluir la catarsis.

Cuando me tranquilicé y comprendí que llorar a mi madre como se merecía me había quitado una pesada carga de encima, tu abuelo me dio un beso que yo correspondí.

—Siempre estaré a tu lado, mi niña. Somos el uno para el otro. —Yo asentí sonriendo—. Pero tienes que levantarte del todo, Elena; tienes que levantarte siempre. Incluso cuando pienses que no puedes más, incluso cuando creas que no tienes motivos; pon un pie en el suelo, después el otro, coge impulso y saluda a la vida. Y cuando te hayas levantado, aun sin ganas, vive, mi niña. Y hazlo sin mirar atrás y sin mirar a nadie.

Lloré de nuevo y asentí porque me pareció lo más bonito que alguien que te ama te puede decir. Volví a besarlo, lo abracé, y él agarró más fuerte mi cintura hasta que me tranquilicé de nuevo y puse punto y final a un año de luto y de mera supervivencia ante los constantes gemiditos de la perra. La chiquitina era parda y temblaba de miedo y frío así que en cuanto se me pasó la amargura, le pusimos una manta para que cogiera calor y le dimos agua y alimento.

—¿Cómo quieres llamarla? —me preguntó tu abuelo mientras cenábamos.

—No lo sé. ¿Y tú?

—Es tu regalo. —Sonrió bajo su bigote.

—Pues… como la has encontrado entre unas zarzas, la llamaré Zarza. —Me encogí de hombros.

—Siempre hay moras entre las zarzas, ¿sabes?

Sonreí. Sí, lo sabía. Lo aprendí esa misma noche y no se me olvidó jamás, Lena.

Me quedo mirando la portada unos segundos, respirando hondo. No tiene título y paso mis dedos por la tapa dura mientras pienso que las historias de las mujeres fuertes merecen uno, aunque no sé cuál le pondría. No lo pienso mucho más y decido levantarme de la cama. No me sirve de nada quedarme ahí, así que, aunque no tengo plan, decido salir a dar un paseo.

Paro en una cafetería y pido un cortado para llevar y una magdalena con chocolate, que me voy comiendo mientras ando por las calles abarrotadas de rutina. Me miro sin disimulo en los escaparates de las tiendas: todavía me cuesta reconocerme con mi nuevo pelo corto, pero me encanta. Sonrío, porque de algún modo siento que estoy cambiando y no solo por el pelo, aunque no sabría decir por qué. Pero tengo… ganas. De cosas. Y como estoy contenta, llamo a Lidia para ver si tiene tiempo de tomar algo y quedamos para comer juntas en un restaurante de Malasaña. Por un momento me pregunto por qué no hemos desarrollado un poco más nuestra amistad, por qué no hemos pasado de ser colegas de cañas sin más. Hago un mohín involuntario: porque yo no me abro a ello. Sí, tengo a muchas personas para irme a tomar una cerveza o ir a un concierto, pero a ninguna a quien contarle lo que me cuesta levantarme por las mañanas. A ninguna salvo a Daniel, claro.

—¡Lena! —Me dice Lidia cruzando la calle hacia mí—. ¡Cuánto me alegro de verte! ¡Vaya cambio de look! ¡Me encanta!

Nos damos dos besos y entramos al restaurante, donde ya nos espera una mesa. Nos sentamos y lo primero que hace Lidia es preocuparse por cómo voy llevando lo de mi abuela. Desde nuestro anterior encuentro no me había vuelto a preguntar.

—Oh, estoy bien. —Sonrío—. Son cosas inevitables así que…

—Ya. Tiene que ser muy duro para… ti.

Lo dice cauta y traga saliva. Sabe que mi madre y mi hermana murieron, porque no es algo que yo oculte, aunque si lo cuento es pasándolo muy por encima y sin querer ahondar en ello.

—Lo es, sí. —Ella me coge la mano por encima de la mesa.

—Lo siento. Imagino lo que esas ausencias deben pesar en ti y en tu vida y… —Suspira—. Me gustaría que supieras que puedes contar conmigo si lo necesitas.

Sonrío.

—Lo sé. Tú también. —Le aprieto la mano.

Hay unos segundos de silencio en los que ella me mira entrecerrando un ojo.

—¿Sabes qué pensé de ti la primera vez que te vi, Lena?

—Dios. —Me río—. No sé si quiero saberlo.

—¡No seas boba! —Carraspea—. Antes de conocerte, tenía alguna noción de cómo eras porque Dani nos había hablado mucho de ti. De hecho era bastante cansino. —Reímos—. Así que la noche en la que te trajo a aquella quedada, ¿te acuerdas? —asiento—, y te vi con esa sonrisa tímida y esos ojos tan vivos, sonreí. En un momento de la noche Dani y yo fuimos a pedir una ronda a la barra y aprovechó para preguntarme qué me parecías.

—Marujos. —Nos reímos y ella encoge los hombros.

—¿Y sabes que le dije?

—Que estoy mal de cabeza.

—No. —Sonríe—. Le dije que eras encantadora y… que eras una chica llena de colores.

Nos miramos, contenidas. Ella bebe un sorbo de su copa y yo tengo un nudo que no le cuento en la garganta.

Y aunque me quedo quieta en la silla y sonrío, lo cierto es que solo tengo ganas de abrazarla. Mucho.