BONAPARTE’S RETREAT

Brighid y la señora Coole estaban frotando los tobillos de Molly y empapándole los pies con agua de mar caliente. Su aletargamiento le recordaba a los animalillos que había encontrado vivos en sus trampas: no muertos todavía, pero a punto de morir; entumecidos por esta inminencia.

—Está sufriendo una purga violenta —le dijo Brighid a Fergus—. Tiene todos los sentidos ocupados.

Cuando Molly empezó a retorcerse y a gemir, Fergus ayudó a las dos mujeres a sujetarla, y Brighid le depositó dos gotas de tintura debajo de la lengua.

Al inclinarse para besarla, él percibió el sabor agrio de la decocción. Molly tenía los ojos abiertos, pero no le veía.

La enfermedad consume a los enfermos, los devora.

El chico de Cattarackwee, con la cara salpicada de marcas rojas causadas por picaduras de pulgas, estaba en la cubierta de proa, con el violín contra la barbilla, tocando una canción conocida: «Bonaparte’s Retreat». Los pasajeros bailaban en cubierta, decididos a ahuyentar la oscuridad y el pesimismo que infestaban el barco. Bailaban para prevenir a los marineros e impresionar al capitán con su ruido y su poder, y Fergus se les había unido, con ánimo de vencer el miedo que sentía crecer en su interior y que poco a poco le estaba paralizando.

Como todos los demás, se había quitado las botas para bailar. Mientras brincaba y giraba sobre las tablas resbaladizas, notaba el cambio de rumbo del Laramie. Todo el día había estado bregando en una mar gruesa. El viento arreciaba y el cielo se había oscurecido. Al mirar arriba, vio que las velas se habían tensado e inflado. Oyó, similar a un rasgueo, el sonido de velocidad.

La melodía giraba cada vez más rápido, como si el violín quisiera conducirles directamente al centro de lo que se avecinaba.

Oyó el grito de Molly a través de los tablones de la cubierta. Le quemó los pies descalzos y le indujo a chocar contra un par de bailarines que siguieron bailando sin darse por enterados. Se abrió paso entre la gente, recogió sus botas y corrió a la escotilla. Nadie más parecía haber oído el grito de Molly.

Al descorrer la cortina, vio a Molly tendida sobre la paja ensangrentada, con un revoltijo de trapos sanguinolentos embutidos entre las piernas. Por un lado la señora Coole le limpiaba las piernas con un trapo mojado y por otro Brighid, las dos sentadas en la litera, le frotaba los tobillos. Miraron a Fergus.

—¡Fuera de aquí, chico! —susurró Brighid—. ¡Fuera! ¡Aquí no pintas nada!

—¿Es la fiebre? ¿Se está muriendo?

—¡Vete! Vuelve cuando la hayamos limpiado. ¡Tienes que irte!

La anciana le propinó un empujón.

—¿Qué le están haciendo?

—La estamos limpiando, ¿no ves? Estará mejor si te vas. Esto no es cosa de hombres. ¡Vete!

—¡Veneno! —dijo entre dientes la señora Coole.

—No diga eso —dijo Brighid.

—¡Mire la porquería que está echando! ¡Veneno!

—Vete —se replegó la anciana. Suspiró, como si supiera que él no obedecería, y continuó frotando los pies y los tobillos de Molly.

—¿De qué veneno habla?

—La ha envenenado —dijo la señora Coole.

—Ach —retorció la cara Brighid, despectiva.

—Es... es... una envenenadora, ya te lo dije.

—¿Envenenadora? ¿Quién salvó a su hijo? Usted sabía lo lejos que estaba, ¿no? Y yo le hice volver...

—¿Qué pasa? ¿Por qué sangra tanto? Díganmelo.

—Vete, chico. Vete, aquí no pintas nada, vas a hacer que empeore. —Miró iracunda a la señora Coole—. ¿Qué está diciendo, bruja mandona? Tiene cara de halcón, señora. Cruel y malvada es lo que es.

—Le estoy diciendo la verdad al chico —dijo la señora Coole.

—¿La verdad? La verdad es que su hijo está vivo gracias a mí, ¿no?

Las dos mujeres guardaron silencio.

—¿Qué pasa? —preguntó Fergus—. ¿Me lo dicen, por favor?

Las mujeres se miraron.

—Anda, dígaselo usted —suspiró Brighid—. Ya le ha destrozado. Pero dígale la verdad.

La señora Coole le miró.

—Estaba embarazada; llevaba un hijo tuyo.

—¿Qué?

—No ha podido conservarlo —dijo Brighid, con voz fatigada—. No estaba preparada. Pensé que la mataría. ¿Qué haces aquí, muchacho? Lárgate.

—Esta mujer le ha estado dando dosis de jarabe de poleo.

—¿Poleo? ¿Qué es eso?

—Veneno, chico.

—Para que le baje la sangre —dijo Brighid.

—Para bajarle el hijo de este chico, quieres decir.

—No era un bebé..., no llegó a formarse. Murió hace pocos días. Calma, calma —Brighid arrulló a Molly—. No hay nada que temer. Aquí me tienes.

—No diga que no sabía lo que estaba haciendo —dijo la señora Coole.

—No es mi hijo; es de Muck.

Las dos le miraron.

—Muck Muldoon, el capataz. Era su hombre. Antes de mí. No debía de soportar que fuese de él. No lo dijo porque tenía miedo de que yo la dejase. Pero yo no iba a dejarte, Molly —susurró, tomando la mano fláccida de Molly. Lágrimas calientes le humedecieron los ojos y le resbalaron por las mejillas—. Te lo juro.

Las dos mujeres observaban a Fergus.

Brighid se encogió de hombros, se volvió hacia Molly y le puso una mano en la frente.

—A veces sale muy fácil pero se lo advertí, le dije que podría ser un mal trago...

—Mujer malvada, horripilante, y pensar que estabas haciendo tu magia negra en la misma cabina que mis hijos...

—No hable mal de mí, señora. ¡Magia negra, dice! Usted no sabe nada. —Levantó la mirada hacia Fergus—. Olvida lo que has visto, chico. Tu chica mejorará ahora. El veneno ha salido. Te lo dije: volverá a estar contigo. Pronto te dará otro.

Extendió el brazo, corrió la cortina y dejó fuera a Fergus. Oía murmurar a las dos mujeres pero no quiso escuchar más. Corrió a la escalera y subió rápidamente a la cubierta.

Pobre Muck, ahora estás doblemente muerto.

El mar se había abierto y el viento era agresivo. Las olas rompían contra la proa y barrían la cubierta.

Los pasajeros seguían bailando. El viejo, Ormsby, se les había unido y brincaba con los brazos en jarras y la cabeza hacia atrás, gritando como un gallo. Un baile tan ostentoso y sexual que hasta los jóvenes y las chicas pechugonas se retiraban avergonzados y dejaban a Ormsby pleno espacio: tan recatados eran sus pasos rápidos y ligeros comparados con los saltos y los giros desiguales del anciano.

—¡Pasajeros abajo! —gritó el capitán a través del megáfono. El oleaje castigaba al barco, pero el chico de Cattarackwee siguió tocando el violín y los pasajeros siguieron bailando, encantados de desobedecer a Blow.

Dos marineros corrieron a la cubierta de proa e intentaron apresar al violinista. Él los esquivó y rodeó corriendo el castillo, todavía con el violín contra el cuello, raspando las cuerdas, hasta que el cocinero negro lo interceptó con una sartén de hierro. El chico se acurrucó en el suelo y un marinero le arrebató el instrumento, lo estrelló contra el trinquete, lo hizo pedazos y los arrojó por la borda.

Una ola saltó por encima y el agua de mar rompió a los pies del pasaje. Presa de pánico, empezaron a correr hacia la escotilla, tratando de bajar a la bodega.

Apareció el carpintero con un cubo de clavos y Fergus vio que iban a cerrar con ellos la escotilla. Dio un paso atrás, pero el contramaestre le vio.

—Baja con los demás, irlandés.

Se agarró a un obenque y se negó a obedecer. Empezaron a pegarle con cabos de cuerda pero él no se soltó de su asidero hasta que sintió que los marineros se lo llevaban a rastras a través de la cubierta. Le lanzaron por escotilla y él oyó al caer el balanceo y el chirrido del quinqué, y después nada.

La ley de los sueños
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