DUBLÍN

—A la luz de mártires ardiendo, tumbaré a cualquier minero de Dublín que trate de desviar a mi manada.

Butler estaba sentado en su silla. Sorbiendo poitin de una jarra de arcilla, tosió, escupió e hizo circular la bebida. Los boyeros estaban en el borde de la llanura de Kildare. En vez de dejar que el ganado pastara una última noche, iban a llevarlo directamente a través de la ciudad hasta los muelles.

Cuando la jarra llegó a Fergus, dio un trago y pateó el suelo cuando el licor le abrasó la garganta. Los hombres se rieron de él.

—Las chicas de Dublín os van a comer vivos —les dijo Butler.

Cuando conducían a los bueyes a lo largo del río negro, las formas acusadas y la dureza de Dublín impresionaron a Fergus. Bloques de granito encauzaban el agua. La luna arrojaba luz sobre la interminable extensión de piedra urbana.

Justo al amanecer empezaron a cruzar los muelles, y la luz era como lana gris. Había montones de barcos atracados en el río. Llenaban el camino el tráfico de carros y carretillas y la gente con niños y equipaje a la espalda. Los bueyes coceaban y movían la cabeza hacia atrás, mugiendo de sed. El río olía a brea y a arenque.

Llevaron a la manada a un redil de madera en Eden’s Quay.

Resonaban en Dublín el chirrido de las ruedas de carro sobre la piedra, los gritos de hombres, el restallido de látigos. Cientos de personas sentadas vigilaban sus pertenencias mientras el sol invernal se alzaba anaranjado al este. Unos niños dormían sobre el equipaje: baúles, cajas, sacos, barriles, bolsas de viaje, fardos de utensilios, sillas, lámparas, taburetes.

—¿Adónde van?

—A Liverpool y a América.

Había oído hablar de estos lugares pero no tenía la menor noción de dónde estaban: al otro lado del mar, suponía. Los hombres surcaban las aguas para faenar en los canales o cosechar el trigo en Escocia pero siempre volvían, como su padre.

Billy Butler entregó a cada boyero un poco de tabaco y se marchó en busca de un comprador.

Intimidados por el ruido, la multitud y el conjunto penetrante de olores dublineses, los boyeros se retiraron tímidamente al redil y se quedaron entre los animales calientes, fumando sus pipas.

Fergus recorrió el muelle. El cáustico desorden era estimulante, el ruido un alivio de sus pensamientos. Un vapor atracado respiraba a través de dos chimeneas de hierro. El vapor olía a musgo.

Oteó el río negro, intentando captar una vislumbre del mar.

Billy Butler volvió con un comprador y se metió entre los bueyes, seleccionando ejemplares con un palo. Fergus observó cómo negociaban los dos hombres y se estrechaban la mano después de la venta.

—Sí, sí, se lleva toda la manada a Liverpool —les dijo Butler—. Andando, chicos, vamos a embarcarla en el viejo Nimrod y luego os ofreceré un buen desayuno.

La multitud de emigrantes que aguardaban en el muelle empezaron a moverse cuando vieron una pasarela tendida desde el vapor. Algunos pasajeros intentaron embarcar por la fuerza, pero los marineros les rechazaron con cabos de soga embreada. Un grupo de marineros bajó la pasarela y corrió por el muelle hasta los rediles, gritando y agitando las sogas para abrirse camino entre la gente.

Billy Butler le gritó a Fergus que abriera la cerca. Empezaron a sacar a los bueyes que mugían y cagaban a lo largo del muelle y por la pasarela subieron a la cubierta, donde pisotearon rollos de cuerdas y ocuparon cada centímetro de espacio.

En cuanto el último buey hubo embarcado, recogieron la pasarela. La gente en el muelle agitaba billetes y suplicaba que la dejaran subir a bordo, pero los hombres que montaban guardia en la barandilla hacían caso omiso.

—Nimrod ha vendido quinientos pasajes pero sólo tiene cabida para cincuenta. —Billy Butler movió la cabeza—. Ah, bueno, no tienen por qué abandonar su país.

Un fuego de turba ardía en la cervecería. Cada boyero tenía delante una jarra de porter. Billy Butler se había ido arriba con la gorda propietaria.

Resultaba extraño estar en una habitación.

Fergus se examinó en un espejo que era sobre todo un cuadro de un barco con pequeñas franjas de cristal arriba y en los lados. El espejo le devolvió la cara negra de un indigente. Casi hasta los ojos, tenía las mejillas cubiertas de pelo grasiento y sedoso. Otro parche le brotaba en la mitad de la frente. La piel del hambre.

Una mujer trajo platos con pan y mantequilla.

—Es estupenda, la comida inglesa —dijo el boyero sentado al lado de Fergus—. Me dijeron que si iba a Inglaterra comería pan con mantequilla.

—Esto no es Inglaterra, pobre oveja perdida —se rió la mujer.

El boyero la miró. Su tamaño y su descaro eran imponentes.

—¿Qué es, entonces?

—Tienes que cruzar el mar para llegar a Inglaterra, como todo cristiano sabe. ¡La Irlanda de Dublín!

Irlanda. Un invierno en que tuvo el ojo derecho dolorido y rojo durante semanas, su madre le había llevado a una isla sagrada para que le curasen, después de haber intentado bajar la inflamación con un emplasto de peladuras de patata y jugo. Durante mucho tiempo había pensado que Irlanda era sólo la pequeña isla con un lago gris. Incluso ahora la palabra estaba asociada con dolor de ojo, humedad y el olor de agua lacustre impregnada de madera podrida.

La mujer sacó después una olla de sopa. Unos pedazos rojos flotaban en el líquido.

—¿Qué es, señora?

—Pescado con melaza.

—¿Y los pedazos rojos?

—Pimiento.

Él no sabía lo que era.

—Nunca he visto una mujer así —susurró el boyero a su lado—. Es más grande que un rey.

Estaban sorbiendo sopa y masticando pan de trigo cuando Billy Butler bajó acompañado de cinco chicas con chales.

—Aquí las tenéis, chicos. Chicas muy decentes, y sólo a un chelín cada una.

Una de ellas se sentó inmediatamente en la rodilla de Fergus, le besó la frente y hundió los dedos en la sopa. Él notó su delgadez, los huesos que le raspaban el muslo.

—Ésta te va a comer vivo —dijo Butler, riéndose—. Aquí tienes tu paga, caballero.

El tratante depositó cuatro monedas en la palma extendida de Fergus.

La mujer se lamió la sopa de los dedos.

—Pero sólo hay cuatro —dijo Fergus.

—Uno por la chica.

—Dijo cinco.

—Te dará un baño y te hará un trabajo fino si la acompañas arriba.

—Hazle caso —le dijo la chica a Fergus, clavándole en el pecho un dedo huesudo.

—Un baño y una chica limpia —sonrió Butler—. Todo por un chelín.

—No. Cinco, señor, deme cinco; usted dijo cinco.

Butler se encogió de hombros y dejó caer un chelín sobre la mesa. Fergus lo cogió. Las otras chicas estaban sirviéndose comida y cerveza, abrumando a los boyeros indefensos. La chica sentada en la rodilla de Fergus desistió de intentar besarle y empezó a mojar pan en la sopa y a metérselo en la boca. Quizá se había olvidado del hambre que tenía hasta que olió la comida. Él ya había comido bastante. Se deslizó por debajo de ella y se levantó, con las monedas en el puño.

—¿Te interesa un pasaje? —La camarera gorda sacó del delantal un fajo de billetes y los abrió en abanico—. Aquí tienes un pasaje a Liverpool en el Ruth. Zarpa del Eden’s Quay esta mañana. Llegas al otro lado esta noche. No hay lugar en el mundo más rico que Liverpool. A mitad de camino de América.

Billetes rojos, del color de la sangre.

—¿Cuánto?

—Tres chelines por el gran mundo.

A veces el corazón se agrieta y te dice lo que tienes que hacer.

La ley de los sueños
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