MUCK MULDOON

La zanja se ensanchaba y se hacía más profunda cada día, conforme se iban excavando las laderas y toneladas de tierra llenaban los vagones. Cuando llovía el barro estaba blando y cuando helaba se ponía duro. Los caballos renqueaban y resbalaban tirando de los vagones a lo largo de la pendiente. Las traviesas estaban mal lastradas; a veces un vagón descarrilaba y volcaba de costado, arrastrando al caballo.

Al bregar de arriba abajo entre los raíles paralelos, se cortaban las patas con las traviesas de madera. Si no les limpiaban las heridas y no les ponían ungüento, los caballos se quedaban cojos y Muck Muldoon los mataba de un tiro en el sendero o se morían por la noche en el pasto pelado. Todas las mañanas, cuando Fergus salía con un puñado de heno a recoger al azul, había pobres bestias muertas en el campo.

—¿Por qué no sacas la baraja y juegas un par de manos con Fergus? —le dijo McCarty a Molly una noche en que esperaban la llegada de Muck—, Te puede enseñar cómo es la vida —le dijo a Fergus.

—¿Para qué? —dijo ella—. Muck arrambla con todo. Ya le conoces.

—Son ganancias tuyas. No sé cómo se lo aguantas.

—Muck no es tan malo.

—Le dejas mandar más de la cuenta —dijo McCarty, y dio una calada, satisfecho.

—Oh, ¿y tú le plantas cara? Muy valiente te veo, McCarty. Muy atrevido.

McCarty se encogió de hombros y alejó el humo con la mano.

—Nunca, McCarty. Ni una sola vez.

Ella siguió cortando nabos y puerros. Fergus fumaba su pipa con la mirada fija en el fuego lento. Muldoon era una presencia opresiva en la casucha, incluso cuando no estaba. Molly siempre parecía aguzar el oído para captar sus pasos, siempre le estaba esperando. No se podía servir la cena sin que el capataz estuviera instalado en su silla, inspeccionando cada plato, cerciorándose de que nadie recibía una porción más grande que la suya. Cada uno tenía que sentarse en el mismo sitio todas las noches: era otra de sus normas.

A los hombres les gusta mandar: a las chicas y a otros. Mandar a animales; mandar sobre el terreno.

Recordaba a Carmichael repartiendo las parcelas cada año. Diciéndoles dónde podían cavar la tierra y plantar las semillas.

Muck mandaba a Molly. También le mandaba a él y a McCarty. No servía de nada fingir que no les mandaba a todos.

Para vivir tenías que someterte a las reglas. Lo hacías a cambio de un sueldo. Lo mismo que un caballo hacía por comida.

Procurabas convencerte de que no estabas sometido; a los peones les gustaba pretenderlo. Los hombres tenían su orgullo. Vagabundear le había parecido la libertad, pero era una ilusión. ¿Qué era un vagabundo sino un esclavo del camino, siempre hambriento y en busca de un lugar donde encajar? Seis días a la semana, cuando sonaba la campana del reloj, unos trescientos ex vagabundos cogían sus picos y palas, que no estaban autorizados a dejar hasta que sonaba la campana del mediodía, cuando disponían de veinte minutos para tomar el almuerzo. Después seguían trabajando hasta que otro timbrazo anunciaba el final de la jornada.

Los chicos de la ciénaga habían pensado que no estaban sometidos. Luke, al menos, así lo había creído. Esta creencia errónea la había matado.

Molly interrumpió sus pensamientos entregándole un paquete envuelto en papel de periódico.

—Toma.

—¿Qué es?

—Puntas de nabos.

Él recordó de inmediato aquel día gris y frío en que Luke y él, explorando, habían recolectado nabos en un campo.

Los nabos eran comida de famélicos en el monte, y sólo se comían en los malos tiempos.

—¿Las quieres o no?

Él la miró inexpresivo.

—Para tu caballo azul —dijo con impaciencia—. Sigue vivo, ¿no?

—Sí.

—Muck no quiere a los caballos, así que no se lo digas.

Yo sólo soy un caballo. Y tú también.

—Y ahí llega —les previno McCarty.

La puerta se abrió y Muldoon entró, seguido por el viejo Peadar, los dos oliendo a cerveza.

—¿Qué estás haciendo con estos dos..., jugando a las cartas?

—No, nada, Muck... Sólo esperándote. Siéntate, te quitaré las botas.

—¿Qué me has preparado de cenar?

—Cordero.

—Cordero, cordero... Estoy harto de tu dichoso cordero. ¿Por qué no nos pones un bistec, como los ingleses?

—Bueno, lo que hay es cordero.

—Los ingleses comen bistecs. Esto es Inglaterra, danos de comer como a los ingleses. Danos carne roja. Estoy hasta la coronilla de tu dichoso cordero.

—No es Inglaterra del todo. Es Gales.

—¡No me repliques, maldita!

—No te replico, Muck. Siéntate, déjame que te quite las botas.

La mirada hambrienta y enfurecida de Muldoon hizo que todos se sintieran incómodos. Molly empezó a empujar al capataz hacia su silla. De repente él la rodeó con los brazos, en un abrazo de oso, y la levantó del suelo de tierra.

—Bájame, Muck, no seas idiota.

Él, por el contrario, la hizo girar en el aire alrededor del cuarto oscuro y lleno.

—Tú no eres de Kelly..., tú perteneces a Muck.

—¡Oh, vamos, Muck! No puedo respirar. ¡Bájame! Los chicos quieren cenar. Anda, suéltame... Te he preparado una buena cena.

—Me calientas la cama, ¿no? Druid mna, pequeña bruja.

—Bájame, bruto.

Muck dio un traspié y la depositó en el suelo. La chica estuvo a punto de huir, pero él la retuvo por la muñeca.

—Dame un beso, ángel.

—No, suéltame.

Ella se estaba dando media vuelta cuando Muck le pegó.

De pronto la habitación olió muy mal; no distinto que antes, sino más fuerte: un hedor de basura a medio quemar, de ropas sucias de hombre y de sudor.

Molly tenía un corte en el labio y sangre en la boca y en el mentón, y Muldoon la empujaba brutalmente por el cuarto.

—Muck, no..., la cena está hecha, te he preparado una buena cena. Carne en el hornillo...

Él la hizo cruzar de un empujón la cortina de su dormitorio y desapareció tras ella.

Fergus miró a McCarty, que se encogió de hombros.

Qué inacabado y qué informe te sientes. Qué lascivo.

Oían a Muldoon pegarle una y otra vez.

—Yo te enseñaré, bruja.

Los muelles de hierro de la cama se combaban y crujían. Muldoon era el único del campamento que tenía una cama de muelles; se vanagloriaba. Molly también estaba orgullosa de la cama.

Fergus volvió a mirar a McCarty y éste movió la cabeza lentamente.

Oía con claridad los correazos.

Ella no producía el menor sonido.

Arrodillado junto al hornillo, Peadar, el viejo huésped, suspiró y cogió una cuchara para remover el cordero hirviendo.

—Vamos, parece que esto ya está hecho. Más vale que cenemos.

Empezó a servir cordero en los platos.

McCarty se sentó.

—La va a matar —dijo Fergus.

—Ella es resistente, dura como un poni. Anda, come. No es asunto tuyo, Fergus.

Este se sentó a regañadientes. Miró el cordero en el plato y olió el vapor, asqueado por tener apetito.

La cuestión es quién manda y por qué. Esta situación puede cambiar. No tienes que aceptarla. Puedes luchar. Puedes romper un conjunto de reglas y establecer otras.

Decidió no cenar. Mientras miraba fijamente la comida, la olía y se le hacía la boca agua..., los feos sonidos del dormitorio cesaron.

—Ya está —dijo McCarty, aliviado—. Se acabaron los golpes.

—Clavaría a un árbol la lengua de ese tipo —dijo Fergus.

McCarty alzó la mirada.

—No le busques camorra. Lo pagará ella.

Seguía mirando hambriento la comida intacta cuando Muldoon salió del dormitorio atándose el cinturón. El capataz escupió en los carbones y se sirvió carne cocida de la olla.

—¿No está bueno el spoileen?

El viejo Peadar asintió.

—Sí, está bueno.

Para matar a un cerdo lo degüellas. Al principio, colgado de las patas traseras, goteando sangre, un cerdo conserva su forma. Cuerdas blancas de músculo y la fuerza de cualquier cosa que uniese la carne a los huesos. Cuando lo descuartizas, la forma se disuelve hasta que sólo queda un pellejo de puerco atado a una pata sujeta con un nudo de soga, un charco de sangre negra en el suelo, un par de ojos.

La oyó correr la cortina y cruzar la habitación. Mientras ella se servía de la olla él vio que tenía el vestido desgarrado. Ella se sentó y empezó a comer. Se había limpiado la sangre de la barbilla.

Nadie había advertido su insensatez, su patético gesto de solidaridad. Después de un titubeo se puso a cortar la carne.

—Te dije que todos los días comerías carne en Inglaterra —le dijo Muldoon.

—Sí —admitió ella.

El caballo azul engordó. Llegaron nuevas remesas de animales, pero ninguno con huesos tan buenos como los suyos. Las mataduras cicatrizaban lentamente. La ración de avena dos veces al día le había devuelto el brillo del pelaje. Fergus le empapaba de salmuera los cortes de las patas, les aplicaba ungüento y se las envolvía en trapos limpios para pasar la noche. Convenció al herrador de que le repusiera dos herraduras que faltaban. Descargaban dieciséis, dieciocho, veinte vagones al día. El azul era un animal de tiro, el más fuerte de la obra, pero los otros chicos, temiendo su mal carácter, se lo dejaron a Fergus.

Cuanto más le alimentaba y le cuidaba, tanto peor genio mostraba el azul. Cuando iba a buscarlo al campo por la mañana con un puñado de heno, Fergus intuía el recelo del bruto, que retrocedía y resoplaba, piafaba y movía la cola. Capturado y conducido al establo, alimentado y lavado, intentaba morder cada vez que podía. Cada vez que descargaban, sentía el furor creciente del caballo. En ocasiones pensaba que el azul iba a precipitarse terraplén abajo y a arrastrarle con él en su caída, pero en el último momento obedecía al ronzal.

La ley de los sueños
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