EXPULSIÓN
Le despertó el olor de un soldado.
Grasa, pólvora. El lustre aplicado al latón.
Acre y complejo, el olor se le infiltró en el cerebro y le trastornó el estómago, que se empapó del ácido que ascendía, quemándole la garganta, y le hizo toser. La tos le despertó.
Las legañas le pegaban los párpados y le dolió abrirlos. Estaba sobre un camastro, en el desván de la cabaña, con sus dos hermanas al lado. Notaba la piel tirante, pero las llagas en los brazos y piernas parecían estar cicatrizando. El aire estaba brumoso por el humo del fuego que había sofocado horas o días antes, justo antes de sucumbir a la fiebre.
Mirando desde el desván, vio al soldado parado junto a la puerta.
Fergus se levantó de golpe y el soldado lanzó un grito de miedo y empezó a retroceder. La punta de su bayoneta se enganchó en el faldón de piel de vaca de la entrada; la liberó, maldiciendo, y desapareció.
Fergus miró a sus hermanas acostadas a su lado en el jergón de paja.
Los muertos siempre tenían una inmovilidad intensa, una rigidez que no se podía imitar.
Un verano, siguiendo al ganado hasta el booley, el pasto del monte, se había pasado gran parte de la tarde mirando a un zorro muerto, hechizado por algo que no acertaba a nombrar. Las formas de los muertos poseían pasión.
Alimentándose a base de queso, mostaza silvestre y maíz molido, un pastor no veía a nadie en semanas, y la soledad en aquellas alturas había sido tangible y emocionante: el mundo se presentaba como algo nuevo. Vagando por laderas de helechos y orillas de ciénagas, había visto las cordilleras ondulantes como las habría visto un pájaro, bultos de vacío tragados enteros, el sol de julio mezclando diseños de luz en las colinas.
Oyó cascos de caballo fuera, y voces de hombres.
Surcaba el humo dentro de la cabaña el aroma leñoso del tifus. Mirando desde el desván, veía a sus padres en la cama junto al fuego, pero no sabía si estaban vivos o muertos. Cerró los ojos.
Él estaba vivo. Lo estaba, sin duda.
Gateó hasta la escalera, bajó los peldaños y se acercó a la cama sucia que ocupaban sus padres. Examinó la cara del padre. Nudos de huesos brillaban bajo la piel amarilla cerosa. Los ojos se abrieron de repente, violetas y sensibles, como pájaros hambrientos, sobresaltados.
—Hay soldados fuera —susurró Fergus—. ¿Qué hago?
Los ojos se cerraron de golpe.
—¿Qué hago? —repitió. La madre levantó la cabeza y paseó una mirada enloquecida alrededor de la cabaña.
—Agua —musitó, y su cabeza cayó sobre la paja.
Fergus miró fijamente a la entrada. ¿De verdad había visto a un soldado? ¿O era sólo un sueño de la fiebre? Quizá el mundo estaba muerto.
Tenía que salir a comprobarlo.
Ve fuera. Es lo que se hace en sueños. La ley de los sueños es: no dejes de moverte.