DOLOR COMESTIBLE
Salía a hurtadillas de la cabaña antes de que los demás se despertaran y bajaba el monte con la esperanza de verla. Acompañado de su perra, bajaba la cuesta resbaladiza y brumosa, orillaba el río y cruzaba los prados de Carmichael. Sus pies rozaban la hierba fría, plateada y húmeda. Soltaba la correa de paja de la perra enloquecida y la dejaba olfatear debajo de los setos, en madrigueras secas, moviendo el rabo.
Al acercarse a la granja de Carmichael, sobrepasaban el fértil montículo negro de estiércol y el halcón de piedra, rebosante de heno.
Muros de piedra de casi dos metros de alto rodeaban la granja: muros construidos para resistir; para la guerra. La única entrada era una verja de hierro.
El patio era de piedra azul. Siempre había desconfiado de la extraña firmeza de la piedra en sus talones. Y de la granja adusta y encalada que le miraba con tanta acritud: la cara encalada de la indiferencia.
Siempre se había sentido incompleto allí. Había intentado convencerse de que no, pero ¿por qué, entonces, la lucha constante consigo mismo, el hormigueo de pensamientos en su cabeza que huían como palomas de una percha y aleteaban y se arrullaban, en plena confusión?
Iba allí con la esperanza de captar un atisbo de Phoebe Carmichael en la luz acerada de la mañana, con la lechera en la mano.
Su antigua compañera de juegos. La conocía de toda la vida, como conocía a todo el mundo.
Al verle esperando en la puerta, ella le había ofrecido leche.
—No la encontrarás más fresca.
—No, señorita.
Amaba los estrechos pies rosados de Phoebe sobre las piedras azules. Sus antebrazos desnudos y la tela limpia de su vestido y su delantal.
Era la única fémina de los Carmichael. Su madre, tísica, había muerto a los veintinueve años y estaba enterrada en el patio de la iglesia presbiteriana de Mountshannon.
Phoebe posó el cubo en los adoquines, sacó de un bolsillo del delantal una taza azul de porcelana y se la tendió.
Después de hundir la taza y de levantarla hacia los labios, él hizo una pausa antes de probar la leche.
—¿No la prueba usted, señorita?
—No, yo no, Fergus. Pero tú bebe.
La leche olía dulzona y turbia. Se la bebió en dos tragos, caliente y con una nata espesa que le envolvió los dientes.
—Gracias, señorita.
—No hay de qué.
Y cada noche se quedaba desvelado en la cabaña del monte, escuchando la respiración de sus padres. Phoebe se convirtió en un ascua que ardía brillante en sus pensamientos. ¿Sentiría ella lo mismo que él? ¿Permanecía despierta en la casa de su padre, estremecida por el trastorno, ansiosa de un tirón en la caliente cuerda roja que les conectaba?
Siempre había vivido en el monte, su familia era arrendataria de Carmichael.
Carmichael el granjero tenía una yegua taheña. Se llamaba Sally. La había comprado para cazar en una época en que los granjeros fuertes de la comarca se encapricharon con la caza y compartían los gastos de una jauría.
Era una yegua rojiza, con las crines negras. No era alta, pero tenía el pecho profundo, fuerte. Muy fogosa.
El primer Carmichael del país había sido un soldado sanguinario. Protestantes, de habla inglesa, los Carmichael tenían la granja como arrendatarios del conde de Liskerry, el gran hacendado, tiarna mór. Nadie había visto nunca al tiarna mór, de quien decían que poseía tierras en todo el país y vivía en Roma. Los subarrendadores de Carmichael vivían en el monte, cada familia con su cabaña, su cerdo, su parcela de patatas. A cambio, la gente de las cabañas debía al granjero cierta cantidad de trabajo. Cuando trabajaban en la cosecha de sus campos, muchas veces se paraban a mirar a la rojiza Sally en el pequeño prado donde pastaba. Algunos odiaban a la gran yegua y otros sentían un orgullo de parientes. Se decían que Sally era sin duda la mejor saltadora del país.
Qué sexuales y desenvueltos eran sus correteos en aquel pequeño campo.
A Fergus le encantaba Sally. Solía colarse en el establo de Carmichael, subirse al pesebre de la yegua y sentársele encima. Nunca le habían pillado allí. El establo —impregnado de olores a heno viejo, aceite hecho con huesos de ganado, trigo— ofrecía resguardo. Era más caliente y más seco que cualquier cabaña del monte. Se quedaba sentado a lomos de la yegua una o dos horas, con las piernas bien abiertas y acariciando con los dedos las crines tiesas.
Hasta los quince años no se atrevió a montarla. Hasta entonces no había sentido la necesidad de dominar a alguien. Sentarse encima en secreto: con esto le bastaba. Pero una tarde en que estaba tumbado en la hierba, con la cabeza apoyada en un codo, observando pastar al magnífico animal —que tenía los belfos separados, las encías azules y mascaba briznas de hierba con sus dientes amarillos—, de repente sintió que debía subirse encima y montarla.
Fue un impulso repentino, como una punzada de hambre.
Se incorporó y miró alrededor, con cautela.
No había nadie a la vista. Era a mediados de verano. Una tregua en la cosecha de heno. Los prados estaban desiertos, ondulados por un sol de plata.
Se levantó y se acercó a la yegua en silencio. Ella se asustó al principio, pero cada vez él repetía sus palabras sosegadas en gaélico, hablando con calma, y al cuarto intento de aproximación ella le dejó que la tocase, que enroscara en la crin los dedos y que le apoyara la mejilla contra el cuello, oliendo el calor depositado por el sol.
La condujo hasta el muro de piedra, lo escaló y le pasó una pierna por encima del lomo. Cuando él la tocó ligeramente con los talones, la yegua deambuló por la hierba y se detuvo para olfatear a una mariposa que revoloteaba entre las amapolas.
Recorrieron despacio el pequeño pasto. Cuando Fergus afirmó mejor los dedos en las crines y empujó con las rodillas, Sally inició un trote maravilloso.
Le costaba trabajo mantenerse sentado firmemente y empezó a brincar cada vez más arriba a cada paso. Al captar de reojo un atisbo de Carmichael parado en la verja, Fergus se desconcentró. Aflojó su asidero y salió despedido por detrás de la yegua, para aterrizar aturdido con las manos y rodillas en el duro suelo.
La yegua se sacudió, se detuvo, se encorvó para mordisquear. Al alzar la mirada, Fergus vio a Carmichael que cruzaba el campo en dirección hacia él. El granjero llevaba un viejo abrigo negro con faldones, botas embarradas y un sombrero de paja atado por debajo de la barbilla con un pedazo de cinta morada. Enarbolaba una vara de endrino.
Temiéndose una azotaina, Fergus se levantó a toda prisa y buscó alrededor una piedra para defenderse.
La yegua se frotó las pezuñas con la hierba.
—¡Las rodillas! —gritó el granjero—. ¡Hay que apretarla bien fuerte! ¡Tienes que usar las rodillas!
Tenía una cara parda, cincelada. Los labios inflexibles de los ingleses. Phoebe, su hija, tenía los mismos labios. Le gustaba mordérselos.
—Usa las manos con suavidad, pero mantén firmes las rodillas. Te llevará como una nube si llevas las manos blandas y las rodillas fuertes. —Escudriñó a Fergus—. Tú eres el chico de Mike O’Brien, ¿no? ¿El nieto de la buena Feeny?
Fergus asintió.
Se hizo un silencio sólo perturbado por el chisporroteo de unos zarapitos que aletearon súbitamente hacia el establo. Carmichael extendió la mano y aferró un puñado de crines. Sally le olió los bolsillos y el granjero dejó caer la vara al suelo.
—Ven a montarla.
Fergus titubeó, inseguro. Y al mismo tiempo furioso. Era imposible estar cerca de un granjero sin notar el brillo ancestral de una ira aburrida, tenebrosa.
—¡Vamos, chico! —El granjero entrelazó los dedos y dio un paso, insistiendo—. ¡Rápido ahora!
Más valía montar y ver al granjero desde arriba. Fergus plantó el pie en las manos de Carmichael y al instante fue izado hasta el lomo cálido de la yegua.
—Sujétala bien, chico. —Carmichael daba vueltas alrededor, mirándoles detenidamente—. Te sientas como un labrador. ¡Ponte derecho! ¡No te encorves!
Fergus soltó las crines y echó hacia atrás los hombros.
—No uses las manos —le instruyó el granjero—. Sólo las rodillas. Vamos. Al paso. Condúcela. Ya está. Ya está.
Durante media hora Fergus llevó a la yegua al paso y después al trote alrededor del pequeño campo, y Carmichael, entretanto, criticaba su monta y le gritaba instrucciones.
—Nota cómo se mueven sus músculos. Fíjate cómo resbalan, cómo se sueldan. Nunca irás bien sentado si no conoces a tu caballo hasta los mismos huesos. Relájate y mantente suelto. Tus rodillas son tu voz para ella. Las manos vienen más tarde.
Esa tarde, cuando volvía a casa andando, cuatro jóvenes —uno de ellos primo suyo— le pararon en el camino. Antes de que se hubiesen asestado un solo golpe, mientras el primo aún seguía fraguando insultos y llamaba a la yegua de Carmichael lamentable pellejo de cuero; saco de huesos de cabra; jamelgo de mierda, Fergus bajó la cabeza y arremetió contra él con un cabezazo en el pecho que le derribó. Cogió un palo y ahuyentó a los otros hasta que el primo se levantó, rugiendo como un toro. Fergus tiró el palo y echó a correr. Le persiguieron, gritando como una jauría, y uno de ellos finalmente le dio un empujón tan brutal que lo dejó despatarrado en el suelo.
Tumbado de bruces, la nariz se le hundía en las hojas muertas y el primo le presionaba la región lumbar con la rodilla.
—Esa chica es una puta con huesos de cabra —le cuchicheó el primo al oído, al tiempo que le retorcía el brazo—. Dilo, Fergus. Esa puerca de Phoebe, tu amor, no es más que una puta con huesos de cabra.
Pero él no lo dijo. No cedería nunca. Se tragaría el dolor.
El primo le torció el brazo otra pulgada y la articulación empezó a rechinar en el borde de su nicho.
Tragarse el dolor. Era como un alimento. Te mareabas.
Percibía la risa ronca de los jóvenes. La luz del sol atravesaba la fronda de los robles. Hojas mohosas le raspaban la ceja. Olía a turba.
Phoebe olería como agua fría o miel, o como turba negra. Cuando excavaban un banco de turba, sólo percibías la fragancia más fuerte y pura si te arrodillabas, arrimabas mucho la nariz y aspirabas. Él siempre se sentía impelido a hacerlo y el olor siempre le aturdía: le aplastaba el pecho, le sobresaltaba el corazón y lo sentía como un músculo en funcionamiento. Otros cortadores de turba —hombres y chicos que hundían la pala con el pie, que continuamente rellenaban sus pipas— se reían de él arrodillado en el suelo, inhalando, extraviándose. Nadie más sentía aquella necesidad; o, de sentirla, la reprimían.
Él apenas oía las pullas. Parecían tan lejanas como los graznidos de los halcones en las tardes en que él estaba tumbado de espaldas en la parte agreste de un pasto montoso y escuchaba los comentarios de caza, los observaba flotando sobre almohadones de calor puro.
Phoebe Carmichael, pulcra y limpia.
Exhaló un suspiro y su primo debió de comprender que la situación no tenía salida, porque liberó el brazo del rehén, se levantó rápidamente y propinó a Fergus una fuerte patada en la cadera antes de marcharse monte arriba con sus compañeros.
Tres chicos descalzos aullando una canción rebelde.
Podías tragarte el dolor y salir con vida. Era un alimento silencioso. El dolor era comestible, y hasta encontrabas alivio. Lo comías sin prisa. Te asegurabas de degustar cada bocado. El dolor era comestible; no te mataba.