LA ZANJA
Recorrió a pie el camino de la costa durante cuatro días, a partir de Chester, cantando para sí, exaltado y con la cara colorada por el fuerte viento que soplaba del mar. Pasaba casi todo el tiempo solo. Evitaba a los peones escoceses e ingleses. Distinguía a los irlandeses por la forma torcida de sus sombreros, y a veces se unía a un grupo de hombres durante unas horas, aprendiendo lo que podía de su charla.
Miles de peones y de caballos estaban construyendo la vía ferroviaria a lo largo de la costa del norte de Gales. La obra había sido dividida en tramos, en docenas de contratas separadas. Tendían puentes de hierro sobre cada río. Aplanaban kilómetro tras kilómetro de campo en la búsqueda ferroviaria de la pendiente perfecta. Abrían zanjas rectas en las colinas galesas, vertían, esparcían y aplastaban toneladas de tierra en cada punto blando, cada terraplén y cada palmo de terreno pantanoso.
«Al ferrocarril le gusta el suelo llano», le dijo una tarde un hombre.
Estaban fumando en pipa y observando a mil peones que trabajaban en una zanja erizada de picos y palas. Fergus había preguntado por qué no podían tender las vías sobre el leve repecho en vez de partirlo por la mitad.
—En una ladera, las ruedas de hierro no se agarran bien a los raíles de hierro: giran —dijo el viejo peón—. Por eso abrimos zanjas y rellenamos terraplenes: para aplanar el terreno. El mundo no es llano, pero los camineros lo volvemos llano.
En algunos lugares la línea estaba casi acabada, y oyó los golpes de martillo y vio a unos hombres clavando púas, sujetando los raíles de hierro sobre las traviesas de madera.
Clavar clavos era un trabajo menospreciado por los peones, que decían que los grupos que ponían las vías estaban formados por pobres pastores galeses que cobraban sueldos míseros y habían abandonado sus montes negros por la promesa de comer caliente.
Allanar —partir en dos las colinas, tender un tramo perfectamente plano sobre el viejo mundo blando— era la tarea que los peones respetaban.
—No hay destreza ni riesgo en batir el hierro —dijo el viejo, despectivo—. No tiene ningún mérito. No cuesta esfuerzo. Nuestro trabajo es nivelar: a un peón le gusta batirse contra el terreno.
Él lo comprendió. Allanar era una acción poderosa.
En Irlanda la tierra les había traicionado a todos, les había envenenado la comida.
La suya, la humana, era allanar. Allanar era como un pensamiento convertido en duro y real. Podría durar mil años.
Allanar hacía a los peones tan fuertes como el mundo.
El tiempo, en general, era despejado y crudo, pero del mar llegaban ráfagas de nieve que se arremolinaban en el camino y arañaban las mejillas.
Encontró a grupos de peones caminando en ambas direcciones por el camino de la costa. Los contratistas trataban de engatusarles para que trabajasen en su obra; les alimentaban en las cervecerías propias y dormían en chozas sobre paja limpia. En toda la línea de Chester y Holyhead faltaba mano de obra. Los hombres se marchaban de un día para otro, cambiaban de campamento y no pisaban los pueblos galeses, donde no eran bien recibidos.
Le ofrecieron un sueldo en la zanja de Aber, pero él siguió su camino.
En Conwy, el patrono buscaba remachadores en el puente que se proyectaba como una espada de una punta a otra en la desembocadura del río. Se quedó atónito y se sintió tentado cuando le ofrecieron dos chelines y seis peniques diarios, pero aún no le apetecía detenerse.
Los días errando por la costa eran cortos y fríos. El mar en un lado, como un ojo verde de cristal. Era bastante fácil vivir dentro de tu cabeza, absorbiendo el cielo y pensando sólo en el clima y la siguiente comida.
Vagar era extraño y adictivo, una especie de perfección, pero llegaba un momento en que si no parabas te salías de ti mismo. Sería fácil.
—Necesito mozos. Pregunta a cualquiera; soy un tipo decente con mis empleados. Toma, prueba esto.
El contratista estaba de pie en el camino, aguardando con un carro y un tonel de cerveza, dispuesto a contratar al primero que llegase. Llenó un jarro de cerveza y se lo ofreció a Fergus.
—El sueldo se paga cada mes, puntualmente. Tres chelines al día. En dinero contante y sonante.
Fergus dio un trago de la cerveza dorada y miró más allá de los campos ligeramente nevados, a una zanja donde cientos de hombres con picos y palas estaban abriendo un sendero.
Miró en la otra dirección y vio el mar que batía la costa. Parecía amarillo, tan fiera era su espuma.
—Me llamo Samuel Murdoch. —El contratista llevaba un sombrero de paja atado con una cinta debajo de la barbilla y un chaquetón con faldones al que la intemperie había vuelto púrpura. Tenía los bombachos metidos en los bordes de las botas de montar salpicadas de barro. Miró a Fergus dar un sorbo de cerveza—. Eres un buen irlandés. ¿De dónde vienes?
Los días del Dragón se esfumaron y vio a sus hermanas y a sus padres, y la extraña serenidad en las caras blancas de las chicas muertas: Phoebe y Luke.
Notó que Murdoch le estaba mirando. Alzó los ojos lentamente.
Vengo del infierno. Estoy graduado en muerte.
Pero tenías que tragarte todo aquello. Ocultarlo. Para ti era veneno, probablemente una horca.
—Limerick —dijo.
Murdoch asintió con energía.
—Yo soy de Carrickfergus. Todos mis hombres son irlandeses de pura cepa, menos unos pocos galeses negros y uno o dos mineros de Cornualles que no causan problemas. Pago en efectivo, no en papel escrito, y soy justo con mis empleados. ¿Es buena esa cerveza?
—Sí.
—Entonces eres de los míos.
Fergus vaciló, aferrándose a la libertad del camino. Hasta entonces había mantenido la cabeza despejada, pero si seguía más tiempo solo volverían los malos pensamientos.
Los muertos insepultos que le picoteaban.
Cuatro días de soledad eran suficientes.
—De acuerdo.
—Buen chico. Termina eso y ve a ver a mi contable, que te apuntará en el libro.
La zanja era un corte en la colina. Cientos de peones la excavaban cada vez más ancho y más hondo, y llenaban de tierra carros enteros.
El campamento se extendía sobre un terreno embarrado contiguo al sendero. Cruzó un campo donde había ordenadas en hileras y pilas docenas de ejes de repuesto, ruedas de carro, vagones de madera y toneles de grasa. En otros campos había montículos de grava y arena amarilla; pilas de madera de construcción y traviesas, montañas de carbón negro. Habían colocado en perfecto orden una serie de carromatos recogidos para repararlos.
Pesados carros a lo largo del camino entraban y salían de los campamentos, cargados con barriles y cajas, fardos de herramientas de hierro y sacos de arpillera llenos de harina.
A pesar de la abundancia, se respiraba un aire de ruindad en la obra. Cuando pasó andando, le miraron sombríamente unos caballos en un campo helado. Al mirar arriba, vio chabolas, tiendas y tinglados donde vivían los hombres, en bancales sobre la ladera embarrada, al pie de la zanja.
El corazón del campamento eran los cobertizos de materiales, los talleres de reparación y los graneros, todos ellos construidos con madera verde. Entre construcciones endebles había callejones de barro desiertos, salvo por la presencia de carros y camiones que descargaban mercancías. Vio martillear a un herrero y captó el olor penetrante del hierro al rojo. Vio en una iglesia de madera sin pintar que todas las ventanas estaban huecas, enmarcadas por añicos de cristal roto.
Cada estructura del campamento parecía temporal, pronta a desmoronarse ante un fuerte viento. El aire olía a hierro, grasa de ruedas y madera de pino. Pasó por la tienda de un zapatero, con un par de botas colgadas de un poste, y la de un barbero, con una chapa blanca y roja ondeando al viento. Topó con un hombre que empujaba una carretilla llena de manzanas y le pidió indicaciones para llegar a la choza del contable.
Estaba situada en el centro del campamento, al lado de la cervecería de Murdoch, que tenía ventanas de vidrio y parecía ligera y frágil, como si pudiera despegarse de sus cimientos y hacerse a la mar. La choza del contable era una cabaña acuclillada, techada con una plancha de hierro. Fuera colgaba una campana de latón. Tiró de ella y una voz le gritó que entrase.
Dentro hacía calor. El contable estaba sentado a un escritorio de tapa corrediza.
—Cierra la puerta, demonio —dijo, sin volverse.
Un fuego ardía en la estufa de níquel.
Fergus aguardó, absorbiendo el calor de la cabaña.
El contable giró en su silla. Era un joven que se parecía a un cangrejo, con una sucia camisa blanca y gafas con montura de acero.
—¿Te apuntas?
—Sí.
El joven tomó de un estante un libro de contabilidad. Al abrirlo encima de la mesa, mojó la pluma en el tintero, escribió algo y se la pasó a Fergus.
—Ven aquí y pon tu firma, pagano.
Mientras Fergus estampaba su rúbrica, el otro empezó a escanciar una jarra de cerveza de un tonel en un rincón. El aroma llenó la choza caldeada y Fergus de pronto se sintió mareado. En definitiva, ¿no se habría equivocado deteniéndose? Quizá su fortuna residía en seguir caminando.
Caminar hasta donde se acababa el país.
Caminar hasta dentro del mar verde.
—¡Espabila!
Pestañeando, Fergus alzó la mirada. El contable le tendía una jarra de cerveza.
—¡Bebe! Es la mejor de Murdoch.
—No puedo pagarla. No tengo dinero.
—Murdoch te la regala cuando firmas. Bébela. —Sacó de un cajón una hoja de papel, lo marcó y se lo dio a Fergus—. Tu cupón de sub... de subsistencia, que vale nueve chelines, deducidos de tu sueldo. Busca una casucha que admita inquilinos y cambia tu cupón por una semana de pupilaje. Al cabo de una semana puedes pedir otro. La paga se hace el último sábado del mes, en la cervecería del señor Murdoch en el campamento. Si tienes sed, siempre puedes tomar un trago en su local: los camareros lo apuntan para descontarlo del sueldo. No pises las tiendas del pueblo: los galeses son unos ladrones.
Fergus miró el papelito que tenía en la mano y se sintió abrumado por el calor, la cerveza y una sensación incipiente de haberlo perdido todo.
La sensación de dar vueltas.
Como una hoja muerta que se cae de un árbol.
—Prueba la chabola de Muck Muldoon —le propuso el contable—. Debería tener un catre de sobra. Su mujer es la bonita ama pelirroja.
El campamento de chabolas sobre la ladera galesa se habría parecido a un baile en el monte si el monte hubiera estado completamente pelado y desnudo, cada arroyo desecado, cada pozo abandonado y cada cabaña desparramada por el suelo.
Orillaban los senderos embarrados unas chabolas sin tejados ni paredes propiamente dichos, tan sólo con cualquier desecho que se tuviese en pie.
La tierra era árida y parda, desprovista de turba, árboles, tojo, animales. No había patatales. No había parcelas de tierra caliza bien drenada. Nada podía cultivarse en aquel lodazal.
No era un misterio. Todo había sido arramblado de otros lugares. Toda la ladera podría haber sido las ruinas de una inmensa cabaña derruida, un gigantesco montículo de arcilla grasienta, veteada de piedras, retales de lona y trozos de madera. Que poco a poco perdía su forma, se diluía bajo la lluvia.
Al adelantar a una mujer que arrastraba un saco de carbón, le preguntó el camino a la casa de Muldoon.