¿SOCORRO?
Bajó el sendero trastabillando detrás de los hombres, agarrando la frazada y sin saber si era su prisionero. No le hacían caso; quizá estaban avergonzados. Tenían galletas; por tanto, les seguía.
Al entrar en la granja miró alrededor en busca de Phoebe, pero no vio rastro de ella. Carmichael, sus dos hijos y el oficial desaparecieron dentro de la casa. Los soldados se dirigieron al establo. Agarrando su manta, olvidado, Fergus finalmente fue en pos de ellos.
¿Dónde estaba Phoebe mientras sus hombres demolían cabañas? ¿De qué se ocupaba? ¿Dónde se escondía?
En el establo, los soldados amontonaron los mosquetes, se desataron los correajes y se desprendieron de las mochilas y las cajas de municiones. El sargento le dio una galleta y después le permitió dar un trago de poitin abrasador de una jarra de arcilla.
La vieja yegua, molestada por la presencia de extraños, se removía en su pesebre.
Los soldados se sentaron a llenar y encender sus pipas de arcilla. Siguieron sin prestar atención a Fergus, como si fuera un fantasma y no pudieran verle. Quizá estaba en un sueño. O quizá era un espectro; quizá ya estaba muerto. ¿Cómo sabías si estabas muerto? Despachó la galleta rápidamente y se lamió las migas de las manos. La vieja yegua sabría.
Se acercó al pesebre y empezó a susurrarle y a acariciarle los ollares. Pareció serenarla: por tanto, él debía de seguir vivo. El aliento caliente y dulce de Sally empañó la cara de Fergus. Sintió que le corrían lágrimas por las mejillas. Trepó por un lado del compartimento y se instaló a horcajadas encima de la yegua. Se inclinó hacia delante, dejó caer los brazos a ambos lados y se tendió sobre el cuello de Sally, absorbiendo su calor.
—¿Fergus? ¿Está aquí Fergus?
Sobresaltado, levantó la vista y vio a Phoebe en la puerta del establo.
—Señorita, si se llama así —dijo el sargento, señalando a Fergus—. La criatura que encontramos en la aldea irlandesa.
Fergus se apretó contra la yegua con las rodillas y enredó los dedos en sus crines mientras Phoebe se acercaba.
—Ven conmigo, Fergus.
—Estoy enfermo, aturdido.
—Te daré algo de comer.
—Todos han muerto, han tirado la cabaña, no hay nadie enterrado, todos se han quemado.
Phoebe le miraba, inexpresiva.
Así ocurre en los sueños. Hablas y no te oyen.
Entonces cayó en la cuenta de que hablaba en irlandés, que los Carmichael no comprendían, ni siquiera Phoebe. Sentado en la yegua, mudo, la miraba.
—Ven a casa, todo va bien —dijo ella—. Te lo prometo.
Algo cedió en el interior de Fergus, y rompió a llorar.
Phoebe alargó la mano y le tocó la pierna.
—¡Oh, no llores, Fergus! Podrás comer, ¿verdad? Ven a casa, te daré una taza de caldo y un poco de pan.
Le tocó la mano.
—Tenga cuidado con ese salvaje, señorita —dijo el sargento.
Ella cruzó la granja y él la siguió renqueando. Ella no tenía nada que decir. Su ropa limpia: su pelo castaño olía a luz. Sabía que iba a vivir largo tiempo, casarse con el hijo de un granjero, tener hijos propios. La diferencia entre ellos era que Fergus iba a morir pronto. Cuando llegaron a la puerta de la cocina ella la empujó para abrirla y luego le agarró del codo para que entrara. La puerta se cerró de un portazo tras ellos. Él se vio de pie sobre baldosas blancas en la cocina de la granja, una habitación grande, con vigas bajas y una cocina económica, recubierta de estaño, que despedía un calor que le oprimió dolorosamente el pecho, como si hubieran irrumpido en la última cosa que mantenía a salvo.
El alma vivía en el pecho, ¿no es así?
El oficial con cara de pez alzó la mirada de la mesa donde él y los hermanos de Phoebe comían sendas tostadas de jamón y queso y bebían cerveza negra. El granjero Carmichael, que había estado garabateando en un pedazo de papel, alzó la vista, con sorpresa en la cara, agrio como queso.
—¿Qué se supone que estás haciendo, Pheeb? —le preguntó su hermano Saúl.
—Hay que alimentarlo. ¡Mírale!
—Había casos de fiebre allí, Pheeb. Tiene que quedarse fuera, para no contagiarnos.
—Primero le daré algo de comer.
La cocina de estaño despedía un calor feroz. Fergus, mareado, notó que empezaba a tambalearse. Si se caía sabía que moriría en el suelo de la cocina, delante de ellos.
Phoebe miró alrededor y le vio tambalearse.
—Fergus, siéntate. Mírate, chico. Oh, mira qué aspecto.
Le guió hasta un taburete de tres patas y le empujó hasta sentarle.
—Ellos quisieron quedarse, ¿no? —estaba diciendo Saúl.
—Bueno, en todo caso ya está hecho —dijo Phoebe—. Escucha, amigo Fergus, cariño. Tenemos que alimentarte. Van a llevarte con ellos, ¿sabes? Abner te llevará en el carro. Necesitarás fuerzas, ¿eh?
Él se sentía impotente. Lo único que podía hacer para dañarles era morir en su cocina y no estaba preparado para morir.
Había un jamón rojo en una cazuela encima de la cocina. Afilando un cuchillo, Phoebe cortó una rodaja, enérgicamente, y después dos pedazos de pan de trigo, y se los dio a Fergus. Él los cogió y sintió que la sal le hinchaba los labios mientras masticaba.
Carmichael, en la mesa, había vuelto a escribir, y el plumín de acero raspaba el papel.
—Tendrán que admitirle en el asilo de Scariff —le dijo al oficial—. Yo pago el impuesto de los pobres, al fin y al cabo, y ellos son una carga. Le cuidarán, le darán de comer.
Encogido en su taburete, Fergus comía furtivamente de sus manos y sentía el calor que despedía como una explosión la cocina y que le bañaba como algo peligroso.
—Ya verás como allí estás bien —dijo Phoebe—. Iré a visitarte.
Observó cómo ella llevaba más pan y mantequilla a los hombres sentados a la mesa y les llenaba los vasos con la jarra de cerveza. La habitación estaba en silencio, excepto por el crepitar del fuego, el chirrido de los cuchillos sobre los platos y el flujo del líquido vertido. Sabía que ella mentía. Le dolía tener que mirarle a él; quería que él estuviese lejos, quizá lo deseaba más que los otros.
Fergus devoró la comida. Ella le estaba alimentando para el camino.
Abner Carmichael salió a uncir el burro a la carreta mientras Fergus seguía comiendo pan y jamón como si fueran un sueño, como si estuviera consumiendo su vida antigua. Oía al otro hermano de Phoebe, Saúl, riéndose con voz ronca de algún chiste que le había contado el oficial.
Phoebe, que estaba haciendo un paquetito de comida, le daba la espalda a Fergus.
El alimento le había calentado por dentro y el cerebro le funcionaba. Cuando Abner entró en la casa diciendo que el carro ya estaba preparado, Fergus comprendió que significaba la expulsión. Le estaban echando. Los Carmichael habían ganado la partida.
La luz bañaba el pelo de Phoebe, parada delante de la ventana. Sonreía al hacerle un comentario al oficial, y después dio un sorbo melindroso de cerveza de una taza.
Miras a una chica y sabes que no es tu chica y comprendes que nunca lo será por mucho que la desees. Finalmente lo entiendes. Esta certeza te traspasa el pecho como si te estuvieran clavando una púa. El mundo no te pertenece. Quizá tú perteneces al mundo, pero eso es otra cuestión.
Con todo, llegado el momento de irse, no dio facilidades: era lo menos que le debía a Mícheál, su padre. Cogió una cazuela de hierro de la repisa de la cocina y se la lanzó a Saúl a la cabeza, y agarró el mango de un hornillo caliente y se lo tiró a Abner, y estaba intentando apoderarse de un cuchillo de cocina cuando Saúl y el oficial le derribaron y le sujetaron en el suelo mientras Abner le ataba los tobillos y las muñecas con un bramante amarillo.
—No forcejees, chico, no queremos hacerte daño. No te muevas.
Qué mentirosos, pensó él.
No vio a Phoebe en ningún punto de su campo de visión cuando Abner se lo cargó a hombros como a un jabalí amarrado. Quizá había salido de la habitación. Quizá había subido al piso de arriba, se había arrojado encima de la cama y tapado los oídos con almohadas para no oír las protestas de Fergus cuando Abner le arrastraba fuera de la casa. Quizá estuviera muy quieta, al igual que su madre, procurando evitar otro acceso de tos, se había mantenido inmóvil en su lecho de muerte, como un animal atrapado e indefenso en las fauces de otro más grande.
Él lloraba, gritaba: ¡No eres mi chica!, ¡No eres mi chica!, mientras le transportaban fuera, y de todos modos lo decía en irlandés y nadie lo entendía.
Abner le depositó en el carro con mucha suavidad y después se subió al pescante. Empuñando las riendas, chasqueó la lengua y el burro se puso en marcha, con sus cascos de hierro repicando en el empedrado, y franqueó la verja de hierro. Y aquél fue el final de la antigua vida, de una vida de sueño, la vida de Phoebe, la vida del monte.