CIUDAD DE PIEDRA
Al apearse en Birkenhead, siguieron a una comitiva de peones por delante de mataderos que apestaban a humo, sangre y mierda, y llegaron al embarcadero, donde pagaron un penique cada uno y embarcaron en el transbordador.
El tráfico en el Mersey era tan intenso como cada pensamiento en la cabeza desbordante de Fergus. Docenas de barcos y vapores surcaban el río en ambas direcciones o aguardaban para entrar en las fortalezas de piedra de los muelles, en la orilla de Liverpool.
En medio de la corriente, percibió el agudo aroma del mar cuando un velero de tres mástiles cruzó por delante de la proa, con sus velas amarillas ondeando. Un remolcador lo conducía fuera del puerto; en la cubierta, multitud de pasajeros corrían y brincaban, aplaudían y agitaban sombreros.
—Mira los que van a América —dijo Molly, con envidia.
El viento interrumpió y desfiguró el sonido de aplausos.
Cuando el barco cruzaba por delante de la proa, Fergus miró a los pasajeros en las barandillas y captó en ellos, radiante, el misterio de la vida.
—Voy a lavarme —anunció Fergus.
—Vamos a buscar a tus amigos primero.
—No. —Estaban mirando a la gente que salía con el pelo húmedo y la cara reluciente de los baños públicos de George Dock, a unos pocos pasos del embarcadero—. Primero nos bañamos y nos cambiamos de ropa. Cuidado...
Pasaba un mozo de cuerda empujando una carretilla llena de equipaje. Vociferaba al tráfico para que se apartara, seguido por una manada de emigrantes que parecían aturdidos por lo que les estaba ocurriendo.
A Fergus Liverpool ya no le azaraba, pero era un lugar duro y trataba duramente a la gente que no estaba protegida. La destrozaba.
—Vamos, Molly.
La llevó a un carromato de ropa usada, uno de los muchos que había en el muelle. Quería cambiar de piel, acicalarse, impresionar a Shea. Empezaron a rebuscar entre sombreros, botas y prendas apiladas sobre mesas y colgadas de cuerdas, mecidas por la brisa. Encontró unos pantalones de dril azul cielo, tiesos de tanto lavarlos, con dos filas por delante de botones negros. Ropa interior de lino y de algodón. Medias de lana que olían a petróleo de quinqué. Examinando una mesa de sombreros, vio uno de castor aún más alto que el suyo, pero éste todavía le servía, todavía se conservaba rígido y más o menos recto, sin las abolladuras ni las aristas delirantes de un sombrero irlandés. Escogió otra camisa de algodón, de cuadros blancos y negros, a la que le faltaba el botón del cuello.
—Me siento como un pato —dijo Molly, mirando las botas que se había puesto.
—Las botas te hacen más fuerte en el mundo, Molly. No hay nada como unas botas.
Levantó un vestido rosa, con un ribete azul en el cuello y una costura descosida.
—Debería quemar este vestido viejo; huelo a nabo. —Se dirigió al buhonero—. Dígame cuánto cuesta esto.
—Una libra el conjunto.
—Ni hablar.
—Es ropa de calidad.
—¿Cosida con hilo de oro, por casualidad? —se burló ella—. Vamos, hombre, que no me chupo el dedo. Le daré seis chelines.
Eres demasiado menuda para ser puta, pensó Fergus, viéndola regatear con el comerciante. Demasiado huesuda. No quieres extraños dentro, te desgarrarán, te estropearán los pensamientos.
Acordaron un precio de nueve chelines, con una bolsa de lona incluida, y corrieron a los baños. La entrada costaba un penique y se pagaba en el portillo. Ella pagó las dos: guardaba todo el dinero enrollado en el pañuelo de Muck. Cuando la vio encaminarse hacia los baños de mujeres, otro miedo asaltó a Fergus. ¿Le estaría ella esperando a la salida? Estuvo a punto de llamarla y pedirle el dinero, por lo menos el suyo, pero se contuvo.
No sabía lo que haría ella, pero quería saberlo.
En el vestuario de hombres, cuerpos blancos de adultos y niños aparecían y desaparecían a través de una gasa de vaho. Metió la ropa vieja en la bolsa de lona, que entregó a un viejo empleado, y recibió a cambio un disco de latón atado a un cordel que se colgó del cuello.
Al recorrer el túnel hacia los baños, el ruido de chapoteo le recordó la primera noche en el Dragón, lo limpio que le había dejado aquel baño; y recordó a Shea, aceitándole para después engatusarle.
Había estado semanas enfermo y le habían cuidado muy bien. Nunca había sido objeto de tanta generosidad y afecto.
El baño de baldosas estaba lleno de vaho y de cuerpos masculinos. El agua caliente manaba de unos orificios en el techo. Al entrar bajo el torrente sintió una oleada de calor y se quedó unos minutos con la cabeza gacha, como un toro que dormita, absorbiendo el chorro, antes de empezar a restregarse.
Si ella se iba con el dinero nadaría como un pez por las calles de Liverpool y nunca la encontraría.
Después de escurrir el jabón se quedó debajo del chorro mientras una fila de bañistas entraba y salía del recinto.
Aquello se llamaba traición. El momento en que ocurriera no importaba. No tenía prisa por averiguarlo.
Casi todos los bañistas parecían temer la tremenda fuerza y el caudal de aquel diluvio. Se exponían a él sólo unos segundos, boqueando y gritando, se daban palmadas en el pecho y los muslos y salían pitando.
Podría ir al Dragón, incluso sin dinero, y Shea y Arthur, Mary y Betsy le acogerían; le alojarían, con o sin dinero.
Quizá hubiese un cuarto en alguna parte del establecimiento —en algún recoveco del laberinto de pasadizos, escaleras, cocinas, salones de juego y dormitorios— donde pudiese esconderse y nadie le encontrara. Una habitación donde nadie entraba, polvorienta y olvidada. Un espacio oculto junto a la vivienda, rodeado y totalmente seguro.
Tal habitación, por supuesto, no existía.
Era tu tumba en lo que estabas pensando.
—Estás hecho un cochero de Liverpool —bromeó ella.
Le había estado esperando fuera de los baños con su nuevo vestido, peinándose el pelo húmedo con los dedos.
Al mirar hacia abajo, advirtió con satisfacción lo bien que le caía el pantalón nuevo sobre las botas.
—Tú eres el timonel: guía —dijo ella, y le cogió del brazo—. Lo único que conozco de Liverpool es mierda y muerte. Vamos a buscar a tus amigos.
Los hilos que te unen a otra persona, a una mujer, son cortantes e intensos. Tratas de reunidos en la mano y son casi invisibles, pero cómo pican y cortan.
Las callejas que partían del puerto estaban flanqueadas de tiendas de comestibles y repletas de marineros, aparejadores de barcos y el humo de carne asada. Todas las paredes estaban tapizadas de anuncios e imágenes de veleros.
—Si supiera leer como McCarty, leería lo que dicen esos anuncios y buscaría un barco para esta noche. Si nos quedamos mucho tiempo en Liverpool, Fergus, vamos a quedarnos sin un penique; no aguanto más estas botas, me están saliendo ampollas en los pies. —Se las quitó, ató los cordones y se las colgó del hombro—. No entiendo cómo las aguantas.
Guiándose por una luz más espaciosa salieron a Custom House Square, donde riadas de tráfico desfilaban deprisa, cocheros restallando látigos, y reinaba el ajetreo. Al cruzar la plaza, barridos por un mar de paraguas y sombreros de seda, enfilaron por Hannover Street, donde chicas y viejos vendían sardinas, manzanas asadas y nueces tostadas en carros y carretillas.
—Tenemos dinero, podemos comprar algo. Quién sabe si estará muy lejos.
—No malgastemos dinero. Nos darán de comer en el Dragón.
—¿Son listos? ¿Nos ayudarán a colocar el reloj?
—Supongo que sí. Hay clientes con dinero en el Dragón. Comerciantes y todo.
—Parece una gran casa de putas —dijo, divertida—. ¿Fuiste puto, Fergus?
Él movió la cabeza y aceleró el paso.
—¿Por qué te admitieron, entonces?
Él no respondió.
—¡Oh, no me vengas con remilgos! Vamos, dime, ¿para qué te querían, sino para el puteo? ¿Atizabas la chimenea? ¿Limpiabas botas? Me figuro que querrían algo.
—Eran mis amigos.
—Oh, jo, jo, ¡no iban a ponerte a trabajar, a un novato como tú! Faltaría más. No puedes reprochárselo. —Molly aumentó la presión sobre su brazo cuando empezó a arrastrarles una marea de gente elegante—. Agárrame, hombre, o me voy a ahogar en esta calle.
Despeinada y hambrienta, parecía un gorrión, furiosa por algo. Él no le dijo nada de sus temores. Caminaban empujados, transportados por la gente. Si él le decía que temía perderla podría llegar a ser cierto.
—¿Qué pasa, Fergus?
Estaban en Bold Street, mirando al hueco en la hilera de casas donde tenía la certeza de que antes había estado el Dragón. Ahora, entre dos viviendas adyacentes, sólo había un tramo de peldaños de mármol blanco que no llevaban a ningún sitio, y montones de ladrillos y vigas calcinadas, y un claro de cielo.
—Quizá te equivocas. Estas calles parecen todas iguales.
Molly miró por encima del hombro y llamó al chico del carnicero que pasaba por la otra acera de la calle.
—Oye, ¿conoces el Dragón?
—¿Qué les ha pasado ahí dentro? —gritó Fergus. El chico llevaba un mandil blanco y un paquete de papel manchado de sangre.
—Los quemaron.
—Anda, vámonos —dijo Molly, tirando del brazo de Fergus.
—Los quemaron y los mandaron a todos al infierno. Eh, tú, celta, ¿eres uno de ellos?
—Vámonos, Fergus, da igual, vámonos de aquí.
El carnicero sacó del cinto un cuchillo de acero y salió a la calzada.
—¿Dónde están? —preguntó Fergus.
—Un nido de asesinos y traidores es lo que era... Les dieron su merecido.
—¿Están muertos? ¿Shea? ¿Mary? ¿El bebé? ¿Todos ellos?
El chico se encogió de hombros.
—Menudo funeral les dieron, a lo grande.
—Vamos, vamos —dijo Molly, y empezó a llevarse a Fergus. Él miró y vio que el chico hacía cabriolas en la calzada, acuchillaba el aire.
—¡Yo te voy a arreglar tus pelotas de irlandés!
Seguía gritando cuando doblaron la esquina hacia Hannover Street, donde lo ahogaba todo el bullicio del tráfico, cientos de coches, miles de personas.
Molly le soltó la mano y se lanzó hacia delante, patinando y esquivando con tanta habilidad a la tromba de gente bien vestida que venía de frente que Fergus estuvo a punto de perderla de vista.
Atónito por el asesinato de sus amigos, no sabía adonde dirigirse ahora.
Tampoco Molly, pero ella no miraba atrás. Se desplazaba ágilmente entre la multitud. Él necesitó toda su atención para no rezagarse y perderla de vista.
Desprendiéndose de todo lo demás, se concentró en el puro movimiento, en el simple avance, los dos luchando como salmones contra la corriente de Liverpool.