EL DRAGÓN DE SHEA

—¿Por qué has rajado el tambor, Arthur?

—Oh, por una cuestión de honor. Odio el fanfarroneo de esa gente.

Sentía que el terror en su cuerpo se aplacaba caminando del brazo con Arthur. Llevaba el terror a cuestas desde la noche de la granja.

El roce de las dos voces le animaba.

—¿No son peones? ¿Tú no eres peón?

—Son escoceses y no les gusta que trabajen irlandeses en las obras del ferrocarril. Ayer hubo un derrumbe mortal en una zanja del tramo de Londres y noroeste. Se derrumbaron unas cuantas toneladas y sepultaron a seis de los suyos. Dicen que los responsables son los que contratan a irlandeses ignorantes y que el contratista tiene que despedirlos, lo cual es injusto, porque estamos tan cualificados como ellos. Anteanoche hubo una pelea en un bar de soldados y oímos que ayer los muy perros atacaron uno de nuestros campamentos, al lado de Alybury; quemaron las casuchas y aterrorizaron a las mujeres. Así que les estábamos esperando. Cuando he oído el tambor de ese puto escandaloso he pensado que tenía que arremeter y alentar a los nuestros.

Era bueno tener un contacto, un compañero y una voz que te uniese con el mundo.

—¿Has trabajado de peón alguna vez, Fergus?

Arthur se limpiaba la sangre del cuello con un pañuelo.

—No.

—Por eso has venido, ¿no? ¿Buscas trabajo?

—No lo sé. Quizá.

No estaba buscando nada, salvo marcharse.

—Demasiado tarde para la cosecha. Demasiado pronto para arar. ¿Quieres trabajar en una fábrica? Hay muchísimos irlandeses en Manchester. ¿Conoces a alguien en el gremio?

¿Alguien? Brazos y piernas que ascienden en llamas.

No olvidas nada. No es así como funciona.

Los muertos también cruzan el mar. Nadan.

—Un peón puede ir de Aberdeen a Land’s End, de un campamento ferroviario a otro, y siempre tiene comida y cama. ¿Quieres venir conmigo? ¿Qué me dices?

—De acuerdo.

Mejor que estar solo.

—Pero necesitas unas botas.

Se miró los pies descalzos.

—No importa. Shea lo arreglará. Yo era novato como tú, Fergus, la primera vez que crucé el charco.

El Dragón de Shea estaba en una hilera de casas de ladrillo altas y estrechas en Bold Street, lejos de los muelles. Unos peones se soleaban en los peldaños de mármol, fumando cortas pipas de arcilla. Todos parecían tener porras o bastones con puños de latón al alcance de la mano.

Arthur cojeaba penosamente. Un viejo se levantó para recibirles.

—¡Tú eres el valiente, Arthur!

Por encima de las patillas blancas, la cara del hombre parecía cosida y tosca, roja como bayas.

Arthur sonrió.

—Iron Mike.8 ¿Te has enterado?

—Una chica ha venido corriendo como alma que lleva el diablo. Shea cree que quizá vengan al Dragón para vengarse.

Iron Mike miró a Fergus y después empezó a desatar el pañuelo ensangrentado que Arthur llevaba al cuello. Se quitó el suyo y envolvió con él los hombros del peón.

—Ya está hecho, Arthur. Ahora tranquilo. ¿Estás malherido?

Arthur se balanceaba.

—Creo que me siento un poco raro.

—Ella querrá verte. —El viejo hizo una señal a Fergus—. Vamos a llevarlo dentro.

En mitad del tramo de escalera, sostenido a ambos lados por Fergus e Iron Mike, Arthur se detuvo.

—No sé si podré, Iron Mike.

Su cara parecía gris.

—Vamos, Arthur. Claro que podrás. Agárrate a tus amigos.

—Este chico, Fergus, acaba de llegar..., me ha salvado el pellejo. Quiere trabajar de peón.

—He oído que hay trabajo en un túnel debajo de Londres. Dicen que Murdoch ha conseguido un buen contrato en el norte de Gales, un tramo del Chester y Holyhead. Vamos, Arthur. Un peldaño detrás de otro.

Por fin llegaron ante la hermosa puerta. Iron Mike extendió la mano hacia la aldaba y llamó.

—Ahora cuídate, Arthur. Ya no eres un chico cualquiera y tienes que respetar la casa.

—¿Eres su gorila ahora, Iron Mike? —dijo Arthur, con ligereza.

—Soy el portero. Ya no hacen falta gorilas, el Dragón no es ahora esa clase de establecimiento. —Iron Mike miró a Arthur un momento—. Me alegro de verte entero, Arthur.

—Y yo me alegro de verte, comilón —gritó Arthur cuando Iron Mike bajaba la escalera—. Shea se ha vuelto muy fina —dijo Arthur en voz baja, delante de la puerta—. La primera vez que crucé el charco, el Dragón era un conjunto de catres apestosos en Launcelot’s Hey, detrás de una cervecería, el Bucket of Blood.9 En aquellos tiempos sí necesitaba un matón. Oh, Dios mío, Fergus, estoy un poco molido...

Volvió a tambalearse. Fergus cogió la aldaba y llamó de nuevo. Arthur se inclinó hacia delante y apoyó la frente en la madera.

—Si me muero, que los amigos me envuelvan en una bandera verde.

—No es bueno hablar así.

—¿No? ¿Y por qué no? ¿Qué ocurrirá? —Arthur sonrió—. ¿Vendrán los duendes? ¿Vendrá a Liverpool el sioga para devorarme?

—No es bueno.

Hablar de la muerte propia era remover una determinada magia, perturbar las leyes del mundo. Era peligroso y había que evitarlo.

La puerta se abrió tan de repente que Arthur estuvo a punto de caerse, pero Fergus le agarró del brazo y le sujetó. Una chica rechoncha, rosada, con el pelo amarillo, les miraba con ojos ligeramente saltones. Tenía en la mano un cepillo de limpieza.

—Mira qué facha, Arthur.

—Siempre has dicho que soy un chico guapo, Mary.

—Ahora no lo eres. Sabemos lo que ha pasado. Podrían haberte matado. Quizá lo hayan hecho, por el aspecto que tienes. Entra.

Entraron y Mary pasó el cerrojo de la puerta. El suelo recién cepillado estaba húmedo. Un bebé en una cuna agitaba los puños.

Mary miró a Fergus con suspicacia.

—¿Quién es éste?

—Un amigo, no temas —le dijo Arthur—. Se llama Fergus.

—No he visto nunca un monstruo tan sucio.

—¿La señora está dispuesta?

—Todavía está en la cama.

—¿Se ha enterado?

—Supongo.

—¿Qué ha dicho?

—¿Ella? Nada.

En el recibidor, salpicaba y borboteaba el agua de una fuente blanca. ¿Lavaban allí a los caballos? ¿Cómo los subían por la escalera?

Había cosas verdes creciendo en cubas de latón. Alzó la mirada y vio el cielo. La luz entraba a través de planchas de cristal en el techo.

—Querrá verme, supongo —dijo Arthur.

—Bueno, primero enséñame el dinero e iré a preguntárselo.

—Oh, Mary, seguro que en mi estado...

—Es su norma y tú lo sabes, Arthur. Una libra en efectivo o vuelve por donde has venido. Vete a hablar con una de las chicas. He oído que son muy acogedoras.

Arthur, suspirando, le dio una moneda de oro.

—No se recibe así a un héroe —se quejó.

—Nadie en el Dragón ha dicho nunca que fueras un héroe, Arthur McBride.

—Oh, Mary, me estás matando. Vamos. —Agarró del brazo a Fergus—. Vamos a ver al Dragón en persona.

—¡Él no puede venir, Arthur!

—Mary...

—Espera. Déjame preguntar. Si está dispuesta...

—Por el amor de Dios, Mary, han estado a punto de matarme.

El bebé gimió. Mary se acercó y lo cogió en brazos.

—Pues ve a verla, Arthur, Dios te ama.

Recorrieron un pasillo, Arthur apoyado en Fergus. El suelo relucía, y había colgadas fotos de mujeres, barcos y caballos en paredes pálidas. El peón se detuvo delante de una puerta, se soltó del brazo de Fergus, se irguió y llamó suavemente.

—¿Quién es? —dijo una mujer.

Arthur abrió la puerta. La habitación, bañada en luz del sol, olía a lana, cera de vela, flores. Había una gran cama tallada y una mujer incorporada en ella sostenía un periódico abierto.

—¿Te alegras de verme, Shea?

Shea bajó el periódico y les escrutó.

Tenía el pelo moreno peinado hacia atrás, lacio y brillante. Era mayor que el peón; quizá veinticinco años. Tenía los ojos grises en una cara tan fea que resultaba hermosa.

Extendió la mano hacia un puro que ardía en un plato de cristal sobre una mesita con tablero de mármol al lado de la cama.

—Pareces trastornado, Arthur —dijo.

—He estado en el otro lado...

—¿El infierno, Arthur? ¿Has estado en el infierno?

—Bastante cerca. Skibbereen enloquecería a cualquiera.

—Acércate, déjame que te vea.

Arthur se irguió y cruzó la habitación. Fergus vio la sangre brillante y fresca que le rezumaba por detrás de la camisa.

—Pareces más mayor —dijo ella.

—¿Demasiado para el Dragón?

—Sabía que eras tú en cuanto me lo han dicho. ¿Por qué tienes que hacer esas cosas, Arthur? Tan desconsideradas, tan estúpidas.

Arthur se sentó en el borde de la cama.

—Quieres decir tan osadas y bien hechas.

—No; quiero decir estúpidas.

—Vamos, Shea..., no me maltrates ahora.

—Vendrán por nosotros un día, quemarán esto..., saben que es una casa irlandesa. Cada día hay más odio circulando por las calles. Tus gracias van a costamos muy caras.

—Lo he hecho por ti, Shea.

—Oh, vete al demonio. ¿Por mí? Me importan un bledo tus harapos de peón.

El peón hizo una mueca.

—¿Estás malherido? —dijo ella de pronto, preocupada.

—Me siento... un poco... nublado...

—¡Oh, Arthur, qué tonto eres! ¿Qué te han hecho? Déjame ver.

Tiró el periódico al suelo, retiró las mantas y sacó de la cama sus largas piernas blancas. Llevaba una bata distinta a cualquier prenda que Fergus hubiera visto nunca, verde y brillante, con llamas y dragones bordados en las mangas.

—Si sigo vivo es gracias a Fergus.

Ella le miró. Sin saber qué hacer, Fergus hizo una profunda reverencia.

—Ven, échame una mano —dijo ella—. Cógele de los pies. Túmbate, Arthur, y te levantamos las piernas.

Acostaron al peón en la cama, y la sangre ensució la ropa blanca. Shea le quitó las botas, las arrojó al suelo y empezó a desvestirle. Arthur trató de incorporarse, pero ella le empujó hacia atrás.

—No, quédate tumbado, tonto.

El peón yacía inmóvil, con los ojos cerrados. Tenía en el cuerpo cortes oscuros y sanguinolentos, y las contusiones hinchadas empezaban a colorearse.

La habitación olía como una flor. Las paredes estaban talladas y barnizadas y había sillas por todas partes.

—Fergus, en aquel cajón... hay vendas, algodón, ungüento.

Él se apresuró a buscar lo que le pedía y vio su propio reflejo en un espejo oval.

Sucio, indescriptible. Un salvaje.

—¿Está muerto?

Mary había aparecido en la puerta, con su bebé en brazos y un tetera humeante.

—No —dijo Shea—, pero lo estará un día de éstos. Si piensa que voy a llorar junto a su tumba, está muy equivocado.

Mary vertió el agua en una jofaina de porcelana y Shea mojó en ella una toalla y empezó a lavar los cortes en la espalda de Arthur. Mary señaló a Fergus.

—¿Y qué hay de éste?

Shea le lanzó una ojeada.

—Báñale. Ponle aceite en la piel o se secará como una manzana. Caldo, pan, col, pero no le cebes, Mary. Cerveza ligera, si se la bebe, y exprime un limón dentro.

Shea dirigió a Fergus una sonrisa rápida y un gesto con la cabeza.

—Bienvenido, caballero, invita la casa.

El hizo una nueva reverencia.

Mary resopló.

—Vamos, señoría, y bórrate con un cepillo los pecados.

—¿Adónde vamos, señorita?

Estaba siguiendo a Mary por la casa.

—Ya has oído lo que ha dicho: que te des un baño. Arthur siempre trae problemas. Ahora esperará que todos nosotros muramos por culpa de él, y yo no tengo intención de hacerlo.

—¿Puedo comer algo antes?

—Ella ha dicho que no. Sólo caldo.

—Pero comería cualquier cosa. De veras.

Ella emitió un chasquido de impaciencia, pero después de pasar varias puertas cerradas se detuvo.

—Espera aquí. No te muevas.

Abrió una puerta y se deslizó dentro. Sujetando al bebé contra la cadera, cruzó una habitación donde unos hombres con ropa limpia jugaban a las cartas en media docena de mesas. Los hombres no la miraron y Fergus la vio llenar un plato de carne fría, cebollas y zanahorias cocidas de una mesa lateral atestada de comida.

Mary salió y le dio el plato sin decir una palabra, y Fergus la siguió por la escalera alfombrada, comiendo con los dedos. Atravesaron una cocina ruidosa y humeante donde había media docena de mujeres y chicas trabajando, y bajaron otro tramo de escalera estrecha y de hierro que daba vueltas y vueltas.

Los baños estaban en un sótano limpio y blanco. Un fuego ardía en una estufa. Había tres calderos de cobre lo bastante grandes para caber de pie dentro.

—¿Qué es esto? —preguntó él, levantando del plato un pedazo de carne.

—Una pata de pollo.

—¿Es bueno para comer?

—Para ti demasiado, supongo.

—¿Es un pájaro?

—Es un pollo.

—He comido pájaros. Cazaba mirlos.

—Quítate los andrajos.

Sujetando al bebé contra la cadera, ella alargó la mano para girar una espita y el agua empezó a brotar de la tubería y a caer con estrépito en un caldero. Él lo miró. La violencia directa del agua era impresionante. Y caliente: olía el vapor.

—¡Quítate ya esas ropas mugrientas, chico!

Él terminó rápidamente la comida y empezó a despojarse de la ropa del hospicio.

—Infestada de bichos, me figuro —refunfuñó ella.

La piel de mis días, pensó él, mirando las prendas en el suelo y recordando las calles nevadas de Scariff, y a Murty Larry.

—¡No las pienso tocar! Tíralas al fuego.

Mary se desprendió del chal y envolvió al bebé; después colgó el fardo en una percha cercana.

Él miró los harapos que se quemaban y humeaban sobre los carbones, hasta que de pronto prendieron fuego.

—Estás cubierto de tierra —dijo Mary. Levantó la mano y cerró el torrente, y en el cuarto sólo se oyó el ruido de la cocina de arriba.

Fergus tocó los lados calientes de cobre.

—Métete. Date prisa, no seas tan cobardica.

Él miró a través del vaho. El calor le daba miedo, pero no quería que ella lo notara.

—Oh, métete, Fergus, si te llamas así. El agua caliente no te hará ningún daño. Siéntate dentro y empápate para que se te vaya de la piel toda esa marga, vaquero, para eso has venido aquí. Nunca te has bañado en un caldero, ¿eh?

Su aire de suficiencia y su desdén eran molestos. ¿Qué sabría ella, toda gorda y rosada, con su bebé enorme y rosa?

—Vamos. Entra. Estás a salvo ahí dentro.

Él pasó una pierna por encima del borde, palpando el agua con los dedos del pie. Escaldaba, y resopló.

—Vamos —le alentó Mary.

Él pasó por encima la otra pierna y se quedó de pie dentro del caldero, con el agua hasta las rodillas.

—Ahora siéntate.

—No puedo.

—Despacio, hazlo despacio.

Agarrado a los bordes, se agachó poco a poco hasta quedarse sentado en el fondo del caldero.

—¿Qué tal está?

Ella tenía razón: no era tan doloroso, después del primer contacto. Notó que el sudor le perlaba la frente.

—Relájate. ¿Sabes lo que significa eso? No pienses. Deja la cabeza en blanco.

Le estaba restregando con jabón y una blanda esponja roja cuando la puerta se abrió y entró Shea.

—Es de lo más tímido, señorita —dijo Mary—. Uno de esos salvajes del monte que no están acostumbrados al baño.

—Puedes subir, Mary. Yo terminaré aquí.

—¿Arthur está vivo?

—Ha tomado un poco de brandy. El médico dice que no tiene ningún hueso roto.

Mary descolgó al bebé y se fue. Shea llevaba un pulcro vestido azul, zapatos con botones. Se remangó, se arrodilló sobre la toalla que Mary había puesto en el suelo y empezó a mojarle el pecho y los hombros. Él intentó relajarse mientras ella le levantaba los brazos. Antes de Luke nunca se había dejado tocar el cuerpo. Shea depositó la pastilla de jabón y empezó a frotarle con un grueso cepillo mojado.

Luke besándole las tetillas.

El olor a humo de su piel.

Shea sacó una navaja de un estante y la abrió con un chasquido. Él le vio pasar la hoja de acero por un suavizador y a continuación comprobar el filo con el pulgar, y pensó en Luke sentada en las piedras, pero ahuyentó la imagen antes de que se grabara.

La clave de la ligereza y la posibilidad es el control del cerebro. Que el terror no entre en tu cabeza. Si comienza, expúlsalo.

Ella empezó a afeitar el pelo enmarañado que le había crecido en la cara, casi hasta los ojos. El deslizamiento de la hoja por su piel era un alivio. No podía hablar. Ella le frotó más jabón en el pelo y lo enjuagó con puñados de agua, y se rió de él cuando los escupió. Shea tenía manos fuertes, pero tiernas.

Un caballo no se calmaría bajo manos débiles. Un caballo sabía por el tacto quién era de fiar.

—¿Te vas a América? —preguntó ella.

—No lo sé.

—Allí van todos este año.

—¿Está lejos?

—En el otro lado.

—Pero esto es el otro lado.

—Esto es sólo Inglaterra... América está a otros cuarenta días por mar. —Le derramó otro cazo de agua por la cabeza—. ¿Dónde está tu familia?

Él no contestó.

Shea le puso la mano en la coronilla, apretó suavemente y él se dejó sumergir. En cuanto el agua le envolvió entero, pensó en los muertos.

No hay guía. Te dejan solo y descubres que te alejas cada vez más de ellos.

Dejad de seguirme.

Soltadme.

Lo siento.

Emergió escupiendo agua. Shea se rió.

—¿Con quién estabas hablando, con Neptuno?

—¿Quién es ése?

—El dios del agua, el dios del mar.

—Hablo con lo que hay en mi cabeza.

Shea hundió las manos en el caldero, le empapó el pene, los huevos y el agujero del culo con gran rapidez y delicadeza, y el contacto estremeció la piel de Fergus y le produjo un hormigueo en la polla, que después se endureció.

Ella se levantó y salió del cuarto, y él se sumergió, tomó un buche y lo escupió, porque sabía a jabón, preocupado por haberla insultado y aliviado cuando ella volvió, un momento después, con una botella azul.

—Levántate.

Abrió la espita y agua caliente bañó el cuerpo de Fergus y le enjuagó la capa de jabón. Shea cerró la llave del agua, le hizo salir del caldero y le frotó enérgicamente con una toalla.

Él tenía la piel sonrosada y el cuerpo gemía de calor. Ella le mandó sentarse con la toalla mojada en los hombros mientras le cortaba el pelo, y después le lavó las orejas y los orificios nasales con jirones de franela untados de aceite.

—Nunca te han mimado así, ¿eh? Eres un gañán; oigo el acento de Clare en tu voz. Un pequeño gañán burdo. ¿De verdad te llamas Fergus?

—Soy de Dublín, señorita. He venido en el Ruth. Con Arthur.

—Muy bien, da igual de dónde seas. Lo único que importa es adónde vas. Ven. Túmbate. Voy a ponerte aceite, bestezuela.

Había envuelto el banco en toallas amarillas de felpa. Él se tumbó y ella le enjugó el vaho de la cara y luego cogió la botella y se vertió líquido en las manos.

—Hay hombres de negocios en esta ciudad que pagarían cinco guineas por que Shea les untara el cuerpo con aceite.

Primero le frotó la cara, le acarició el puente de la nariz y debajo de los ojos, formando círculos en las mejillas, vetas cálidas sobre la mandíbula.

—Tienes la piel agrietada.

El aceite olía como el sol sobre el heno.

—No pienses en nada —dijo ella en voz baja—. Duerme, mi niño.

Le frotó los surcos junto a los tendones del cuello. Cuando le frotó los muslos y después el vientre, la polla se le empinó. Ella se la rozó con los dedos y él se sintió intrépido y a la vez vulnerable, y se representó a los chicos de la ciénaga apresurando el paso, ansiosos, hacia la granja.

Inclinándose, ella besó la punta de la polla y empezó a acariciarle.

Todo lo que anhelas expulsar de dentro.

—Ya viene —dijo ella.

Podría haber sido un sueño y se parecía mucho a ahogarse.

Como se siente un caballo que no puede frenar su galope.

Recordó el gusto salado de la piel de Luke.

Gozo. Veneno.

Había algo que ansiaba darle a ella mientras ella le tocaba: no podía expresarlo, pero el intercambio daba su pleno sentido a lo que estaban haciendo.

Llevas el mundo dentro.

Se oyó aullar como un perro al que han pisado. La convulsión fue desmañada e intensa, y después no quedó nada.

Todos los huesos blandos.

Ella le limpió, le hizo tumbarse sobre el estómago y empezó a frotarle el cuello y los hombros con aceite caliente, a untarle de arriba abajo las pantorrillas y las corvas. Le restregó los talones.

—Duerme, chico, duerme.

Era imposible mantenerse vivo mientras ella le frotaba y canturreaba. Él navegaba hacia un resplandeciente río de salmones. Unas mujeres le llamaban desde la orilla, pero él se abandonaba a la corriente, estaba flotando, desaparecía.

La ley de los sueños
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