CABALLOS CANSADOS

Los jueces imponían el cumplimiento del domingo y no se podía trabajar en las vías. Hasta la cervecería estaba cerrada. Los peones y los escombreros se pasaban el día durmiendo o bebiendo en tugurios clandestinos: chabolas donde las mujeres vendían cerveza. Otros se iban al campo a buscar huevos frescos. Unos cuantos que tenían escopeta salían a cazar furtivamente.

Era su segundo o tercer domingo en el campamento. Molly les dio té negro dulce en el desayuno y a mitad de la mañana Fergus y McCarty seguían sentados a la mesa, comiendo pan de trigo con miel. Molly amontonaba ropa para la colada. Muck y Peadar habían sacado el banco fuera y se habían sentado a tomar el sol descolorido, fumando la pipa y bebiendo cerveza.

—¿Quién alimenta a los caballos el domingo? —preguntó Fergus, pensando en el azul a la intemperie en el pasto árido.

—¿Alimentar a los pencos? Nadie, supongo. El domingo es día de descanso.

—Entonces voy yo.

—No son tuyos —dijo Molly—. No eres responsable.

—Los pesebres están cerrados con llave —le recordó McCarty—. Tienen miedo de que roben los gitanos. Muck guarda la llave.

—Se la pediré.

—No te la dará.

—¿Puedes cogerla tú? —preguntó Fergus a Molly.

Ella movió la cabeza.

—La guarda en el cinturón. Me mataría.

—Entonces les sacaré al camino. Hay hierba en las cunetas. Les dejaré pastar. ¿Vienes conmigo? —preguntó a McCarty.

—Voy a dormir todo el día y a remendar mi ropa. Ya he visto suficientes crines.

—Déjalo, Fergus —dijo Molly.

—No puedo.

El campamento tenía un aspecto desolado un domingo por la mañana. Parecía abandonado, y el silencio le hizo pensar en Cappaghabaun. ¿Estaría el ganado de Carmichael sobreviviendo al invierno allí arriba sin heno para comer y nadie que les llevara de un pastizal a otro?

Comiendo desechos de la cabaña. Quizá el ganado se alimentase de patatas podridas.

¿Qué cosas disparatadas habría sembrado en su parcela?

Cuando el suelo estaba abierto, nunca sabías lo que cosecharías.

Dejó atrás varios bultos de hombres tumbados donde se habían desplomado la noche anterior, en la farra. Dormidos pero no muertos, aunque también podrían haber estado muertos.

Un cuerpo no tarda mucho en tener aspecto de que pertenece a la tierra.

Te mantendrás de pie. No pares. Son las normas.

En el campo, los caballos parecían aturdidos. Comprobó que los pesebres estaban cerrados con cerrojo. Buscando en la rejilla de arneses encontró un cabestro blando. Había un poco de heno suelto y cogió un puñado y fue a buscar al azul.

El caballo estaba hambriento y se le acercó al verle. Fergus le puso el cabestro y le condujo a través de la cancela.

—Voy a montarte. No te va a gustar, pero no puedes evitarlo.

Se subió a la cerca y le pasó las piernas por el lomo antes de que el animal tuviera ocasión de espantarse. Lo sujetó con las rodillas y dejó el cabestro flojo mientras el azul movía enfurecido la cabeza.

—Ya está..., ahora tranquilo. No es tan malo, ¿eh?

Le espoleó con los talones, le encaminó cuesta abajo y miró a la cancela que había dejado abierta. Los caballos detestan que les dirijan; ¿por qué habría de gustarles? Pero se seguirían unos a otros, seguirían su curiosidad y su instinto de compañerismo.

Sonrió al ver que los caballos de tiro franqueaban la cancela del cercado.

A un kilómetro y medio había un arroyo que discurría por una alcantarilla de hierro debajo del camino. El agua a ambos lados era fresca, y había buena hierba, espesa, a lo largo de las cunetas.

Se estiró en el lomo del azul mientras los caballos pastaban apaciblemente. Era como volver a estar en el booley, sintiendo el sol en la cara y mirando al cielo, sumido en raptos de infantil conciencia de sí mismo. Esto fue antes de que comprendiera que el mundo existía, real y firme, indiferente a él y a cualquier otro.

Era como si se hubiese pasado todo aquel tiempo dormido en el booley.

Unos vagabundos pararon en el arroyo para beber agua, encender la pipa y pedir información sobre las obras de Murdoch.

—¿Contratan en la zanja?

—¿Cuántos han muerto ya?

—¿No hay fiebre en las chabolas?

Sintió la calma lenta y dulce del mundo aquella tarde. Los vagabundos se tumbaron en la hierba, complacidos por el sol, fumando en pipa, y no parecía el mismo mundo donde unas chicas morían asfixiadas por su propia sangre.

Contemplar a los caballos pastando infundía una sensación de paz.

Hambre es lo único que eres.

La nieve se derretía en las laderas de los montes galeses. Algunos días llegaba del mar un viento suave y húmedo, y él olía la hierba creciendo.

El domingo siguiente se encontró con Murdoch en el camino, montado en un poni demasiado pequeño para él.

El contratista se paró a observar a los caballos pastando.

—Bueno, chico, ¿estos pencos son míos?

—Sí, lo son.

—Ah. Ya me parecía. ¿Qué estás haciendo, entonces?

—No queda pasto en el campo. Se lo han comido todo. No queda ni para un conejo.

—¿Y esperas que te pague un salario por traer a pastar a estas pobres bestias?

—No.

—Muy sensato. Porque el domingo es domingo, ya ves. La ley dice que no puedo pagar a nadie que trabaje un domingo, aunque quisiera. La bondad contiene su propio premio. Pero toma, un puro. —Murdoch extendió la mano y le dio un puro—. Parece decente ese caballo que montas. Buenos huesos. ¿Es de los míos?

Fergus asintió, súbitamente temeroso de que el patrono quisiera apropiárselo.

Este levantó la cabeza y meneó el cuello.

—Tiene buena estampa. —Murdoch miró al caballo con ojo crítico—. Debió de salir de caza..., en sus mejores tiempos.

—Hace veinte descargas al día. Va a su aire. Tiene un resabio: muerde.

—¿Sí? Bueno, siempre es triste ver a un caballero venido a menos.

Murdoch se marchó. Aliviado, Fergus alargó la mano para acariciar el cuello del azul y el caballo lo giró para morderle.

Quizá su maldad era la causa de que hubiese pasado de ser un caballo de silla a uno de tiro en el ferrocarril; o quizá la desgracia le había resabiado. El mundo no necesitaba un motivo para que las cosas se vinieran abajo. Él lo sabía, y también el caballo.

La ley de los sueños
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