ILUMINANDO EL RÍO
Mientras los chicos dormitaban en sus guaridas, Fergus, Shamie y Luke, sentados junto al fuego, fumaban fárfara en pipas de arcilla.
Luke pensaba que debían atacar la granja aquella misma noche.
—Ahora tenemos el ánimo, después de una buena comida con carne. Si no lo hacemos ahora quizás nos arrepintamos.
Pero lloviznaba y Shamie insistió en que esperasen a una noche seca, sin luna.
—Una buena noche oscura. Si llueve, no respondo por éste —dijo, dando una palmada al cerrojo del mosquete, al que había cubierto con un pedazo de paño grasiento—. Con lluvia no es de fiar. No funciona si llueve. Un granjero tendrá la pólvora caliente y seca. Cuando alguien me dispare, dispararé yo también, en vez de correr como un francés.
—Eso es —convino Luke—. Apoyo a los militares. Tienes razón, Shamie. Esperaremos a que haya una noche seca y sin luna.
—¿Alguna vez has visto a un francés? —preguntó Fergus al soldado.
Shamie hizo una mueca de desdén.
—Es todo de boquilla, ¿eh? —dijo Fergus—. Tus únicas acciones de soldado han sido derribar cabañas...
—Estoy pensando en un pescado —le interrumpió Luke— ¿Está listo tu arpón?
Fergus la miró. Llevaba días afilando y aguzando el arpón, girándolo lentamente encima de una llama, esmerándose en quemar y endurecer la punta.
—Sí.
—¿Estás preparado?
Él asintió.
—Bien. Esta noche —dijo— alumbraremos el río.
Unos árboles se inclinaban sobre el río, ramas peladas crujían al viento. Fergus y Luke estaban acuclillados juntos dentro de la barca. Los chicos de la ciénaga pisaban un fondo somero y sujetaban la cuerda atada al barquito mientras Fergus remaba hacia la corriente, con cada tracción hundiendo las manos en el agua. En la mitad del río, la cuerda emergió, tirante, goteando, y los retuvo contra la corriente.
Luke sostenía un par de antorchas de madera de ciénaga, más un resplandor que una llama. La luz bailaba sobre el agua negra. Con aquel frío, los peces se quedaban en el fondo.
Fergus notó que el río rasgueaba el cuero tenso de la barca cuando la corriente se deslizaba junto al casco. Luke estaba pálida de inquietud. Fergus le cogió una de las antorchas.
—Mueve la luz, ahora, suave y despacio —le instruyó—. Mantenía cerca del agua para que la vean.
Luke se inclinó sobre la borda y agitó la antorcha tímidamente sobre la superficie.
—Sí, así está bien, ése es el truco. Suave y seguido.
Con el arpón en la mano derecha, se agachó y empezó a mover la luz por encima del agua. El río fluía por debajo de ellos, un flujo interminable, oloroso a madera y a lluvia. La frágil embarcación permanecía quieta en la corriente. Fergus desplazaba la antorcha de un lado a otro.
Intuyó la presencia del salmón antes de ver el destello plateado. Sintió que le picaban los pelos del cuello. Levantó el codo, listo para atacar. Luke también lo había visto; se quedó inmóvil. Fergus oyó su propia respiración. Se inclinó aún más, arriesgándose a volcar. Ya no veía al pez pero seguía allí, sentía su presencia, y siguió moviendo la luz encima del agua.
El pez ascendió de golpe. Vio cómo le brillaba un ojo a la luz, proyectó el arpón y sintió una breve punzada de placer mientras penetraba en la carne. El salmón se retorcía, forcejeaba. Temiendo que la corriente lo desprendiera del arpón, Fergus cogió el mango con las dos manos y lo sacó del agua. Luke gritaba. Fergus mantuvo el arpón en alto para que los chicos en la orilla vieran al pez ondeando como una banderola, rociándoles de agua plateada y sangre.
Llevaron el pescado al campamento y Fergus lo abrió con la bayoneta y extrajo las vísceras con la mano. Envolvió el salmón en hojas mojadas y lo puso junto a las brasas para que se guisara. La carne era anaranjada y había suficiente para que comieran todos.