LA CURANDERA

El viento era frío. Molly bajó enseguida pero Fergus se quedó en cubierta, fascinado por las bandadas de barcos a vela que llegaban afanosos de embocar el río Mersey.

Cuando por fin bajó, encontró a Molly sentada en la litera y a la anciana aplicándole con una paja gotas de tintura en la lengua. La señora Coole, con los brazos en jarras, observaba la escena. El contenido del hatillo de la anciana —manojos de hierbas secas, frasquitos y botellas— estaba desperdigado sobre la litera.

—¿Qué pasa? ¿Qué le está dando?

—Una poción curativa. Una medicina para mujeres.

Molly arrugó la cara por culpa del sabor. La anciana le tocó la frente.

—Ahora la dosis tiene que llegar a su destino.

Molly abrió los ojos.

—Sabe a rayos, madre.

—Apesta. Sí que apesta.

—Tome.

Molly le dio un pellizco de tabaco como pago y se recostó, y la anciana empezó a recoger sus cosas.

—Soy muy conocida en mi país de Faha —se jactó—. Soy Brighid de Faha, pregunta por mí allí. Cailleach feasa, dicen.

Una pitonisa. Fergus se sentó en la litera.

—¿Estás enferma? —le preguntó a Molly.

—Sí —susurró—. Tengo el estómago revuelto, pero se me está pasando.

—Es el balanceo del barco, quizá. Te acostumbrarás.

—Quizá... ¡Oh, madre! —se quejó de pronto Molly, agarrándose el estómago.

—Deja que la poción haga efecto —dijo Brighid de Faha, cogiéndole la mano—. Te daremos una dosis cada pocas horas. Si quieres ayudarla, joven —le dijo a Fergus—, frótale los pies y los tobillos. Que esté caliente ahí abajo; el calor baja la sangre.

El barco cabeceaba y él oía los vómitos violentos de algunos pasajeros, y el hedor empezaba a impregnar el aire.

Desató las botas de Molly y empezó a frotarle los tobillos y los pies. Ella tenía los ojos cerrados; le brillaba la cara.

—En mi país de Faha vienen a verme —estaba diciendo la anciana—. Tengo una botella azul y veo por adelantado lo que no ha ocurrido si me pagan un chelín o dos libras de buena mantequilla. Y tengo las piedras curativas para sanar al cerdo...

—¡Bruja ignorante! ¡Una curandera es lo que eres! —replicó la señora Coole.

—¡Oh, no diga eso, señora! No hable de esa manera..., usted no me conoce.

Se pusieron a la cola mientras Blow, el capitán, repartía el rancho: media libra de harina de maíz, media libra de galleta y un pedazo de buey salado, con tres cuartos de agua fresca bombeada en los cubos o teteras. Los niños recibían media ración.

La anciana estaba detrás de ellos.

—Tenéis que empapar ese buey espantoso en agua fresca o la sal os quemará la boca —les advirtió—. Si os hace ampollas en los intestinos tendréis cagalera amarilla.

Coole estaba más adelante en la cola.

—¿Qué han organizado para cocinar? —Fergus oyó que le preguntaba al capitán.

—Esto no es un paquebote. Apáñenselas. Tendrán que adaptarse.

—Sí —insistió Coole—, pero ¿dónde están los fogones?

—Pondremos dos en cubierta. Tendrán una hora por la mañana y otra por la noche para cocinar las gachas, si el tiempo lo permite. Si veo algún jaleo alrededor de los fuegos, los mando apagar.

—¿Sólo dos fogones para doscientas personas?

—No me hable en ese tono, maldito irlandés rebelde, o se quedará sin fuego. Ahora váyase. ¡El siguiente!

En cuanto olieron el humo, los pasajeros cogieron sus cazuelas y ollas y subieron corriendo a la cubierta principal, donde había dos fogones humeando. Un marinero había rellenado de carbones y encendido con brasas rojas, traídas de la cocina, unas cajas de madera que tenían la forma y el tamaño de ataúdes, forradas de ladrillos y provistas de parrillas de hierro.

Los pasajeros asediaron los fogones, disputándose el espacio para cocinar. Fergus se disponía a sumarse a la disputa cuando Molly le tocó el brazo.

—Ni se te ocurra, chico, acabarás por los suelos.

Los marineros se reían de ellos. Hubo ollas volcadas, agua derramada y harina de maíz desparramada.

—Si me dejaran, yo arreglaría este desbarajuste en diez segundos —dijo Molly, frustrada.

—A una mujer nunca se lo permitirían —dijo la señora Coole.

—¡Fuera de los fogones! —El capitán apareció con un megáfono en la barandilla de la cubierta de popa—. ¡Largaos de ahí!

Los marineros bajaban cubos por la borda y los izaban llenos de agua de mar. Al apagar los carbones, un vaho blanco envolvió la cubierta y puso fin a los altercados; la gente tosía, se enjugaba los ojos y buscaba a sus hijos.

—¡Todos abajo! ¡Si no os comportáis, os tendré encerrados como a un cargamento de negros!

Blandiendo cabos manchados de alquitrán, algunos marineros empezaban a empujar a la gente escalera abajo cuando Molly llamó al capitán en la cubierta.

—¡Señor, déjeme organizar las raciones! Le diré cómo se hace.

El capitán era joven, con la piel sin curtir, sonrosada, y el pelo rubio. La miró con desdén.

—¡No me grites, arpía! Sé cómo manejar a una chusma irlandesa. Estarán muy mansos cuando tengan hambre.

—Sólo piden lo que es justo. —Su voz tenía la firmeza justa para ser convincente—. Divídanos en chozas; pongamos que seis literas forman una choza. El cocinero de turno recogerá las raciones y preparará las gachas para los demás. Así habrá en los fogones diez cocineros en vez de cincuenta, y no tendrá que preocuparse de si se pelean y vuelcan el fuego.

—¡Que vivan de galletas, a ver si les gusta!

—Sólo queremos las cosas bien hechas, cocer la harina en su punto. Nos mataría si la tomamos cruda.

—Ve abajo, señorita —dijo el joven capitán, con voz cansada—. Ya estoy harto de irlandeses.

—Estamos cruzando, ¿verdad? —susurró ella—. Dime que sí, hombre.

—Sí.

La anciana le había dado una dosis y ella había llorado un poco, pero ahora parecía aturdida, al borde del sueño. Él había cubierto la litera con una manta alemana. Para cenar había roído una galleta extraña y gruesa y algo de queso y cebollas, pero el estómago de ella no admitía alimento.

—Ni monstruos marinos —susurró ella—. No nos detendrán tormentas ni tristezas ni fiebre en el barco.

—No, ya no.

—Dios mío —susurró ella—, navegamos a América, Fergus, y nada se interpone en el camino.

Nada, excepto el mar.

Poco después se quedó dormida, pero él no pudo conciliar el sueño. Más de la mitad de los que yacían en la bodega estaban enfermos, y el aire de enfermedad era acre y repulsivo. Acostado, miraba la viga verde que enmarcaba la litera. Habían empotrado toscamente las literas en la armadura del barco, en sus cuadernas sólidas. Los pasajeros no formaban parte de aquel velero; eran una idea posterior, un engorro. Al capitán le asqueaban. Los marineros les trataban como a un rebaño.

Un rebaño habría sido más fácil de manejar, y además su venta habría sido lucrativa.

Crujieron los listones encima de su cabeza y oyó vomitar en un cubo a la señora Coole.

—Oh, dame un poco de agua, Martin —gimió.

—Toma, cariño —susurró Coole—. Déjame que te frote los labios un poco.

El hedor estancaba el aire.

Fergus retiró la manta y sacó las piernas fuera de la litera. Molly rezongó y se dio media vuelta, y él la tapó solícitamente con la manta. Cuando buscó a tientas la escalera, la única luz era la de un quinqué que se columpiaba de una viga. El suelo resbalaba, pero el vaivén del barco le emocionó: su energía y balanceo; llegó a lo alto de la escotilla y salió a la brisa fría e imponente.

La ley de los sueños
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