UN ASIENTO EN UNA CANOA

Se hizo la cama en el cobertizo del cabestrante en la cubierta de proa, pero no pudo dormir. La presión de la soledad chirriaba y aullaba entre las grietas y le mantuvo despierto.

Intentó recordar a los caballos de tiro pastando apaciblemente en los caminos los domingos. Pero no podía conciliar el sueño y al final salió del cobertizo y fue a la cocina, en la popa. Era la hora en que los vigías coincidían. El viento soplaba con regularidad y el cielo inmenso estaba tachonado de estrellas.

En la cocina había un montón de marineros bebiendo tazas de té con ron. El cocinero negro le tendió una a Fergus, que asió su calor con las dos manos, pidió fuego para prender su pipa y se fue a la borda a contemplar el chapoteo blanco del mar a lo largo del casco.

¿Por qué estar solo era tan difícil de soportar?

—He estado jugando a las cartas con nuestro capitán.

Alzó la mirada hacia la voz y Fergus vio al viejo Ormsby acodado en la borda de la cubierta de popa.

—Le he ganado dos libras al señor. —Tragó la última copa de líquido en un vasito y se lo guardó en el bolsillo—. ¿Te apetece un puro?

—No.

—Tendré que pedirte fuego.

Ormsby bajó ágilmente la escalera, con el puro sin encender entre los labios. Fergus le dio fuego y el viejo dio caladas hasta que la punta se tornó roja.

—¿Cómo estás esta noche, Fergus?

—Bien.

—¿Y abajo, qué tal están?

—Hay algunos enfermos.

—¿De mareo o de fiebre?

—No lo sé.

—No es buena señal la fiebre tan pronto en una travesía.

Fumaron en silencio. Veía brillar la punta roja del puro de Ormsby, oía el chisporroteo, olía el humo.

Ormsby no sabía nada de Molly, probablemente no la había visto nunca.

—¿Qué perspectivas tienes, Fergus?

—¿Qué quiere decir?

—¿Conoces a alguien? ¿Tienes amigos en América? ¿Tienes un oficio?

—El hacendado asesinó a mi familia. Se llama Carmichael.

Ormsby le miraba, inexpresivo, la cara como una máscara.

Decir la palabra asesinó fue como poner una lápida, dura y permanente, revelando la verdad de lo que les había sucedido. Fue una intensa satisfacción decirlo.

Ormsby seguía mirándole. Un hacendado él también.

Fergus rompió por fin el silencio.

—Sé de ganado. Sé un poco de caballos. He trabajado de peón. En el vertedero. Me gustaría tener un trozo de tierra.

—¡Ser peón no es un oficio! ¿Tienes algún capital? ¿Ahorros? Cada emigrante irlandés cree que tiene una granja en América, pero la agricultura exige un capital.

Fergus apenas le escuchaba. No conseguía pensar en América. Molly ocupaba todo su pensamiento.

—Tendrás que encontrar un sitio. América no es para los pobres. Podrías morirte de hambre en Quebec o Boston sin que nadie te pregunte quién eres. Es como en todas partes. En Canadá contratan a irlandeses para cortar madera, pero la temporada de trabajo en los bosques es en invierno. En primavera cierran todos los campamentos. Las fábricas de algodón en las haciendas de Boston pagan un dólar al día a los jornaleros, tengo entendido. De Quebec a Lowell o Manchester tardarías nueve días andando.

Se acordó de cuando abandonaron el campamento a lomos del caballo azul. El recuerdo se le atascó en la garganta y le hizo toser.

—¿Estás bien?

—Sí.

Ormsby dio un golpecito al puro y un rastro de ascuas se perdió en la oscuridad.

—Puede haber un puesto en la brigada de primavera.

—¿Un puesto?

—Un asiento en una canoa. No puedo prometerte nada más. Siete semanas de viaje duro desde Montreal a Rupert’s Land.

—¿Qué es una canoa, un púcán?

—Más o menos. Una canoa de carga es de corteza de abedul sobre cedro rojo, ensamblada con brea. Si haces el viaje conmigo y te presentas a la junta de la compañía, con referencias mías, te ofrecerían un trabajo de aprendiz.

—¿Por qué, señor? Usted no me conoce.

—El viaje es duro, te lo advierto. Un irlandés joven, sin dinero pero con cerebro y temple puede hacerse un hueco. Puede hacerse rico.

—¿Qué quiere, señor?

—¿Qué quieres decir?

—¿Qué quiere de mí?

La punta del puro emitió un resplandor rojo cuando Ormsby dio una calada y después exhaló una nube de humo aromático.

—¿Sabes jugar a las cartas?

Fergus movió la cabeza.

—Tendrás que aprender. A mí me gusta echar una partida cuando viajamos; ayuda a pasar el tiempo. La brigada de primavera: piénsalo, Fergus. Quizá te estoy ofreciendo tu fortuna. Quizá la muerte en los bosques. ¿Quién sabe? Voy a acostarme. Buenas noches.

Fergus volvió al cobertizo del cabestrante e intentó dormir, pero el silbido del viento le desvelaba. A la primera luz del alba olió el humo de los fogones y salió a gatas, entumecido y atontado.

La luz de la mañana era del color del hierro. Había nubes bajas y el mar en calma estaba grasiento.

¿Era la muerte lo que sentía en los huesos o sólo una noche destemplada? Tenía todo el cuerpo dolorido.

En la cubierta de popa, el capitán Blow vociferaba órdenes y los marineros de las dos guardias se debatían en las jarcias. No había mucho viento: oía cómo se hinchaban y crujían las velas. Cuando el viento era suave hacían mucho ruido inútil. Al endurecerse producían un sonido vibrante, de rasgueo, el sonido de la velocidad.

Vio a los marineros trepando palmo a palmo por las sogas. Los hombres en las jarcias recorrían las vergas sobre borlones —caballos— colgados debajo. Desde la extremidad de las vergas la caída al mar estaba despejada.

Sólo había unos pocos pasajeros en cubierta, cocineros de turno preparando el desayuno o gente que utilizaba las letrinas en la proa. Aunque el aire abajo era espantoso, casi todos evitaban subir a cubierta porque les aterraba el mar interminable.

Cuando estabas en la costa, el mar parecía tener una relación con la tierra. A bordo de un barco sabías que el mar era exclusivamente él mismo.

Ormsby apareció en su lugar habitual, la borda de la cubierta de popa.

—Llega el mal tiempo —anunció—. Espero que te hayas acostumbrado al bamboleo. Dentro de un rato empezará a dar bandazos. Quizá nos impulse un viento del otro lado. Cualquier cosa que nos saque de estas tinieblas. Dos semanas y no hemos visto Cape Clear. Nunca he tenido una travesía tan oscura.

Aquella mañana llevaba un gorro escocés y una chaqueta de terciopelo. Sin su abrigo de piel el viejo parecía menudo y fibroso, un hombrecillo arrugado que sorbía café de un tazón humeante, de olor acre y delicioso. Tenía una mata de pelo blanco y ojos azul claro. La cara, rosada, estaba recién afeitada.

—Prepárate una buena ración esta mañana. No creas que te permitirán encender un fuego mientras dure la tormenta. Y el capitán cerrará con clavos las escotillas si hay mal tiempo y la gente tendrá que sobrellevarlo como pueda en la bodega. Pero diles que no deben asustarse. El barco es sólido. Aguantará. Supongo que ahí abajo habrá unos cuantos que nunca han vivido una tormenta en el mar. Los irlandeses siempre han vivido de espaldas al mar.

El océano parecía bastante plácido, aunque más oscuro que de costumbre.

Veía arriba a los marineros recogiendo velas, reuniendo y agrupando lonas y enrollándolas en largos rodillos planos, azotaban las vergas con docenas de pequeños lazos.

—¿Has pensado en lo que te dije?

Había una sonrisa en los labios de Ormsby, pero sus ojos estaban evaluando.

—¿Ocuparás un asiento en la canoa para ver lo que el país te depara?

—No puedo ir con usted, señor, viajo con una chica.

Ormsby guardó silencio un momento.

—¿Viajas con ella ahora?

—Sí.

—No la he visto.

—Se queda abajo. Ha estado enferma.

Ormsby asintió y dio un sorbo de café, mirando al mar.

—Te deseo suerte, entonces. Espero que los dos desembarquéis con buen pie.

Intuyendo la desilusión de Ormsby, Fergus temió haberle herido, o incluso insultado, rechazando su oferta. El orgullo afila la decepción hasta el punto de convertirla en injuria, y Ormsby era orgulloso. Un viejo tan cáustico sabría cómo cortar.

Ormsby no lo había dicho, pero Fergus supuso que el hijo con nombres cambiantes —Muchos Caballos Grises, Daniel, Cielo Constante— había muerto. Si estaba buscándole un sustituto nunca lo encontraría.

Los vivos no reemplazan a los muertos. La idea les produce repulsión.

La ley de los sueños
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