V. El padre de Gabriela
Al día siguiente fue Diego a almorzar conmigo después de haber estado en el convento y conferenciado largamente con Gabriela acerca de mi llegada a Madrid, y del saludable cambio que se advertía en mis ideas y sentimientos.
La noble joven lo había oído con inmenso júbilo y sin esforzarse ya por disimular el amor que me profesaba; pero había insistido en que era necesario que me abstuviese de intentar verla y de acercarme al convento hasta que su padre llegase de Aragón.
«—Dígale usted —había manifestado por último— que quedo dando gracias a Dios por haber escuchado mis oraciones y tenido piedad de un alma que siempre me fue tan querida. Dígale usted que no me considere como el término de sus esperanzas y anhelos de ventura, sino como una compañera de destierro que se complacerá en llevarlo de la mano, al través de este valle de lágrimas, a la verdadera felicidad, que es Dios. Dígale usted, en fin, que a pesar de todo el amor que le tengo, y aun después de casarme con él (suponiendo que el cielo así lo disponga), siempre me conceptuaré sierva de Dios antes que esposa suya, y que, si se me pusiese a optar entre uno y otro deber, preferiré servir a mi Eterno Padre.»
—Dile cuando la veas… —respondí con tanto fervor como mansedumbre—, que acepto sus condiciones; que, ayudado de ella, me atrevo a responder de mí, y que dejo a su misericordia el no privarme ya mucho tiempo de su dulce compañía. ¡Dile que estoy muy solo en esta triste vida!
Diego me miró profundamente, y exclamó:
—¡Yo mismo te desconozco y te creo! ¡Diga lo que quiera Gregoria, tu curación ha sido radical!
Traída a colación Gregoria tan fuera de tiempo, ya no se volvió a hablar de Gabriela. Eran dos conversaciones incompatibles. Eran dos figuras que se proscribían mutuamente.
Habló, pues, Diego de su mujer con aquel febril entusiasmo que él acostumbraba, y que parecía hijo de una duda propia o refutación anticipada de temidas objeciones ajenas…
—¡Qué feliz me has hecho anoche! —díjome, resumiendo—. El agrado y la admiración que te produjo Gregoria, y de que diste tan claras muestras, duplicó a mis ojos su mérito y aumentó en la misma proporción mi felicidad… ¡Parecíame que anoche era cuando verdaderamente me casaba!
—¿Y ella? ¿qué dice? —le pregunté con afectada cordialidad.
—Ella cavila todavía… ¡Ya se ve! ¡No te conoce tanto como yo; y, por otra parte, recuerda con inquietud todo lo que le tengo contado de tu descontentadizo gusto en punto a belleza física y de tus antiguas herejías respecto de la perfección moral! Así es que esta mañana me decía con una franqueza de ángel: «¡Es muy difícil que Fabián no desprecie a una pobre mujer de bien como yo!… Además, tu amigo no podrá perdonarme nunca el que le haya robado parte de tu alma. De todo lo cual… deduzco que tardará mucho tiempo en llegar a transigir conmigo, si ya no es que se dedica o contribuye indeliberadamente a hacerme desmerecer en tu concepto.» ¡Figúrate lo que le habré respondido! En resumen: la he dejado mucho más tranquila, y esta tarde quedarán ratificadas vuestras amistades.¡Es tan buena!… Desde anoche no piensa más que en la comida de hoy, a fin de que todo esté en regla y no eches de menos la mesa de los Grandes de España ni los restaurants de París y Londres… ¡Va a tirar la casa por la ventana!
Paso por alto la descripción de esta malhadada comida, ridículamente aparatosa, en que hubo de todo menos cordialidad y regocijo, por más que los tres aparentásemos estar contentos… Omito las duras reprimendas de Gregoria a la criada, cada vez que ésta delinquía, a juicio de aquélla, contra las reglas de la buena sociedad en el modo de servir la mesa, de presentar los platos o de nombrar las cosas que habían llevado de la fonda y que la pobre Francisca nunca había visto… Tampoco haré mención de las mil impertinentes interpelaciones y excusas que me dirigió la mujer de mi amigo para demostrarme que sabía anticiparse a críticas y censuras que maldito si a mí se me estaban ocurriendo, o para hacerme creer que ella no envidiaba nada de lo que no había en su casa, ni tenía que aprender cosa alguna de los aristócratas más elegantes, ni se creía inferior a mí en buen gusto, ni a Gabriela en virtud, ni a Carlo Magno en majestad, ni a Sócrates en sabiduría. ¡Sólo a fuerza de fingida humildad, de cortés indulgencia, de estrepitosos aplausos y de risas de aprobación conseguí evitar más de una peligrosísima polémica, impidiendo al propio tiempo que Diego notase lo muy mortificado que yo me hallaba y lo desagradabilísima que me iba siendo su esposa!
Así y todo, mi amigo, aunque sin darse cuenta de la causa, sentíase mal, en medio de la satisfacción que le proporcionaban mis constantes elogios a su mujer, y no bien terminó la comida, me propuso que saliésemos un rato a vagar por las calles, según nuestra antigua costumbre, y a respirar el aire de la noche. Vine yo en ello sin resistencia alguna, lo cual no le supo muy bien a Gregoria, por más que intentase disimular su despecho, y un momento después la dejamos sola y defraudada en aquel teatro de sus recientes triunfos…, ¡demasiado fáciles y breves para que pudieran lisonjear su desmedido amor propio!
Dicho se está que, tan luego como nos vimos solos, se restableció la confianza, o sea la comunicación, entre Diego y yo, y tornamos a probar la alegría y la dulzura de nuestras antiguas pláticas; y tanto fue así, que no nos separamos hasta la una de la noche, hora en que mi amigo tomó la vuelta de su casa, más prendado de mí que nunca, y no sin decirme reiteradamente al tiempo de despedirse:
—¡Que nos veamos mucho, Fabián! Estoy enfermo del cuerpo y del alma, y te necesito. ¡No me abandones, no!… Me he acostumbrado a creer que me perteneces como el hijo a su padre, como el esclavo a su señor; y prefiero morir, o matarte, a consentir que te emancipes y me dejes solo…
¡Y mientras pronunciaba estas atroces palabras, el cuitado se sonreía, como para atenuar su gravedad e inducirme a reconocer tan pavorosa deuda!
Pasó una semana, durante la cual no volví a casa de Diego, bien que Diego fuese diariamente a la mía. La necesidad de hacer algunas visitas oficiales en mi calidad de secretario de Legación, y el arreglo de mi casa y de mis negocios, abandonados durante tan larga ausencia, explicaban y disculpaban suficientemente mi conducta a los ojos de Diego; pero la verdadera razón de mi retraimiento era la profunda antipatía que me causaba su mujer, antipatía que iba ya rayando en odio.
Así las cosas, llegó a Madrid don Jaime de la Guardia.
Diego y yo salimos a esperarlo. El noble viajero nos abrazó a los dos cordialísimamente, y, tanto aquel generoso arranque de benévola confianza como su hidalga, hermosa y respetable figura, me cautivaron y subyugaron desde luego.
Personifique usted en un hombre como de cincuenta y cinco años, muy arrogante y fuerte todavía, la gentileza y sencilla majestad de Gabriela, y formará juicio del caballero aragonés. Sus ingenuos ojos y puras facciones recordáronme mucho la belleza de mi adorada, cuyo clásico rostro me parecía contemplar, no ya modelado en suave cera, sino esculpido en bronce y algo agigantado…
¡Por lo demás, no pude menos de sentir amarguísimos remordimientos al verme abrazado con tan confiada efusión por un hermano del digno general cuyas canas había yo mancillado inicuamente!
—Gabriela me ha prohibido —díjome don Jaime, del modo más afectuoso— tratarle a usted como a un yerno, o sea como a hijo de mi alma, hasta que ella me consulte no sé qué cavilosidad o escrúpulo de monja…, ¡que luego resultará la nada entre dos platos! Y como Gabriela es la dulce tirana que nos gobierna a todos, no tengo más remedio que obedecer sumisamente… Hasta la noche, pues, amigo mío… Hágase usted cuenta de que no nos hemos abrazado todavía.
Y, así hablando y abrazándome nuevamente, se marchó con dirección al convento.
Yo le dije entonces a Diego, lleno de angustias:
—¿Irá a referirle Gabriela a su padre mis amores con la Generala?
—¡De manera alguna! —me respondió mi confidente—. Ya te he dicho que entre la abadesa y el confesor de la joven y yo hemos convenido en la fórmula con que se ha de resolver tan espinoso caso de conciencia. Gabriela le preguntará hoy a su padre: «¿Perdona usted a Fabián incondicionalmente todas sus pasadas culpas? Por enormes que éstas sean, y por mucho dolor y repugnancia que a usted le causen las que con el tiempo pueden llegar a su noticia, ¿no se arrepentirá usted nunca de haberlo perdonado, como yo lo perdono?» Hablando así, Gabriela no escandalizará ni afligirá el ánimo de su padre; no fomentará tampoco tu difamación y la de Matilde (lo cual sería un pecado mortal), ni menos podrá ser acusada en tiempo alguno de haber desconocido que don Jaime de la Guardia tenía algo que perdonar a Fabián Conde antes de llamarlo su hijo…
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—¿Y Gabriela aceptó semejante expediente? —prorrumpió el jesuita con inusitada violencia.
—Sí, señor.
—¡La desconozco!… ¡Perdóneme Dios si no estoy en lo justo; pero estimo que Diego, la madre abadesa y el mismo confesor aconsejaron a la joven una mala cosa! Si no hubiese Gabriela de aprovechar en beneficio de su amor el perdón que, por medio de reticencias, le pedía a su digno padre, en buena hora le ocultara que usted había contribuido al deshonor de un individuo de su familia… Mas aquella liga de egoísmo y de caridad, de interés y de abnegación, constituye un verdadero fraude a los ojos de la conciencia, y, por consiguiente, a los del Supremo Juez que está en los cielos… ¡Mucho ama Gabriela a usted cuando su luminoso espíritu de santa no reparó en esta sombra de pecado!
—¡Pobre Gabriela! —gimió Fabián.
Y, viendo que el padre Manrique no añadía cosa alguna, sino que meneaba la cabeza de arriba a abajo y apretaba la boca, como quien, lleno de dolor y asombro, toma la resolución de no hablar, continuó diciendo por su parte:
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—Aquella noche fui a ver a don Jaime en compañía de Diego.
El noble aragonés me recibió en sus brazos, exclamando con aquella sana alegría que me recordaba la niñez de Gabriela:
—¡Vamos…, hombre! ¡Pídame usted la mano de la muchacha!
—¡Padre de mi vida! —le contesté.
Y rompí a llorar como lloro ahora… ¡Huérfano y solo durante tantos años, era aquélla la primera vez desde que murió mi madre, que encontraba el dulce amparo de la familia y la augusta sombra de la autoridad paternal!
—Desde mañana… —continuó don Jaime, cuando hubo dominado la muda emoción que le produjo mi llanto—, desde mañana empezaremos a arreglar los papeles y dentro de un mes se verificará el casamiento. No puedo dedicar a ustedes ni un día más. Hago mucha falta en mi casa; sin contar con que este pícaro Madrid no me ha gustado nunca.
Poco más referiré a usted de lo mucho que hablamos aquella inolvidable noche, la única de mi vida que me he considerado verdaderamente feliz… ¡Ardo ya en deseos de terminar, y marcho derecho al desenlace de todas las historias referidas!
Diego y yo comimos con don Jaime en su fonda, pues fueron inútiles todas mis súplicas de que se hospedase en mi casa…
—Te hablaré de tú, si quieres, desde ahora mismo… —me respondió con singular donaire—; pero déjame aquí a mis anchas…
Y, como yo insistiese en mi ruego, puso fin al asunto con estas inapelables palabras:
—¡No te canses! ¡He dicho que no, y soy aragonés! Lo que sí te pido es que vengas a verme todos los días y a todas horas…, para luego hablarle mucho de ti a mi mujer, que me abrumará a preguntas…
—Pues en ese caso… —exclamó Diego, cuyo semblante y tono de voz expresaban hacía ya rato algo muy parecido a celos, o a la envidia que siente un niño hacia el nuevo hermano que viene a robarle caricias paternas—; en ese caso, yo, que ahora no les hago a ustedes falta alguna en Madrid, me marcharé mañana a Torrejón, donde tengo que arreglar algunos negocios. Dentro de dos domingos estaré de vuelta.
«El domingo que viene estaré de vuelta», entendí yo… Pero, según me han explicado después, su frase fue la que he dicho anteriormente.
El día en que ocurría aquella conversación era también domingo… Y especifico estas cosas por la funestísima importancia que les ha dado luego la fatalidad…
—Va usted a saber —dije a don Jaime, en lugar de responderle a Diego— la causa del viaje de nuestro amigo…
—¡Cuidado con lo que hablas! —prorrumpió el hipocondriaco, temiendo que hubiese yo traslucido y fuera a revelar lo que su pobre corazón sentía.
—Este modelo de amigos generosos… —proseguí, sin hacerle caso— va a Torrejón de Ardoz a vender ganado y trigo, a fin de reunir dinero y desempeñar espléndidamente su papel de padrino de mi boda. Porque… ¡ya se ve!…, como es un señor casado, no puede meter la mano en mi caja… ni dejar de hacerme ciertos regalos. ¿No es así, mi buen Diego? ¡Con franqueza!
Diego se echó a reír cariñosamente, y me estrechó la mano como pidiéndome perdón.
—No digo mi hacienda… —exclamó al mismo tiempo—: ¡toda mi sangre daría por tu felicidad!
—¿Lo está usted viendo? —repuse yo—. ¡Siempre ha sido así!…
—¡Qué! ¿Te parezco mal? —replicó, volviendo a nublarse.
—¡No, hombre, no!… ¡Al contrario! Te permito que te arruines… ¡Haz cuanto quieras por mí!… Todo le parecerá poco a mi cariño… —le contesté acariciándolo.
Don Jaime tendió también la mano a Diego en muestra de gratitud, y le dijo:
—Espero que a su regreso de Torrejón tendrá usted la bondad de llevarme a su casa y presentarme a su señora. Deseo mucho conocerla y tratarla.
—Será un honor muy grande para ella —contestó Diego, recobrando por completo la alegría.
Y se puso a tararear y a dar vueltas por el cuarto como un chico que se desenoja de repente.
—Ya había yo conocido cuando estuvo en Aragón —díjome entonces al oído el buen don Jaime— que este hombre era muy hipocondriaco. ¡Todo cuidado es poco para tratar con él!… De la hipocondria a la locura no hay más que un paso.
Tales fueron, en resumen, los incidentes más notables de aquella conversación.
Por lo demás, y para colmo de ventura, al llegar a mi casa me encontré con esta carta de Gabriela:
«Fabián:
»Mi padre te ha perdonado todo el mal que puedes haber hecho en el mundo hasta contra su propia persona.
»Yo… ¡no tengo que decirte cuánto te amo!
»Sin embargo, no vengas a verme hasta el día de nuestro casamiento… No me escribas tampoco… Déjame a solas con Dios todo el tiempo que aún he de permanecer en esta santa casa. Yo no debo entenderme contigo hasta el instante en que, a la vista de esta comunidad de hermanas mías, en la propia iglesia de este convento, al pie del altar, mi padre y Diego te presenten a mí, para que mi confesor bendiga nuestro enlace, declarando en nombre de Dios que es tu esposa,
GABRIELA.»
¿A qué misterioso presentimiento, a qué seráfica intuición obedecía ese singular empeño de mi adorada de no verme ni oírme hasta el instante mismo de la celebración de nuestro matrimonio? ¿Adivinaba que éste no se celebraría nunca? ¿Sospechaba todo lo que ha llegado a suceder? ¿O procedía tan sólo por un resto de terquedad y rencor, acordándose todavía del cruel desengaño que recibió aquella tarde infausta en que me llamó suyo junto a las rejas de los jazmines?
¡No sé!… Lo único que veo ahora es que en aquello, como en todo, Gabriela procedía con maravilloso instinto… ¡Dijérase que olfateaba la tempestad que no tardó en rugir sobre nosotros, y que ya ha tronchado todas las flores de mis esperanzas!
A la mañana siguiente se marchó Diego, según que nos había anunciado. ¡Marchóse, sí, tan cariñoso conmigo como siempre, y completamente seguro, a mi juicio, del amor fraternal y de la inextinguible gratitud que le profesaba mi alma!… ¡Sin embargo (¡ah!, ¡esto es espantoso!), aquí da fin la historia de nuestra amistad, y cuando, dentro de poco, vuelva a aparecer en escena aquel desgraciado, ya no verá usted en él al tierno y solícito camarada de mi vida, sino al arcángel exterminador encargado de darme la muerte!