Adarga y moharra
ADARGA Y MOHARRA
La adarga era el escudo moro por antonomasia. De concepción muy distinta al escudo cristiano de la época, estaba hecha mediante capas de cuero endurecido y superpuestas, lo que le daba una gran liviandad. Su forma era de corazón, de modo que la doble curvatura superior y la hendidura intermedia atrapaban con facilidad los golpes de las armas enemigas.
Moharra es toda la parte metálica de una lanza. Esto es, tanto la cuchilla como el cubo en el que se encaja el asta.
Galopaban entre los árboles, escaramuzando con los zenetes. A la cabeza, Vega, lanza en mano, con la sobreveste negra flameando. A su izquierda, el de Sangarrén con la bandera e, inmediato a él, Ruiz. Blaylock detrás de ellos, con el capacete y el tabardo azul de estrellas blancas, situado de tal forma que con el rabillo veía a los dos navarros a la derecha y a un par de cuerpos de caballo detrás del enlutado.
Corrían atentos a las rocas, a las raíces, a los desniveles y por supuesto a los enemigos que a su vez galopaban con largos ululatos, blandir de lanzas y ondear de mantos. Procuraban evitar los choques, pues estaban allí para provocarlos y no para combatir. Para amenazarlos por la espalda y obligarlos a aliviar la presión sobre las compañías de a pie.
Compañías que, como temían, habían cruzado el río en pos de partidas zenetes que se retiraban ante ellos en desorden. Desorden que era pura artimaña. Solo lo escabroso del terreno los salvó del exterminio. Incluso así, cuando los moros se revolvieron contra ellos, dejaron gran número de muertos en el campo. El escocés, en la cabalgada, pudo ver cuerpos caídos y dispersos. Acertó también a divisar entre las frondas a fugitivos que trataban de escapar a los aceros benimerines. Los veía correr, oía sus gritos. Pero para todos los efectos era como si estuvieran al otro lado del mundo.
A la carrera, fingiendo atacar, volviendo grupas cuando los zenetes salían a combatirlos, el escocés tenía visiones fragmentadas de lo que estaba ocurriendo. Las compañías de baldíos, como les tildaban los fronteros, se habían refugiado en unos relieves del terreno algo al oeste de donde les atacaron los jinetes. Gracias a los taludes, los afloramientos de rocas y los árboles resistían tras escudos de cruces negras sobre blanco. Los benimerines hacían cargas, disparaban dardos. Ellos blandían hierros, daban voces, tiraban piedras para espantar a los caballos.
La hueste negra no estaba sola en la arboleda. Coronel había cumplido su palabra y enviado a cuantas pudo. Ahí estaban todas al galope, cada una por su lado, en un juego mortal de amagar, de tratar de sorprender sin ser sorprendidos. El sol caía a plomo entre los fresnos, centelleaban las armas en claro, flameaban los pendones como manchas de color en las frondas y los gritos broncos de guerra se alargaban con ecos entre los troncos.
De golpe se vieron ante una cuadrilla de zenetes que venía de frente a rienda suelta. Demasiado cerca ya para darse la vuelta, so pena de ser muertos por la espalda. Así lo entendió Vega, que agitó su lanza.
—¡A ellos! ¡A ellos! —gritó con esa voz de campana que le salía por la visera.
Chocaron a velocidad endemoniada. La impresión era la de que los benimerines llegaban en alas del viento. Blaylock se inclinó sobre el cuello de su bayo al tiempo que tendía la lanza. Por entre las crines alborotadas, vio a un enemigo de manto azulado que cargaba contra él ululando y volteando su espada.
Azuzó al bayo a la par que tiraba de riendas para irse a la derecha. De reojo veía a sus compañeros al galope desplegados. La silueta negra de Vega, las sobrevestes blancas de los demás. El ondear enloquecido de la bandera negra.
Los árboles hacían difíciles los choques. Impidieron de hecho los de Vega y el de Sangarrén con enemigos que les venían de frente. No fue el caso de Blaylock, que vio por entre las orejas de su caballo cómo se le echaba encima un rostro fiero de barbas negras, con casco envuelto en turbante azul. Evitó el espadazo y su lanza pasó raspando la adarga enemiga.
Hizo dar la vuelta a su caballo. Pero los benimerines, pese a ser más, no habían hecho lo propio, sino que seguían su carrera entre los árboles. Su primer impulso fue perseguirles, pero le contuvo con voz bronca el de Sangarrén.
—¡Quieto, escocés! ¿Quieres morir como murió tu señor?
Esa intimación le hizo sofrenar al caballo. Lanzó una ojeada atrás, a ese varón rudo de barba áspera, capellina y bacinete de hierro que portaba la bandera negra. Volvió luego la mirada a los que huían al galope entre ululares y con los mantos ondeando. Sí. Escapaban para provocar una persecución. Para luego volverse y lancear a los imprudentes.
El de Sangarrén se le acercó con el ruano al trote. Reía ahora.
—Calma, joven, calma. ¿Tienes ganas de pelea? No te apures. Hoy la vamos a tener de sobra.
Echó un vistazo a través de los árboles. Desde allí entreveían a los de a pie parapetados tras sus escudos y a los benimerines galopando en círculos y en cargas. El escocés se pasó el dorso del guantelete por el rostro.
—Aguantan.
—Claro que aguantan. Esos solo tienen en esta perra vida su pellejo, así que lo venden caro. Pero, como no vengan pronto los jinetes del rey, de ahí salen todos con los pies por delante.
—Y nosotros también —gruñó Ruiz al pasar con su caballo.
Resonó un toque largo de bocina por entre los árboles. Ruiz volvió el rostro rubicundo en dirección al sonido.
—¡Por la Cruz! Si antes lo digo…
Los otros dos se giraron sobre las sillas. Otras huestes, a derecha e izquierda, estaban pasando la alarma a voces. Venían más moros y esta vez en gran número.
—¡A ellos! —volvió a gritar Vega.
El de Sangarrén ocupó su puesto a mano izquierda, con la bandera negra. Y se desplegaron para otra carga a través del arbolado.
El escocés conservaba su lanza. Otra vez inclinado sobre las crines al viento, volvió a tener la sensación de que se le acercaba un enemigo a una velocidad de magia. Solo que en esa ocasión no cruzaron armas. A muy poca distancia, cuando ya el escocés apretaba muslos contra la silla, aprestaba escudo y agachaba la cabeza para proteger el rostro con el ala del capacete, el bereber desapareció.
Desapareció. Estupefacto, el escocés giró la cabeza sin aflojar la carrera. Una ojeada rápida que le mostró que el corcel del zenete había tropezado y caído, lanzando a su jinete por los aires. Este yacía desmadejado. Debía de haberse partido la espalda contra las rocas. Su caballo, por el contrario, se había levantado y corría desbocado entre los árboles.
La atención del escocés se fue a otro lugar. Por tierra también yacía Ruiz. Los benimerines, según su táctica de costumbre, no habían dado la vuelta para pelear y seguían su carrera. Y uno de ellos se llevaba de las riendas el caballo de Ruiz, entre alaridos de victoria.
Vega bajó de un salto para acudir junto al caído. Los navarros habían llegado antes. Beaumont había desmontado, en tanto que Abarca seguía sobre la silla, atento y con la lanza presta.
Entre el enlutado y el navarro dieron vuelta al cuerpo. Tenía el rostro lleno de babas sanguinolentas. Había recibido un lanzazo en la garganta y debía de haberse ahogado con su propia sangre.
—¡Subidlo a mi caballo! ¡Subidlo! —urgía Abarca, que era el de montura más fuerte y de mayor alzada.
Entre los otros dos auparon al cadáver para dejarlo atravesado delante. El aragonés señaló con la moharra de la bandera. Por la arboleda llegaban ya gran número de jinetes con cruces —muchas negras, algunas rojas— sobre vestes blancas. Se oían sus gritos y el estruendo de la galopada.
—Los del rey.
El escocés asintió. El otro señaló con la cabeza al cuerpo sobre el caballo de Abarca.
—Desde luego, para él ya llegan tarde.