15:23 horas

 

—José Luis, tú deberías quedarte aquí —indicó Ramón.

Estaban frente al portal del edificio donde les constaba que residía José Campos Brufull, pesquisa con la que quisieron comenzar.

—Subiremos ella y yo mientras nos informas si alguien entra o sale de la finca —gesticuló al mostrarle el teléfono móvil.

—Al menos dejadme el paraguas —aceptó guasón.

Ramón cotejó otra vez el número del edificio con su bloc de notas. La fachada tomó una misteriosa tonalidad anaranjada por los rayos solares que en ese instante se colaron entre nubes rotas.

Evelyn pulsó el timbre del interfono.

—Déjame hablar a mí —susurró—. Es preferible una voz femenina.

Al cabo de unos segundos alguien respondió al otro lado.

—¿Diga?

—¿La señora Lucía Plantada?

—Yo misma. ¿Quién es?

—Policía. Abra por favor.

—¿Po-po-policía? ¿Qué... qué...? —tartamudeó.

—Es un mero trámite sin importancia, señora. Abra por favor.

Sonó el zumbido del dispositivo de apertura y ambos entraron como un rayo.

—Tú por el ascensor. Yo subo a pie —dijo Palau con el fin de controlar una posible fuga.

Llegó entre jadeos tras subir a la carrera las escaleras hasta el cuarto piso. Evelyn aguardaba en el rellano. No funcionaba el pulsador, así que llamó quedamente con los nudillos contra la hoja de la puerta.

—Un momento, señora policía, es que estaba indispuesta... Un momento, por favor —insistió la misma voz desde el interior.

Tras una dilatada espera, apareció una mujer. Le mostraron sus respectivas placas identificativas mientras examinaban su aspecto: de estatura por encima de la media y con cierto sobrepeso, su edad aparentemente se situaría alrededor de los sesenta. Bajo el mentón, destacaba en su piel una mancha oscura, posiblemente de nacimiento. A pesar de tan tardía hora, estaba sin arreglar. Vestía pijama por debajo de una bata de boatinérosada que cerraba con la mano que le quedaba libre.

—Disculpen la espera —dijo con un ligero rubor— y el estado en que los recibo.

—¿Señora Lucía Plantada? ¿Es usted? —quiso confirmar Evelyn.

La mujer asintió inquieta.

—Mi nombre es Evelyn Rivali —se presentó ya dentro del vestíbulo—. Él es Ramón Palau, sargento de policía.

Palau le extendió la mano y la observó de nuevo. La expresión cansada de su cara, la falta de brillo en su mirada y el tono monocorde de sus palabras le sugirieron que tal vez, como mujer maltratada, se hallara inmersa en un cuadro depresivo.

—¿Ocurre algo? —preguntó preocupada.

Ambos negaron para sosegarla.

—Nada importante, una mera comprobación.

Palau examinó la estancia. El ambiente era sombrío y el aire estaba tan enrarecido que incluso olía mal. La ventana del recibidor estaba cerrada, y por ella se filtraba una evanescente iluminación grisácea que provenía de lo que debía de ser un patio de luces. La decoración era directamente casposa y las paredes estaban empapeladas con papel de un diseño rancio, recargadas de cuadros que representaban motivos faunísticos, sin aparente valor. El centro del techo lo gobernaba una lámpara de bronce ennegrecido de cinco brazos, con alguna de sus bombillas fundida sobre cilindros de plástico que simulaban velas lagrimeadas y que apenas se sostenían verticales. Un pasillo corto se abría a la derecha, también oscuro.

—Señora —dijo Palau y miró en derredor—, ¿está su marido en casa?

—No, no está. ¿Qué ocurre? —preguntó tensa.

Palau clavó los ojos en los de ella.

—Ya —respondió esquivo—. ¿Dónde podemos encontrarle?

Cabizbaja y compungida respondió:

—Quién sabe. ¿Qué ha hecho esta vez?

No respondieron.

Palau advirtió que la señora Lucía ladeaba sutilmente la cabeza, como en un vano intento de esconderse. Advirtió que tal vez evitaba que se viera el lunar que destacaba bajo la barbilla de la mujer.

—Díganme agentes, ¿qué ocurre? —insistió sin poder reprimir un ligero temblor.

—¿Está segura que no sabe dónde se encuentra su marido? —quiso saber el sargento.

—No tengo ni idea. Aunque parezca extraño, no lo sé. A veces... a veces se marcha y vuelve al cabo de uno o dos días. Sé que suena raro, pero siempre ha sido así... —rompió en un lamento.

Intencionadamente, ambos policías callaron y se sucedió otro lapso de tiempo incómodo. A Lucía le invadió el nerviosismo:

—Se lo ruego, díganme, ¿qué quieren de él? —exigió y se llevó una mano a la boca.

—Tranquilícese, señora, si estamos aquí es para ayudarla. ¿Ni tan solo tiene una idea de dónde puede estar su marido? —preguntó Evelyn.

La señora Plantada negó con la cabeza.

—Señora, ¿nos permitiría...? —solicitó el sargento escrutando el extremo del pasillo.

—Por supuesto, ¡qué desatención la mía! Disculpen y pasen.

Con un gesto hizo que la acompañaran hasta el salón. Palau intuyó cierta falsedad en la invitación. Percibió claramente que no se sentía cómoda con ellos allí.

—Discutimos —dijo cabizbaja mientras andaban a través del pasillo— y, como suele ocurrir, se marchó de un portazo. Nunca me dice dónde va o de dónde viene. ¿Quieren tomar algo?

Ambos rechazaron el ofrecimiento.

—No, gracias. ¿Por qué discutieron?

—Si les he de ser sincera, ni lo recuerdo. Demasiados años casados...

—¿Cuándo tuvieron esa discusión? —quiso saber Palau mientras la mujer les indicaba que tomaran asiento en el tresillo.

Tras pensarlo, respondió dubitativa:

—El martes... Creo que fue el martes por la mañana. Imagínese, ahora caigo en la cuenta de que ya lleva dos días fuera. Seguro que vagando por ahí hasta que vuelva con la ropa con olor a tabaco, a alcohol y a mala vida. Pero esta vez... —extrajo un pañuelo del bolsillo y se sonó— no sé, esta vez no sé si volverá. Fui desconsiderada con él, no estuve a la altura. Pero, por favor, siéntense—. A Lucía se le humedecieron los ojos—.

No han contestado a mi pregunta —se quejó.

Ellas se sentaron en el sofá. Palau se quedó de pie. Escrutaba la estancia en todos sus detalles. Más ventanas cerradas con persianas bajadas y cortinas corridas. En el interior de una vitrina se exponían, como auténticos tesoros, una vieja cristalería, una vajilla de porcelana y todo tipo de figuritas y souvenirs horteras. En el rincón, una antigua cómoda con un retrato en el centro de su superficie, rodeado de velas y figuras de santos. Cerca, un búho disecado. Como un relicario. Dos sillas, una a cada lado, flanqueaban la cajonera, gobernada por una cornucopia de recargado diseño. Palau se dirigió lentamente hacia allí, tomó el portarretrato y lo examinó.

Lucía al percatarse, se aclaró la voz y quiso explicar:

—Recuerdos. Ese es mi abuelo —dijo orgullosa—, y yo, la niña que sujeta con la mano, frente al museo.

Palau asintió repetidamente y se vio reflejado en el espejo. Tomó otro retrato entre sus manos.

—Ahí estamos Pepe y yo de jóvenes, en el pueblo.

—Bonito... ¿Qué pueblo es?

—Porqueres. Ambos nacimos en Porqueres, en el Pla de l'Estany, ¿lo conocen?

El sargento negó con seriedad. Esa información coincidía con lo que constaba en el dossier que le había facilitado el cabo Brugal.

—Señora —dijo Evelyn con voz suave—, tenemos suficientes indicios para pensar que usted podría encontrarse en peligro.

—¿Peligro? ¿Yo? ¿Por qué? —dijo irguiendo la cabeza y mostrando desasosiego en su expresión.

Palau lo vio ahora con claridad y preguntó:

—Señora Plantada, ¿cómo se hizo eso? —y señaló el hematoma de su pómulo que había intentado ocultar hasta ese momento. Al verse descubierta, desistió de mantener por más tiempo la posición forzada del cuello.

—No tiene la más mínima importancia —intentó minimizar—. Fue un accidente con la puerta de un armario de la cocina. Ahora, por favor, respondan de una vez: ¿qué quieren de mi Pepe?

—Señora Plantada —intervino Evelyn en tono dulce—. Se lo repito: si estamos aquí es para protegerla. Queremos saber la verdad. Ese golpe se lo propinó su marido, ¿no es así?

Lucía evitó sostenerle la mirada y gimoteó sin responder.

—Ayer, hacia el mediodía, vinimos para advertirla, pero no hallamos a nadie en casa. ¿Dónde estaba usted? —quiso averiguar Palau.

—¿Ayer? —se mostró sorprendida—. No me moví de aquí... ¡Ah! Ya entiendo. Estuve en cama. Sufro jaquecas. Aún no estoy del todo bien, por eso me ven en este estado y vestida así. Seguro que no les oí. —Se levantó con determinación—. Ahora les exijo que me den explicaciones de lo que está pasando.

Evelyn la tomó del brazo y la conminó a sentarse de nuevo, a lo que no se opuso.

—Seguimos una línea de investigación y su marido podría aportarnos datos importantes. Debe confiar en nosotros. —Se tomó un respiro, antes de dejar de dar rodeos y preguntar de forma directa—: ¿Conoce usted a la señora Manuela Ponts?

—Pu-pu-pues claro —tartamudeó desconcertada—. ¿La zapatera? Somos amigas. ¿A qué viene eso?

—Tal vez no lo sepa, pero la señora Ponts interpuso una denuncia contra su marido.

—¿Su marido? ¡Si es una gran persona! Y tienen dos chavales guapísimos.

—No me he explicado bien. La señora Ponts interpuso una denuncia contra el marido de usted —y la señaló sutilmente—. Se trata de una denuncia por malos tratos, señora, la denuncia que usted, por alguna razón, no osó cursar.

Silencio.

Palau hizo ademán de leer un documento que sacó del bolsillo interno de su cazadora. Lo leyó en voz alta:

—«Todo indica por una reciente conversación entre la denunciante y la señora Lucía Plantada, que el marido de esta propinó a su esposa, doña Lucía, un fuerte puñetazo en la cara, lo que le provocó una hinchazón alrededor del ojo derecho, no siendo esta la primera vez que es agredida por su marido. Al observar la pasividad de doña Lucía, la denunciante tomó la iniciativa de denunciar la agresión ante la Oficina de Atención a la Víctima de Violencia de Género». —Palau fijó su mirada en el semblante alicaído de Lucía—. Reconózcalo, señora, su marido es el autor de ese moratón.

—Me matará... —dijo y estalló en un sollozo.

Evelyn le proporcionó un pañuelo de papel.

—Sí, la señora Ponts fue para usted una buena amiga —pronunció él.

—¿Co-co-cómo? —preguntó turbada—. Es muy buena amiga. ¿Por qué lo dice en pasado? ¿Qué ocurre? ¡Por Dios!

Le sobrevino un ataque de angustia, por lo que Evelyn le tomó las manos.

—Señora, ahora debe ser fuerte. Míreme a los ojos —exigió—. La señora Ponts ya no está entre nosotros.

—¿Qué... qué... qué quiere decir?

Las lágrimas le recorrían los pómulos al entrever la fatal noticia.

—Ayer se halló su cuerpo sin vida en la zapatería. —Se tomó unos segundos—. Asesinada, posiblemente el martes sobre las ocho, mientras hacía arqueo de caja al acabar la jornada laboral. Poco antes de cerrar el establecimiento.

El sollozo se convirtió en llanto con gemidos entrecortados. Evelyn la abrazó.

—¡Dios santo! Pobre Manuela. ¡Dios! —profirió—. La había advertido muchas veces...

—¿Advertido? —quiso saber Palau—. ¿De qué la había advertido?

—Este barrio ya no es el que era. Hay mucha delincuencia... —dijo entre gimoteos—. A ella jamás la habían atracado, pero al resto de comercios sí...

—No, señora —interrumpió el sargento—, no fue un atraco. Lamento decirle que el principal sospechoso es su marido. ¿Entiende ahora que está usted en peligro?

La expresión de Lucía se tornó circunspecta de súbito. Las lágrimas se paralizaron alrededor de unos ojos enrojecidos, y manifestó enfática:

—¿Qué insinúa? ¿Están ustedes chalados? ¡Se equivocan! —Se levantó de nuevo—. Mi Pepe es un buen hombre. Lo quiero y sepa usted que, a pesar de las apariencias, es incapaz de hacer daño a nadie.

Ramón, perplejo, se mordió el labio. «Maldita sea —pensó—, ¿cómo es posible que la tendencia natural de las maltratadas sea proteger a sus maltratadores?».

—Señora Lucía —intentó persuadirla Evelyn—, insisto, debe confiar en nosotros. Podemos acogerla temporalmente hasta que todo esto se aclare. No puede quedarse aquí sola. Se lo repito, está en peligro. ¿Entiende lo que le digo?

Ella sentenció arrogante:

—Están en un error. Esta es mi casa, este es mi hogar y Pepe es mi marido. No me moveré de aquí. Y aquí lo esperaré, como siempre.