17:05 horas
Volvieron sobre sus pasos y entraron de nuevo en el despacho.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —indagó Esbértoli receloso a su subordinado.
—Los clientes se han demorado en salir. Ella se quería retocar el maquillaje —se justificó Sangriá mientras dirigía una mirada furtiva al sargento.
Se sentaron otra vez y fue Palau quien rebajó la tensión incómoda que se había creado:
—¿Hay muchos clientes que acostumbran a venir desde El Demonia?
—¿A qué viene eso? —preguntó ceñudo Esbértoli.
—Ya le he dicho que las preguntas las hago yo —replicó Palau tajante.
—Pues supongo que sí —rezongó—, como de cualquier otro lugar.
Sangriá se limitó a asentir.
—Si son tan amables, apunten los nombres de las personas que recuerden aquí —dijo Páramos al tenderles una agenda—. Nos será útil hablar con ellos.
—Eso no podemos hacerlo —saltó Esbértoli—, por mero compromiso de confidencialidad. Al fin de cuentas, este local es lo que es y estamos ligados por el secreto profesional —contestó con cuajo.
—Como yo, ¿no? Tiene cojones el tema —comentó el abogado.
—Señor Esbértoli —intervino el cabo Brugal—, suelo olvidarme de ciertas cosas pero jamás de las personas, y conozco muy bien su pasado. En su caso, hubo flecos que quedaron por resolver y hay gente en el Cuerpo que aún le tiene ganas. No se ponga tonto y colabore. Es un consejo.
—Eh... m... —titubeó Esbértoli y miró a ambos costados nervioso—. Solo recuerdo algunos nombres —refunfuñó mientras garrapateaba con desgana en el bloc.
—Bien —aceptó Palau, que a duras penas pudo ocultar su asombro al leer el nombre de Kevin entre otros—. Ahora, si son tan amables, queremos que nos expliquen lo que ocurrió desde el primer minuto. ¿Dónde se encontraba cada uno de ustedes cuando entró Magalhães con su acompañante?
—En la recepción —se apresuró el camarero mientras su jefe gruñía algo inaudible.
—¿Y usted? —quiso saber Gomis.
—Aquí mismo, en mi despacho.
—¿No los vio entrar? —insistió el abogado.
—No, claro. ¿Acaso ve usted la entrada desde aquí? —preguntó impertinente.
—Y, además de ustedes dos —quiso saber Palau, que obvió el sarcasmo—, ¿había alguien más?
—No —respondió un sucinto Esbértoli.
—¿Este lugar no cuenta con servicio de limpieza? —quiso saber la sargento Páramos.
—No, a esa hora, esto no es el Hilton, precisamente.
—Explíquese —insistió ella a pesar de haberlo preguntado en el primer interrogatorio.
—Al desocuparse una habitación, Sangriá le pasa la bayeta. La limpieza general la tenemos externalizada. Vienen durante el día, a primera hora, cuando hay menos público.
—Lo que yo le dije, señor agente —corroboró el aludido.
—¿Cuándo se lo has dicho? —preguntó desconfiado Esbértoli a su empleado mientras lo taladraba con mirada asesina.
—Antes, señor Esbértoli, al acompañar a los clientes. Era un comentario sin importancia —aclaró nervioso mirando a Palau de nuevo.
—Bien —atajó el sargento al darse cuenta de la indiscreción—. Ahora, si son tan amables, vamos a recepción y luego a la habitación. Quiero que hagan un esfuerzo y recuerden todos los detalles que puedan, absolutamente todo.
—Lo hemos explicado hasta la saciedad —renegó Esbértoli.
—Queremos oírlo otra vez —indicó la sargento Páramos.
Sangriá buscó el permiso de su patrón y este le autorizó con un gesto que solo ambos comprendían.
El camarero empezó a relatar:
—Pasada la medianoche llamaron a la puerta. Les abrí desde aquí —puso el dedo sobre un pulsador color marfil— y entraron dos hombres. Reconocí a Magalhães. No tiene nada de particular, viene a menudo. Al otro no le había visto nunca.
—¿Cómo era?
—Tenía barba espesa y pelo largo. Una melena trasnochada, de los setenta... Más o menos de la misma estatura que el portugués, pero más ancho de espaldas. Me llamó la atención por su indumentaria: sombrero de ala que le caía sobre la cara y las solapas del abrigo levantadas. En la mano llevaba un maletín.
—¿Un maletín? —repitió Palau con interés al tiempo que anotaba el detalle en su libreta.
—Sí, tampoco eso es raro. Dada la hora, le aseguro que no era ninguna cartera de trabajo. A menudo llevan dentro sus juguetes sexuales —indicó Esbértoli conocedor de la materia.
—Siga, por favor, continúe con la descripción —exhortó Palau al camarero.
—No recuerdo mucho más. Evitaba las miradas, pero eso no tenía nada de particular, los clientes exigen la máxima discreción, compréndalo —rogó con talante profesional.
—¿Qué ocurrió luego?
—Que Magalhães me pidió habitación. El cliente permanece en segundo plano y la voz cantante la lleva el profesional. Pagó y les acompañé a la habitación. —Se encogió de hombros para ratificar de nuevo que hasta ese momento no había sucedido nada inusual.
—¿Tomaron el ascensor?
—Sí, siempre es así, jamás por la escalera. Es norma de la casa. Otra manera de asegurar la discreción y el anonimato —aclaró con una frase aprendida y orgullo de oficio—. Al cabo de unos tres cuartos de hora pidieron una botella de cava. Nadie me abrió cuando llamé.
—Espere. ¿Quién de los dos le pidió el cava? —preguntó Gomis.
—Fue el cliente, eso es seguro. Yo tomé nota del pedido. El Portu tiene... —dijo Esbértoli entre titubeos—, bueno, tenía un acento característico. De portugués, ¡coño!
—¿Atendieron nuevos clientes entre que ellos entraron a la habitación y la llamada para pedir cava? —interrogó el cabo.
Sangriá se quedó mirando el techo como si allí pudiera encontrar la respuesta.
—Sí, sí, ahora que lo dice —contestó—, y los hospedé en la misma planta que al Portu y su acompañante, lo recuerdo porque al conducirlos hacia la habitación y pasar frente a la puerta escuché al Portu gritar.
—¿Gritar? —se sorprendió Palau.
—No, no es lo que usted piensa. Eran gritos de placer, sé distinguirlos, incluso de los que son fingidos —rio sin ganas.
—Eso no consta en sus primeras declaraciones —le recriminó Brugal.
—Tal vez no lo dije, porque lo he recordado ahora al preguntármelo usted —dijo aparentemente sincero.
—¿Por qué cree que eran ese tipo de gritos y no otros?
—Bueno, por el tono, la forma. Créame agente, tengo experiencia... —dijo con una sonrisa rijosa—. Además, pronunciaba un nombre.
—¿Un nombre? ¿Qué nombre?
—Me pareció oír Juanma, Juanra, o algo así. Pero este último no podía ser porque es el diminutivo de otro chapero, uno alto y calvo, ya pasado de años, que también es parroquiano de aquí. Lo llaman el Ceniza, al parecer por el particular color del rabo —contestó un Sangriá cada vez más cómodo y avezado a colaborar.
El sargento tomó de nuevo nota en su libreta, se quedó pensativo y dijo:
—¿Entró alguien más?
El camarero abrió diligente un cajón y extrajo una agenda.
—Creo que no, pero podemos consultarlo en el registro de entradas. En cuanto a los nombres no los anotamos. Solo apuntamos la ocupación de la habitación a efectos de aclararnos con nuestra contabilidad.
—Entiendo, pero dudo que así cumplan con la normativa —ironizó Gomis.
—¡Pero, bueno! —protestó Esbértoli—. ¿Esto es una investigación criminal o una inspección de Hacienda?
—Vamos a dejarlo aquí —ordenó Palau.
—Es lo que hay —apuntó Gomis.
—Yo solo cumplo órdenes —contestó el camarero atemorizado con una mirada nerviosa a su jefe—. Es lo que llevo haciendo toda la vida —declaró mientras se lamía el índice para ayudarse a pasar las páginas hasta que llegó al día de la fecha.
—Entraron... —resiguió con un dedo tembloroso las líneas de torpe caligrafía infantil—, una pareja, la que le he dicho. Solo esta. Luego el señor Esbértoli abrió la habitación y vimos lo que vimos —se santiguó— y les avisamos a ustedes —dijo y cruzó una mirada con la de su jefe—. Esto se llenó de policías e identificaron a todos los clientes que había. La noche se me hizo muy larga...
—Espere, no tan deprisa. Entre la entrada de Magalhães con su pareja en el hotel, y la petición de cava, usted estuvo aquí en el mostrador todo el tiempo, a excepción de cuando acompañó a esos nuevos clientes, ¿es así?
—Sí, señor. Es aquí donde debo estar.
—Y ¿no vio cómo el asesino huyó del establecimiento?
—No. El señor Esbértoli cree que encargó la bebida para poder huir. Sus colegas, agente, estuvieron de acuerdo. —El aludido suspiró con aire cansino—. Nos dijeron que provocó la subida del pedido para huir sin que nadie lo viera.
El encargado se añadió a la narración:
—Supongo que se escondió por los pasillos. Cuando vio la oportunidad, escapó por las escaleras.
—Sí, lo sabemos porque en la huida dejó huellas de sangre —intervino ahora Páramos.
Palau frunció el ceño.
—Sabiendo eso, yo diría que no era la primera vez que ese tipo estaba aquí. Debía de conocer el lugar y su funcionamiento.
En esta ocasión, tanto Esbértoli como el mismo Sangriá guardaron un obstinado mutismo.
—¿Cuál es el nombre de la empresa de limpieza que utilizan?
—TH-NET —respondió Sangriá y, a continuación, rebuscó en un cajón los datos, frente a la impotencia de un furibundo Esbértoli.
—Pues ahora vamos todos juntos a la habitación, y yo el primero —anunció Gomis teatralmente.