22:20 horas
El televisor emitía el programa de pago favorito de ambos: Noche de Porno. El más gordo, encendió su sempiterno cigarro habano y se recostó en el butacón.
Sobre la mesilla, el teléfono móvil vibró como si tuviera vida propia. La pantalla se iluminó y el aparato se desplazó levemente por la superficie acristalada.
El hombre se inclinó incorporándose con pesadez para vencer su prominente barriga, y con deje cansado leyó el nombre que rezaba el cristal líquido.
—¡Qué pesado es! —espetó al oído del que le acompañaba, quien sentado en el sofá removía un vaso de whisky entre el tintineo del hielo.
Conectó el aparato.
—Dime —respondió con rudeza sin retirar el puro de la comisura de los labios. Entornó los ojos enrojecidos por el contacto con el humo, y sus rollizos dedos, amarillentos por el tabaco, tomaron el cigarro para dejarlo descansar en el cenicero—. Es la tercera vez que me llamas en apenas una hora, ¿qué coño quieres? —Al cabo de unos segundos tapó el móvil con la mano que le quedaba libre y buscó la mirada del otro—. Parece que el sargento sigue removiendo mierda —dijo para liberar luego el micro—. ¿Cómo lo sabes? —preguntó al remitente de la llamada—. Bien, déjalo en mis manos, como siempre... ¿Más? ¿Hay más? Joder, joder... Ese imbécil de Sangriá lleva con nosotros muchos años. No me extraña: siempre ha sido un pobre desgraciado, pero por mucho tiempo que lleve en la casa no goza de una patente de corso para explicar chismes a la pasma. ¿Qué les contó?... No, no podemos jugárnosla por un idiota... De acuerdo, pero deberá ser algo aleccionador para el resto. No quiero más titubeos. Oye, ¿te gusta la carne a la plancha?... ¿Poco hecha? —Se carcajeó cínico y cortó la conexión sin despedirse.
—¿Qué cojones pasa con ese puto sargento? —quiso saber el otro tras dar un sorbo de escocés.
Dio una bocanada profunda al puro antes de responder.
—A pesar de estar fuera del caso, le han visto cómo husmeaba lo nuestro. Parece que sigue en sus trece.
—Tiene cojones. ¿Tenemos que ocuparnos también de él?
—Creo que sí. Debe correr la sangre, eso siempre elimina problemas. Ahora hay que añadir a otro a la lista, no solo al sargento. —Se acercó con los ojos envenenados de cólera y le dijo como confidencia—: Mira, se sospecha de un topo. Parece ser que uno de los nuestros podría haberse convertido en estos últimos días en confidente de los maderos. Hablo de Sangriá. Esbértoli intuía algo, y ahora le ha pillado una tarjeta de visita en el bolsillo de su chaleco. Le daremos una lección ejemplarizante.