11:11 horas
«Curiosa hora», pensó el abogado Gomis al consultar el reloj digital que colgaba en la sala de espera del departamento de anatomía patológica del Hospital Clinic de Barcelona.
Iba inquieto de un lado a otro, cabizbajo y con las manos entrecruzadas a la espalda. Sobre una de las puertas colgaba un rótulo que rezaba SALA DE NECROPSIAS.
La cerradura crujió y tras el umbral aparecieron dos hombres al contraluz.
—Pasa, José Luis —le invitó asido al pomo de la puerta el médico forense con quien había quedado, Pere Clavé, un científico sobresaliente de trato llano y formas amables.
Desde el interior, su colega el doctor Vicenç Falcó asintió con un gesto.
—Esta visita es a título personal y no debería trascender mi presencia hoy aquí —les dijo Gomis.
—No te preocupes —comentó Falcó con ironía—. ¿Qué problema hay en recibir una visita cordial de un excompañero de colegio?
Avanzaron por un largo pasillo mientras Clavé aclaraba:
—Todo es muy reciente aún y carecemos de resultados. Nada es oficial, pero te puedo avanzar ciertos indicativos desconcertantes... ¿Cómo lo definiría...? Incluso turbadores, sí, indicativos turbadores.
—Explícate, por favor —solicitó el abogado.
Entraron en un despacho.
—En primer lugar, las prisas —expuso Clavé—. El cuerpo ha llegado aquí de madrugada. A las ocho en punto hemos recibido sendos mensajes en los que se nos indicaba que nos ocupáramos del caso de forma prioritaria. Eso no es normal. —Los dos negaron con la cabeza—. Alguien quiere cerrar rápido este tema.
—Sí, pero lo que más nos inquieta es lo que hemos constatado con solo ver el cadáver —intervino el otro médico mientras le alargaba una fotografía donde aparecía la víctima sobre la mesa de autopsias.
Mientras Gomis la analizaba con detalle escuchó las palabras de Falcó:
—El método.
José Luis alzó la vista por encima de la imagen y se cruzaron sus miradas.
—¿El método?
—Sí —se avanzó Falcó—. En este caso, a diferencia de los anteriores, se observan hematomas y rasguños. Hubo forcejeo previo. —Le mostró otra instantánea ampliada—. El autor no ató a la víctima ni creemos que usara cloroformo o cualquier otro tipo de sustancia para adormecerlo, aunque el resultado de los análisis nos lo confirmará. Además, los cortes son irregulares, no persiguen una finalidad determinada, no siguen ningún trazo con el objeto de extraer miembros o partes del cuerpo. Se trata de múltiples puñaladas asestadas con un cuchillo de cocina. Ninguna incisión que se parezca con los crímenes precedentes.
—Pero lo más revelador —tomó la palabra Clavé— es que en este caso las mutilaciones son post mortem. En esta ocasión, el asesino no ha extraído esos trozos mientras el cuerpo se mantenía vivo, como sabemos que solía hacer. Los extirpó una vez muerta la víctima. Es algo constatable, el corazón no latía, y por ello no hubo sangrado activo al extraerle los órganos. El asesino modificó el procedimiento de forma radical...
—Eso si hablamos del mismo autor —consideró el otro— porque a mi entender resulta extraño un método tan diametralmente opuesto.