23:30 horas
Entró rápidamente y con el cuerpo empapado de sudor, tras vagar un par de horas por la ciudad en un intento por relajarse. Al cerrar, recostó la espalda en la puerta, alzó la mirada y aspiró aire profundamente. Se olió la ropa. Apestaba a sudor y vino.
Como de costumbre, no saludó y se dirigió directamente al baño con el macabro maletín en mano. Cerró el inodoro y dejó la pequeña maleta sobre la superficie de la tapa. Deslizó lentamente la cremallera mientras de reojo vigilaba que no se abriera la puerta. Le pareció oír algo y con rapidez se dio la vuelta para correr el pestillo de la puerta.
—Jamás lo entendería —musitó para sí.
Extrajo el bisturí y unas tijeras quirúrgicas. El corazón le palpitaba desbocado. Dispuso el instrumental sobre la porcelana inmaculada del lavabo. El acero, teñido de carmesí, apenas brillaba. Sus labios temblaron de placer.
Abrió el grifo y el agua diluyó con rapidez la sangre reseca que había quedado adherida a tan letales herramientas.
Apoyó ambas manos sobre el mármol y se observó en el espejo. A pesar de haberse lavado en la zapatería, le había quedado en el cuello una mancha de carmín que lavó metódicamente.
—Ya tienes lo que buscabas, hija de puta entrometida —masculló entre dientes.