20:45 horas

 

Nervioso, Esbértoli volvió a marcar el mismo número en el teléfono. Otra vez obtuvo idéntica respuesta: «El número al que llama está apagado o fuera de cobertura».

Soltó el aparato de malas maneras sobre la mesa, se levantó y anduvo por la habitación.

—¡Mierda! —gritó a la puerta mientras propinaba un sonoro puñetazo sobre su superficie. El golpe le provocó dolor en la muñeca, que se masajeó con la otra mano.

De pronto, percibió el sonido leve de una vibración, y luego una tonada creciente.

Corrió hasta el escritorio y se hizo con el móvil. Consultó la pantalla. Por fin era él.

—¡Ya era hora! —inició la conversación.

—¿Qué te pasa? —preguntó el interlocutor con sorna.

—Tenemos que hablar —dijo conciso.

—¿Ocurre algo?

—No puedo explicártelo por teléfono.

—No te comprendo.

—¡Joder, Paco! ¿Qué cono les has contado?

—¿A quién?

—¿A quién va a ser? A los maderos. Los tenemos otra vez encima. —Hizo un esfuerzo por serenarse—. Mejor callar ahora, podría haber escuchas. Tenemos que vernos, ¡pero ya!

—Está bien, está bien. ¿En el lugar de siempre?

—Sesión de las diez, sala tres.

Colgó con la inquietud en sus ojos.

—Tranquilízate —pronunció con voz serena el hombre que se hallaba reclinado en una de las sillas del despacho, y dio una profunda bocanada al puro que degustaba, cuyo aroma impregnaba toda la estancia.

—No entiendo cómo puedes estar tan sosegado.

—Pedro, Pedro... —las palabras se mezclaron con el denso humo que levitaba por la habitación—, te conozco como si te hubiera parido. Tú ten bajo control al idiota de Paco, que del resto me ocupo yo. —Se retrepó en el asiento para servirse un vaso de bourbon que había sobre una mesa adyacente. Se recostó de nuevo y bebió un largo sorbo—. No debes inquietarte. Los nervios no resuelven nada y son traicioneros.

—¿Que no me inquiete? ¡Sé que esos cabrones sospechan de mí! Vuelven a husmear por todas partes. —Se levantó y anduvo airado de punta a punta del despacho—. Erika, una de las chicas del Ósmosis, me acaba de llamar. —El otro rio abiertamente— ¿Quieres saber por qué? Este mediodía, mientras comían en el restaurante, dos polis han hablado con uno de los camareros.

—Y yo que creía que te habría llamado para follar... —rio—. Sí, lo sé. Se trata de Tomás. Ese camarero es un tipo leal. Me informó él mismo, de inmediato. Oye, debes relajarte. ¿Quieres a una de las mías? Ellas sabrían cómo serenarte. Me temo que hace demasiado tiempo que no estás con una mujer.

—Mírate —dijo Esbértoli enojado—. Y tú, ¿cuánto hace que no follas?

—Ja, ja... —apuró el cigarro y lo aplastó contra el cenicero. La gruesa pulsera de oro que lucía en su muñeca tintineó al golpetear con el cristal—. He follado mucho en mi vida. Ahora debo reservarme. Hago como los grandes cetáceos: con una vez al año voy más que servido.

—No me preocupa el Portu —alzó la voz Esbértoli, estresado—, ni sus malditos huevos. Es más, era un tipo incómodo que me repugnaba. Jamás podrán demostrar absolutamente nada. Lo que me inquieta es que sea obra de nuestra competencia y que detrás de la investigación salga todo lo demás. No quiero volver a vivir lo que ya pasé. Por eso me ves con el alma en vilo.

—¿Alma? ¿Desde cuándo tienes alma? —bromeó el otro y volvió a reírse—. Amigo, lo único que debemos hacer es disfrutar de unas merecidas vacaciones. Dejar lo nuestro a un lado hasta nueva orden. Mantenernos al margen durante una temporada y no soltar prenda, ¿entiendes? Que cada uno controle a los suyos.

Y, con calma, se bebió de un trago el licor restante. Al alargar el brazo para dejar el vaso sobre la mesa dejó ver el tatuaje que destacaba en su antebrazo. Un caballo alado sobre una estrella de seis puntas. Era el símbolo de lo que en el pasado, aunque no lejano, fue: un asesino a sueldo.

—Eso no será suficiente. Si las pesquisas duran demasiado, todo saldrá a la luz.

—Ya te lo he dicho. Déjamelo a mí. Vamos a necesitar un cabeza de turco. Lo encontraré y se lo serviré a las autoridades en bandeja de plata. A la pasma les gusta cerrar estos temas rápido. Por cierto, ¿te queda alguna antigua amistad entre ellos?

Esbértoli cabeceó afirmativamente.

—De acuerdo, vamos a precisar de esos contactos. Escúchame bien: mañana quiero que Paco envíe a uno de sus chicos al Zonga. Dile que sea alguien de los que puede prescindir. A la una de la madrugada deberá estar allí. —Esbértoli lo ratificó con la cabeza—. Le esperará un cliente, del que ya me encargo yo, como del resto.

Intercambiaron sonrisas cómplices.

—Eres un gran hijo de puta.

—Pues claro, amigo. Solo así se llega lejos. Luego utilizaremos tus contactos en la policía para cortarle las alas a un gorrioncillo.

—¿En quién piensas?

—En ese jodido sargento —apretó los labios y adoptó una mirada felina—, Ramón Palau.